Capítulo 33
Adrien
El móvil vibró sobre la mesilla de noche con una urgencia que me sobresaltó.
Había estado sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos, intentando procesar la bomba que Ingrid me había soltado horas antes.
Aquel niño. Aquellos ojos azules idénticos a los míos.
La certeza de que mi vida acababa de bifurcarse en un camino que no había elegido pero que tendría que recorrer.
Cogí el teléfono y vi su nombre. Leila . Por un segundo, sentí un alivio tan intenso que me mareé. Quizás hubiera visto mis llamadas perdidas. Quizás estuviera preocupada por mí, por mi silencio de las últimas horas. Deslicé el dedo para desbloquear la pantalla y leí el mensaje.
«No me llames. No me busques. No quiero saber nada más de ti. Lo que fuera que hubiera entre nosotros, se acabó. Por favor, respeta mi decisión.»
Las palabras danzaron ante mis ojos como insectos venenosos.
Las leí tres veces. Cuatro. Cada repetición me golpeaba con más fuerza, como si alguien me estuviera dando puñetazos en el estómago.
No entendía. No podía entender. ¿A qué venía todo eso?
La noche anterior había hablado con ella, habíamos intercambiado mensajes breves sobre su día, sobre Luck, sobre nada en particular, pero con esa calidez que había vuelto a darle sentido a mi existencia. Y ahora... esto.
Intenté llamarla. Marqué su número con dedos torpes, temblando de una forma que no recordaba haber sentido ni siquiera en los peores momentos de mi vida.
El teléfono sonó una vez. Dos. Tres. Y luego el buzón de voz.
Colgué y volví a intentarlo. Y otra vez.
Y otra. Siempre el mismo resultado: su voz grabada, fría, profesional, diciendo que dejara un mensaje después de la señal.
No lo hice. ¿Qué podía decir? ¿Que no entendía qué estaba pasando?
¿Que necesitaba que me explicara por qué me estaba destrozando la vida con cuatro líneas de texto?
Me levanté de la cama y empecé a caminar por la habitación del hotel, de una pared a otra, como un animal enjaulado.
Necesitaba hablar con ella. Necesitaba decirle que me quedaría más tiempo del previsto en Nueva York, que había surgido una complicación de la que no podía hablar por teléfono, que necesitaba que confiara en mí.
Pero no había manera. Era como intentar romper una pared de hormigón a golpes de puño.
Fue entonces cuando pensé en Emma. Mi hija. Leila la había atendido esa misma semana, habían estado juntas en la clínica. Quizás Emma supiera algo. Quizás Leila le hubiera dicho algo que me ayudara a entender este tsunami emocional.
En ese momento sonó mi móvil y vi que era Emma.
—Dime, princesa.
—De princesa, nada. ¿Sabes lo que me acaba de decir Emma? Que no puede seguir siendo mi ginecóloga porque no quiere verte, porque te ha visto con otra. Y sí, yo también te he visto, que he buscado tu nombre en Internet y ahí estabas, con una rubia, besándote como si Leila no existiera.
—Emma —corté, sin preámbulos—. No es lo que parece.
—Pues lo he visto, no es ningún montaje. No me esperaba eso de ti, papá, de verdad que no.
—¡Son fotos robadas, joder! —grité—. Sí, el beso existió, pero…
—Mamá estaría enfadadísima por lo que has hecho —dijo Emma, interrumpiéndome sin darme la oportunidad de defenderme, y su voz cambió, adquiriendo una frialdad que me heló la sangre—. Yo lo estoy. Y no te lo voy a perdonar nunca, papá. Nunca.
Y colgó. El tono de llamada resonó en mi oído como un disparo.
Me quedé mirando el móvil, con la respiración agitada, sintiendo cómo el mundo se derrumbaba a mi alrededor.
Mi hija. Mi princesa. Mi razón para vivir durante la última década.
Me había dicho que nunca me lo perdonaría.
Y tenía razón. Sarah, mi Sarah, nunca habría aceptado que yo le pusiera la mano encima a otra mujer, ni siquiera por error, ni siquiera en un momento de debilidad.
Volví a intentar llamar a Leila. Veinte veces. Treinta. Siempre el buzón de voz. Siempre el silencio. Estaba desesperado, atrapado en aquella habitación de hotel como en una celda, a miles de kilómetros de la única persona que podía salvarme de aquel infierno.
Fue entonces cuando se me ocurrió llamar a Ethan. Ethan, que había vuelto a Miami el día anterior para atender unos asuntos urgentes de la empresa. Ethan, mi mejor amigo, mi socio, el único que podía moverse por mí en territorio enemigo.
Contestó al tercer tono, con la voz relajada de quien está en casa, probablemente con los pies en alto.
—Adrien —dijo—. ¿Cómo va todo por la Gran Manzana? ¿Has arreglado ya lo de la rubia?
—Necesito que hagas algo por mí —dije, sin responder a su pregunta—. Es urgente. Vital.
—Suena serio —respondió, y noté que se incorporaba, que su tono cambiaba a uno profesional—. Dime.
—Ve a casa de Leila —supliqué, y la desesperación se filtró en mi voz, haciéndola casi irreconocible—. Por favor. Está en su apartamento. Necesito que hables con ella. Que le digas... que le digas que tengo que explicarle algo. Que no es lo que piensa. Que no ha pasado nada con Ingrid.
—Espera, espera —interrumpió Ethan—. ¿Qué está pasando exactamente? ¿Por qué tengo que ir a casa de tu... de Leila?
—¿Es Adrien? —escuché que preguntaba Olivia.
—Sí —respondió Ethan—. Y parece que ha liado una buena.
—Pásame el teléfono —dijo Olivia, y al segundo siguiente ya estaba hablando ella—. Adrien, soy Olivia. ¿Qué está pasando? He visto a Leila hace unas horas y estaba bien.
Suspiré, pasándome una mano por el pelo, sintiendo el peso de la situación aplastándome.
—Hace un par de días volví a ver a una mujer con la que estuve hace años —dije, eligiendo las palabras con cuidado—.
Apareció diciendo que tenemos un hijo juntos.
Un niño de siete años. Yo no sabía nada.
Nada, Olivia. Ethan la vio, ella me esperaba en la puerta del hotel.
Me besó. Forzó un beso. Y alguien debió de sacar fotos, porque han salido en un programa de televisión.
Leila lo ha visto. Y ahora cree que... que la he engañado. Que hay otra mujer.
—Eres un cerdo —dijo Olivia, y su voz era un látigo—. Un cerdo y un mentiroso. ¿Cómo has podido ocultarle que tenías un hijo?
—¡No lo sabía! —exclamé, sintiendo que la frustración me ahogaba—.
¡Te lo juro por lo más sagrado que no tenía ni idea!
Ingrid me lo dijo ayer. Me dijo que está enferma, que le quedan meses de vida, y que el niño se quedará solo.
Yo... yo estaba en shock. Aún lo estoy. Pero no ha pasado nada con Ingrid, Olivia.
Te lo juro. No hay ni habrá otra mujer en mi vida que no sea Leila. Ella es... es todo.
Olivia guardó silencio. Escuché cómo respiraba hondo al otro lado de la línea.
—Ethan dice que sigues en Nueva York —dijo finalmente—. ¿Por qué no vuelves ahora a explicárselo tú mismo?
—Porque tengo que arreglar esto —respondí, con una firmeza que no sentía—.
Estoy esperando los resultados de una prueba de ADN para confirmar que el niño es mío.
Tengo que hablar con abogados. Tengo que...
tengo que asegurarme de que cuando vuelva a Miami, lo haga con las cosas claras.
No puedo presentarme ante Leila con un hijo secreto y un escándalo mediático. Necesito tener las cosas bajo control.
—Ni siquiera me lo habías contado a mí —dijo Ethan, que había recuperado el teléfono—. Llevas dos días con esto y no me has dicho nada.
—No podía —respondí, y mi voz se quebró—.
No podía decírselo a nadie hasta que no supiera si era verdad.
Y ahora... ahora necesito vuestra ayuda.
Por favor. Id a casa de Leila. Decidle...
decidle que confíe en mí. Que no es como lo vio.
Que no ha pasado nada con Ingrid. Que no hay ni habrá otra mujer que no sea ella en mi vida.
Pero que tengo que arreglar varias cosas antes de volver.
Que voy a volver, pero que necesito tiempo.
Olivia volvió a tomar la palabra.
—Te voy a dar un voto de confianza, Adrien —dijo, y su voz tenía una amenaza velada—.
Pero más te vale estar hablando en serio.
Porque si llego allí y descubro que le has mentido, que realmente hay algo entre tú y esa Ingrid, te juro que te arrancaré las pelotas igual que dije que haría con el exnovio de Emma.
Y me haré un par de llaveros con ellas. ¿Estamos?
—Estamos —respondí, sintiendo un alivio mezclado con terror—. Gracias, Olivia. Gracias, Ethan. Os debo una.
Colgué y me quedé mirando el móvil durante largos segundos. Había hecho todo lo que podía hacer desde la distancia. Ahora solo quedaba esperar. Esperar a que Leila escuchara. Esperar a que confiara. Esperar a que el mundo dejara de girar en sentido contrario.
Fue entonces cuando escuché un golpe suave en la puerta de la habitación.
Me levanté, confundido. No esperaba a nadie. Ethan se había ido. Ingrid no sabía en qué hotel me hospedaba. ¿Quién podía ser?
Abrí la puerta y me encontré con un hombre de mediana edad, con bata blanca y aspecto de médico. Llevaba un maletín de cuero y una expresión profesional, impasible.
—Señor Walker —dijo, consultando una libreta—. Soy el doctor Williams, de la clínica. Me han enviado con los resultados de la prueba de ADN que solicitó esta mañana.
Mi corazón se detuvo. Literalmente. Durante un segundo, dejé de respirar.
—Entre —dije, abriendo la puerta con manos temblorosas.
El médico entró y se sentó en el borde del sofá. Abrió el maletín y sacó un sobre marrón, sellado, oficial. Me lo tendió.
—Los resultados son concluyentes —dijo, con un acento alemán suave—. Puede abrirlos cuando desee. La probabilidad de paternidad es casi del cien por cien.
Mis dedos rozaron el papel del sobre. Era fino, casi insignificante, pero pesaba toneladas. Lo abrí lentamente, extraje la hoja interior, y leí las palabras que cambiarían mi vida para siempre.
«Resultado: POSITIVO. El señor Adrien Walker es el padre biológico de Alex Müller.»
Me senté en la cama, con las piernas fallándome. El médico se despidió con una cortesía profesional y salió de la habitación, dejándome solo con aquel pedazo de papel que confirmaba mi peor pesadilla y mi mayor responsabilidad.
Alex. Tenía un hijo. Un hijo de siete años que llevaba toda su vida sin mí. Un hijo que ahora, según Ingrid, se quedaría huérfano en meses. Un hijo que tendría que recoger, criar, integrar en una vida que ya era complicada de por sí.
Pensé en Emma, en cómo se tomaría tener un hermano de la noche a la mañana. Pensé en mis padres, en cómo asimilarían tener un nieto más, uno que habían ignorado durante siete años sin saberlo. Pensé en Luck, en cómo reaccionaría al saber que yo tenía otro hijo, uno que competiría por mi atención.
Y pensé en Leila. Sobre todo, en Leila. Porque no es lo mismo llegar a una relación nueva con un hijo del que la otra persona conocía la existencia, a presentarse con uno al que ni siquiera tú mismo conocías.
Esto era una bomba. Una bomba que podía destruir definitivamente cualquier posibilidad de futuro con ella.
Cogí el móvil con manos que apenas podían sostenerlo. Busqué el número de Ingrid y marqué. Contestó al primer tono, como si estuviera esperando mi llamada.
—Ingrid —dije, y mi voz sonó firme, decidida, aunque por dentro estaba hecho pedazos—. Necesito hablar contigo. Necesito que arreglemos esto. Y tiene que ser ya. Cuanto antes.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, con voz temblorosa.
—Vamos a Berlín —dije—. Vamos a arreglar todo lo legal. Custodia, papeles, todo.
—¿Y después? —preguntó ella, casi en un susurro—. ¿Qué vas a hacer con él cuando yo... cuando ya no esté?
Cerré los ojos. Respiré hondo. Y dije las palabras que sellarían mi destino, las palabras que me convertirían en padre de dos hijos, en un hombre con un pasado más complicado de lo que Leila podía imaginar.
—Lo llevo a casa conmigo —dije—. A Miami. A mi casa. Donde debe estar.
Y colgué, dejando que el silencio de la habitación del hotel me envolviera, consciente de que nada volvería a ser igual. Nunca.