Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 32
93%

Capítulo 32

El sol de la tarde entraba a raudales por las ventanas del salón de mis padres, iluminando el tablero de ajedrez donde Luck y mi padre estaban sentados desde hacía ya cuarenta minutos.

Michael movía sus piezas con una lentitud calculada, frunciendo el ceño como si estuviera elaborando la estrategia más compleja del mundo, pero yo conocía aquel gesto.

Lo había visto toda mi vida. Era la cara que ponía cuando estaba a punto de perder deliberadamente, cuando sacrificaba su reina para que el niño, su nieto, se sintiera invencible.

—Jaque mate —anunció Luck, con una satisfacción contenida que apenas disimulaba su entusiasmo.

Mi padre se llevó las manos a la cabeza en un gesto teatral de derrota.

—Imposible —dijo, negando con la cabeza—. Me has vuelto a ganar. Estoy perdiendo facultades, sin duda.

Luck se rio, ese sonido claro y cristalino que llenaba la estancia, y empezó a recoger las piezas para iniciar otra partida.

En la cocina, el olor a tarta de manzana impregnaba el aire, mezclado con el aroma a café recién hecho que mi madre nunca dejaba de preparar los domingos, aunque fuera mediodía.

Era nuestro ritual semanal, inquebrantable desde que yo era pequeña: los domingos eran sagrados, dedicados a la familia, al ruido, a la vida.

—He traído vino—anunció Olivia, entrando por la puerta principal sin llamar, como hacía siempre—. El de la bodega esa que os gusta. Aunque supongo que Leila no beberá, ¿verdad? Que tiene que conducir.

—Y que tiene que trabajar mañana —añadí, cogiendo el abrigo de Olivia para colgarlo en el perchero.

—Siempre trabajando —suspiró ella, dándome un beso en la mejilla—. Algún día te tendré que secuestrar para que descanses.

La mesa estaba puesta con la vajilla de porcelana que mi madre guardaba para ocasiones especiales, aunque para ella cada domingo familiar era una ocasión especial.

El murmullo de las conversaciones cruzadas creaba una música familiar.

Mi padre explicándole a Luck por qué no debía abrir con el peón de rey, mi madre preguntando a Olivia por su madre, que había estado enferma, y yo, en medio de todo, intentando concentrarme en el sabor del agua que bebía, en la normalidad de aquel momento.

Fue entonces cuando Catherine dejó el trapo de cocina sobre el fregadero y se sentó a mi lado en el sofá. Su movimiento fue pausado, deliberado, y sentí su mano buscando la mía con una ternura que me resultó inmediatamente sospechosa.

—Hija —dijo, bajando la voz para que solo yo pudiera oírla.

—¿Sí? —respondí, girándome hacia ella.

Me estudió durante unos segundos, con esos ojos verdes idénticos a los míos, pero surcados por décadas de sabiduría. Sonrió, una sonrisa pequeña y cómplice.

—Hace mucho que no te veía así —dijo.

—¿Así cómo? —pregunté, aunque sentí que el corazón me daba un vuelco.

—Tan tranquila —respondió, apretando mi mano—. Tan... en paz.

Bebí un sorbo de agua para ganar tiempo, para evitar que mis ojos delataran el tumulto que sentía en el pecho.

Porque no estaba tranquila. No estaba en paz.

Desde el viernes por la noche, desde que había visto aquellas imágenes en la televisión, llevaba una losa de piedra sobre el pecho que me impedía respirar con normalidad.

Pero aparentemente, para mi madre, para la mujer que me había criado y que me conocía mejor que yo misma, yo parecía tranquila.

Quizás porque finalmente había tomado una decisión.

Quizás porque saber que todo había terminado, que no había vuelta atrás, me había devuelto una paz perversa, la calma que precede a la tormenta definitiva.

—Estoy bien —mentí, devolviéndole la sonrisa.

Catherine negó con la cabeza, casi con tristeza.

—No sé a qué te refieres —insistí, aunque mi voz sonó débil, incluso para mí.

Su madre sonrió con dulzura, y en esa sonrisa había siglos de amor incondicional.

—Las madres siempre lo sabemos —dijo simplemente.

En ese momento, Luck se acercó corriendo con el móvil en la mano, iluminado por la pantalla donde mostraba una galería de fotos.

—¡Abuelo, mira! —exclamó, sentándose al otro lado de la mesa—. Estas son de la empresa de Adrien. Es enorme, ¿verdad? Tiene un simulador de vuelo real y todo.

Michael cogió el teléfono, ajustándose las gafas para ver mejor las imágenes. Recorrió con el dedo las fotografías que Luck había tomado durante aquel fin de semana que ahora parecía haber ocurrido en otra vida, en otra dimensión.

—¿Ese es el señor Walker? —preguntó mi padre, señalando una foto en la que Adrien aparecía junto a Luck, ambos sonriendo frente a una maqueta de avión.

—Sí —respondió Luck, con orgullo—. Es muy listo. Y muy simpático. Sabe de todo, de verdad. De cohetes, de satélites, de cómo funcionan los motores...

Catherine se acercó para ver la pantalla, y su expresión se suavizó al observar la imagen.

—Pues tiene cara de serio —comentó, con un deje de curiosidad.

Luck respondió convencidísimo, sin un ápice de duda en su voz.

—Eso es porque todavía no lo conocéis. Cuando le conocéis, ya no parece tan serio. Se ríe mucho. Y es muy bueno explicando las cosas.

Escuché la conversación desde mi sitio, con la copa de agua helada entre las manos, y sentí que el mundo se estrechaba a mi alrededor.

Miré aquellas caras felices en la pantalla del móvil, vi a Adrien con los ojos brillantes de entusiasmo, a Luck con la admiración desbordante, y supe con una certeza absoluta que nunca lo conocerían.

Que nunca entraría por aquella puerta, que nunca se sentaría a nuestra mesa dominical, que nunca formaría parte de este retrato familiar.

Porque yo había decidido que no. Porque aquella puerta se había cerrado para siempre el viernes por la noche, con un beso robado en una pantalla de televisión.

—Vamos, Luck —dije de repente, después del café, levantándome—. Tenemos que irnos. Mañana tengo consulta temprano y necesito preparar unos informes.

—¿Ya? —protestó mi hijo.

—Sí, ya —insistí, con una firmeza que no admitía réplica—. Despídete de los abuelos.

Los abrazos fueron rápidos, casi fugaces.

Olivia me miró con el ceño fruncido, percibiendo que algo no encajaba, pero no dijo nada.

Mi madre me estrechó con más fuerza de la habitual, susurrándome al oído que la llamara si necesitaba hablar.

Asentí, sin comprometerme, y salí de aquella casa con Luck pisándome los talones.

El coche estaba aparcado justo enfrente. El aire de la tarde de Miami, húmedo y pesado, me golpeó en la cara cuando salimos a la calle. Abrí la puerta para Luck, le ayudé a subir, y me senté al volante con las manos temblando apenas perceptiblemente.

Fue entonces cuando sonó el móvil.

El nombre iluminó la pantalla del salpicadero, conectada por Bluetooth: Adrien . La vi brillar con una insistencia cruel, una llamada entrante que cortaba el silencio del coche con su tono estridente. Luck se giró para mirarme, confundido por mi inmovilidad.

—¿No vas a cogerlo? —preguntó.

Negué con la cabeza, con la vista fija en el parabrisas, viendo cómo el nombre parpadeaba una, dos, tres veces.

Cuatro. Cinco. Dejé que sonara hasta que el buzón de voz lo interceptó, y luego, cuando volvió a empezar casi de inmediato, apagué el teléfono.

Lo metí en el compartimento de la guantera y cerré la tapa con un golpe seco.

—No —dije, con una voz que no reconocía como mía—. No voy a cogerlo.

Conduje en silencio hasta casa, con el corazón martilleando contra las costillas, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de contener las lágrimas. Luck, percibiendo el ambiente, no dijo nada más. Se quedó mirando por la ventana, con su cuaderno de dibujos apretado contra el pecho, en silencio.

Al llegar a nuestro edificio, subimos rápidamente al apartamento.

Dejé a Luck en la cocina con un vaso de leche y la excusa de que tenía que preparar unas cosas para el trabajo.

Me encerré en mi habitación, encendí el móvil, y antes de que pudiera arrepentirme, busqué el número de Emma en la agenda.

Contestó al tercer tono, con esa voz alegre que tanto contrastaba con mi estado de ánimo.

—¡Doctora Monroe! —exclamó—. ¿Qué tal?

—Emma —dije, y mi voz salió rota, cortante—. Necesito hablar contigo. Es importante.

El tono de ella cambió de inmediato, adquiriendo una seriedad preocupada.

—¿Ocurre algo? ¿Está todo bien con el bebé?

—El bebé está perfecto —respondí, tragando saliva—. Esto... esto es otra cosa. Emma, no puedo seguir siendo tu médica. Necesito que busques otro ginecólogo para el resto de tu embarazo.

El silencio al otro lado fue denso, cargado de electricidad.

—¿Por qué? —preguntó ella finalmente, con voz apenas audible—. ¿Ha pasado algo?

Cerré los ojos, viendo de nuevo la imagen de la televisión, el beso, la mujer rubia, la traición.

—Vi a tu padre —dije, y cada palabra me costaba un esfuerzo sobrehumano—. En Nueva York. En un programa de televisión. Estaba... estaba con otra mujer. La besaba, Emma. De una forma que no deja lugar a dudas.

—Eso es imposible —respondió ella, rápida, demasiado rápida—. Mi padre no haría eso. Está loco por ti, doctora. Seguro que hay una explicación. Quizás es un malentendido, quizás es alguien del trabajo, o...

—No era un beso de trabajo —la interrumpí, y ahora las lágrimas llegaron, calientes y humillantes—. Era un beso de amantes, Emma. Lo sé porque... porque él me ha besado así a mí. Y reconozco la diferencia.

Emma guardó silencio. Escuché su respiración agitada al otro lado de la línea, y supe que estaba luchando por encontrar palabras, por defender a un padre que quizás no merecía ser defendido.

—Tiene que haber una explicación —insistió ella, débilmente.

—Ese beso lo explica todo —dije, firme a pesar del temblor de mi voz—.

Lo siento mucho, Emma. Eres una chica estupenda y te deseo lo mejor, pero no puedo seguir viéndote profesionalmente.

Es demasiado... demasiado doloroso. Te remitiré de nuevo con la doctora Chen. Es excelente, te cuidará perfectamente.

Colgué antes de que pudiera responder. No quería oír más excusas, más intentos de justificar lo injustificable.

Apagué el teléfono y lo dejé sobre la mesilla de noche, pero apenas un minuto después lo volví a encender.

Tenía que hacerlo. Tenía que cortar de raíz cualquier esperanza, cualquier posibilidad de que pensara que esto tenía arreglo.

Busqué su nombre. Adrien . Y escribí el mensaje con dedos que apenas podían mantenerse firmes sobre la pantalla.

Leila: No me llames. No me busques. No quiero saber nada más de ti. Lo que fuera que hubiera entre nosotros, se acabó. Por favor, respeta mi decisión.

Lo envié. Y luego, en un acto de cobardía o de supervivencia, no sabría decirlo, activé el modo avión.

No quería ver su respuesta. No quería saber si escribía, si llamaba, si intentaba explicar.

Necesitaba que se acabara. Que desapareciera.

Que volviera a ser la mujer de antes, la que no necesitaba a nadie, la que había sobrevivido diez años sola.

Fue entonces cuando me desmoroné.

Las lágrimas llegaron con una violencia que me sorprendió, un sollozo que salió de lo más profundo de mi pecho, desgarrado, animal. Me deslicé hasta el suelo, con la espalda contra la cama, y allí, en la penumbra de mi habitación, dejé que el dolor me consumiera.

—Liam —susurré al aire vacío, al silencio que me rodeaba—. Liam, ¿estás ahí?

No esperaba respuesta. No creía en fantasmas ni en señales del más allá. Pero en ese momento, deshecha, rota, necesitaba hablarle. Necesitaba que él me escuchara, que me perdonara, que me diera fuerzas.

—Lo siento —dije, con la voz quebrada por los sollozos—. Lo siento tanto. Pensé... pensé que podía volver a intentarlo. Que podía amar de nuevo. Que no te estaría traicionando si dejaba que alguien más entrara en mi vida. Pero me equivoqué, Liam. Me equivoqué de nuevo.

Apreté las rodillas contra el pecho, abrazándome a mí misma, meciéndome como si pudiera amortiguar el dolor físico que sentía en el pecho.

—Él no eras tú —continué, hablando al vacío, a la memoria de un hombre que llevaba diez años muerto—. Tú nunca me habrías mentido. Tú nunca me habrías hecho esto. Y yo... yo fui tan estúpida de creer que podía encontrar de nuevo lo que tenía contigo. Que podía confiar.

Las lágrimas mojaban mis vaqueros, mis manos, mi rostro. No me importaba. No había nadie para verme, nadie para juzgarme. Solo yo y el fantasma de mi pasado, y la certeza de que mi futuro volvía a estar vacío.

—Dime qué hacer —supliqué, con la voz reducida a un hilo—. Dime cómo sigo. Porque no puedo, Liam. No puedo volver a empezar de cero. No puedo volver a ser esa mujer que apenas podía levantarse de la cama, que solo vivía por Luck. No puedo...

Mi voz se quebró definitivamente, transformándose en un gemido desgarrador que resonó en la habitación vacía. Era el sonido de una mujer que había vuelto a creer en la felicidad y se había estrellado contra la realidad. El sonido de la esperanza muriendo.

—Te echo de menos —susurré finalmente, cuando los sollozos se suavizaron en un llanto agotado, sin lágrimas—. Todos los días. Cada maldito día. Y hoy... hoy te echo más de menos que nunca.

Me quedé allí sentada durante horas, o eso me pareció, hasta que la oscuridad completó su conquista de la habitación y el único sonido era mi respiración entrecortada.

Luck llamó a la puerta en algún momento, preguntando si estaba bien, y logré responderle con una voz lo suficientemente firme como para que se fuera a dormir tranquilo.

Pero yo no dormiría. Yo sabía que esa noche sería larga, infinita, llena de recuerdos de un hombre que no merecía ni un segundo de mi pensamiento, y de la ausencia devastadora de otro que ya nunca volvería.

Y en algún lugar de esa oscuridad, entendí que volver a ser la mujer de antes no sería posible. Porque antes no había conocido a Adrien Walker. Y ahora que lo conocía, ahora que sabía lo que era sentirse viva de nuevo, volver a la oscuridad sería peor que nunca haber salido de ella.