Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Pero ella fue más rápida. Me cogió del brazo para impedir que me marchara, llevándome hacia un lado del hotel, y cuando me giré para apartarla, ya estaba demasiado cerca. Me agarró por la solapa de la chaqueta con una fuerza sorprendente, se puso de puntillas, y me besó.

Fue un beso forzado, desesperado, que me supo a perfume barato y a oportunismo. Sentí sus labios fríos contra los míos, sus manos apretando mi chaqueta, su cuerpo presionando contra el mío. Durante un segundo, el shock me paralizó. Y entonces reaccioné.

La aparté de un empujón, no violento pero firme, y me limpié la boca con el dorso de la mano como si pudiera borrar el contacto.

—¡No vuelvas a hacer eso jamás! —exclamé, con una furia que me sorprendió a mí mismo—. Y vete de aquí, porque no hay nada que tú y yo tengamos que hablar.

Ingrid no se movió. Se quedó allí de pie, respirando agitada, con las mejillas sonrojadas y una expresión que oscilaba entre la desesperación y la rabia.

—Han pasado ocho años, Adrien —dijo, con voz temblorosa—. Ocho años desde que murió tu esposa. Deberías darte la oportunidad de volver a estar con alguien. Conmigo. Siempre hubo algo entre nosotros, siempre...

—No —la interrumpí, cortante—. Nunca hubo nada.

Solo sexo. Y eso terminó hace años. Lo nuestro fue un error y lo sabes, lo nuestro ocurrió por tu insistencia durante años y porque yo estaba hundido y cabreado por haber perdido a mi mujer.

Y tienes razón en una cosa, debería darme una oportunidad de vivir de nuevo, de sentir, de amar, y me la estoy dando.

Me estoy dando la oportunidad de seguir adelante.

Pero esa oportunidad nunca, jamás, serás tú.

Ella sonrió. Fue una sonrisa extraña, torturada, que no llegó a sus ojos. Y entonces dijo algo que hizo que el mundo se detuviera.

—Y por eso nunca te dije que teníamos un hijo.

El silencio que siguió fue absoluto. Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Qué había dicho? ¿Un hijo?

—Mientes —susurré, pero mi voz sonó débil, insegura.

—No miento —respondió ella, y sacó el móvil del bolso. Manipuló la pantalla durante unos segundos y luego me lo mostró.

Era una foto de un niño. Un niño de unos siete años, con pelo negro y ojos azules, con la misma mandíbula cuadrada que yo, con la misma forma de fruncir el ceño. Era como mirarme en un espejo del pasado, una versión miniatura de mí mismo que no podía ser real.

—Se llama Alex —dijo Ingrid, y su voz se quebró ligeramente—. Tiene siete años. Es estupendo, Adrien. Inteligente, amable, siempre preguntando por su padre. Y yo... yo le he dicho que estás muy ocupado, que viajas mucho, pero que le quieres.

—Esto es... —empecé, pero no encontré las palabras. Esto era imposible. Esto era una pesadilla—. Esto no puede ser cierto. Usé protección. Siempre usamos...

—Falló —dijo ella, simplemente—. O falló una vez. No lo sé. Pero es tuyo, Adrien. No hay duda. Es tu hijo. En aquel tiempo no estuve con nadie más. Ni antes, ni después de ti.

Sentí que me mareaba. Tuve que apoyarme en la pared para no caer. Un hijo. Tenía un hijo de siete años que no conocía, que había crecido sin mí, que creía que su padre estaba demasiado ocupado para quererle.

—¿Por qué? —logré preguntar—. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque tú me rechazaste —respondió ella, y ahora había lágrimas en sus ojos—.

Porque me dijiste que no querías saber nada más de mí, que habías usado para olvidar, que nunca había significado nada.

Y yo estaba enfadada, herida. Pensé que criarle sola sería mejor que tener a un padre que no nos quería. Pero ahora...

Se detuvo, tragando saliva con dificultad. Cuando continuó, su voz era apenas un susurro.

—Me han detectado un cáncer de ovarios, Adrien. Irreversible. Metástasis en hígado y pulmón. Me quedan meses, quizás un año si tengo suerte.

El golpe fue físico. La miré, realmente la miré, y vi por primera vez la palidez de su piel, las ojeras que el maquillaje no lograba disimular, la delgadez excesiva bajo el vestido ceñido.

—Cuando yo falte —continuó ella—, Alex no tendrá a nadie.

Mi madre tiene ochenta años, mi padre murió el año pasado.

No tengo hermanos. Si tú no quieres estar conmigo, está bien.

Pero, te lo ruego, Adrien, al menos no dejes a tu hijo solo.

Porque no se lo merece. Es un niño bueno, y necesita un padre.

El mundo giraba. Sentía que el whisky que había bebido regresaba a mi garganta, que la habitación se inclinaba, que mi vida entera se desmoronaba y reconstruía en segundos.

Pensé en Emma, en cómo había crecido sin madre, en cómo yo había intentado compensar esa ausencia con una devoción que a veces rozaba la obsesión.

Pensé en Leila, en Luck, en la familia que estábamos intentando construir.

Pensé en Sarah, en su promesa de seguir viviendo, y en cómo esa promesa se había convertido en una burla cruel.

Miré a Ingrid, a esta mujer que había sido un error, un momento de debilidad en el peor momento de mi vida, y vi la verdad en sus ojos. No estaba mintiendo. Ese niño, Alex, era mi hijo. Y estaba a punto de quedarse huérfano.

Respiré hondo. Una vez. Dos. Sentí el aire entrar en mis pulmones, el oxígeno llegar a mi cerebro, la claridad imponerse sobre el caos.

—Quiero conocerle —dije, y mi voz salió firme, segura, aunque todo mi interior temblaba—. Mañana. Quiero ver a mi hijo.

Ingrid asintió, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Gracias —susurró.

—No me des las gracias —respondí, y ahora era yo quien tenía los ojos húmedos—. He fallado durante siete años. No pienso fallarle más. Trae a Alex mañana. Y hablaremos de cómo voy a ser parte de su vida, con o sin ti.

Ella asintió de nuevo, guardó el móvil en el bolso, y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.

—Es igual que tú, Adrien —dijo—. En todo. Incluso en la forma de mirar cuando está enfadado.

Cuando la puerta se cerró tras ella, me quedé solo en la habitación, mirando el espacio vacío donde había estado.

Y supe, con una certeza que me aterraba y me liberaba a la vez, que mi vida acababa de cambiar para siempre.

Porque ahora tenía dos hijos. Y una mentira que explicar. Y un futuro incierto que enfrentar.

Pero por primera vez en ocho años, sentí que estaba cumpliendo la promesa que le había hecho a Sarah. Estaba siguiendo adelante. Aunque el camino fuera tortuoso, aunque significara destruir todo lo que había construido con Leila, aunque tuviera que enfrentarme a fantasmas que creía enterrados.

Estaba vivo. Y tenía responsabilidades. Y eso, después de tanto tiempo deambulando en la oscuridad, era lo único que importaba.