Capítulo 31
Adrien
Nueva York me recibió con ese cielo gris plomizo que tanto caracteriza a la ciudad cuando no está de humor para impresionar a los turistas.
Aterricé en JFK a las siete de la mañana, después de un vuelo nocturno desde Miami en el que no había pegado ojo, y me dirigí directamente al edificio de cristal y acero del Midtown donde nos esperaban los directivos de la aerolínea.
Llevaba el mismo traje que había utilizado el día anterior, aunque me había cambiado la camisa en el avión, y tenía la mandíbula tensa por la concentración que sabía que me exigiría la jornada.
La reunión transcurrió durante seis horas interminables.
Estábamos en una sala de juntas con vistas al Central Park, aunque nadie se detenía a admirar el paisaje.
Los directivos alemanes, tres hombres de trajes grises y expresiones inescrutables, habían venido a negociar la renovación de un contrato multimillonario para equipar toda su flota con nuestros nuevos sistemas de navegación satelital.
Yo había preparado cada detalle, cada cifra, cada proyección financiera durante semanas, pero aun así sentía que el peso de la responsabilidad me oprimía el pecho de una forma que no lograba explicar.
—Señor Walker —dijo el director general, un tipo llamado Weber con gafas de montura metálica y acento de Stuttgart—. Su propuesta es... interesante. Pero necesitamos garantías de mantenimiento durante quince años, no diez.
—Diez años es el estándar de la industria —respondí, manteniendo la calma que había perfeccionado durante décadas—. Pero estoy dispuesto a negociar doce, con opción a renovación automática por otros tres si ambas partes están satisfechas.
Weber intercambió una mirada con sus colegas. Hubo un silencio tenso, cargado de electricidad, mientras yo mantenía mi expresión imperturbable, la máscara del CEO que nunca mostraba debilidad.
—Aceptado —dijo finalmente Weber, extendiendo la mano—. Doce años, con cláusula de renovación. Le enviaremos el borrador del contrato mañana.
Cuando salimos de la sala, sentí que podía respirar de nuevo.
El contrato era el más grande de la historia de la empresa, un acuerdo que aseguraba empleos para miles de personas y que consolidaba a Walker Aerospace como líder indiscutible del sector.
Debería haber sentido euforia. Debería haber querido llamar a Emma, a Ethan, a Leila incluso, para compartir la noticia.
Pero en lugar de eso, sentí un vacío extraño, una sensación de que algo no encajaba, de que estaba olvidando algo importante pero no sabía qué.
Ethan me esperaba en el vestíbulo, con su habitual sonrisa pícara y un traje azul marino que contrastaba con mi gris marengo. Llevaba toda la semana en Nueva York, preparando el terreno para esta reunión, y ahora se acercó con dos vasos de café en las manos.
—¿Y bien? —preguntó, entregándome uno de los vasos—. ¿Han mordido el anzuelo?
—Han mordido —confirmé, bebiendo el café amargo sin apenas notarlo—. Doce años, renovables a quince. Es tuyo el diez por ciento de la comisión, como acordamos.
—Eso es pasta para jubilarme —dijo Ethan, guiñando un ojo—. Aunque sabes que no lo haré. Me aburriría sin ti dándome la lata cada día.
Cenamos en un restaurante italiano del SoHo, un sitio pequeño y ruidoso donde nadie nos reconocería.
Ethan habló durante todo el primer plato sobre una abogada que había conocido en el gimnasio, una historia que normalmente me habría hecho reír pero que esa noche apenas registré.
Mi mente estaba en otra parte, divagando entre cifras de negocios y un malestar difuso que no lograba identificar.
Cuando salimos a la calle, el aire de la noche neoyorquina nos golpeó con una frescura inesperada para julio. Caminamos hacia el hotel en silencio, Ethan tarareando alguna canción de los ochenta y yo con las manos en los bolsillos, mirando el suelo.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Ethan de repente, deteniéndose junto a un semáforo en rojo.
Fruncí el ceño, sacando el móvil para comprobar la fecha.
—Martes —dije—. Diecisiete de julio.
—No —respondió Ethan, y su voz había perdido el tono bromista, adquiriendo una seriedad que me hizo mirarle de verdad—. ¿Qué día es?
Tardé unos segundos en procesar la pregunta. Lo miré, confundido, viendo la compasión en sus ojos marrones, la forma en que mantenía las manos en los bolsillos, pero con los hombros tensos. Y entonces, como un golpe físico, lo recordé.
Cinco de septiembre
El cinco de septiembre.
El aniversario.
Ocho años. Exactos. Desde que Sarah había cerrado los ojos por última vez, desde que había soltado mi mano en aquella habitación de hospital que olía a desinfectante y a despedida, desde que el mundo se había vuelto gris y yo había decidido que nunca volvería a ver colores.
Durante unos segundos no pude decir nada.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, que el suelo de Manhattan se inclinaba peligrosamente bajo mis pies.
Ocho años. Había pasado ocho años desde que la había enterrado, y yo seguía aquí, respirando, negociando contratos millonarios, cenando en restaurantes italianos, viviendo como si nada mientras ella se convertía en polvo bajo la tierra.
Ethan no dijo nada. No hacían falta palabras. Simplemente me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza, transmitiendo todo su apoyo en ese gesto silencioso que solo entendían quienes habían compartido décadas de amistad.
—Lo siento —murmuré, aunque no sabía bien por qué me disculpaba—. Había olvidado la fecha. Con todo el lío de la reunión...
—No tienes que explicar nada —dijo Ethan, suavizando el tono—. Pero deberías saberlo. Para que puedas... puedas sentirlo, joder. No solo suprimirlo.
Asentí, sin fuerzas para discutir. Seguimos caminando hacia el hotel, pero el ambiente había cambiado por completo.
Ya no estábamos dos amigos celebrando un triunfo empresarial.
Estábamos un viudo y su testigo, caminando por las calles de una ciudad que no nos pertenecía, conmemorando una pérdida que el mundo había olvidado pero que nosotros cargaríamos siempre.
Seguimos caminando y estaba deseando llegar a la suite y meterme en la cama, había sido un día largo y quería descansar.
Y allí, bajo el cielo nocturno de Nueva York, mi mente empezó a recordar.
Recordé el primer beso, en la biblioteca de la universidad, cuando estábamos los dos estudiando para un examen de física y yo me atreví a inclinarme hacia ella, temblando como un adolescente.
Recordé su sabor a chicle de menta y a miedo, y la forma en que se había reído después, diciéndome que llevaba meses esperando que hiciera eso.
Recordé el embarazo inesperado, cuando teníamos veinte años y ninguno de los dos estaba preparado. Recordé el pánico en sus ojos, y luego la determinación, y luego la alegría. Recordé cómo habíamos construido nuestra vida juntos, pieza a pieza, con Emma como centro de todo.
Recordé la boda, modesta pero perfecta, en el jardín de sus padres. Recordé su vestido blanco sencillo, las flores silvestres que ella misma había recogido, la forma en que había llorado mientras decíamos los votos, prometiendo amarnos hasta que la muerte nos separara.
Recordé las noches sin dormir con Emma, los dos turnándose para mecerla cuando tenía cólicos, Sarah cantando canciones de cuna con voz ronca de cansancio y yo mirándola con una admiración que crecía cada día.
Recordé la primera quimioterapia, cuando el cáncer ya había hecho metástasis y sabíamos que era cuestión de tiempo.
Recordé cómo se había afeitado la cabeza antes de que el pelo se le cayera, cómo había sonreído ante el espejo diciendo que parecía una rockera punk, y cómo yo había llorado en el baño para que ella no me viera.
Recordé la última sonrisa. Esa sonrisa que me había dado cuando ya no podía hablar, cuando el oxígeno hacía ruido en la habitación silenciosa, cuando sus ojos decían todo lo que sus labios ya no podían pronunciar.
Y recordé las últimas palabras. Días antes, cuando aún tenía fuerzas para susurrar, me había cogido la mano con una debilidad que me rompía el alma.
— Prométeme una cosa —había dicho.
— Lo que quieras —había respondido yo, besando sus nudillos fríos.
— Cuando yo ya no esté... sigue viviendo.
Aquella promesa llevaba ocho años incumplida.
Y yo lo sabía. Lo sabía cada mañana al despertar y sentir que no merecía el aire que respiraba, lo sabía cada vez que rechazaba una invitación, cada vez que me negaba a sentir, cada vez que convertía mi vida en una rutina gris y mecánica para no tener que enfrentar el vacío que ella había dejado.
Cuando llegamos al hotel, vi algo que me llamó la atención, o, mejor dicho, a alguien.
Ingrid. La ejecutiva alemana con la que había mantenido una relación hacía años, justo después de que Sarah muriera.
Una relación que nunca fue tal, en realidad.
Solo sexo. Dos meses de encuentros furtivos en hoteles de Frankfurt y Berlín, de cuerpos sudados y silencios incómodos, yo intentando liberar la rabia que sentía contra el mundo, contra Dios, contra mí mismo, por haberme quedado vivo mientras ella se iba.
Ingrid era rubia, alta, con unos ojos azules fríos que ahora brillaban de una forma que no me gustó nada. Llevaba un vestido negro ceñido que dejaba ver demasiado, y en su mano derecha sostenía un bolso de diseño que reconocí como carísimo.
—Adrien —dijo, con su acento alemán marcado—. Sabía que estabas aquí. He visto tu nombre en el registro del hotel.
—Yo me subo —dijo Ethan—. Nos vemos mañana.
Ingrid sonrió, Ethan hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza a modo de saludo, y entró en el hotel dejándome allí con ella.
—Ingrid —respondí, frío como el hielo—. ¿Qué haces aquí? Te dije hace años que se había acabado. Que no quería volver a saber nada de ti.
—Lo sé —dijo ella, y había una determinación en su voz que me puso nervioso—. Pero necesito hablar contigo. Es importante.
—No hay nada de qué hablar —dije, empezando a caminar hacia la puerta.