Capítulo 30 #2
Estaba en la pantalla, alto y elegante como siempre, con su traje oscuro impecable.
Pero no estaba solo. Una mujer estaba con él, una rubia de aspecto sofisticado que llevaba un vestido de noche ceñido que dejaba poco a la imaginación.
Las imágenes parecían robadas, tomadas desde un ángulo que sugería que no sabían que estaban siendo fotografiados.
Estaban en la entrada de algún edificio, quizás un hotel, quizás un restaurante exclusivo de Nueva York.
La mujer le sujetaba por la solapa de la chaqueta, acercándolo a ella con una familiaridad que me revolvió el estómago.
Y entonces se besaron. No un beso de despedida casual, no un beso de amigos.
Era un beso profundo, de esos que duran demasiado, de esos que hablan de intimidad compartida.
Las manos de Adrien estaban en la cintura de ella, posicionadas con una posesividad que reconocí porque él me había tocado así a mí, porque esas mismas manos habían recorrido mi cuerpo hacía apenas días.
El presentador del programa, un hombre con una sonrisa amarillenta y demasiados dientes, comentaba las imágenes con voz sensacionalista:
— Y aquí tenemos al viudo y eterno soltero Adrien Walker, CEO de Walker Aerospace Systems, en lo que parece ser una apasionada reunión en Nueva York.
Después de ocho años de luto por su esposa Sarah, ¿está finalmente el hombre de hielo dispuesto a derretirse?
Nuestras fuentes dicen que la misteriosa rubia es una ejecutiva alemana con la que lleva semanas de supuesto romance…
No escuché más. El sonido del televisor se convirtió en un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua. Sentí que el té se me caía de las manos, que la taza golpeaba contra la mesa de centro con un ruido sordo que no lograba procesar.
Mi corazón latía con una fuerza que me resultaba dolorosa, cada latido un martillazo contra mis costillas. Miré la pantalla, incapaz de apartar la vista, viendo cómo se repetían las imágenes en bucle: el beso, las manos en la cintura, la sonrisa de ella, la expresión de él.
Dos meses.
Llevábamos dos meses viéndonos. Dos meses en los que había creído, estúpidamente, que lo nuestro iba en serio.
Dos meses en los que me había abierto a él, le había contado sobre Liam, sobre mi miedo a volver a amar, sobre mi hijo.
Dos meses en los que había permitido que Luck se encariñara con él, en los que había permitido que mi corazón se llenara de esperanzas que ahora se desmoronaban como castillos de arena ante la marea.
Qué idiota había sido.
Las lágrimas llegaron sin avisar, calientes y humillantes, resbalando por mis mejillas mientras seguía mirando la pantalla.
El presentador seguía hablando, ahora mostrando otras imágenes de Adrien en eventos sociales, siempre solo, siempre el viudo inconsolable que nunca sonreía para las cámaras.
Pero yo sabía la verdad. Yo sabía que sonreía, que reía, que era capaz de una ternura que me había hecho creer que era especial.
Y ahora veía la realidad. Para él, yo no era especial. Era solo una más, una entre muchas, una diversión mientras estaba en Miami y una ejecutiva alemana mientras estaba en Nueva York.
Pensé en Emma, en su sonrisa de esa mañana, en cómo me había dicho que su padre la había llamado tres veces. ¿Desde dónde? ¿Desde el hotel donde estaba con esa mujer? ¿Mientras la otra se duchaba o se vestía en la habitación de al lado?
El dolor se transformó en náuseas. Corrí al baño, cerré la puerta con llave, y me arrodillé delante del váter con la certeza de que iba a vomitar. Pero no salió nada, solo sollozos secos que me desgarraban el pecho, que me hacían sentir que me estaba partiendo en dos.
Luck llamó a la puerta, preocupado.
—¿Mamá? ¿Estás bien?
Me sequé las lágrimas con el puño, intentando que mi voz sonara normal.
—Sí, cariño —respondí, aunque la voz me salió rota, irreconocible—. Solo… solo me he mareado un poco. Voy a dormir. ¿Puedes acostarte solo?
—Claro —dijo él, dudoso—. ¿Segura que estás bien?
—Segura —mentí.
Escuché sus pasos alejándose, y entonces me permití desmoronarme del todo. Me senté en el suelo del baño, con la espalda contra la pared fría, y miré el techo mientras las lágrimas seguían cayendo.
Dos meses. Dos meses en los que había creído que estaba viviendo una historia de amor, que había encontrado a alguien que entendía mi dolor, que había permitido que Adrien Walker se colara en mi vida y en la de mi hijo.
Y todo había sido mentira. Una mentira bonita, envuelta en sonrisas y besos y promesas de fines de semana, pero una mentira, al fin y al cabo.
Me quedé allí sentada durante horas, hasta que las piernas se me durmieron y el sol completamente se había puesto, dejando el baño en penumbras.
Y cuando finalmente me levanté, me miré en el espejo y vi a una mujer que no reconocía.
Ojos hinchados, mejillas manchadas de rímel, expresión de derrota absoluta.
Esa mujer me miró con desprecio.
—Idiota —susurré a mi reflejo—. Cómo has podido ser tan idiota.
Y mientras me arrastraba hacia mi habitación, mientras apagaba el móvil para no tener que ver si él escribía, si intentaba explicar, si seguía mintiendo, supe que nada volvería a ser igual.
Porque había cometido el error más antiguo del mundo: había confiado.
Y ahora pagaba el precio de esa confianza con un corazón roto que creía haber enterrado hacía diez años.