Capítulo 30
Leila
La mañana comenzó con una tranquilidad casi sospechosa en la clínica.
Entré por la puerta lateral a las ocho en punto, como solía hacer cuando no tenía prisa por recoger a Luck en casa de mis padres, y me encontré con ese silencio particular que precede a la tormenta de pacientes diarias.
El aire olía a desinfectante y a café recién hecho, una combinación que había llegado a asociar con la normalidad, con la rutina reconfortante de mi trabajo.
Amanda estaba detrás del mostrador de recepción, organizando las citas del día con su eficiencia habitual.
Llevaba un vestido estampado de flores que contrastaba alegremente con la sobriedad blanca de la clínica, y tarareaba una canción de los ochenta mientras marcaba en el ordenador las confirmaciones de las pacientes.
—Buenos días, jefa —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. Hoy tenemos una mañana tranquila. Solo cuatro consultas y una revisión de rutina. Parece que el calor de julio ha convencido a todas las embarazadas de Miami para que se queden en casa cerca del aire acondicionado.
—Buenos días —respondí, dejando mi bolso en el perchero de mi consulta—. Eso nos vendrá bien. Necesito un día sin prisas para poner al día el papeleo.
Acababa de ponerme la bata blanca y estaba revisando el historial de la primera paciente cuando escuché la puerta principal abrirse.
Levanté la vista y vi a Emma entrando en la clínica.
Venía sola, lo cual era raro porque en las últimas semanas siempre la acompañaba su padre, y llevaba una sonrisa tan amplia que iluminó toda la sala de espera.
—¡Buenos días! —exclamó, saludando con la mano.
Amanda levantó la vista de inmediato y su rostro se transformó en una expresión de pura alegría. Salió de detrás del mostró con los brazos abiertos.
—¡Mi embarazada favorita! —dijo, abrazando a Emma con una fuerza que hizo reír a la joven.
Emma se apartó, ajustándose el vestido fluido que se había puesto para la ocasión, y arqueó una ceja con picardía.
—Eso espero —dijo—. Si tienes muchas favoritas, mal vamos.
—Tú eres la única que trae buenas noticias y buen humor —respondió Amanda, volviendo a su sitio—. Las demás vienen a quejarse de las náuseas o de los pies hinchados. Tú vienes sonriendo.
Salí de la consulta en ese momento, con el historial de Emma en la mano, y la encontré allí de pie, radiante, con ese brillo especial en los ojos que tenían las futuras madres cuando todo iba bien.
—Buenos días —dije, acercándome para darle dos besos en las mejillas—. ¿Cómo te encuentras?
—Muy bien —respondió ella, posando la mano sobre su vientre que ahora comenzaba a ser visible, una pequeña protuberancia redonda bajo la tela del vestido—. Aunque creo que este bebé ha decidido que los pepinillos con chocolate son una buena idea.
Parpadeé, procesando la información, y luego estallé en carcajadas. La imagen era tan absurda, tan típica de los antojos del embarazo, que no pude contenerme.
—Eso no puede estar bueno —dije, secándome una lágrima de la risa.
—No lo está —confirmó Emma, haciendo una mueca—. Pero ayer me parecieron maravillosos. Los compré en el supermercado, me senté en el sofá con el bote de pepinillos en una mano y la tableta de chocolate en la otra, y devoré los dos alternando. Mi padre me miró como si hubiera perdido la cabeza.
Las dos nos reímos juntas, Amanda desde su mostrador y nosotras en medio de la sala de espera.
Era un momento de normalidad, de alegría simple, que contrastaba con la tensión emocional que había estado sintiendo últimamente respecto a Adrien, a nosotros, a lo que fuera que estuviéramos construyendo.
La consulta transcurrió con la normalidad que yo apreciaba tanto.
Emma se recostó en la camilla, levantándose el vestido para dejar al descubierto su vientre redondeado.
Apliqué el gel, que estaba frío, pero no era una sensación desagradable, y comencé a pasar el ecógrafo.
La pantalla cobró vida con las imágenes en blanco y negro, y allí estaba el pequeño ser, ahora más grande, con sus brazos y piernas bien definidos, moviéndose con esa energía que siempre me emocionaba.
—Todo crece perfectamente —dije, midiendo, tomando notas—.
El latido es fuerte, el desarrollo es exactamente el que debería ser para las semanas que llevas.
Estás en la fase ideal del embarazo, Emma.
El primer trimestre ya ha pasado, el riesgo de complicaciones disminuye significativamente, y tú te sientes bien. Disfrútalo.
—Lo haré —respondió ella, mirando la pantalla con una ternura que me recordó a mí misma cuando esperaba a Luck—. Gracias, doctora. Por todo.
Cuando terminamos, mientras Emma se secaba el gel del vientre y se ajustaba el vestido, me di cuenta de que había estado mirando hacia la puerta cada dos minutos, esperando ver aparecer esa figura alta y oscura que solía acompañarla.
—¿Hoy no ha podido venir tu padre? —pregunté, intentando que mi voz sonara casual, profesional, aunque sentía el nudo de decepción en el pecho.
Emma sonrió, y en esa sonrisa había complicidad.
—Está en Nueva York por trabajo —dijo, recogiendo su bolso—.
Una reunión importante con inversores que no podía posponer.
Pero me ha llamado tres veces antes de entrar aquí.
Una para desearme suerte, otra para recordarme que te preguntara sobre los suplementos de hierro, y una tercera para asegurarse de que había aparcado bien y no tenía que caminar mucho bajo el sol.
Sentí que mis labios se curvaban en una sonrisa que no pude controlar. La imagen de Adrien, el hombre de hielo, el CEO inaccesible, llamando tres veces a su hija para asegurarse de que estaba bien, me desarmaba por completo.
—Es un padre muy pendiente de ti —dije, y mi voz salió más suave de lo que pretendía.
Emma bajó la vista, ajustándose el collar que llevaba puesto. Cuando volvió a mirarme, había una sombra de tristeza en sus ojos, pero también una madurez que me conmovió.
—Siempre lo ha sido —dijo ella—. Desde que murió mi madre... creo que los dos aprendimos a cuidarnos mutuamente. Él se convirtió en padre y madre a la vez, y yo... yo intenté no darle más preocupaciones de las que ya tenía.
Hizo una pausa, tragando saliva, y luego añadió con una sonrisa pequeña, casi avergonzada:
—Ha sido solo él y yo durante mucho tiempo. Hasta que apareciste tú.
Sentí un nudo en el estómago, una conexión instantánea con sus palabras.
Porque entendía exactamente lo que significaba crecer después de una pérdida, cómo el duelo transformaba las relaciones familiares, cómo los roles se invertían y se mezclaban hasta que ya no sabías quién cuidaba de quién.
Con Liam habíamos sido tres durante dos años, y luego, durante diez, habíamos sido solo Luck y yo, aprendiendo a sobrevivir el uno al otro.
—Es un regalo —dije, tocando suavemente su mano—. Tener a alguien que te cuida así. No lo olvides nunca.
Emma asintió, y nos quedamos un momento en silencio, dos mujeres que habían aprendido a ser fuertes porque la vida les había dado pocas alternativas.
Cuando Emma se fue, prometiendo llamarme si tenía cualquier duda, me quedé en la consulta mirando la pantalla del ecógrafo apagada.
Pensé en Adrien, en Nueva York, en cómo me había acostumbrado a su presencia en estas consultas, a su voz grave haciendo preguntas sobre el desarrollo del bebé, a su mano buscando la mía en los momentos de tensión.
Llevábamos dos meses viéndonos, dos meses de encuentros furtivos, de fines de semana compartidos, de noches en las que el mundo se reducía a él y a mí.
Y aunque sabía que era pronto, aunque mi cabeza me gritaba que fuera cautelosa, mi corazón ya había tomado decisiones que no podía revertir.
La tarde transcurrió con la normalidad de cualquier día de verano en Miami.
Recogí a Luck en casa de mis padres, donde había pasado la mañana ayudando a mi padre con el jardín y discutiendo sobre filosofía con mi madre.
Mi hijo estaba radiante, lleno de energía, y me habló sin parar sobre un proyecto de dron que Adrien le había propuesto durante el fin de semana anterior.
—Dice que podemos usar sensores de proximidad —explicó Luck mientras caminábamos hacia el coche—. Y que, si diseño bien el algoritmo, el dron podría evitar obstáculos de forma autónoma. Es como la inteligencia artificial, mamá, pero aplicada a la robótica.
Escuché su entusiasmo, asintiendo en los momentos apropiados, pero una parte de mi mente estaba en Nueva York, preguntándose qué estaría haciendo Adrien en ese momento, si pensaría en mí con la misma intensidad con la que yo pensaba en él.
Pasamos la tarde en casa. Luck se instaló en su habitación con el ordenador portátil, diseñando circuitos y haciendo cálculos que yo no entendía, mientras yo intentaba leer un libro de medicina que llevaba semanas abandonado en la mesilla de noche.
Pero las palabras se mezclaban en la página, y mi atención se dispersaba constantemente hacia el móvil, esperando un mensaje que no llegaba.
Cenamos temprano, una ensalada ligera y pescado a la plancha que Luck devoró mientras seguía explicándome teorías sobre aerodinámica.
Después, mientras él se duchaba y se preparaba para acostarse, yo me instalé en el sofá del salón con una taza de té y el mando a distancia.
Necesitaba desconectar, dejar de darle vueltas a la cabeza, perderme en alguna tontería de la televisión que no requiriera pensar.
Encendí el televisor y cambié de canal sin rumbo, pasando por noticias, documentales de animales, series de cocina. Estaba a punto de apagar y meterme en la cama con un libro cuando una imagen en el canal doce me hizo detenerme.
Era un programa del corazón, uno de esos espacios vespertinos dedicados a la vida de los famosos y las élites empresariales. Normalmente los evitaba como a la peste, considerándolos basura cultural insustancial. Pero en esa pantalla, en ese momento, vi algo que hizo que mi sangre se helara.
Adrien.