Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 29
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Capítulo 29

Adrien

El coche se detuvo frente a la casa de mis padres con un suave crujido de grava bajo las ruedas.

Era una mansión clásica de Coral Gables, con esa fachada blanca colonial que mi madre tanto había insistido en mantener intacta a lo largo de los años, y el jardín exuberante que ahora, en pleno verano, explotaba en una explosión de buganvillas y jazmines que perfumaban el aire incluso desde el exterior.

Llevaba años viniendo a este lugar, décadas enteras de comidas dominicales, de Navidades, de cumpleaños familiares, pero esa tarde sentía una extraña mezcla de nerviosismo y anticipación que no lograba explicarme del todo.

—Estás raro —dijo Emma desde el asiento de al lado, sin apartar la vista de la ventanilla.

—¿Raro? —repetí, aparcando y quitándome el cinturón—. ¿En qué sentido?

—En el sentido de que llevas toda la semana sonriendo solo, y ahora parece que vas a una entrevista de trabajo —respondió ella, girándose hacia mí con esa perspicacia que tanto me recordaba a su madre—. ¿Te preocupa que abuelo te pregunte por Leila?

—No —mentí, saliendo del coche y dando la vuelta para abrirle la puerta a mi hija—. Solo estoy cansado. La reunión de ayer con los alemanes fue agotadora.

Emma se bajó, ajustándose el vestido de verano que se había puesto especialmente para la ocasión, y me miró por encima del hombro mientras caminábamos hacia la entrada.

—Papá —dijo, con una ternura que me desarmó—. No tienes que esconderlo. A mí me gusta que estés feliz. Y a los abuelos también les va a gustar. Créeme.

No tuve tiempo de responder porque la puerta principal se abrió de golpe y mi madre apareció en el umbral, con los brazos abiertos y una sonrisa que iluminaba todo el porche.

Victoria Walker seguía siendo una mujer elegante, a sus cincuenta y seis años, con ese pelo rubio que ahora llevaba en un corte más corto y práctico para sus viajes, y unos ojos azules idénticos a los míos que brillaban con una energía que el tiempo no había logrado apagar.

—¡Mis niños! —exclamó, abrazando primero a Emma con una fuerza que hizo reír a mi hija—. ¡Cuánto os he echado de menos! ¡Tres semanas en Grecia se hacen eternas sin veros!

—Mamá —dije, acercándome y recibiendo su abrazo perfumado a lavanda—. Habéis llegado ayer y ya nos estáis agobiando.

—Cállate —dijo ella, dándome un beso en cada mejilla—. Richard está en el jardín, supervisando la barbacoa. Dice que los griegos le han enseñado el auténtico secreto de la carne marinada y no va a permitir que nadie se acerque a la parrilla.

Entramos en la casa. El interior seguía exactamente igual que siempre.

El vestíbulo con su suelo de mármol blanco, la escalera imperial que subía hacia las habitaciones, y los retratos familiares que cubrían las paredes como testigos mudos de nuestra historia.

Había fotos de mi padre con traje de CEO en los años ochenta, de mi madre joven y sonriente sosteniéndome en brazos cuando era un bebé, y más recientemente, fotos de Emma en sus diferentes etapas, incluyendo una en la que aparecía con Sarah, su madre, en la playa cuando tenía diez años.

Sentí el habitual pinchazo en el pecho al pasar junto a esa imagen, pero esta vez fue diferente, menos agudo, como si el dolor hubiera comenzado a transformarse en algo más parecido a la nostalgia.

El jardín trasero era un oasis de verdor.

Mi padre, Richard, estaba efectivamente junto a la barbacoa, con un delantal de cuero que decía «El Rey de la Parrilla» en letras doradas, un regalo de mi madre de hacía años, y una copa de vino tinto en la mano que balanceaba mientras hablaba solo, probablemente repasando mentalmente los tiempos de cocción.

Tenía sesenta y dos años, pero seguía teniendo la postura erguida del militar que había sido en su juventud, y el pelo canoso que ahora lucía le sentaba mejor que el oscuro de antes.

—¡Ah, llegan los famosos! —exclamó al vernos, dejando la copa sobre la mesa auxiliar para abrazarnos—.

Emma, estás radiante. El embarazo te sienta bien.

Y tú, Adrien... —me estudió con esa mirada suya que siempre me había resultado incómoda, la que parecía ver a través de las máscaras—. Pareces menos agobiado de lo habitual.

—Gracias, papá —dije, encogiéndome de hombros—. Supongo que el trabajo va bien.

—Supones —repitió él, arqueando una ceja—. Eso ya lo sé. Ethan me envió un mensaje esta mañana sobre el contrato alemán. Hablo de ti, de tu cara. Pareces... diferente.

—Deja al niño en paz —intervino mi madre, apareciendo con una bandeja de aceitunas y queso—. Vamos a sentarnos. La carne necesita reposar, según tu padre, y yo necesito saber todo sobre mi bisnieto.

Nos sentamos alrededor de la mesa de piedra del jardín, bajo una pérgola cubierta de enredaderas que creaban sombra moteada.

El sol de la tarde caía con suavidad, y la brisa traía el olor a hierba recién cortada y a las rosas que mi madre cultivaba con esmero.

Era una escena idílica, perfecta, el tipo de momentos que yo había evitado durante años porque me recordaban demasiado a lo que había perdido, pero que ahora, de alguna manera, comenzaba a apreciar de nuevo.

La comida fue deliciosa. Mi padre había superado sus propias expectativas con la carne marinada en especias griegas, y acompañamos todo con ensalada de pepino y yogur, pan de pita caliente, y un vino blanco de Santorini que mi madre había traído en la maleta.

Hablamos de su viaje, las islas que habían visitado, el mar Egeo de un azul imposible, las ruinas antiguas que habían recorrido.

Mi madre describía cada detalle con una pasión que hacía que uno sintiera que estaba allí, viendo el atardecer en Oia o caminando por las calles empedradas de Atenas.

—¿Y tú, Emma? —preguntó mi padre, sirviéndose más vino—. ¿Cómo van esos estudios? ¿El embarazo te deja estudiar con normalidad?

—Más o menos —respondió ella, mordiendo un trozo de pan—. Las náuseas matutinas han pasado, pero me quedo dormida sobre los libros a las nueve de la noche. Aunque bueno, el médico dice que es normal.

—¿Y el bebé? —intervino mi madre, inclinándose hacia adelante con esa luz especial en los ojos que solo aparecía cuando hablaba de su futuro bisnieto—. ¿Cómo está mi bisnieto?

Emma sonrió, posando la mano sobre su vientre apenas perceptible bajo el vestido.

—Perfecto —dijo, y su voz irradiaba felicidad—. Todo va genial. La última ecografía mostró que crece con normalidad, el latido es fuerte... Es un pequeño campeón.

—O campeona —añadí, levantando mi copa en un brindis silencioso.

—O campeona —corrigió Emma, sonriendo.

Mi padre me miró entonces. Fue una mirada larga, evaluadora, que duró unos segundos más de lo cómodo. Cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó en la silla, con esa expresión que había utilizado toda mi vida cuando sabía que algo no encajaba.

—¿Y tú? —preguntó, dirigiéndose directamente a mí.

—¿Yo? —repetí, sintiendo que me ponía a la defensiva—. Estoy bien, papá. Como he dicho antes.

—Eso significa que no tan bien —respondió él, con una certeza que me irritó y conmovió a la vez—. Te conozco demasiado, hijo. Llevas toda la comida con la mente en otra parte. Sonríes, sí, pero es una sonrisa diferente. No es la sonrisa de un hombre que solo ha cerrado un buen negocio.

—Papá... —empecé a protestar, pero mi madre intervino.

—Richard, déjalo —dijo, aunque su tono no era de reproche, sino de complicidad.

—No —insistió mi padre—. Quiero saber qué le pasa a mi hijo.

Hace ocho años que no le veo así. Desde antes de...

—hizo una pausa, mirando a Emma, que observaba la escena con atención—.

Desde antes de que todo se fuera al traste.

Y ahora vuelve a estar distraído, pero de otra manera. No es tristeza. Es... otra cosa.

Sentí que el calor subía a mis mejillas. No estaba preparado para esta conversación, no aquí, no ahora, con mi hija sentada a mi lado y mi madre observándome con esa mezcla de curiosidad y esperanza.

—Estoy bien —repetí, más firme esta vez—. De verdad. El trabajo consume, pero...

—No es el trabajo —interrumpió mi padre.

—Entonces, ¿qué es? —pregunté, sintiendo que la irritación ganaba terreno.

Mi madre cambió de tema con toda la intención del mundo. Dejó su copa sobre la mesa con un ruidito cuidadosamente calculado y se giró hacia Emma con una sonrisa demasiado brillante.

—Emma nos ha hablado mucho de la doctora —dijo, y el tono casual no engañaba a nadie—. De la ginecóloga que os está atendiendo. ¿Cómo se llama? ¿Monroe?

Sentí que el estómago se me cerraba. Miré a Emma, que me devolvió la mirada con una expresión de «Lo siento, no he sido yo», aunque sospechaba que mi hija había estado sembrando información estratégicamente durante nuestras ausencias.

—Mamá… —dije, con voz de advertencia.

—¿Qué? —preguntó ella, fingiendo sorpresa—. Si solo iba a preguntar si es buena profesional. Emma dice que es encantadora, pero quería saber tu opinión. Al fin y al cabo, eres tú quien la ha visto más veces, ¿no? Acompañando a Emma a las consultas.

Emma intervino rápidamente, quizás sintiendo mi incomodidad o quizás, más probablemente, disfrutando de ella.

—Muchísimo —dijo, animada—. Es la mejor ginecóloga de Miami, según todos los rankings. Y además es muy simpática. Tiene un hijo, un niño de doce años que es un genio. Y... —hizo una pausa dramática—. Y papá parece que le cae bien.

—Emma —siseé, pero era demasiado tarde.

Mi padre se cruzó de brazos, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. No era una sonrisa burlona, sino de comprensión, de alivio quizás.

—Eso es peligroso —dijo, y su voz había perdido el tono severo, adquiriendo una calidez que no esperaba.

—¿Peligroso? —repetí, levantando las manos en un gesto de rendición—. ¿De qué estáis hablando? Es la médico de Emma. Nada más.

—Claro —dijo mi padre, asintiendo con exagerada seriedad—. Por eso te has puesto colorado como un tomate. Porque es solo la médico de Emma.

—Papá, por favor...

—¿Podemos hablar de otra cosa? —supliqué, mirando alternativamente a mis padres y a Emma, que observaba la escena con una diversión que intentaba disimular sin éxito—. De verdad, no hay nada que contar. Leila... la doctora Monroe es una profesional excelente. Punto.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Mi madre me observó con una ternura que me hizo sentir expuesto, completamente desnudo emocionalmente. Se inclinó hacia adelante y posó la mano sobre la mía, que descansaba sobre la mesa.

—Adrien —dijo, y su voz era suave, casi un susurro—. Hace muchos años que no te veo sonreír tanto. No así. No con los ojos.

La mesa quedó en silencio. Ni siquiera el sonido de los pájaros en los árboles del jardín parecía atreverse a romper el momento. Nadie volvió a bromear. Nadie dijo nada más.

Porque todos entendían lo que realmente acababa de decir.

Mi madre no estaba hablando de la sonrisa cortés que usaba en las reuniones de negocios, ni de la sonrisa forzada que ponía cuando Emma me obligaba a ver una película romántica.

Hablaba de esa sonrisa que había perdido hacía ocho años, la que venía de dentro, la que iluminaba todo el rostro y transformaba la mirada.

La sonrisa que yo había sentido regresar lentamente, día a día, desde que una ginecóloga de ojos color miel había entrado en mi consulta y me había hecho reír de verdad.

Miré a Emma, que tenía lágrimas en los ojos pero sonreía con genuina felicidad. Miré a mi padre, que asentía una vez, en silencio, dándome su aprobación sin necesidad de palabras. Y miré a mi madre, que apretaba mi mano con fuerza, transmitiéndome todo su amor y su alivio de verme volver a la vida.

—Es... —empecé, y tuve que detenerme para tragar el nudo que se me había formado en la garganta—. Es complicado.

—El amor siempre lo es —dijo mi padre, y su voz sonó ronca, cargada de sus propios recuerdos—. Pero es lo único que merece la pena.

—No estoy hablando de amor —protesté débilmente.

—Entonces, ¿de qué hablas? —preguntó mi madre, con una sonrisa traviesa—. Porque desde aquí, hijo mío, se ve muy claro.

No supe qué responder. No había palabras para describir lo que sentía por Leila, no todavía, no cuando yo mismo estaba tratando de entenderlo.

Era miedo y esperanza mezclados. Era culpa y gratitud.

Era el sentimiento de estar traicionando a Sarah y simultáneamente la certeza de que ella habría querido esto para mí.

—Me hace sentir vivo —dije finalmente, y la confesión salió en un susurro, destinada más a mí mismo que a ellos—. Y eso me aterra.

Mi madre apretó mi mano con más fuerza.

—El amor siempre aterra, cariño —dijo ella—. Es su forma de recordarnos que estamos vivos.

Emma se levantó y vino a abrazarme por detrás, apoyando su barbilla en mi hombro, con su barriga presionando suavemente contra mi espalda.

—Te quiero, papá —susurró—. Y quiero que seas feliz. Leila te hace feliz. Yo lo veo. Los abuelos lo ven. Todo el mundo lo ve menos tú, que sigues resistiéndote.

Cerré los ojos, sintiendo las lágrimas picar en ellos. No eran lágrimas de tristeza, sino de alivio, de liberación. De ser finalmente visto, finalmente comprendido.

—Voy a intentarlo —dije, abriendo los ojos y mirando a mi familia—. No prometo nada. No sé si esto va a funcionar. Pero... voy a intentar dejar de tener miedo.

Mi padre levantó su copa, y mi madre la suya, y Emma se separó para levantar su vaso de agua.

—Por intentarlo —dijo mi padre, y sus ojos brillaban con una emoción contenida—. Y por las segundas oportunidades.

Brindamos, y el sonido de los cristales chocando resonó en el jardín tranquilo, como una promesa sellada. Y mientras bebía, mirando a los tres rostros que más quería en el mundo, supe que había dado un paso irrevocable. No había vuelta atrás. No quería que la hubiera.

Leila ya no era solo la médico de mi hija. Era la mujer que me había devuelto la sonrisa. Y estaba dispuesto a luchar por ella, aunque eso significara enfrentarme a mis propios fantasmas.