Capítulo 28
Leila
Subimos las escaleras con paso lento, como si ambos temiéramos que el hechizo se rompiera si nos movíamos demasiado rápido. La habitación de Adrien estaba iluminada únicamente por la luz de la luna que entraba por las ventanas abiertas, creando sombras plateadas sobre la cama deshecha de la mañana.
Adrien cerró la puerta detrás de nosotros y se giró hacia mí con una intensidad que me dejó sin aliento. Sus ojos brillaban en la penumbra, recorriendo mi cuerpo con una voracidad que hacía que mi piel se erizara de anticipación.
—Quiero verte —dijo, con voz ronca—. Toda.
Me quité la camiseta lentamente, dejando que cayera al suelo.
Luego me desabroché el sujetador, liberando mis pechos al aire fresco de la noche.
Adrien contuvo el aliento, acercándose hasta quedar a centímetros de mí.
Sus manos subieron por mi cintura, trazando círculos alrededor de mis pezones que se endurecieron bajo su tacto.
—Eres perfecta —murmuró, antes de inclinarse para capturar uno de mis pezones entre sus labios.
Gemí, arqueándome hacia él, clavando mis dedos en su pelo.
Succionó con fuerza, alternando con lamidas de su lengua caliente que me enviaban chispas de placer directamente al vientre.
Su otra mano bajó por mi abdomen, desabrochando los botones de mis pantalones cortos y deslizándose dentro de mi ropa interior.
—Ya estás húmeda para mí —gruñó contra mi pecho, encontrando mi humedad con sus dedos.
—Siempre —jadeé, moviendo mis caderas contra su mano.
Me empujó suavemente hacia la cama hasta que sentí el colchón contra la parte trasera de mis rodillas.
Me sentó en el borde y se arrodilló delante de mí, quitándome los pantalones y la ropa interior de un tirón.
Quedé completamente desnuda ante él, expuesta, vulnerable, y nunca me había sentido más deseada.
Adrien separó mis piernas con las manos, mirando mi intimidad con adoración.
—Hermosa —susurró, y luego se inclinó.
El primer contacto de su lengua contra mí me hizo gritar.
Era caliente, húmeda, insistente. Comenzó a lamer con movimientos lentos y deliberados, desde la base hasta el clítoris, trazando patrones que me volvían loca.
Sus manos sujetaron mis caderas, manteniéndome inmóvil mientras me devoraba con un hambre que me dejaba sin aliento.
—Dios, Adrien... —gemí, agarrándome a las sábanas—. Eso es... no pares...
No paró. Al contrario, intensificó el ritmo, introduciendo un dedo dentro de mí mientras su lengua seguía trabajando en mi clítoris. Sentí la presión acumularse, el placer crecer en espiral hasta que estuve al borde del precipicio.
—Córrete —murmuró contra mí, y el vibrar de su voz fue la gota que colmó el vaso.
Me corrí con un grito ahogado, con el cuerpo temblando convulsivamente, las piernas apretándose alrededor de su cabeza. Él siguió lamiendo suavemente, prolongando mi orgasmo hasta que estuve jadeando, sin fuerzas, completamente rendida.
Pero no había terminado. Adrien se levantó, se quitó la ropa con movimientos urgentes, y vi su erección, dura y gruesa, palpitando contra su abdomen.
Se situó entre mis piernas y me penetró de una sola embestida, llenándome por completo.
Ambos gemimos al unísono, el placer de la unión casi insoportable.
Me cogió de las piernas, levantándolas sobre sus hombros, y comenzó a moverse con un ritmo profundo y salvaje. Cada embestida me golpeaba contra el colchón, y yo arqueaba la espalda para recibirlo mejor, para sentirlo más profundo.
—Mírame —ordenó, con voz gutural—. Quiero verte cuando te corres.
Lo miré, perdida en sus ojos oscuros de deseo, y sentí que el segundo orgasmo se construía rápidamente. Cambió el ángulo, inclinándose hacia adelante, y su pubis rozó mi clítoris con cada movimiento, enviándome directamente al cielo.
—Adrien, voy a... —avisé, con la voz rota.
—Ahora —gruñó—. Córrete ahora.
Cuando lo hice, mi cuerpo se contrajo violentamente alrededor de su miembro, y sentí cómo él se quedaba inmóvil, profundamente enterrado en mí, mientras se vaciaba con espasmos que coincidían con los míos.
Permanecimos así unos segundos, jadeando, sudados, unidos. Luego él se deslizó fuera de mí y se tendió a mi lado, girándome para quedar yo de espaldas a él. Me abrazó desde atrás, haciendo la cucharita, con su brazo derecho envolviendo mi cintura y su mano descansando sobre mi vientre.
Besó mi cuello, lento, tierno, y luego mi hombro.
—Buenas noches, mi amor —susurró contra mi piel.
Me quedé callada, con el corazón acelerado aún, procesando sus palabras.
Mi amor. Había dicho mi amor. No respondí, no pude, porque un nudo de emoción se me formó en la garganta.
En lugar de hablar, apreté su mano contra mi pecho, sintiendo su calor contra mi espalda, su respiración regularizándose poco a poco.
Y mientras el sueño me reclamaba, pensé en lo que significaban esas palabras.
En cómo había llegado hasta aquí. En el hombre que dormía a mi lado, que había derribado mis muros sin piedad, pero con ternura.
Pensé en Liam, en cómo habría reaccionado él ante esto, y sorprendentemente, la imagen que vino a mi mente fue de aprobación, de alivio por verme feliz.
Adrien se movió ligeramente, apretándome más contra él, y supe que estaba dormido. Y yo, por primera vez en diez años, me dormí sintiendo que pertenecía a alguien, que era amada, que el futuro podía ser brillante de nuevo.
Desperté con los rayos del sol matutino bailando sobre mis párpados. Sentí el cuerpo de Adrien pegado al mío, su calor envolviéndome como una manta. Estaba de espaldas a él, y sentí su erección matutina presionando contra mi espalda. Sonreí, todavía medio dormida, y me apreté contra él.
—Buenos días —murmuró contra mi cuello, con voz ronca por el sueño.
—Buenos días —respondí, girándome para mirarle.
Nos besamos, perezosos, y lo que empezó como un beso tierno rápidamente se encendió.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con urgencia, encontrando mi humedad ya presente.
Me penetró sin preámbulos, desde atrás, con un movimiento fluido que nos hizo gemir a ambos.
El sexo fue rápido, intenso, una liberación de la tensión acumulada durante la noche.
Nos corrimos juntos en cuestión de minutos, con jadeos ahogados que resonaron en la habitación silenciosa.
Después, nos duchamos juntos bajo el agua caliente.
Fue un baile de cuerpos mojados, de jabón que resbalaba por piel, de besos robados bajo el chorro.
Me lavó el pelo con una ternura que me hizo sentir cuidada, querida, y yo le devolví el gesto, enjabonando su espalda, sus brazos, cada centímetro de su piel.
Bajamos a la cocina cogidos de la mano, todavía con el pelo húmedo y vestidos con ropa ligera de verano. Emma y Luck ya estaban despiertos, sentados a la barra con cuencos de cereales delante de ellos. Nos miraron al entrar, y vi que intercambiaban una mirada cómplice.
—Buenos días, dormilones —dijo Emma, con una sonrisa pícara—. Pensábamos que no ibais a bajar nunca.
—Hemos... dormido bien —respondí, sintiendo que me ruborizaba.
—Seguro —dijo Luck, con una inocencia fingida que nos hizo reír a todos.
Preparamos el desayuno entre risas y bromas. Adrien hizo café mientras yo preparaba huevos revueltos y tostadas. Luck puso la mesa con una eficiencia que me sorprendió, y Emma cortó fruta fresca que había en la nevera.
Comimos los cuatro juntos alrededor de la mesa del comedor, con el sol entrando a raudales por las ventanas. La conversación fluyó fácilmente: planes para el día, el proyecto de drones de Luck que quería terminar antes de irnos, la posibilidad de volver a vernos pronto.
—Deberíais venir más a menudo —dijo Adrien, mirándome a mí—. Esta casa está demasiado vacía sin vosotros.
—Estamos de acuerdo —dijo Emma, frotando su barriga—. Necesito una madrina para este bebé, y creo que ya he encontrado a la candidata perfecta.
Me emocioné tanto que tuve que disimular tosiendo. Luck, por su parte, parecía radiante con la idea de tener una gran familia con la que compartir sus proyectos.
El desayuno dio paso a la comida, esa que preparamos los cuatro entre risas, vino y refrescos. Era una escena doméstica perfecta, una imagen de normalidad que me había negado durante tanto tiempo y que ahora saboreaba con avidez.
Después de comer, Emma se fue a descansar un rato a su habitación, agotada por el embarazo como era lógico. Luck también se echó una siesta en el sofá del salón, con un libro de física sobre el pecho que cayó al suelo en cuanto cerró los ojos.
Adrien y yo aprovechamos esas horas de tranquilidad.
Nos retiramos a su habitación, supuestamente para descansar, pero acabamos haciendo el amor de nuevo, esta vez con la lentitud que nos había faltado por la mañana.
Fue un sexo profundo, emocional, donde cada mirada, cada caricia, decía más que mil palabras.
Cuando bajamos, ya era tarde. Preparamos una cena ligera, ensaladas y restos de la barbacoa del día anterior, y comimos con la tranquilidad de quienes saben que el fin de semana se acerca a su fin.
A las nueve de la noche, Adrien nos llevó a casa en su coche. El trayecto fue silencioso pero cómodo, con Luck dormitando en el asiento trasero y yo acurrucada contra el hombro de Adrien, disfrutando de su olor, de su calor, de su presencia.
Aparcó frente a mi edificio y salió para abrirme la puerta. Luck ya se había despertado y estaba recogiendo su mochila, dándonos un momento de privacidad.
—Gracias por este fin de semana —dije, mirándole a los ojos—. Ha sido... perfecto.
—Ha sido el principio —respondió él, acariciando mi cara con el pulgar—. Quiero volver a verte pronto. Mañana, si es posible.
—Mañana —acepté, sonriendo.
Se inclinó y me besó. Fue un beso largo, profundo, lleno de promesas que no necesitaban palabras. Cuando nos separamos, giré la vista y vi a Luck en la entrada del edificio, sonriendo con complicidad. Me ruboricé, pero no me avergoncé.
—Hasta mañana —dijo Adrien, dándome un último beso en la frente.
Subimos juntos, Luck y yo. Una vez dentro del apartamento, mi hijo dejó su mochila en el suelo y se giró hacia mí con una seriedad que me sorprendió.
—Mamá —dijo, cogiéndome de la mano—. Me lo he pasado muy bien este fin de semana.
—Yo también, cariño —respondí, acariciándole el pelo.
—Adrien mola mucho —continuó—. Y Emma es súper simpática. Pero lo que quería decirte... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Se nota que le gustas. Te mira mucho cuando cree que nadie le ve. Y tú... tú sonríes sin darte cuenta cuando le estás mirando.
—Luck... —comencé, sintiendo que debía explicar algo, pero él me interrumpió.
—No quiero que pienses nada malo —dijo, apretando mi mano—. Solo quiero decirte que... que, si Adrien quiere ser tu novio, tienes mi bendición. Es un buen hombre. Y... —su voz se quebró ligeramente—. Sé que a papá le gustaría también. Sé que papá querría que fueras feliz.
Me quedé mirándole, con el corazón desbocado, las lágrimas picando en mis ojos. Mi niño, mi pequeño genio de doce años, estaba dándome permiso para amar de nuevo, estaba liberándome de la culpa que yo misma me había impuesto.
—Gracias —susurré, abrazándole fuerte—. Gracias, mi amor.
Se separó y me sonrió, esa sonrisa torcida que tanto se parecía a la de su padre, y se fue a su habitación dejándome sola en el salón.
Me senté en el sofá, mirando la oscuridad de la ventana, con los pensamientos revoloteando en mi cabeza como mariposas.
Pensé en Liam, en el amor que habíamos compartido, en la vida que habíamos intentado construir y que se había truncado demasiado pronto.
Y pensé en Adrien, en el hombre que había llegado sin avisar, que había derribado mis defensas, que me hacía sentir viva de nuevo.
No eran comparables. No eran intercambiables.
Liam había sido mi primer amor, el padre de mi hijo, el hombre con el que había soñado un futuro que nunca llegó.
Adrien era... diferente. Más maduro, más roto quizás, pero igual de intenso.
No sustituía a Liam. Extendía lo que Liam había comenzado, me enseñaba que el amor no tenía por qué terminar cuando la vida se interponía, sino que podía transformarse, encontrar nuevas formas de existir.
Y mientras el silencio de la noche me envolvía, supe que había tomado una decisión. No iba a huir. No iba a dejar que el miedo dictara mi vida. Iba a dejar que Adrien entrara completamente, con todo lo que eso implicaba, porque merecía la pena arriesgarse por él. Por nosotros.
Porque algunas historias no terminan cuando creemos que sí. Simplemente esperan el momento adecuado para continuar.