Capítulo 27
Leila
El sol de la tarde caía sobre el jardín con una intensidad dorada que hacía que todo pareciera envuelto en una luz mágica.
Habíamos decidido hacer la barbacoa temprano, aprovechando que el calor de finales de agosto en Miami se suavizaba ligeramente cuando el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte.
Adrien encendió la parrilla con esa precisión metódica que aplicaba a todo, mientras yo preparaba la mesa en el porche, colocando platos, cubiertos y servilletas de colores vivos que Margaret había dejado en el cajón.
Luck y Emma se habían metido en la piscina hacía ya una hora. El sonido de sus risas y chapoteos llegaba hasta nosotros en oleadas, interrumpidas de vez en cuando por algún grito de emoción cuando el balón de voley-playa que habíamos encontrado en el cobertizo pasaba de un lado a otro.
—¡Punto para mí! —escuché gritar a Luck desde el agua.
—¡Eso ha sido fuera! —protestaba Emma, pero se reía.
Me acerqué a la barbacoa con una bandeja de carne marinada y Adrien levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron y sentí ese familiar vuelco en el estómago que se había vuelto constante desde que habíamos cruzado esa línea invisible la noche anterior.
Llevaba puesto un bañador oscuro y una camiseta blanca remangada que dejaba ver sus antebrazos bronceados. Me sonrió con complicidad.
—¿Necesitas ayuda? —pregunté, acercándome lo suficiente como para que nuestros brazos se rozaran.
—Ya casi está —respondió, pero no se apartó. Al contrario, aprovechó que nadie miraba para deslizar una mano por mi cintura y darme un beso rápido en la sien—. ¿Estás bien?
—Más que bien —susurré, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío.
Nos quedamos así unos segundos, disfrutando del contacto furtivo, hasta que escuchamos a Emma gritar desde la piscina.
—¡Eh, vosotros! ¡Dejad de hacer ojitos y venid a jugar!
Nos separamos riendo, pero Adrien me guio un dedo por la espalda al pasar junto a mí, un roce eléctrico que prometía más para más tarde.
Pasamos la siguiente hora entre risas y bromas.
Emma y Luck habían montado una especie de partido de voley improvisado en la zona poco profunda de la piscina, utilizando la red flotante que Adrien tenía guardada.
Yo me senté en el borde, con los pies en el agua, mientras Adrien se colocó detrás de mí, sentado en una de las hamacas, y comenzó a masajearme los hombros con una lentitud que me hacía estremecer.
—Estás tensa —murmuró contra mi oído, cuando Emma y Luck estaban ocupados discutiendo si el último punto había sido válido.
—Es tu culpa —respondí en voz baja—. Anoche no me dejaste dormir mucho.
—¿Te quejas? —susurró, y sentí su sonrisa contra mi cuello.
—Para nada —dije, inclinándome hacia atrás para apoyarme en su pecho.
Sus manos bajaron por mis brazos, trazando patrones circulares que me provocaban escalofríos. Cuando Emma giró la cabeza para decir algo, nos separamos rápidamente, fingiendo que estábamos simplemente conversando, pero el rubor de mis mejillas debió de delatarme porque ella sonrió con picardía.
La cena fue un éxito. La carne estaba perfecta, jugosa por dentro y ligeramente crujiente por fuera, y acompañamos todo con ensalada y pan fresco que habíamos comprado por la mañana.
Luck no paraba de hablar de sus proyectos de drones, y Emma le escuchaba con una atención genuina que me conmovió.
Era como si hubieran sido amigos toda la vida.
Estábamos recogiendo los platos y riendo por algo que había dicho Luck sobre la gravedad y los agujeros negros, cuando sonó el móvil de Adrien. Lo sacó del bolsillo de los pantalones cortos y frunció el ceño al ver la pantalla.
—Es Ethan —dijo, contestando—. Dime... ¿qué? No, ni se te ocurra venir, Ethan. Estoy ocupado.
Escuché fragmentos de la conversación mientras Adrien se alejaba unos pasos, hablando en voz baja pero tensa.
Palabras sueltas llegaron hasta mí: «No es momento», «Tengo invitados», «Más tarde».
Cuando colgó, marcó otro número y esperé, observando cómo su mandíbula se tensaba mientras maldecía en voz baja.
—¿Está todo bien? —pregunté, acercándome a él con una bandeja vacía en las manos.
Adrien suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—No exactamente —respondió—. Ethan insiste en venir. Dice que tiene que hablar conmigo de algo urgente de la empresa, aunque yo sospecho que solo quiere curiosear.
—¿Tu socio? —pregunté, recordando el nombre.
—El mismo —dijo, con una mueca—. Y no se despegará hasta que no le cuente todo. Es un pesado.
Justo entonces sonó mi móvil. Lo saqué del bolsillo de la falda y vi el nombre de Olivia iluminando la pantalla. Contesté, alejándome unos pasos para poder oír mejor.
—¿Dónde estás? —preguntó Olivia sin preámbulos—. He pasado por tu casa y no había nadie.
—Estoy en casa de Adrien —respondí, bajando la voz—. Pasando el fin de semana.
—¿En casa del CEO? —exclamó ella, y casi podía verla sonreír al otro lado—. Cuéntame todo. ¿Cómo es? ¿Es tan impresionante como parece?
—Olivia, estoy en medio de una barbacoa...
—Quiero conocerle —dijo ella, de repente—. En serio, Leila. Si es tan importante como para que desaparezcas un fin de semana entero, quiero ver con mis propios ojos de qué va el asunto.
—Te has vuelto loca —susurré, pero sentí unos brazos fuertes rodearme por detrás. Me giré y encontré los ojos azules de Adrien mirándome con curiosidad.
—¿Quién es? —preguntó, besándome el cuello discretamente.
—Mi mejor amiga —respondí, tapando el micrófono con la mano—. Dice que quiere conocerte. Está obsesionada.
Adrien sonrió, esa sonrisa pícara que transformaba su rostro.
—Invítala —dijo, hablando lo suficientemente alto como para que Olivia lo oyera al otro lado—. Cuanto antes mejor. Así conoce a Ethan también y se llevan los dos.
—¿Has oído eso? —le pregunté a Olivia, volviendo al teléfono.
—Sí —respondió ella, emocionada—. Pásame la ubicación. Voy para allá ahora mismo.
Colgué, mirando a Adrien con una mezcla de incredulidad y diversión. Él simplemente se encogió de hombros y me dio otro beso, esta vez en los labios, rápido pero intenso.
—Cuanto antes conozca a tu gente, mejor —dijo—. Quiero que sepan quién soy. Que sepan que esto es en serio.
Y mientras volvíamos al porche, donde Emma y Luck seguían riendo en la piscina, sentí que mi vida estaba dando un giro definitivo hacia algo que no me atrevía a nombrar todavía, pero que me hacía sentir más viva que nunca.
La noche había caído sobre Miami con una suavidad sedosa, llevándose consigo el calor sofocante del día y dejando una brisa marina perfecta para seguir en el jardín.
Ethan llegó primero, aparcando su coche deportivo con una precisión que evidenciaba su personalidad controladora.
Era un hombre atractivo, de barba cuidada y ojos que brillaban con inteligencia, aunque cuando me miró por primera vez, vi en ellos una evaluación rápida que me puso nerviosa hasta que sonrió y me dio dos besos en las mejillas.
—Así que tú eres la famosa doctora —dijo, con un acento británico educado que contrastaba con su apariencia informal—. La que ha conseguido que este hombre de hielo vuelva a sonreír.
—Eso parece —respondí, sintiendo que me ruborizaba.
Olivia llegó diez minutos después, con su pelo rubio suelto y un vestido veraniego que llamaba la atención.
La presenté a todos y, para mi sorpresa, encajó perfectamente en el grupo, sentándose junto a Ethan y comenzando a hablarle de derecho mercantil con una pasión que hizo que él levantara las cejas, impresionado.
La barbacoa se convirtió en una velada agradable.
Había risas, anécdotas sobre Adrien y Ethan en la universidad que hacían reír a carcajadas, y una complicidad creciente entre los cuatro adultos mientras Emma y Luck hablaban aparte, sentados en los escalones de la piscina con los pies en el agua, discutiendo sobre nombres para el bebé.
—Me gusta Leo —decía Luck—. Suena a valiente.
—A mí me gusta más Sofía —respondía Emma—. Si es niña, claro.
Estaba sirviendo más vino en las copas cuando noté que Emma se quedaba quieta.
Había sacado el móvil de la mesa y miraba la pantalla con una expresión que hizo que mi sonrisa se desvaneciera.
Su rostro se había cerrado, las mejillas perdieron color y sus ojos, aunque secos, brillaron con una tristeza que reconocí de inmediato.
—¿Qué ocurre? —pregunté, acercándome a ella.
El móvil comenzó a sonar, vibrando contra la madera de la mesa. Emma lo miró como si fuera una serpiente, sin atreverse a contestar. La llamada cesó, pero inmediatamente comenzó otra.
—¿Es él? —pregunté en voz baja, sentándome a su lado—. ¿Tu exnovio?
Ella asintió, tragando saliva con dificultad. En ese momento, Adrien se percató de la situación. Se acercó con paso firme, y vi cómo su mandíbula se tensaba hasta convertirse en una línea dura de piedra. El tic nervioso de su sien palpitaba con furia contenida.
—¿Qué pasa? —preguntó Ethan, que había dejado de hablar con Olivia y observaba la escena con atención.
—Es Zack —susurró Emma, con voz quebrada—. Ha estado enviando mensajes todo el día. Dice que... que quiere hablar. Que lo siente.
—Que lo siente —repetí, sintiendo que la ira me invadía—. Después de lo que te dijo...
—¿Qué le dijo? —interrumpió Ethan, acercándose.
Emma bajó la vista, avergonzada. Yo expliqué lo que había pasado esa mañana, cómo Zack había insinuado que no podía estar seguro de la paternidad del bebé. Ethan palideció, luego su rostro se puso rojo de indignación.
—¿Ese gilipollas se atreve a…? —comenzó, pero el móvil de Emma volvió a sonar.
Esta vez, Ethan actuó antes de que nadie pudiera detenerle. Cogió el teléfono de la mesa y contestó, poniéndose de pie con una autoridad que imponía silencio.
—Escúchame bien, gilipollas —dijo, con una voz baja pero letal—.
Si vuelves a insinuar que Emma, que te ha querido más de lo que mereces y más de lo que nadie te querrá jamás, se ha estado follando a otro mientras salía contigo, te juro que no vas a tener país para correr porque cuando te encontrara, y lo haría, te aseguro que te arrancaría las pelotas para que no volvieras a follar en tu vida.
Si no quieres saber nada del bebé, perfecto, estás en tu derecho, pero después no vengas reclamando nada.
Colgó de golpe, dejando el móvil sobre la mesa con un ruido sordo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el canto de los grillos nocturnos.
—Ethan... —suspiró Emma, con lágrimas en los ojos—. No deberías haberle dicho nada. Ahora va a pensar que...
—¿Que qué? —interrumpió él, suavizando el tono—. Que tienes a alguien que te defiende? Mejor yo que tu padre, porque estoy seguro de que esta mañana ha querido salir a partirle la cara.
—Es verdad —dijo Luck, que había estado escuchando atentamente desde su sitio—. Mi madre le ha parado. Si no, se habría ido corriendo.
Olivia, que hasta entonces había permanecido callada, soltó una carcajada breve, luego se puso seria.
—No conozco a ese tal Zack —dijo, cruzándose de brazos—. Pero ya me cae mal. Y si se le ocurre intentar volver con ella, va a tener que pasar por una serie de pruebas de lo más duras. Vamos, que las de los marines para formar parte del cuerpo va a parecer un paseíto por el parque.
Emma se rio, a pesar de las lágrimas, y abrazó a Ethan, que la estrechó con una ternura paternal.
—Gracias —susurró ella.
—Para eso estamos —respondió él—. Ahora, olvídate de ese idiota y disfruta de la noche. Mañana es otro día.
La velada se suavizó después de eso, aunque la tensión permaneció un rato en el aire hasta que Emma, animada por Luck, volvió a reírse de verdad. Cerca de la medianoche, cuando el frío de la noche empezó a hacer mella, Ethan se levantó y miró a Olivia.
—Ha sido una noche estupenda —dijo—. Tenemos que repetir.
—Definitivamente —respondió Olivia, y luego, con una audacia que me sorprendió, añadió—. ¿Quieres tomar una copa? La noche aún es joven y yo no tengo sueño.
Ethan la miró, evaluándola, y luego sonrió.
—Me apetece —dijo—. Conozco un sitio cerca. ¿Vamos?
Se despidieron con besos y abrazos, y se fueron juntos, dejándonos a los cuatro solos en el porche. Luck bostezó de forma teatral y Emma se levantó, estirándose.
—Creo que me voy a dormir —dijo Emma—. Estoy agotada.
—Yo también —dijo Luck—. Pero antes, Emma, quería decirte algo.
Se acercaron los dos, y yo observé con el corazón henchido cómo mi hijo le hablaba a Emma con seriedad.
—Siempre quise tener un hermano pequeño —dijo Luck—. Y si nuestros padres siguen siendo amigos cuando tu bebé nazca, te ayudaré a cuidarle cuando quieras. Prometo que seré buen tío.
Emma sonrió, con lágrimas brillando en los ojos, y le pasó el brazo por los hombros.
—Cuando seas mayor, la chica que se enamore de ti será muy afortunada de tenerte como novio —dijo—. Eres un chico especial, Luck.
Se despidieron de nosotros y entraron en la casa, dejándonos solos.
Adrien y yo nos miramos, y sin decir palabra, comenzamos a recoger la mesa.
Llevábamos las bandejas vacías hacia la cocina cuando él me detuvo, posando las manos sobre la encimera a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome entre sus brazos.
—Estás preciosa con la luz de la luna —murmuró, besándome el cuello.
Me estremecí, apoyándome contra él, sintiendo su calor contra mi espalda.
—Adrien...
—Shh —susurró, girándome para mirarme a los ojos—. Solo quiero besarte.
Y lo hizo. Un beso profundo, lento, que prometía que la noche aún no había terminado.