Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Di un paso hacia la puerta, hacia donde guardaba las llaves del coche, hacia dondequiera que estuviera ese Zack que merecía que le partieran la cara. Pero entonces sentí un tacto suave en mi brazo, una presión firme pero cálida que me detuvo en seco.

Era Leila. Me había cogido del brazo con ambas manos, y sus ojos, cuando los encontré con los míos, transmitían una calma inesperada, una serenidad que se filtró en mi tormenta emocional como un bálsamo.

—Adrien —dijo, suavemente—. Cálmate. Por favor.

—¿Cómo que me calme? —exclamé, sintiendo que la rabia me hacía temblar—. ¿Has oído lo que ha dicho? ¿Has visto a mi hija?

—Sí —respondió ella, sin soltarme, acariciando mi brazo con sus pulgares en un gesto reconfortante—. Y por eso necesita que estés aquí, con ella. No que vayas a cometer una locura de la que te arrepentirás después. Emma te necesita ahora. A su padre. No a un boxeador vengativo.

Sus palabras, dichas con esa ternura, pero con esa firmeza, me hicieron parpadear. La miré, luego miré a Emma, que estaba sentada ahora en uno de los taburetes de la cocina, con los codos apoyados en la encimera y la cara entre las manos, sollozando discretamente.

Leila tenía razón. Maldita sea, tenía razón. Emma no necesitaba violencia. Necesitaba apoyo. Necesitaba que su padre estuviera ahí, no entre rejas por haberle partido la nariz a un idiota.

Suspiré, sintiendo que la tensión abandonaba mi cuerpo lentamente. Leila me soltó el brazo, pero me acarició la espalda un segundo ante de acercarse a Emma.

Fue entonces cuando vi a Luck. Mi niño, mi pequeño genio de doce años, se había acercado a Emma sin que ninguno de nosotros nos diera cuenta. Estaba de pie junto a ella, con su cuaderno de dibujo olvidado sobre la barra, y extendió los brazos para abrazarla.

Emma levantó la vista, sorprendida, y entonces Luck la abrazó. Fue un abrazo torpe, de niño que no sabe muy bien cómo consolar a una adulta, pero lleno de una ternura que me hizo sentir un nudo en la garganta.

Emma se quedó quieta un segundo, y luego devolvió el abrazo, sollozando contra el hombro de Luck, que apenas le llegaba al pecho.

—Ese es mi hijo Luck —dijo Emma, con la voz ligeramente ronca, pero con una nota de asombro—. Ese es mi bebé. Y va a ser el mejor hermano mayor del mundo.

Luck se separó un poco y la miró, con una seriedad que contrastaba con su edad.

—Ese tal Zack —dijo, con desprecio en la voz—. Debe ser tonto para decir eso. ¿Era tu novio?

Emma asintió, secándose las lágrimas con el puño.

—Pues si ya no lo es, es que no te merecía —dijo Luck, encogiéndose de hombros con una filosofía que me recordó a Olivia—. Como dice mi tía Olivia, mejor sola que aguantar un idiota que te borre la sonrisa. Y seguro que la tuya es muy bonita.

Emma sonrió. Fue una sonrisa temblorosa, aún cargada de tristeza, pero real.

—¿Ves? —dijo Luck, señalándola—. Es muy bonita. No dejes que nadie te la quite.

Emma se rio, un sonido entrecortado pero genuino, y asintió.

—Gracias, pequeño —dijo, acariciándole el pelo.

—De nada —respondió Luck, volviendo a su asiento y abriendo su cuaderno—. ¿Quieres ver mis diseños? Voy a ser ingeniero de aviones o algo así, como tu padre. Quizás pueda diseñar un dron que le lance tomates podridos a ese Zack.

Todos nos reímos. Fue una risa necesaria, liberadora, que disipó la tensión que había inundado la cocina momentos antes.

Me acerqué a Emma y la abracé por detrás, besándola en la coronilla como hacía cuando era pequeña.

—Lo siento, princesa —dije, con la voz ronca—. No deberías estar pasando por esto sola.

—No estoy sola —dijo ella, girándose para mirarme, y luego mirando a Leila y a Luck—. Veo que tampoco tú lo estás.

Nuestras miradas se cruzaron, las de Emma y las mías, y en sus ojos vi comprensión, vi aceptación, vi alegría genuina por ver a su padre rodeado de personas que le hacían sonreír.

Leila se acercó y me cogió de la mano, entrelazando sus dedos con los míos delante de mi hija, sin vergüenza, sin ocultar nada. Y Emma sonrió, una sonrisa amplia, aprobando en silencio lo que veía.

Contemplé la escena desde un segundo, desde fuera de mí mismo.

Vi a mi hija secándose las lágrimas, ya calmada, hablando con ese niño extraordinario que era tan maduro para su edad.

Vi a Leila a mi lado, firme, cálida, mi ancla en la tormenta.

Vi a Luck, mostrando sus dibujos a Emma con el entusiasmo de quien ha encontrado una aliada.

Y supe, con una certeza que me golpeó con la fuerza de una revelación, que Leila y Luck habían llegado a nuestras vidas para cambiarlas por completo.

No eran visitantes temporales. No eran una distracción pasajera.

Habían llegado para quedarse, para formar parte de nuestra familia rota pero en reconstrucción, para enseñarnos que el amor no termina con la muerte, sino que se transforma, se expande, encuentra nuevas formas de existir.

Apreté la mano de Leila, y ella me devolvió el gesto, mirándome con esos ojos color miel que habían derretido mi armadura de hielo.

—Gracias —susurré, solo para ella.

—No hay de qué —respondió ella, y en su sonrisa vi el futuro que estábamos construyendo juntos, ladrillo a ladrillo, día a día.

Y por primera vez en ocho años, supe que todo iba a estar bien. No porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque finalmente había aprendido que podía caminar con él, que podía amar de nuevo sin traicionar el pasado, que podía ser feliz sin olvidar a quienes ya no estaban.

La vida, pensé, mientras el sol de la mañana iluminaba nuestra extraña y perfecta familia improvisada, era sorprendentemente generosa con quienes se atrevían a vivirla.