Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 26
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Capítulo 26

Adrien

Desperté con la luz de la mañana filtrándose entre las cortinas, dorada y cálida. Por un momento, el desorientamiento habitual me hizo mirar el techo sin reconocer dónde estaba. Pero entonces sentí el peso cálido contra mi costado, la respiración suave y regular, y todo volvió a mí.

Leila estaba dormida a mi lado, desnuda bajo las sábanas que habíamos apartado durante la noche.

Su pelo castaño extendido sobre la almohada, su boca ligeramente abierta, su pecho subiendo y bajando con la tranquilidad del sueño profundo.

Era una imagen de paz y vulnerabilidad que me dejó sin aliento.

No pude evitar tocarla. Extendí la mano lentamente, temiendo despertarla, y dejé que mis dedos recorrieran su espalda desnuda, la curva de su cadera, el contorno de su muslo. Su piel era seda bajo mis yemas, cálida y suave, y sentí que el deseo volvía a despertar en mí, lento pero insistente.

Ella se movió, gimiendo suavemente, y sus ojos se abrieron lentamente. Por un segundo pareció confusa, mirándome sin reconocerme. Luego sonrió, esa sonrisa matutina que transformó su rostro en algo aún más hermoso.

—Buenos días —murmuró, con la voz ronca por el sueño.

—Buenos días —respondí, y mis dedos siguieron explorando, subiendo por su muslo interno, acariciando con suavidad.

Sus ojos se oscurecieron al darse cuenta de mis intenciones. Se mordió el labio inferior, observándome con una mezcla de timidez y deseo que me excitó instantáneamente.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, aunque la sonrisa traviesa que apareció en sus labios decía que ya lo sabía.

—Admirando la vista —respondí, besándole el hombro, descendiendo por su brazo—. Y queriendo más.

—Adrien... —protestó débilmente, pero sus piernas se abrieron ligeramente, dándome acceso.

La besé entonces, profundamente, mientras mis manos continuaban su exploración. Encontré su humedad, ya presente, ya preparada para mí, y gemí contra su boca al sentirla tan receptiva. La acaricié con lentitud, con ternura, haciendo que sus caderas se movieran instintivamente buscando más fricción.

—Eres preciosa —susurré, descendiendo por su cuerpo, besando cada centímetro de piel que encontraba a mi paso—. Quiero probarte. Quiero sentir cómo te deshaces contra mi boca.

Ella jadeó, arqueándose cuando mis labios encontraron su vientre, cuando mi aliento cálido rozó su intimidad. La miré desde abajo, viendo su expresión de anticipación, de deseo contenido, y luego la penetré con la lengua.

El sabor de ella me volvió loco. Dulce, salado, perfectamente Leila.

La devoré con hambre, con una urgencia que provenía de querer darle placer, de querer sentirla rendida bajo mi boca.

Mis manos sujetaron sus caderas, manteniéndola inmóvil mientras mi lengua trabajaba en ella, encontrando el ritmo perfecto, la presión exacta.

—Dios, Adrien... —gimió ella, con las manos enredadas en las sábanas—. Eso es... no pares, por favor...

No paré. La llevé al borde una y otra vez, reduciendo la velocidad cuando estaba a punto de caer, acelerando cuando creía que se había recuperado. La torturé con placer hasta que ella estuvo balbuceando, pidiendo misericordia, suplicando que la dejara correrse.

—¿Quieres venirte? —pregunté, mirándola desde entre sus muslos, viendo su rostro deshecho de deseo.

—Sí... por favor... —jadeó ella—. Te lo suplico...

La penetré con dos dedos mientras mi lengua seguía trabajando en su clítoris, y sentí el momento exacto en que estalló.

Su cuerpo se arqueó como un arco tensado, un grito ahogado salió de su garganta, y sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos, una y otra vez, mientras el orgasmo la recorría en oleadas interminables.

Cuando terminó, estaba jadeando, sin aliento, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. Subí por su cuerpo, besando el sudor de su piel, y la miré a los ojos.

—Buenos días —repetí, con una sonrisa de satisfacción masculina.

Ella se rio, un sonido entrecortado, y me tiró del pelo con fuerza juguetona.

—Eres un demonio —dijo—. Un demonio insaciable.

—Solo contigo —respondí, besándola para que pudiera saborearse en mis labios.

Nos quedamos así unos minutos, recuperando el aliento, acariciándonos con la pereza de quien sabe que no hay prisa. Pero luego ella se puso encima de mí, sentándose a horcajadas sobre mis caderas, y sentí que volvía a estar duro, listo para ella.

—Mi turno —dijo, con una sonrisa maliciosa.

Se deslizó sobre mí lentamente, tomándome dentro de ella con una lentitud exquisita que me hizo gemir. Comenzó a moverse, con un ritmo pausado al principio, acelerando gradualmente hasta que ambos estábamos jadeando de nuevo, sudando de nuevo, perdiéndonos el uno en el otro.

El sexo de esa mañana fue diferente al de la noche.

Más lento, más profundo, más emocional. Cada movimiento era una declaración, cada beso una promesa.

Cuando nos corrimos juntos, fue con una ternura que contrastaba con la ferocidad de horas antes, uniéndonos de una forma que sentí permanente, indeleble.

Después, nos duchamos juntos bajo el agua caliente, enjabonándonos mutuamente, riendo cuando el champú se me escurría por los ojos, besándonos bajo el chorro.

Nos vestimos con ropa limpia, ella con uno de mis jerséis que le quedaba enorme y que rechazó devolverme, diciendo que era su trofeo de guerra.

—Vamos a desayunar —dije, cogiéndole la mano—. Antes de que Luck piense que nos hemos fugado.

—O que estamos muertos —añadió ella, riéndose—. Aunque con los gritos de antes, probablemente sabe perfectamente que estamos vivos.

Me sonrojé, algo que no me sucedía desde la adolescencia, y ella se rio más fuerte, besándome en la mejilla mientras salíamos de la habitación.

Llegamos a la cocina cogidos de la mano, todavía con esa sonrisa tonta que no podíamos borrar de los rostros.

Y allí estaba Luck, sentado en uno de los taburetes de la barra, con un vaso de leche en la mano y su cuaderno de dibujo abierto ante él.

Garabateaba algo con concentración absoluta, mordiendo el extremo del lápiz con el ceño fruncido.

Al vernos entrar, levantó la vista. Y sonrió. No una sonrisa inocente de niño que ignora lo que ocurre a su alrededor, sino una sonrisa cómplice, llena de inteligencia, como si supiera exactamente por qué llegábamos tarde y despeinados.

—Buenos días —dijo, con total naturalidad—. He desayunado cereales. Espero que no os importe. He intentado hacer café, pero no sabía cómo funciona esa máquina tan complicada que tenéis.

—Luck —dijo Leila, soltando mi mano y acercándose a él—. ¿Desde cuándo estás levantado?

—Desde las siete —respondió él—. He dormido bien, gracias. He soñado con aviones. Y he estado dibujando nuevas ideas para el dron.

Me acerqué a la encimera, sintiendo una mezcla de vergüenza y felicidad que no sabía cómo gestionar. Luck me miró, y su sonrisa se amplió.

—Parecéis cansados —dijo, inocente—. ¿Habéis dormido bien?

—Muy bien —respondí, intentando mantener la compostura mientras encendía la cafetera—. ¿Y tú?

—Genial. Esta casa es muy tranquila. No se oye nada de la calle.

Leila y yo intercambiamos una mirada, y ambos reprimimos una carcajada. La casa era tranquila, sí. O al menos lo había sido hasta la noche anterior.

Preparamos el desayuno juntos, y fue una experiencia que no descartaría volver a experimentar.

Ella buscaba los huevos en la nevera mientras yo ponía la sartén al fuego, yo servía el café mientras ella cortaba el pan.

Nos tropezábamos, nos rozábamos, nos robábamos besos furtivos cuando creíamos que Luck no miraba. Pero él miraba. Y sonreía.

—¿Huevos revueltos o fritos? —preguntó Leila, sosteniendo el cartón.

—Revueltos —respondí—. Con queso, si tenemos.

—Tenemos —confirmó ella, buscando en el frigorífico—. Y champiñones. ¿Te apetece hacerlos salteados?

—Me apetece todo contigo —dije, sin pensar, y luego me di cuenta de lo cursi que sonaba.

Pero Leila se rio, un sonido claro y feliz, y Luck hizo una mueca de asco exagerada.

—Sois de esas parejas que dan asco, ¿verdad? —dijo—. De las que se dicen cosas empalagosas en público.

—Cállate y come tus cereales —dijo Leila, lanzándole una servilleta de papel que él esquivó con habilidad.

Estábamos así, riendo, preparando el desayuno, creando una escena doméstica perfecta que me hacía sentir una calidez en el pecho que no recordaba haber sentido nunca, cuando escuchamos la puerta de la calle cerrarse de golpe.

El sonido fue brusco, inesperado, seguido de unos pasos rápidos que resonaron en el vestíbulo. Me giré, frunciendo el ceño. No esperaba a nadie. Margaret no venía los sábados, y Emma había dicho que pasaría el fin de semana en el campus estudiando para los exámenes finales.

Pero fue Emma quien apareció en la puerta de la cocina. Y mi hija, mi fuerte y valiente hija, estaba llorando.

Llevaba una bolsa de viaje colgada del hombro, como si hubiera recogido sus cosas a contrarreloj. Sus ojos estaban hinchados y rojos, las mejillas mojadas por las lágrimas recientes. Se quedó allí, en el umbral, mirándonos a los tres con una expresión de dolor y confusión que me partió el corazón.

—Emma —dije, dejando la sartén y acercándome a ella—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre?

Ella soltó un sollozo, y las palabras salieron entre jadeos entrecortados.

—Zack —dijo, como si ese nombre fuera una maldición—. Me ha llamado. Hemos discutido. Ha dicho... ha dicho que cómo puede estar seguro de que el bebé es suyo. Que quizás... que quizás he estado con otros...

Sentí que la sangre se me subía a la cabeza.

Sentí que el puño se me cerraba instintivamente, que la rabia cegadora me recorría como un relámpago.

Ese gilipollas. Ese hijo de puta miserable.

Iba a matarle. Iba a encontrarle y hacerle pagar por atreverse a poner en duda la palabra de mi hija, por hacerla llorar de esa manera.

—Voy a matarle —dije, y mi voz salió baja, peligrosa, cargada de una violencia que no sabía que aún podía sentir.