Capítulo 25 #2
Hacía años, muchos años, que mi casa no tenía tanta vida.
Oía las risas de Luck resonando en el jardín, veía la luz cálida de la cocina iluminando el rostro de Leila, sentía la presencia de ellos llenando cada rincón que durante tanto tiempo había estado vacío.
Era como si la casa misma respirara mejor, como si los muros dejaran de oprimirme y empezaran a abrazarme.
Cuando Luck terminó de cenar, bostezó de forma teatral y Leila le mandó a dormir.
—Pero aún es pronto —protestó él, aunque sus ojos decían lo contrario.
—Es casi medianoche para un niño de doce años —dijo Leila, firme pero cariñosa—. Y mañana quieres levantarte temprano para usar la impresora 3D, ¿verdad?
—Eso es chantaje emocional —dijo Luck, pero sonreía mientras recogía sus dibujos—. Buenas noches, Adrien. Gracias por la cena.
—Gracias a ti por compartir tus diseños —respondí, y le di un apretón en el hombro que pareció sorprenderle gratamente.
Leila le acompañó a su habitación, la que había preparado Margaret, justo al lado de la mía.
Esperé en el porche, con dos copas de vino tinto que había servido sin preguntar si ella quería.
Sabía que sí. Sabía que ambos necesitábamos este momento, esta transición entre el día familiar y la noche íntima.
Cuando regresó, se sentó a mi lado en el sofá de exterior. La luz de la piscina cambiaba de azul a verde, creando sombras danzantes sobre su rostro. Durante unos minutos, ninguno de los dos habló. Simplemente bebimos, miramos las estrellas, dejamos que el silencio nos envolviera.
—Gracias por invitarnos —dijo finalmente Leila, girándose hacia mí.
—Gracias por venir —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo habitual.
Nos miramos. Y entonces sucedió, como había sucedido antes, como sucedería siempre que estábamos cerca.
La atracción magnética que nos empujaba el uno hacia el otro.
Dejé mi copa sobre la mesa auxiliar y ella hizo lo mismo.
Nos inclinamos simultáneamente, y nuestros labios se encontraron en un beso que empezó suave pero que rápidamente se encendió.
Era diferente a los anteriores. Había una familiaridad nueva, una confianza que habíamos construido durante estos días compartidos.
Sus manos subieron por mi pecho, se enredaron en mi camisa.
Mis manos encontraron su cintura, la atrajeron hacia mí.
Nos besamos con una urgencia que crecía con cada segundo, con cada jadeo, con cada caricia.
—Adrien —suspiró ella contra mi cuello, cuando mis labios descendieron por su mandíbula.
—No digas nada —murmuré—. Solo... solo déjate llevar.
Y ella lo hizo. Y yo me dejé llevar. Porque después de ocho años de contención, de disciplina, de negarme a sentir, no tenía fuerzas para resistirme a esto. A ella. A nosotros.
La terraza se había convertido en nuestro santuario privado, iluminada únicamente por la luz cambiante de la piscina y la luna llena que colgaba baja sobre el océano.
El vino había quedado olvidado, las copas abandonadas sobre la mesa de piedra.
Solo existíamos nosotros dos, y el deseo que habíamos reprimido durante demasiado tiempo.
La besé con una fiereza que me sorprendió a mí mismo. No era el hombre controlado, el CEO metódico, el viudo que se comportaba con corrección excesiva. Era un hombre hambriento, desesperado por sentir, por tocar, por poseer a la mujer que tenía ante mí.
—Dios, Leila —gruñí contra su cuello, mientras mis manos subían por sus muslos, levantándole el vestido—. Te deseo tanto que duele.
Ella jadeó cuando mis dedos encontraron su calidez, cuando rozaron la tela húmeda de su ropa interior. Se aferró a mis hombros, arqueándose contra mí, ofreciéndose sin reservas.
—No pares —suspiró, con la voz rota—. Por favor, no pares.
La cogí en brazos, sintiendo su peso ligero contra mí, y la deposité sobre la mesa de piedra de la terraza.
El frío de la superficie contrastaba con el calor de su piel, haciéndola gemir.
Me situé entre sus piernas, besándola con una urgencia salvaje, mientras mis manos desabrochaban los botones de su vestido.
Cuando la tela cayó, revelando su piel perfecta iluminada por la luna, sentí que el aliento se me cortaba.
Era hermosa. Más hermosa de lo que había imaginado en mis fantasías solitarias.
Sus pechos se alzaban con cada respiración agitada, sus pezones erectos suplicaban ser tocados, y yo obedecí, inclinándome para capturar uno entre mis labios, chupándolo con fuerza mientras ella se retorcía bajo mí.
—Adrien... —gimió, con las manos enredadas en mi pelo—. Por favor...
La penetré de una sola embestida, profunda y fuerte, sintiendo cómo me envolvía con su calor, cómo su cuerpo se adaptaba perfectamente al mío. Ambos gritamos, un sonido que se perdió en la noche, que se mezcló con el murmullo del mar y el canto de los grillos.
El sexo fue salvaje, ardiente, explosivo.
Cada embestida era una declaración de guerra contra la soledad, cada grito una victoria sobre el pasado.
La mesa de piedra se movió ligeramente con nuestro ritmo frenético, y ella se agarró a los bordes, arqueando la espalda, ofreciéndome un ángulo aún más profundo.
—Más fuerte —suplicó ella, con los ojos cerrados y la boca abierta—. No tengas piedad.
No tuve piedad. La tomé con una fuerza que provenía de años de contención, de ocho años de negarme a sentir esto. La embestí una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo se acercaba al borde del abismo.
—Córrete —gruñí, sintiendo que yo también estaba al límite—. Córrete ahora, Leila.
Y cuando alcanzamos el clímax, el mundo se detuvo. Nos corrimos juntos, con una intensidad que me dejó ciego, sordo, insensible a todo excepto a la sensación de ella contrayéndose a mi alrededor, de nosotros fundiéndonos en un solo ser tembloroso y sudoroso.
Cuando volvimos a la realidad, ella estaba jadeando contra mi pecho, con las piernas aún envueltas alrededor de mi cintura. La sostuve, sintiendo los últimos espasmos de su orgasmo, la forma en que su corazón desbocado latía contra el mío.
La cogí en brazos. Sentí su peso, ligero y perfecto, y comencé a caminar hacia el interior de la casa. Ella protestó débilmente, diciendo que podía caminar, pero la ignoré. Quería llevarla. Quería sentirla cerca.
Subí las escaleras, atravesé el pasillo, y entré en mi habitación. La deposité sobre la cama, sobre las sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Se quedó allí, desnuda y hermosa, mirándome con ojos vidriosos de deseo satisfecho, pero no saciado.
Me tendí a su lado y la besé de nuevo. Esta vez fue diferente, más lento, más profundo. Una exploración en lugar de una conquista. Mis manos recorrieron su cuerpo con ternura, memorizando cada curva, cada cicatriz, cada imperfección que la hacía perfecta.
Pensé, mientras la besaba, en lo que esta mujer había conseguido en apenas unas semanas.
Lo que jamás pensé que ocurriría. Había derribado los muros que yo creía impenetrables.
Había despertado sentimientos que creía enterrados junto a Sarah.
Me había hecho sentir vivo de nuevo, realmente vivo, con una intensidad que me aterraba y me emocionaba por igual.
—Eres increíble —susurré contra sus labios—. No tienes idea de lo que me haces sentir.
Ella sonrió, una sonrisa perezosa, satisfecha, y me acarició la cara con una delicadeza que me conmovió hasta la médula.
—Dime —pidió ella—. Dime qué sientes.
—Vivo —respondí, y la verdad de esa palabra me golpeó con fuerza—. Me haces sentir vivo.
Y mientras la abrazaba, mientras el sueño comenzaba a reclamarnos a ambos, supe que esto era solo el principio. Que había cruzado un puente del que no había retorno. Y que, por primera vez en ocho años, no quería volver atrás.