Capítulo 25
Adrien
El viernes llegó con una claridad luminosa que parecía prometer algo especial.
Desde que abrí los ojos esa mañana, con el sol de Miami colándose entre las cortinas de mi dormitorio, supe que el día sería diferente.
Habían pasado tres días desde la charla de Leila en su consulta, tres días en los que no había podido sacarla de mi mente ni un solo instante.
Su voz explicando conceptos médicos con esa pasión contagiosa, su mirada encontrándose con la mía entre el público, la forma en que se había sonrojado cuando le dije que siempre prestaba atención cuando hablaba ella.
Y luego estaba el mensaje. Ese mensaje que había recibido el martes por la noche mientras revisaba informes en mi despacho, cuando el móvil había vibrado sobre la mesa de nogal y vi su nombre iluminando la pantalla.
Leila: A Luck y a mí nos encantaría pasar el fin de semana contigo en tu casa. Si la invitación sigue en pie.
Había leído esas palabras al menos veinte veces, sintiendo que algo se movía en mi pecho cada vez que las repetía en silencio.
Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana, mirando el jardín que Margaret había preparado especialmente para este fin de semana.
Había cortado el césped con esmero, había colocado flores nuevas en los maceteros del porche, y había dejado la barbacoa limpia y lista para usar.
Casi como si supiera que estábamos esperando visitas importantes.
Pensé en Sarah mientras me duchaba, mientras me afeitaba con cuidado, mientras elegía la ropa.
Pensé en ella como hacía cada mañana, pero esta vez la imagen que apareció en mi mente fue diferente.
No fue la Sarah enferma, la de los últimos meses en el hospital, la que se desvanecía día a día.
Fue la Sarah de la playa, la de la fotografía que guardaba en el escritorio, la que reía con los ojos brillantes mientras Emma construía castillos de arena.
Y por primera vez en ocho años, sentí que ella estaría sonriendo, que me estaría dando su bendición desde donde fuera que estuviera.
«Quiero que seas feliz» , la imaginé diciéndome. «Quiero que Emma tenga a alguien que la cuide cuando tú no puedas. Y quiero que tú dejes de castigarte.»
Eran imaginaciones mías, lo sabía. Pero necesitaba creer que no estaba traicionando su memoria, que no estaba siendo desleal al permitir que otra mujer entrara en mi vida, en mi casa, en el espacio que habíamos compartido.
A las cuatro de la tarde, cerré el ordenador y dejé el despacho más temprano de lo habitual.
Patricia me miró sorprendida cuando le dije que no volvería hasta el lunes, pero no hizo preguntas.
Subí al coche y conduje hacia el apartamento de Leila con el corazón acelerado, sintiendo que cada semáforo en rojo era una tortura innecesaria, que cada coche que se interponía en mi camino conspiraba contra mi paciencia.
Cuando llegué, estaban esperando en la entrada del edificio.
Luck llevaba una mochila enorme colgada de un hombro y un cuaderno de dibujo apretado contra el pecho como si fuera un tesoro.
Leila llevaba vaqueros y una camiseta blanca sencilla, con el pelo suelto y una sonrisa nerviosa que me resultó enternecedora.
—¡Hola! —exclamó Luck, corriendo hacia el coche antes de que pudiera salir—. ¡He traído mis diseños! ¡Tengo ideas para construir un prototipo de dron con sistema de estabilización giroscópica mejorado!
—¿En serio? —dije, saliendo y abriendo el maletero para guardar sus cosas—. No puedo esperar a verlos.
—He estado dibujando toda la semana —continuó el niño, emocionado, mientras metía su mochila en el coche—. Y he pensado que podríamos usar la impresora 3D de tu empresa, si no es molestia. Es que quiero probar si mi teoría sobre las alas flexibles funciona en la realidad.
—Luck, respira —dijo Leila, acercándose y dándome un beso en la mejilla que me dejó sin aliento—. No le agobies en cuanto subáis al coche.
—No me agobia —dije, sonriendo—. Me encanta que tenga tantas ideas.
Subimos los tres. Luck ocupó el asiento trasero, inmediatamente sacando su cuaderno para mostrármelo por encima del respaldo, señalando diagramas complejos mientras yo intentaba conducir y prestarle atención simultáneamente.
—Vemos aquí —decía, señalando un garabato que parecía un esquema técnico—. Si modificamos el ángulo de ataque de las palas del rotor durante el vuelo estacionario, podemos reducir el consumo energético en un treinta por ciento. Es matemática pura, pero aplicada a la aerodinámica.
—Eso es... impresionante —dije, genuinamente asombrado—. De verdad, Luck. Cuando tenía tu edad, solo pensaba en cómo desmontar cosas, no en mejorarlas.
—Yo hago las dos cosas —dijo él, orgulloso—. Primero desmonto, luego mejoro, y luego vuelvo a montar. Así aprendo cómo funcionan las cosas de verdad.
Leila me miró desde el asiento del copiloto, con una expresión de orgullo maternal que me hizo sentir cálido por dentro.
En ese momento, mientras parábamos en un semáforo y el sol de la tarde iluminaba su rostro, pensé que nunca había visto nada más hermoso.
Ni siquiera recordaba haber sentido esta...
esta plenitud, esta sensación de que todo estaba en su sitio, en los mejores años con Sarah.
Era diferente, pero no menos intenso. Era como si mi vida, que había estado en blanco y negro durante ocho años, de repente se hubiera vuelto a colorear.
—Oye —dije, volviéndome hacia ella—. ¿Necesitamos hacer alguna compra antes de llegar? No tengo nada en la nevera salvo lo que Margaret ha dejado preparado, pero quizás queréis algo especial para cenar.
—Podríamos pasar por un supermercado —sugirió Leila—. Luck come como un lobo, y si va a estar todo el fin de semana construyendo cosas, necesitará provisiones.
Decidimos parar en un supermercado de camino.
Fue una experiencia... extraña. No recordaba la última vez que había hecho la compra con alguien.
Normalmente Marcus se encargaba de todo, o Margaret dejaba la nevera surtida sin que yo interviniera.
Pero allí estaba yo, empujando un carro por los pasillos mientras Luck corría delante señalando productos, y Leila seleccionaba verduras con el cuidado de quien sabe cocinar de verdad.
—Hamburguesas —dijo Luck, deteniéndose frente a la sección de carne—. Para hacer barbacoa mañana. ¿Tienes barbacoa en tu casa, verdad, Adrien?
—La tengo —confirmé—. Y es profesional. Mi padre la regaló cuando me mudé, y la uso más de lo que quiero admitir cuando Emma viene.
—Entonces necesitamos carne —dijo Leila, cogiendo un paquete de hamburguesas de ternera—. Y salchichas. Y pollo para marinar, por si acaso.
—Y pan de hamburguesa —añadió Luck—. Y kétchup. Y mostaza. Y esas cebollas crujientes que vienen en bote.
—Vas a comer todo eso tú solo —dijo Leila, arqueando una ceja.
—Es que voy a trabajar mucho —respondió él, serio—. El cerebro necesita combustible. Lo dice la ciencia.
Reímos los tres, y fue una risa genuina, relajada, que resonó en el pasillo del supermercado y atrajo miradas de otros compradores.
No me importó. De hecho, me gustó. Me gustó ser parte de esto, de este momento cotidiano que parecía insignificante pero que significaba todo.
Una familia haciendo la compra. Eso éramos, aunque solo fuera por un fin de semana. Una familia.
Llegamos a la casa cuando el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosas. Luck salió del coche con un grito de emoción al ver la piscina iluminada, y corrió hacia ella dejando la mochila olvidada en el suelo del jardín.
—¡Tiene luces de colores! —exclamó, señalando el agua—. ¡Mamá, mira! ¡Cambia de color!
—Luck, deja la mochila en algún sitio antes de que alguien la pise —dijo Leila, pero sonreía.
Cogimos las bolsas y entramos en la casa. Margaret había dejado todo preparado. Las habitaciones de invitados arregladas, toallas limpias, incluso una nota en la cocina diciendo que había dejado sopa en el frigorífico por si llegábamos cansados.
—Tu ama de llaves es un encanto —dijo Leila, leyendo la nota—. Tiene letra muy bonita.
—Margaret es... —busqué la palabra—. Es familia. Lleva veinte años con nosotros. Prácticamente crio a Emma.
Mientras decía eso, me di cuenta de que estaba hablando de nosotros como si Leila ya formara parte de ese nosotros. Y no me corregí. No quería corregirme.
Preparamos la cena juntos. Y fue un caos.
Luck extendió sus dibujos sobre la mesa de la cocina, ocupando espacio que necesitábamos para cortar verduras.
Leila intentaba hacer una ensalada mientras yo intentaba encender la plancha para las hamburguesas.
Nos tropezábamos, nos reíamos, nos culpábamos mutuamente de estorbarnos. Fue perfecto.
—Tienes un problema con las cebollas —dije, observando cómo lloraba Leila mientras cortaba.
—Es que no aguanto la cebolla —confesó ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Siempre me pasa lo mismo. Parezco una loca llorando en la cocina.
—Se te ve emotiva —corregí, acercándome y besándole la sien sin pensarlo—. Como si estuvieras emocionada por la cena.
Se quedó quieta un segundo, con el cuchillo en alto, y me miró. Sus ojos estaban húmedos, pero no por la cebolla. Había algo más allí, una ternura que me desarmó por completo.
—Lo estoy —dijo suavemente—. Estoy muy emocionada.
Cenamos en el porche, con la brisa nocturna trayendo el olor a jazmines y el sonido lejano del mar.
Luck no paró de hablar de sus proyectos, intercalando bocados de hamburguesa con explicaciones técnicas sobre estabilizadores de vuelo.
Leila y yo intercambiamos miradas cómplices, sonriendo ante el entusiasmo del niño, compartiendo ese silencio cómodo que solo entienden las personas que están conectadas.