Capítulo 24 #2
Cuando finalmente el salón se vació, vi que Emma se había quedado conversando con otra embarazada, una chica de su edad que había asistido sola y a la que mi paciente estaba animando con una ternura que me recordó a la propia Emma.
Estaban sentadas juntas en una de las últimas filas, intercambiando números de teléfono, creando esa red de apoyo mutuo que era tan necesaria en la maternidad.
Y Adrien estaba allí, de pie junto a la mesa de folletos, esperando.
Me acerqué a él con paso lento, intentando parecer natural, intentando que mi corazón no se acelerara tanto.
Pero cuanto más me acercaba, más difícil me resultaba mantener la compostura.
Llevaba días sin verle, desde el domingo por la noche en que nos habíamos despedido en la puerta de mi edificio con un beso robado que había durado demasiado poco.
—Ha estado muy bien —dijo, en cuanto estuve lo suficientemente cerca como para oír su voz grave.
Sonreí, sintiendo que el rubor volvía a mis mejillas.
—Gracias —respondí—. Me alegra que te haya parecido útil.
—Útil no —corrigió él, y sus ojos brillaron con algo que no supe definir—. Ha sido extraordinaria. Creo que hasta yo he aprendido cosas que no sabía, y eso que ya he pasado por esto una vez.
—Eso significa que has prestado atención —dije, riéndome suavemente.
—Siempre presto atención —respondió, y su voz bajó un tono, adquiriendo una intimidad que me erizó la piel—. Especialmente cuando hablas tú.
Me reí, intentando disimular el efecto que sus palabras tenían en mí. Era una conversación ligera, casi trivial, pero cargada de subtexto. Cada frase que intercambiábamos parecía significar algo más, como si estuviéramos hablando en código, creando nuestro propio idioma secreto.
—Lo imaginaba —dije, mirándole a los ojos—. Tienes esa mirada... esa mirada que da la impresión de que estás analizando cada palabra.
—Es mi defecto profesional —admitió él, encogiéndose de hombros—. No puedo evitarlo. Pero contigo... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Contigo me olvido de analizar y simplemente escucho. Y eso no me pasa con nadie más.
El silencio que siguió fue agradable, denso, cargado de posibilidades.
Nos miramos, ninguno de los dos parecía tener prisa por marcharse.
Emma seguía hablando con la otra chica, Amanda había desaparecido para preparar el cierre de la clínica, y nosotros estábamos allí, solos en medio del salón vacío, creando un momento que parecía suspendido en el tiempo.
Hasta que una voz femenina interrumpió el hechizo.
—Doctora Monroe... —dijo una de las embarazadas que había regresado, probablemente olvidada algo—. ¿Podría hacerme una última pregunta sobre los suplementos de hierro?
Me aparté de Adrien, sintiendo que el mundo real se imponía de nuevo, que nuestra burbuja privada estallaba.
—Por supuesto —dije, volviéndome hacia la paciente con mi sonrisa profesional—. Disculpa un momento.
Adrien asintió, retrocediendo un paso para darme espacio.
Atendí a la mujer, respondiendo su pregunta sobre la absorción del hierro y los alimentos que debía evitar tomar simultáneamente.
Pero mientras hablaba, una parte de mi mente permanecía con él, en ese rincón del salón donde esperaba pacientemente.
Cuando la paciente se fue satisfecha, me volví hacia Adrien. Él estaba cogiendo su chaqueta, preparándose para irse, y por un momento sentí pánico. No quería que se fuera. No quería que este momento terminara.
—Nos veremos pronto —dijo él, antes de que yo pudiera articular palabra.
Las palabras colgaron en el aire entre nosotros, simples, cotidianas, pero cargadas de un peso que ambos sentíamos. No era una despedida casual. Era una promesa, una pregunta disfrazada de afirmación, un deseo expresado en voz baja.
Nos quedamos unos segundos en silencio, mirándonos.
Y en ese instante supe, con una claridad que me sobrecogió, que ambos deseábamos que esas palabras fueran verdad.
Que ambos queríamos que ese pronto fuera mañana, o esta misma noche, o dentro de una hora.
Que ambos estábamos cansados de jugar al escondite, de mantener las distancias, de fingir que lo que había entre nosotros era simplemente una amistad casual o una relación profesional.
—Sí —respondí finalmente, y mi voz salió firme, segura—. Nos veremos pronto.
Adrien sonrió, esa sonrisa suya que iluminaba todo el rostro, y asintió una vez antes de girarse hacia donde estaba Emma. Se despidieron de mí con un gesto, salieron del salón, y yo me quedé allí, sola en medio de las sillas vacías, con el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
Amanda apareció en la puerta, observándome con curiosidad.
—¿Todo bien, jefa? —preguntó—. Parece que has visto un fantasma.
—Todo bien —dije, y por primera vez en mucho tiempo, lo decía de verdad—. Mejor que bien.
Porque por primera vez en diez años, «Nos veremos pronto» no era una frase vacía, un protocolo social sin significado. Era una promesa que ambos íbamos a cumplir. Era el inicio de algo que no sabía cómo definir, pero que sabía que quería explorar.
Y mientras apagaba las luces del salón y cerraba la puerta tras de mí, sentí que mi vida estaba a punto de cambiar.
Que estaba dispuesta a dejar que cambiara.
Que merecía la pena arriesgarse, aunque solo fuera por la posibilidad de volver a verle sonreír así, con esa sonrisa que había reservado exclusivamente para mí.