Capítulo 24
Leila
El salón de actos del edificio nunca había sido concebido para albergar conferencias médicas.
Originalmente, cuando los arquitectos diseñaron el espacio, lo habían pensado como una sala de espera exclusiva para los inquilinos de las plantas superiores, un lugar donde recibir visitas o celebrar reuniones vecinales sin necesidad de bajar a la calle.
Pero yo lo había transformado hacía años en mi pequeño auditorio particular, adaptando las sillas de cuero en semicírculo frente a una pantalla portátil, colocando mesas auxiliares para el agua y los folletos informativos, y asegurándome de que las cortinas de lino blanco filtraran la luz del sol de forma suave, creando una atmósfera relajada que contrastaba con la clínica frialdad de los hospitales.
Esa tarde, mientras ultimaba los detalles antes de que llegaran los asistentes, sentí una mezcla familiar de nerviosismo y emoción.
Llevaba cinco años organizando estas charlas gratuitas para futuras madres, siempre en el tercer trimestre del año, cuando el calor de Miami empezaba a suavizarse y las embarazadas podían desplazarse con mayor comodidad.
Era mi forma de devolver a la comunidad algo de todo lo que me había dado, de transformar la medicina en algo cercano, humano, comprensible.
Coloqué el último folleto sobre nutrición sobre la mesa de entrada y me miré en el espejo de cuerpo entero que había colocado estratégicamente junto a la puerta.
Llevaba un vestido azul marino sencillo, de corte recto y manga tres cuartos, que había comprado hacía años en una tienda de Coral Gables.
Me lo había puesto porque me resultaba cómodo, porque me permitía moverme con libertad mientras hablaba, y porque el color me hacía sentir...
profesional, sí, pero también femenina. El pelo lo llevaba recogido en una coleta baja, con algunos mechones sueltos enmarcando el rostro.
No parecía una doctora en el sentido tradicional de la palabra, con bata blanca y estetoscopio colgando del cuello.
Parecía lo que realmente era: una mujer que disfrutaba de su trabajo, que amaba acompañar a otras mujeres en ese viaje extraordinario que es la maternidad.
Amanda apareció en la puerta, con su tableta en la mano y su habitual sonrisa radiante.
—Ya están llegando —anunció—. Unas treinta parejas confirmadas, aunque calculo que seremos unos veinticinco. Algunas siempre fallan por imprevistos de última hora.
—Perfecto —dije, ajustándome el collar de plata que llevaba puesto—. ¿Todo preparado?
—Todo —confirmó ella, haciendo un gesto hacia las mesas—. Agua fresca, infusiones para las que tienen náuseas, folletos impresos, y he puesto música suave de fondo. Jazz relajante, como me dijiste la última vez.
—Eres una joya, Amanda.
—Lo sé —respondió ella, guiñando un ojo—. Y hablando de joyas… acaba de llegar tu abuelo favorito.
El corazón me dio un vuelco que intenté disimular con una tos discreta.
—No empieces —dije, pero mi voz salió más débil de lo que pretendía.
—Solo informo —dijo Amanda, encogiéndose de hombros con inocencia fingida—. Viene con Emma, como esperábamos. Y se ha puesto una camisa azul clara que le sienta de muerte. Solo digo.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas, y me obligué a concentrarme en los últimos preparativos.
No quería mirar hacia la puerta, no quería verle entrar, no quería que mi nerviosismo se notara en la charla que iba a dar.
Pero, como siempre sucedía cuando se trataba de Adrien Walker, mi voluntad se evaporó en cuanto escuché su voz grave resonando en el vestíbulo.
Me acerqué discretamente a la puerta del salón, oculta parcialmente por una columna, y observé.
El espacio se iba llenando de parejas jóvenes, algunas evidentemente nerviosas, otras más relajadas, todas con ese brillo especial en los ojos que acompaña a la expectativa de la paternidad inminente.
Vi a una mujer entrar acompañada de su madre, ambas con el mismo gesto de la mano sobre la barriga, como si compartieran un secreto.
Otra llegó con su hermana, riendo de algo que habían comentado en el ascensor.
Y entonces los vi a ellos.
Emma entró primero, con esa elegancia natural que tenía, llevando un vestido fluido de color verde esmeralda que realzaba su palidez.
Iba cogida del brazo de Adrien, que la acompañaba de un modo tan protector que me resultó enternecedora.
Él llevaba efectivamente una camisa azul clara, remangada hasta los codos, con unos vaqueros oscuros que le daban un aspecto casual pero impecable.
Su pelo negro estaba despeinado de forma natural, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces, y sus ojos...
Dios, sus ojos escaneaban el lugar con esa intensidad suya, buscando, siempre buscando.
Amanda se acercó a ellos antes de que pudiera evitarlo.
—¡Bienvenidos! —exclamó, abrazando a Emma con el cariño de quien ya la considera parte de la familia—. Qué alegría veros.
—Hola, Amanda —respondió Emma, devolviéndole el abrazo—. Gracias por recordarnos lo de la charla. Casi se me olvida con todo el lío de los exámenes finales.
—Para eso estamos —dijo Amanda, y luego giró su atención hacia Adrien—. Hola, abuelo favorito.
Adrien levantó una ceja, y vi que una sonrisa torturada se dibujaba en sus labios.
—Creo que ese apodo empieza a perseguirme —dijo, con un tono de voz que intentaba ser severo pero que delataba diversión.
Amanda se rio, esa risa clara y contagiosa que tanto caracterizaba su personalidad.
—No se preocupe —dijo ella, haciendo un gesto despectivo—. Podría ser peor.
—Ah, ¿sí? —preguntó Adrien, cruzándose de brazos con fingida resignación.
—Podría llamarlo el abuelo más guapo de Miami —respondió Amanda, sin inmutarse.
Emma estalló en carcajadas, un sonido joven y liberado que llenó el espacio.
Adrien negó con la cabeza, pero esta vez no pudo ocultar la sonrisa.
Era una sonrisa genuina, que transformaba su rostro severo en algo casi dulce, que le quitaba años de encima y le hacía parecer el hombre que yo sabía que era bajo todas esas capas de hielo.
En ese momento, como si sintiera mi presencia, Adrien levantó la vista.
Nuestros ojos se cruzaron a través del espacio que nos separaba.
Fue apenas un instante, una fracción de segundo en el que el mundo pareció detenerse.
Ambos sonreímos, sin darnos cuenta, sin planearlo.
Fue una sonrisa pequeña, natural, cómplice.
El tipo de sonrisa que se comparte entre dos personas que guardan un secreto, que comparten algo íntimo que nadie más conoce.
Y ninguno de los dos entendía por qué. O quizás sí lo entendíamos, pero no queríamos nombrarlo todavía.
Me obligué a apartar la mirada, a volver al interior del salón, a concentrarme en mi trabajo.
Respiré hondo varias veces, intentando calmarme el corazón que martilleaba contra mis costillas con una fuerza desproporcionada.
Cuando volví a salir, ya había dado la bienvenida a los asistentes y los había invitado a tomar asiento.
El salón se llenó rápidamente. Las sillas de cuero crujieron suavemente al recibir el peso de las embarazadas, algunas de las cuales necesitaban cojines adicionales para la espalda.
Vi a las parejas tomarse de la mano, a las madres primerizas intercambiar miradas de complicidad con las que ya habían pasado por esto antes.
Y en algún lugar de la tercera fila, vi a Adrien sentado junto a Emma, con la atención puesta en mí, esperando.
Comencé la charla con mi voz habitual, aquella que había perfeccionado durante años para proyectar calma y seguridad.
No utilicé un lenguaje excesivamente técnico, no hablé de cifras ni de estadísticas médicas que pudieran asustar.
En su lugar, utilicé ejemplos cotidianos, historias de pacientes que habían pasado por situaciones similares, anécdotas que humanizaban la experiencia del embarazo.
—El embarazo no es una enfermedad —dije, mirando a cada una de las mujeres presentes—. Es un estado natural, pero eso no significa que no tenga sus complicaciones. Lo importante es saber distinguir entre lo que es normal y lo que requiere atención médica inmediata.
Hablé de nutrición, explicando que no se trataba de comer por dos en el sentido literal, sino de elegir alimentos densos en nutrientes.
Usé analogías que hicieron reír a la audiencia: comparé la proteína necesaria con la construcción de un edificio, donde cada aminoácido era un ladrillo esencial.
Hablé de ejercicio, demostrando algunos estiramientos suaves que podían hacer en casa para aliviar el dolor de espalda.
Respondí preguntas con paciencia, tranquilizando a una futura madre que estaba obsesionada con el peso que había ganado, o a otra que temía que su bebé no se moviera lo suficiente.
Durante toda la charla, sentí la mirada de Adrien sobre mí.
No era una mirada incómoda ni invasiva. Era...
atenta. Observadora. Como si estuviera realmente interesado en lo que decía, como si valorara no solo el contenido sino la forma en que lo transmitía.
En un momento, cuando estaba explicando los beneficios del ácido fólico en el desarrollo del tubo neural, nuestros ojos se cruzaron de nuevo.
Él asintió casi imperceptiblemente, una señal de aprobación que me hizo sentir... valorada. Reconocida.
Cuando la charla llegó a su fin, casi una hora después de haber comenzado, el aplauso fue cálido y sincero.
Varias mujeres se acercaron para hacer preguntas adicionales, para agradecerme, para pedirme consejo sobre situaciones particulares.
Me quedé hablando con ellas, despidiéndome una a una, sintiendo esa satisfacción profesional que tanto me gustaba: la sensación de haber sido útil, de haber aliviado miedos, de haber contribuido a que esas mujeres se sintieran más preparadas para lo que venía.