Capítulo 23 #2
—Pasó el fin de semana en mi casa. Con su hijo. Y yo... no sé qué estoy haciendo, Ethan. No sé si estoy traicionando a Sarah, o si estoy siendo desleal con su memoria, o si simplemente estoy... viviendo por primera vez en ocho años.
Ethan sonrió. No una sonrisa burlona, sino una genuina, llena de alivio.
—Estás viviendo —dijo simplemente—. Y eso es lo único que importa. Sarah no necesita que le demuestres nada, Adrien. Ella ya sabe que la amaste. Ahora necesita que seas feliz. Y si esta mujer te hace feliz... entonces deja de torturarte.
Se acercó y me dio una palmada en el hombro, un gesto de camaradería que me recordó a los viejos tiempos, a cuando éramos jóvenes y el mundo parecía lleno de posibilidades.
—Voy a dejarte —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Tienes una cita con tu hija, si no me equivoco. Y creo que la doctora también estará allí. No la hagas esperar, Walker. Algunas cosas son más importantes que los contratos, por muy alemanes que sean.
Salió, dejándome solo con mis pensamientos y la fotografía de Sarah. La cogí entre mis manos, acariciando el cristal con el pulgar.
—¿Estoy haciendo lo correcto? —le pregunté al silencio.
La fotografía no respondió, por supuesto. Pero por primera vez en años, sentí que quizás sí. Que quizás el permiso que buscaba no venía de un fantasma, sino de mí mismo.
Estaba guardando la foto en el cajón cuando sonó el móvil. Vi el nombre en la pantalla y sonreí antes de poder evitarlo.
—Emma —contesté—. Dime, princesa.
—Papá —dijo ella, y su voz tenía una energía que me resultó contagiosa—.
La doctora Leila organiza todos los años una charla gratuita para futuras madres.
Es mañana por la tarde, en su consulta. Me ha invitado a asistir.
Es sobre nutrición durante el embarazo, ejercicio, cosas prácticas.
Y… bueno, me ha dicho que puedo traer acompañante.
Sonreí, sintiendo que el corazón se me aceleraba ligeramente.
—¿Vendrás conmigo? —preguntó ella, y en su tono había una súplica disimulada que me resultó enternecedora.
—Claro —respondí, sin dudar—. Siempre. ¿A qué hora?
—En una hora —dijo Emma—. Quedamos en la consulta. No llegues tarde, que sabes que la puntualidad es importante para ella.
—Estaré allí —prometí—. En una hora.
Colgué y me quedé mirando el teléfono durante varios segundos.
Una hora. Tendría tiempo de sobra para llegar, pero no quería arriesgarme.
Quería estar allí cuando ella llegara, verla entrar, observarla desde lejos antes de que me viera.
Quería tener un momento para procesar lo que sentía al verla, para prepararme para la inevitable mezcla de emoción y culpa que siempre surgía.
Cogí las llaves del coche y salí del despacho. Patricia me miró sorprendida al verme salir tan temprano, pero no hizo ningún comentario. Bajé en el ascensor, atravesé el vestíbulo y subí al coche con la mente dividida entre el contrato que acababa de firmar y la mujer que iba a ver.
Durante el trayecto hacia la consulta de Leila, no pude dejar de pensar en todo lo que había sucedido en las últimas semanas.
En cómo había entrado en mi vida sin pedir permiso, trayendo consigo a su hijo brillante y su propia historia de dolor, su propia fortaleza.
En cómo me había hecho sentir cosas que creía enterradas para siempre: deseo, ilusión y esperanza.
Me detuve en un semáforo y miré mi reflejo en el espejo retrovisor. Me veía diferente. Los ojos tenían un brillo que no recordaba haber visto en años. La mandíbula, aunque tensa, no estaba apretada con el rigor habitual. Parecía... relajado. Feliz, quizás.
Pero también asustado. Porque cada kilómetro que recorría hacia ella era un kilómetro que me alejaba de la seguridad de mi soledad.
Cada sonrisa que compartíamos era una traición a la promesa tácita que me había hecho a mí mismo de no volver a amar.
Cada momento de felicidad venía acompañado de la certeza de que, tarde o temprano, el dolor volvería.
Porque así funcionaba la vida. Porque así había funcionado siempre.
Aparqué frente al edificio de Leila con quince minutos de adelanto.
Apagué el motor y me quedé sentado, observando la entrada.
Era un edificio moderno, elegante, con la clínica en la planta baja y los apartamentos residenciales encima.
Pensé en ella viviendo allí, justo encima de su trabajo, en ese espacio que compartía con Luck y que yo había empezado a considerar, irracionalmente, como un lugar al que pertenecía.
Saqué el móvil y abrí la conversación con ella.
Habíamos intercambiado mensajes durante la semana, breves, casi formales, hablando de Emma, del embarazo, de cosas triviales que ninguno de los dos realmente quería decir pero que servían para mantener el contacto.
Había una invitación pendiente, la que le había hecho el domingo por la noche antes de que se fueran: volver el próximo fin de semana, quedarse más tiempo, intentar esto que estábamos intentando sin ponerle nombre.
Aún no había respondido. O más bien, había dicho que lo pensaría, que hablaría con Luck, que me diría algo. Y yo esperaba, con una paciencia que no sabía que tenía, a que decidiera si quería arriesgarse conmigo o si prefería mantener las distancias.
Miré la hora en el reloj del salpicadero.
Faltaban diez minutos para la hora de la cita.
Emma probablemente llegaría puntual, como siempre.
Y Leila... Leila estaría allí, en su consulta, preparando todo para la charla, siendo la profesional competente y cercana que la había convertido en la ginecóloga más solicitada de Miami.
Pensé en lo que Ethan había dicho. Que estaba viviendo. Que era lo único que importaba. Y pensé en Sarah, en la promesa de amor eterno que le había hecho junto a su tumba, en la culpa que me había acompañado cada día desde entonces.
¿Estaba haciendo bien? ¿Era correcto sentirme vivo de nuevo, desear a otra mujer, soñar con un futuro que no incluía a la mujer que había sido el amor de mi vida?
No sabía la respuesta. Pero sabía que, cuando abrí la puerta del coche y caminé hacia la entrada del edificio, cada paso me acercaba a algo que quería con una intensidad que me aterraba. Cada paso me acercaba a ella. Y por primera vez en ocho años, no quería dar marcha atrás.
Emma me esperaba en la puerta, sonriente, con la mano sobre su vientre apenas perceptible.
Me abrazó, me besó en la mejilla, y juntos entramos en el edificio.
Y mientras subíamos en el ascensor, mientras el número de la planta baja se iluminaba en el panel, supe que estaba a punto de verla de nuevo.
Y que, pase lo que pase, mi vida ya no volvería a ser la misma.