Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 23
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Capítulo 23

Adrien

El despertador sonó a las cinco de la mañana, pero yo ya estaba despierto.

Había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama, mirando el techo, repitiendo mentalmente cada momento del fin de semana con Leila.

La forma en que se había quedado dormida en mi hombro el sábado por la noche, viendo una película que ninguno de los dos estaba realmente viendo.

La manera en que Luck había corrido por el jardín el domingo por la mañana, emocionado porque le había prometido enseñarle a manejar el telescopio.

Y ella, siempre ella, con esa sonrisa torcida que me desarmaba cada vez que me miraba.

Me levanté, me duché en agua casi fría intentando despejar la mente, y me vestí con uno de los trajes italianos gris marengo que guardaba para las ocasiones importantes. Aquella lo era. Más importante que ninguna otra en los últimos años.

La reunión estaba programada para las siete, hora de Miami, lo que significaba que en Frankfurt ya eran las trece.

Los ejecutivos de Lufthansa habían accedido finalmente a una videoconferencia definitiva, y sobre la mesa virtual estaba el contrato más grande que Walker Aerospace Systems había negociado jamás.

Sistemas de navegación para toda su flota de largo recorrido, un acuerdo plurianual que supondría miles de millones de dólares y que consolidaría a la empresa como líder indiscutible del sector.

Debería haber estado centrado únicamente en eso.

En los números, en las cláusulas, en las garantías técnicas.

Pero mientras me anudaba la corbata frente al espejo, viendo reflejado un rostro que cada día se parecía menos al hombre de hielo que había sido durante ocho años, no podía evitar que mi mente divagara hacia ella.

Había pasado la noche anterior solo en mi casa, después de llevar a Leila y a Luck a su apartamento.

La casa había vuelto a quedar en silencio, pero era un silencio diferente.

Ya no me parecía un santuario vacío, sino un espacio que había cobrado vida temporalmente y que ahora esperaba, paciente, a que volvieran a llenarlo.

Llegué a la oficina a las seis y media. Patricia aún no había llegado, así que encendí yo mismo las luces del piso treinta, preparé el café en la máquina, esa que Ethan siempre criticaba, y dispuse los documentos sobre la mesa de reuniones.

Quería tener todo bajo control. Necesitaba tener todo bajo control.

A las siete en punto, la pantalla del televisor gigante que ocupaba toda una pared se encendió.

Aparecieron tres rostros serios: el director de operaciones de la empresa, su jefe de ingeniería, y una mujer de recursos humanos que no dejaba de consultar algo en su Tablet.

Saludé con la formalidad habitual, pero noté que mi voz sonaba diferente.

Más ligera, quizás. Menos cargada de la gravedad que solía aportar a estas conversaciones.

—Señor Walker —comenzó el director de operaciones, un alemán alto y delgado llamado Schmidt—. Tenemos sus propuestas revisadas. Hay algunos puntos que nos gustaría aclarar antes de proceder.

La mañana transcurrió en un torbellino de gráficos, balances y videoconferencias.

Hablamos de especificaciones técnicas para los sistemas de navegación inercial, de plazos de entrega que parecían imposibles pero que yo sabía que podíamos cumplir, de garantías de mantenimiento que extendían hasta diez años.

Cada vez que creíamos que estábamos cerca de un acuerdo, aparecía una nueva objeción, un nuevo escollo que superar.

Pero yo estaba en mi elemento. Esa era mi zona de confort, el terreno donde había construido mi reputación durante dos décadas.

Negociaba con firmeza pero sin agresividad, cediendo en los puntos menores para mantenerme inflexible en los esenciales.

Era un baile que conocía perfectamente, una coreografía de palabras y números que ejecutaba con precisión quirúrgica.

Y, sin embargo, cada vez que la conversación llegaba a un punto muerto, cada vez que los alemanes pedían un receso de cinco minutos para consultar entre ellos, mi mente traicionera volvía a ella.

Pensaba en Leila en mi cocina el sábado por la mañana, con el pelo revuelto y una de mis camisas prestadas sobre los pantalones de pijama, haciendo tortitas para Luck mientras el niño explicaba alguna teoría sobre agujeros negros.

Pensaba en ella sentada en el porche, con una copa de vino en la mano, solo una, porque decía que el alcohol le daba sueño, riendo de algo que Luck había dicho, con la luz de la puesta de sol iluminando su perfil.

Pensaba en la forma en que me había mirado cuando creía que yo no la veía, con una mezcla de ternura y deseo que me hacía sentir vivo de un modo que creía imposible desde la muerte de Sarah.

—Señor Walker —dijo Schmidt, sacándome de mi ensoñación—. ¿Está de acuerdo con la cláusula de confidencialidad ampliada?

—Por supuesto —respondí, recuperando la compostura al instante—. Walker Aerospace siempre protege los intereses de sus socios con la máxima discreción.

La reunión se alargó hasta pasado el mediodía.

Cuando finalmente firmamos el acuerdo preliminar, una versión digital que apareció simultáneamente en mis pantallas y en las suyas, sentí esa satisfacción profesional que tanto me gustaba.

Era el éxito tangible, el fruto del trabajo bien hecho, la confirmación de que seguía siendo el mejor en lo que hacía.

Pero cuando los rostros alemanes desaparecieron de la pantalla y el silencio volvió a mi despacho, la euforia se desvaneció rápidamente, reemplazada por una sensación extraña, casi de vacío.

Había conseguido el contrato más importante de la historia de la empresa.

Y lo primero que había querido hacer era llamar a Leila para contárselo.

Estaba guardando los papeles cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Ethan entró como siempre lo hacía, sin pedir permiso, con dos vasos de café en las manos y una expresión de satisfacción que me puso inmediatamente nervioso.

—He oído que los alemanes han firmado —dijo, dejándose caer en una de las butacas de cuero que había frente a mi escritorio—. Enhorabuena, Walker. Ese contrato nos da para vivir tres generaciones.

—Gracias —murmuré, sentándome frente a él y cogiendo uno de los cafés—. Ha costado lo suyo.

—Siempre cuesta —dijo Ethan, cruzando las piernas y observándome con esa intensidad que tanto me irritaba—. Pero tú nunca dudas, ¿verdad? Siempre consigues lo que te propones. Siempre trabajas como si el mundo fuera a acabarse mañana.

Levanté la vista del vaso, frunciendo el ceño.

—¿Sabes cuál es tu problema? —continuó, sin esperar respuesta—. No, déjame adivinar. Tengo demasiados.

—No —dijo él, negando con la cabeza—. Solo uno. Trabajas como si el mundo fuera a acabarse mañana. Como si cada contrato fuera el último, cada reunión la definitiva, cada trimestre el que determinará si la empresa sobrevive o no.

—Alguien tiene que hacerlo —respondí, encogiéndome de hombros—. La competencia no duerme.

—No —dijo Ethan, y su voz cambió, adquiriendo una seriedad que raramente mostraba—.

Alguien tiene que vivir, Adrien. Y tú...

tú estás tan ocupado demostrando que eres el mejor CEO del mundo, que eres el padre perfecto, que eres el viudo ejemplar que sigue fiel a la memoria de su mujer, que has olvidado ser tú mismo. Has olvidado ser un hombre.

Suspiré, pasándome una mano por el pelo. No quería tener esta conversación. No hoy, no cuando acababa de cerrar el acuerdo más importante de mi carrera, no cuando lo único que quería era ir a buscar a Leila y celebrarlo con ella.

—¿Has venido a trabajar o a darme terapia? —pregunté, intentando sonar burlón, pero sabiendo que fallaba.

—Las dos cosas —respondió él, sin inmutarse—. Porque soy tu amigo, tu socio, y la única persona en el mundo que puede decirte estas cosas sin que le despidas.

Se levantó de la butaca y caminó hacia mi escritorio.

Allí, en el único marco de plata que había sobre la madera de nogal, estaba la fotografía.

La única que mantenía a la vista en la oficina.

En ella aparecíamos Sarah, Emma y yo en una playa de los Cayos, hacía quince años.

Estábamos cubiertos de arena, sonriendo ampliamente, con Emma de apenas cinco años sentada sobre mis hombros mientras Sarah nos hacía una foto con la cámara desechable que habíamos comprado en una gasolinera.

Ethan la cogió entre sus dedos, observándola con atención.

—Ella estaría orgullosa de ti —dijo finalmente, sin girarse.

Tardé unos segundos en responder. La garganta se me había cerrado de forma inesperada, y tuve que tragar saliva antes de poder articular palabra.

—Eso intento —dije, y mi voz salió ronca, casi inaudible.

—No —dijo Ethan, dejando la fotografía sobre la mesa y mirándome fijamente—.

Lo que intentas es demostrarle algo todos los días.

Que fuiste un buen marido, que eres un buen padre, que la empresa prospera bajo tu mando.

Y no hace falta, Adrien. Sarah ya lo sabía.

Ella te amaba. Y si algo sé de ella, es que no habría querido esto para ti.

No habría querido que te convirtieras en un esclavo del trabajo, en una estatua de hielo que solo se derrite cuando nadie la mira.

Bajé la vista hacia la fotografía. Allí estábamos nosotros, eternamente jóvenes, eternamente felices.

Y Ethan tenía razón. Llevaba ocho años intentando ser digno de esa imagen, intentando merecer el amor que Sarah me había dado, intentando demostrarle a un fantasma que no la había traicionado, que seguía siendo el hombre que ella había elegido.

Pero ella no estaba aquí. Y yo seguía vivo.

—He conocido a alguien —dije, y las palabras salieron antes de que pudiera contenerlas.

Ethan se quedó inmóvil, con una ceja levantada.

—¿La doctora? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

Asentí.