Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 22
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Capítulo 22

Leila

El apartamento de Olivia olía a café recién hecho y a algo dulce que estaba horneándose en el fondo.

Siempre había sido así desde que la conocía: un hogar que desprendía aromas reconfortantes, con cojines de colores vivos tirados por el suelo de la sala y libros de derecho mercantil apilados en todas las superficies planas.

Era el caos organizado de una mujer que vivía sola y disfrutaba de ello, sin necesidad de esconder los aspectos más desordenados de su existencia.

—Por fin —exclamó Olivia al abrir la puerta, con el pelo rubio recogido en un moño deshecho y un delantal de cocina que decía «Abogada en proceso»—. Pensaba que habíais decidido quedaros en casa viendo documentales de aviones.

—Mamá se ha cambiado tres veces —dijo Luck antes de que pudiera responder, colándose por el hueco de la puerta con su mochila colgada de un hombro—. No sabía qué ponerse.

—Luck —suspiré, sintiendo cómo el rubor subía a mis mejillas—. No digas eso.

Olivia arqueó una ceja, divertida, y me hizo pasar con un gesto teatral.

—Entra, entra. La comida está casi lista. He hecho lasaña, que sé que es lo único que come este niño sin quejarse, y una ensalada para nosotras que, evidentemente, tú vas a ignorar porque prefieres la pasta.

—He traído tarta de queso —dije, tendiéndole la caja que llevaba en las manos—. De la pastelería de la esquina. La que te gusta.

—Eso es soborno —replicó ella, pero cogió la caja con una sonrisa—. Y funciona. Vamos a la cocina, que allí es donde mejor se habla.

El apartamento de Olivia estaba situado en una de esas zonas de Miami que combinaban lo moderno con lo bohemio.

Grandes ventanales daban a un balcón lleno de plantas que ella cuidaba con esmero obsesivo, y desde la cocina se veía el perfil de los edificios del centro dibujándose contra el cielo azul del mediodía.

Era un sábado soleado, de esos que invitan a quedarse en casa haciendo el vago, pero Olivia había insistido en que fuéramos a comer, argumentando que llevaba semanas sin ver a Luck y que el niño debía estar muriéndose de aburrimiento entre adultos.

Mentira. Lo que quería era información. Y lo sabía.

Apenas habíamos dejado los bolsos en el recibidor y Luck se había instalado en la barra de la cocina con un vaso de zumo, cuando Olivia comenzó su ataque. No necesitó más de treinta segundos desde que pusimos un pie en su casa.

—Entonces —dijo, volviéndose hacia mí con una cuchara de madera en la mano, actuando como si estuviera removiendo la salsa, pero mirándome fijamente—. ¿Qué tal el CEO?

Suspiré. Ese suspiro largo y cansado que reservaba para cuando Olivia se ponía en modo interrogatorio judicial.

—Olivia...

—¿Qué? —preguntó ella, inocente, aunque sus ojos brillaban con picardía.

—No empieces —dije, sentándome en uno de los taburetes altos y cogiendo mi propio vaso de agua—. Hoy no tengo energías para tus insinuaciones.

Ella resopló, volviéndose hacia la encimera para espolvorear queso rallado sobre la lasaña que estaba preparando.

—No son insinuaciones. Son preguntas legítimas. Hace una semana que no sé nada de ti. Desaparecida. Inalcanzable. Solo mensajes breves diciendo que estás bien. Y tú sabes que cuando dices que estás bien, en realidad estás...

—¿Estoy qué? —interrumpí, a la defensiva.

—En cualquier sitio menos bien —terminó ella, dándose la vuelta para señalarme con la cuchara—. O demasiado bien. Lo cual es sospechoso viniendo de ti.

Fue entonces cuando Luck intervino, con la boca llena de galletas de chocolate que Olivia había puesto en un cuenco.

—Es muy simpático —dijo, con total naturalidad.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Olivia y yo nos miramos, y luego ambas giramos la cabeza hacia el niño, que seguía masticando ajeno al efecto de sus palabras.

—¿Cómo? —preguntamos al unísono.

Luck se encogió de hombros, tomando otro sorbo de zumo.

—Pues eso. Pensaba que los jefes importantes daban miedo. Pero él no. Solo parece serio cuando está trabajando, pero luego se ríe mucho. Y sabe un montón de cosas de aviones. Me ha enseñado a usar un programa de diseño 3D en su ordenador.

Sentí que el corazón se me detenía un segundo.

Había pasado el fin de semana en casa de Adrien, sí.

Habíamos ido el viernes por la tarde y no habíamos vuelto hasta el domingo por la noche.

Pero no había contado los detalles a Olivia, no exactamente.

Sabía que Luck y él habían pasado horas juntos en el despacho de la planta baja, mientras yo intentaba leer en el jardín sin poder concentrarme por el sonido de sus risas y el zumbido de la impresora 3D que Adrien había sacado para que el niño experimentara.

Olivia sonrió, una sonrisa lenta, victoriosa, que me hizo querer desaparecer bajo la mesa.

—¿Y con tu madre cómo se porta? —preguntó, dirigiéndose a Luck con una dulzura sospechosa.

Yo abrí la boca para detener la conversación, para cambiar de tema, para gritar «¡No contestes!», pero Luck ya había hablado.

—La mira raro —dijo, con absoluta inocencia, mirando el fondo de su vaso como si estuviera buscando el último sorbo de zumo.

Casi dejé caer el vaso de agua. El cristal resbaló entre mis dedos y tuve que hacer un movimiento brusco para recuperarlo antes de que se estrellara contra el suelo de baldosas.

—¡Luck! —exclamé, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas con la velocidad de un incendio forestal.

—¿Qué? —preguntó él, genuinamente confundido por mi reacción—. Es verdad. La mira como...

—No nos mira raro —interrumpí, demasiado rápido, demasiado alto.

El niño se encogió de hombros, imperturbable.

—Pues yo creo que sí. Como si quisiera decir algo, pero no lo dijera. Y cuando se cree que no lo vemos, sonríe solo. Es raro, ¿no?

Olivia ya no podía contener la risa. Se apoyó en la encimera, llevándose una mano al pecho, con los ojos brillando de diversión.

—Ese niño —dijo entre jadeos—. Ese niño tiene más capacidad de observación que nosotras juntas. Dios mío, Leila, tu hijo es un genio. Un genio del espionaje emocional.

—Calla —murmuré, cubriéndome la cara con las manos.

Luck nos miró alternativamente, encogiéndose de hombros por última vez y bajándose del taburete.

—Voy al jardín —anunció—. Olivia, ¿puedo usar tu telescopio? Es que desde aquí se ve mejor el cielo que desde nuestra casa.

—Claro, cariño —dijo ella, todavía secándose las lágrimas de la risa—. Está en el balcón. Pero no lo muevas de sitio, que está calibrado.

Luck salió de la cocina con su vaso de zumo en la mano, dejándonos solas. El silencio que siguió fue denso, cargado de expectación. Olivia se volvió hacia mí, cruzándose de brazos, con esa mirada suya que significaba «Ahora sí que no te escapas».

—Vamos —dijo, sin preámbulos—. Empieza a hablar. Y quiero detalles. Todos los detalles. Desde el viernes hasta el domingo. Sin omitir nada.

Negué con la cabeza, intentando mantener la compostura.

—No hay nada que contar —mentí.

—Leila Monroe —dijo ella, acercándose y sentándose en el taburete frente a mí—.

Llevo años siendo tu mejor amiga. Llevo diez años viéndote criar sola a ese niño brillante.

Diez años viéndote negarte a salir con nadie, a sentir nada por nadie.

Y ahora, de repente, aparece este hombre, este CEO de ojos azules y traje caro, y tú desapareces durante un fin de semana entero.

Vuelves con ojeras, pero sonriendo. Tu hijo dice que os mira raro.

Y tú tienes la cara más radiante que he visto en una década.

Así que no me vengas con que no hay nada que contar.

La miré. Realmente la miré, y vi que no había escapatoria. Olivia me conocía demasiado bien. Sabía cuándo estaba mintiendo, cuándo estaba ocultando algo, cuándo estaba asustada.

—Pasamos el fin de semana en su casa —dije finalmente, y la confesión salió en un susurro, casi como si temiera que pronunciarla en voz alta hiciera que todo fuera más real.

Olivia dejó escapar un «Oh» largo, prolongado y lleno de significados.

—¿En su casa? —repitió.

Asentí, sintiendo que el rubor volvía.

—¿Y dormisteis allí? —preguntó ella, bajando la voz.

—Olivia...

—¿Leila?

—Sí —solté—. Sí, dormimos allí. Los dos. En habitaciones separadas… al principio.

Los ojos de Olivia se abrieron como platos. Se inclinó hacia adelante, agarrándome las manos sobre la encimera.

—Dios santo —susurró—. ¿Quieres decir que…?

—No digas nada —la interrumpí, sintiendo que las lágrimas picaban en mis ojos—. No lo digas en voz alta o me voy a echar a llorar.

—¿Por qué llorarías? —preguntó ella, suavizando el tono—. Leila, esto es… esto es maravilloso. ¿O no lo es?

Lo pensé. Realmente lo pensé, mientras el sol entraba por la ventana de la cocina y el olor a lasaña impregnaba el aire. ¿Era maravilloso? Sí. Y aterrador. Y confuso. Y emocionante. Y mil cosas más que no sabía cómo nombrar.

—Es… —busqué las palabras—. Es demasiado, Olivia.

Es demasiado rápido. Es demasiado intenso.

Él es... Dios, es todo lo que nunca pensé que volvería a encontrar.

Es atento, y brillante, y bueno con Luck, y me mira como si fuera la única mujer en el mundo.

Y yo… yo no sé qué hacer con eso. Llevo diez años sola.

Diez años siendo la madre de Luck, la doctora Monroe, la hija de Catherine y Michael.

No sé cómo ser… cómo ser mujer de nuevo.

Cómo ser deseada. Cómo permitirme sentir esto sin sentir que traiciono a Liam.

Olivia me apretó las manos con fuerza.

—Escúchame —dijo, y su voz era firme, casi severa—.

Liam murió hace diez años. Diez años, Leila.

Él te amaba, eso lo sé. Pero no habría querido esto para ti.

No habría querido que te convirtieras en una momia emocional, en alguien que se niega a vivir por miedo a sentir de nuevo.

Y Adrien... Adrien parece ser exactamente lo que necesitas.

Alguien que entiende tu pasado, que respeta tu presente, que quiere estar en tu futuro.

—Pero tengo a Luck —protesté débilmente—. No puedo traer hombres a mi vida sin pensar en cómo le afectará. No puedo arriesgarme a que se encariñe con alguien y luego...

—¿Y luego qué? —interrumpió Olivia—. ¿Vas a pasar el resto de tu vida sola por miedo a que Luck sufra?

Leila, tu hijo ya está encariñado con él.

Lo has visto tú misma. Habla de él con naturalidad, dice que es simpático, que le enseña cosas.

Luck es inteligente. Si Adrien fuera un idiota, lo habría detectado al instante.

Pero no lo es. Es un buen hombre. Y tú te mereces un buen hombre.

Las lágrimas se me escaparon. Una, dos, resbalando por mis mejillas antes de que pudiera detenerlas. Olivia me soltó una mano para secármelas con el pulgar.

—Además —continuó, intentando suavizar el tono—. Emma está embarazada. Van a tener un bebé. Eso significa que Adrien va a ser abuelo, sí, pero también significa que va a estar en tu vida durante mucho tiempo, quieras o no. Es el padre de tu paciente. No puedes evitarle para siempre.

—No quiero evitarle —confesé, y la verdad de esas palabras me golpeó con fuerza—.

Ese es el problema. Quiero verle. Quiero estar con él.

Quiero que Luck esté con él. Y eso me aterra porque…

porque si esto se va al traste, si termina mal, no solo me romperé el corazón yo.

Le romperé el corazón a mi hijo. Y eso no lo podría soportar.

Olivia asintió, comprensiva.

—Eso es ser madre —dijo suavemente—. Eso es amar a alguien más que a ti misma.

Pero, Leila, no puedes vivir paralizada por el miedo.

Nunca podrás proteger a Luck de todo el dolor del mundo.

Lo único que puedes hacer es asegurarte de que cuando llegue el dolor, y llegará, porque es inevitable, estéis juntos.

Tú y él. Y si Adrien está ahí también, mejor.

Pero si no lo está, sobreviviréis. Como siempre habéis hecho.

Me abrazó. Un abrazo fuerte, de esos que Olivia daba cuando realmente importaba, apretándome contra su hombro mientras yo sollozaba discretamente, intentando no desmoronarme del todo.

—Además —añadió ella, separándose y secándome las mejillas con una servilleta de papel—. El sexo es bueno, ¿verdad? Porque si vas a arriesgarte, al menos que valga la pena.

—Olivia —protesté, entre risas y lágrimas.

—¿Qué? Es una pregunta legítima. Diez años sin sexo, Leila. Diez años. Si finalmente has roto esa sequía, espero que haya merecido la pena.

Pensé en el despacho de Adrien. En la pared fría contra mi espalda. En sus manos, su boca, la forma en que me había mirado como si fuera el centro de su universo. Sentí que el calor volvía a mi rostro, pero esta vez no era de vergüenza.

—Mereció la pena —dije, y mi voz salió firme, segura.

Olivia sonrió, una sonrisa enorme, victoriosa.

—Eso es todo lo que necesitaba saber —dijo, levantándose para volver a la lasaña—. Ahora, vamos a comer. Y luego me cuentas todos los detalles. Todos. Especialmente los que tengan que ver con esos ojos azules y esos trajes caros.

Negué con la cabeza, secándome las lágrimas e intentando recuperar la compostura.

—Eres imposible.

—Soy tu mejor amiga —corrigió ella—. Y es mi trabajo asegurarme de que no estás cometiendo un error, o de que sí lo estás cometiendo, pero al menos lo disfrutas.

Luck entró en ese momento desde el balcón, con la cara iluminada.

—¡He visto Júpiter! —exclamó—. Y creo que también he visto la Estación Espacial Internacional pasando. Olivia, tu telescopio es increíble.

—Lo sé, cariño —dijo ella, rascándole el pelo al pasar—. Ahora lava las manos y sentémonos a comer. Tu madre y yo hemos terminado de hablar de cosas de adultos aburridas.

Luck nos miró, sospechoso pero demasiado emocionado por su descubrimiento astronómico como para indagar. Corrió al baño a lavarse las manos, y yo me quedé mirando su espalda, pensando en lo que Olivia había dicho.

Tenía razón. No podía vivir paralizada por el miedo.

No podía negarle a Luck la posibilidad de tener una figura masculina positiva en su vida, no un sustituto de su padre, nunca eso, sino un mentor, un amigo, solo porque temía que algún día desapareciera.

Y no podía negarme a mí misma la posibilidad de ser feliz, de sentirme deseada, de amar de nuevo, solo porque el amor anterior había terminado en tragedia.

Cuando nos sentamos a comer, con la lasaña humeante ante nosotros y Luck contándonos entusiasmado sobre los satélites que había identificado, sentí que algo había cambiado en mí. Una ligereza nueva, una certeza tranquila.

Olivia tenía razón. Si iba a arriesgarme, al menos que mereciera la pena. Y Adrien... Adrien merecía la pena. Cada segundo de incertidumbre, cada miedo, cada duda. Merecía la pena porque, por primera vez en diez años, me sentía viva de verdad.

Y mientras mordía la lasaña, sabiendo que Olivia me observaba con esa sonrisa cómplice, supe que había tomado una decisión. No iba a huir. No iba a cerrar la puerta. Iba a dejar que esto fluyera, naturalmente, a donde tuviera que ir.

Porque algunas cosas, las mejores cosas, merecían el riesgo.