Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 21
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Capítulo 21

Leila

Volví a mirarle. Y entonces sucedió.

Se inclinó hacia mí y sus labios rozaron los míos.

Fue un contacto eléctrico, una chispa que encendió todo mi cuerpo.

Empezó suave, casi interrogante, una sucesión de besos breves y tentativos que pedían permiso sin exigirlo.

Pero cuando gemí contra su boca, cuando mis manos subieron por su pecho hasta enredarse en su pelo oscuro, algo cambió.

El beso se transformó en un arrebato de pasión desenfrenada.

Adrien me rodeó la cintura con un brazo fuerte y me atrajo hacia él, levantándome de la hamaca sin dejar de besarme.

Sus labios eran exigentes ahora, hambrientos, y yo respondía con la misma urgencia, con diez años de soledad convertidos en deseo acumulado.

Nuestras lenguas se encontraron, danzando, explorándose con una voracidad que me dejaba sin aliento.

Sentí sus dientes rozar mi labio inferior, el gruñido bajo que escapó de su garganta cuando apreté mi cuerpo contra el suyo.

Estaba duro, caliente, y yo sentía cada centímetro de su erección presionando contra mi vientre, provocándome, volviéndome loca.

—Dios —jadeé entre besos, arqueándome contra él.

Adrien gruñó de nuevo y, de repente, me cogió en brazos.

Me levantó del suelo como si no pesara nada, sin dejar de besarme, sin dejar de devorarme con una intensidad que me hacía sentir viva por primera vez en una década.

Caminó con pasos firmes hacia algún sitio, yo no sabía ni me importaba dónde, solo sabía que iría con él hasta el mismísimo infierno en ese momento porque nada, absolutamente nada, se comparaba a esta sensación de ser deseada, de ser necesitada.

Escuché una puerta abrirse y cerrarse. Luego sentí la pared fría contra mi espalda.

Estábamos en algún lugar oscuro, un despacho quizás, o un cuarto de servicio, no importaba.

Lo único que importaba era que Adrien estaba sobre mí, entre mis piernas, y que su mano subía por mi muslo desnudo bajo el vestido.

—¿Esto está bien? —preguntó con voz ronca, jadeante, mientras sus dedos rozaban la tela de mi tanga.

No pude hablar. Solo negué con la cabeza, sin fuerzas para articular palabra, y me mordí el labio cuando sus dedos deslizaron la tela a un lado y encontraron mi humedad.

Ambos gemimos al unísono. Él comenzó a tocarme con movimientos expertos, precisos, mientras su boca recorría mi cuello, mordisqueaba mi clavícula, succionaba mi piel con una urgencia que me hacía ver estrellas.

Me moví contra su mano, instintiva, desesperada, sintiendo la presión acumularse en mi interior con una rapidez alarmante.

—Adrien... —jadeé, clavando las uñas en sus hombros.

—¿Quieres que pare? —preguntó, separándose lo justo para mirarme a los ojos. Su rostro estaba tenso, los músculos de la mandíbula contraídos, los ojos casi negros de deseo.

Tragué saliva. Negué con la cabeza. Quería que siguiera. Quería todo.

Él volvió a besarme con una fiereza que me robó el aliento.

Sus dedos siguieron trabajando en mí, acariciando, presionando, haciendo que mi mundo se redujera a ese punto de contacto, a esa sensación de caída libre hacia el placer.

Cuando me corrí, fue con un gemido ahogado contra su hombro, con el cuerpo temblando convulsivamente, con las piernas que ya no me sostenían.

Me quedé allí, jadeando, con la frente apoyada en su pecho, sintiendo su corazón martillear contra mi mejilla. Pero no había terminado. No para él. No para nosotros.

—¿Quieres que siga? —preguntó, y su voz era un gruñido bajo, casi animal.

Lo miré. Tragué saliva. Mi cuerpo aún vibraba con el orgasmo, pero ya sentía el hambre renovada, el vacío que solo él podía llenar. Asentí. Una vez. Una decisión.

Adrien se desabrochó el pantalón con movimientos torpes, urgentes.

Liberó su miembro y lo vi, duro, grueso, palpitante con la necesidad.

Me penetró de una sola embestida, fuerte, profunda, llenándome por completo.

Ambos gritamos, o gemimos, o simplemente dejamos escapar el aire que reteníamos en los pulmones.

Nos quedamos quietos un momento, unidos, mirándonos a los ojos con la frente pegada. Él estaba dentro de mí, caliente, pulsante, y yo sentía cada latido de su corazón a través de su miembro. Nos besamos de nuevo, más lento esta vez, más profundo, y entonces comenzó a moverse.

Salvaje. Excitante. Sin piedad ni tregua. Cada embestida me golpeaba contra la pared, pero no sentía dolor, solo placer, solo la sensación de ser tomada, de ser reclamada, de ser finalmente, después de tantos años de soledad, poseída por alguien que me deseaba de verdad.

—Joder, Leila —gruñó contra mi cuello.

Gemí, arqueándome para recibirlo mejor, moviéndome al ritmo de sus embestidas. Sentía que el placer volvía a acumularse, que otra ola crecía en mi interior, más fuerte, más intensa que la anterior.

De repente, me giró. Me puso de espaldas a él, con las manos apoyadas en la pared, y me levantó las caderas para penetrarme desde atrás.

Grité al sentirlo más profundo, en un ángulo diferente, golpeando ese punto que me volvía loca.

Sus manos se cerraron sobre mis caderas, sus uñas se clavaron ligeramente en mi piel, y comenzó a embestir con una fuerza que me hacía ver las estrellas.

—Dios… sí… —jadeé, con la cabeza echada hacia atrás.

Adrien se inclinó sobre mí, sin dejar de moverse, y su boca encontró mi cuello. Me besó, me mordió, me succionó la piel con una posesividad que me excitaba aún más. Sentía su aliento caliente contra mi oreja, sus jadeos entrecortados mezclándose con los míos.

—Eres increíble —murmuró—. Tan estrecha. Tan caliente. Me vuelves loco.

Sus palabras me excitaron más. Me moví contra él, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo, más fuerte. El ritmo se aceleró, se volvió frenético, desesperado. Sentía que ambos estábamos al borde, que el precipicio se acercaba.

—Adrien... voy a... —avisé, con la voz rota.

—Yo también —gruñó—. Juntos. Córrete conmigo, Leila.

Y lo hicimos al unísono. Él se quedó inmóvil, profundamente enterrado en mí, con la frente apoyada en mi hombro, mientras sentía cómo su miembro palpitaba, cómo se vaciaba dentro de mí con espasmos violentos.

Yo me estremecí, me deshice en un orgasmo que me recorrió de pies a cabeza, dejándome sin aliento, sin fuerzas, sin nada más que la sensación de él.

Nos quedamos así, jadeando, sudados, unidos. Sentía su corazón desbocado contra mi espalda, su respiración agitada en mi cuello. Cerré los ojos, disfrutando del momento, de la plenitud, de la paz que se había apoderado de mi cuerpo.

Entonces, como si un cubo de agua fría me hubiera caído encima, volví a la realidad.

Mi hijo.

Luck estaba en el salón, a solo unos metros de distancia, probablemente viendo una película, probablemente preguntándose dónde estábamos. Y yo había estado... Dios, había estado follando como una adolescente descontrolada contra una pared mientras mi hijo estaba solo en la habitación de al lado.

Me aparté bruscamente, sintiendo que el pánico me invadía. Me bajé el vestido con manos temblorosas, me alisé el pelo despeinado, intenté recuperar la compostura.

Adrien se apartó también, frunciendo el ceño al ver mi cambio de actitud.

—Te arrepientes —dijo, y no era una pregunta. Era una afirmación, triste, resignada.

—Mi hijo —dije, con la voz temblorosa—. Está aquí. En esta casa. Podría habernos encontrado, Adrien. He sido una irresponsable, una...

—Leila —me interrumpió, suavizando la voz.

Se acercó y me cogió las manos entre las suyas—.

Lo siento. No sé qué me ha pasado. No sé qué me pasa contigo, pero...

—me miró a los ojos, y vi que los suyos estaban llenos de sinceridad—.

Te deseo de un modo que jamás pensé que volvería a desear a ninguna otra mujer.

Me acarició la cara con ambas manos, sujetándome con suavidad pero con firmeza.

—No voy a haceros daño —continuó—. Ni a ti ni a Luck.

Si quieres, piénsalo. Si decides que no quieres intentar nada, que esto ha sido un error...

no insistiré. Pero los dos sabemos que después de lo que ha pasado entre nosotros esta noche será difícil resistirse.

Será difícil evitar que vuelva a ocurrir.

Me besó de nuevo, con pasión pero también con ternura, una mezcla que me hizo sentirme débil de nuevo. Luego me estrechó entre sus brazos, apoyando su frente en la mía.

—Ven el fin de semana —dijo, casi como una súplica—. Ven aquí con Luck. Pasad el fin de semana conmigo. Sin obligación de nada, solo... estar juntos. Hacer cosas juntos. Dejad que os cuide.

Quise decir que no. Quise protegerme, proteger a mi hijo, mantener las distancias que se habían derribado de forma tan espectacular. Pero cuando abrí la boca, lo que salió fue:

—Lo pensaré.

Asintió, aceptando mi respuesta evasiva. Me besó una vez más, brevemente, y luego nos arreglamos la ropa en silencio. Cuando salimos del cuarto, que resultó ser una pequeña caseta para las cosas de la piscina, caminamos de la mano hacia el salón, aunque yo intenté soltarme al acercarnos.

Luck estaba en el sofá, dormido. La película seguía sonando en la pantalla gigante, iluminando su rostro tranquilo. Estaba acurrucado sobre un cojín, con el mando aún en la mano, respirando con la boca ligeramente abierta.

—Parece que se encuentra cómodo aquí —dijo Adrien, sonriendo con ternura.

No supe qué decir. Estaba abrumada, confundida, sintiendo el peso de lo que acababa de suceder y la ternura de ver a mi hijo tan pacífico.

Adrien se acercó al sofá y, con una suavidad que me conmovió hasta la médula, cogió a Luck en brazos. El niño se movió ligeramente, murmuró algo incomprensible, pero no despertó. Se acomodó contra el pecho de Adrien, confiado, seguro.

Me ofreció la mano. La miré, dudando, sintiendo que si la aceptaba estaba aceptando mucho más que un simple gesto de caballerosidad. Pero al final la cogí, entrelazando mis dedos con los suyos, y salimos juntos de la casa hacia el coche.

Durante el trayecto de vuelta, con Luck durmiendo en el asiento trasero y yo mirando el perfil de Adrien iluminado por los faros de los coches que venían de frente, sentí que mi vida había cambiado irreversiblemente.

Había cruzado una línea que no sabía que existía.

Había permitido que un hombre me tocara no solo el cuerpo, sino algo más profundo, algo que creía petrificado desde la muerte de Liam.

Y ahora estaba sentada en su coche, oliendo su colonia en mi piel, sabiendo que cuando cerrara los ojos esa noche volvería a sentir sus manos, su boca, la forma en que me había mirado como si fuera la única mujer en el mundo.

Y lo más aterrador de todo era que quería volver a sentirlo. Que ya estaba planeando mentalmente qué ropa llevaría el fin de semana, qué excusa daría a Luck, cómo explicaría a mis padres que nos íbamos de fin de semana con un hombre que apenas conocían.

Porque Adrien tenía razón. Después de lo que había pasado entre nosotros, después de esa conexión física y emocional que me había dejado sin aliento, sería imposible fingir que no había pasado nada. Sería imposible resistirse a la tentación de volver a sentirme viva.

Miré por el espejo retrovisor a mi hijo, dormido y feliz, y luego a la mano de Adrien sobre el cambio de marchas, tan cerca de la mía. Y supe, con una certeza que me aterraba y me excitaba a partes iguales, que mi vida nunca volvería a ser la misma.

Porque había encontrado a alguien que me hacía sentir que no estaba sola. Y eso, después de diez años de soledad, era el regalo más peligroso y más hermoso que podía haber recibido.