Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 20
53%

Capítulo 20

Leila

El coche avanzaba por las calles iluminadas de Miami mientras yo contemplaba el paisaje urbano que se deslizaba tras la ventanilla, aunque en realidad no veía nada.

Mi mente estaba demasiado ocupada procesando todo lo que había sucedido esa noche: la visita a la fábrica, la manera en que Adrien había tratado a Luck, esa conversación íntima en la que ambos habíamos desnudado nuestros fantasmas del pasado.

Sentía el calor de su presencia a mi lado, el movimiento sutil de su mano sobre el cambio de marchas, la tensión eléctrica que zumbaba entre nosotros como una corriente invisible.

Luck iba en el asiento trasero, tarareando una canción alegremente, completamente ajeno a la tormenta de emociones que se agitaba en mi interior.

Miré por el espejo retrovisor y le vi con la cara pegada al cristal, observando las luces de la ciudad con esa curiosidad insaciable que siempre le había caracterizado.

Pero lo que realmente me conmovió fue recordar su expresión en la fábrica, esa mezcla de asombro y gratitud cuando Adrien le había ofrecido acceso a sus proyectos, cuando le había tratado como a un igual, como a un joven ingeniero con ideas válidas y no como a un niño al que hay que condescender.

Nunca le había visto tan emocionado. En los doce años de vida de Luck, había conocido a médicos, profesores, amigos de la familia, pero nadie había conectado con él de esa manera tan visceral.

Adrien no solo le escuchaba, le entendía.

Compartían ese lenguaje secreto de los que aman la tecnología, los sistemas, la precisión de las máquinas.

Y ver a mi hijo tan vivo, tan apasionado, me hacía sentir una gratitud tan profunda que resultaba casi dolorosa.

El coche giró hacia una zona residencial exclusiva, alejándose del bullicio del centro.

Las casas se hicieron más grandes, más separadas, rodeadas de jardines exuberantes que apenas se intuían en la oscuridad.

Adrien conducía con una mano sobre el volante, relajado pero atento, y de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban en la penumbra del habitáculo.

Cada vez que sus ojos azules se posaban en los míos, sentía un vuelco en el estómago, una oleada de calor que subía desde el pecho hasta las mejillas.

—Ya llegamos —dijo Adrien suavemente, y su voz sonó grave, diferente a cómo hablaba con Luck o con los demás.

El coche se detuvo frente a una verja de hierro forjado que se abrió automáticamente. Avanzamos por un camino de grava blanca flanqueado por palmeras que se mecían suavemente con la brisa nocturna. Y entonces la vi. La casa.

Me quedé sin aliento.

Era una construcción moderna, de líneas limpias y geometría impecable, pero no tenía nada de fría.

La fachada combinaba cristal y madera oscura, con amplios ventanales que dejaban ver el interior cálidamente iluminado.

El jardín que la rodeaba era espectacular.

Un césped perfectamente cuidado, flores tropicales que liberaban su fragancia nocturna, y una piscina infinita que brillaba con una luz azulada reflejando las estrellas del cielo.

Era elegante sin ser ostentosa, lujosa pero acogedora, exactamente como él.

—Vaya —suspiré sin poder contenerme—. Es... impresionante.

Adrien aparcó y me miró con una timidez que no le había visto nunca.

—Es solo una casa —dijo, encogiéndose de hombros—. Hasta hace poco, solo era un lugar donde dormir.

Salimos del coche. Luck saltó con energía renovada, girando sobre sí mismo para verlo todo a la vez.

—¡Tiene piscina! —exclamó señalando hacia el agua iluminada—. ¡Y es enorme!

—Mañana puedes bañarte si quieres —dijo Adrien, sonriendo al ver la emoción del niño—. Ahora vamos dentro, ¿vale? Os enseño la casa y elegimos una película.

Entramos. El interior me dejó igual de sorprendida que el exterior.

Un vestíbulo espacioso con techos altísimos, un suelo de mármol blanco que contrastaba con muebles de madera oscura y textiles en tonos arena y gris.

Grandes ventanales ocupaban toda una pared, ofreciendo vistas nocturnas al jardín y, al fondo, el brillo lejano del océano.

Era minimalista pero cálido, con detalles personales que hablaban de quien vivía allí.

Una fotografía de Emma de pequeña en una consola, unos libros apilados en una mesa auxiliar, una manta de punto sobre el sofá que parecía usada.

—Este es el salón —dijo Adrien, guiándonos hacia una estancia enorme donde dominaba una pantalla de cine que ocupaba toda una pared—.

Luck, aquí tienes acceso a todas las plataformas.

Emma las instaló la última vez que vino, así que hay de todo: Netflix, HBO, Disney…

Elige lo que quieras. Hay palomitas en la cocina si te apetece.

—¡Genial! —Luck se lanzó al sofá de cuero, ya buscando el mando a distancia con la determinación de un general preparando la batalla.

Adrien se volvió hacia mí. Estábamos solos en el amplio espacio, separados por unos metros que, de repente, parecían demasiado pocos y demasiado muchos a la vez.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó, y su voz bajó un tono, adquiriendo una intimidad que me erizó la piel—. Tengo agua, refrescos... o algo más fuerte si prefieres.

—Agua está bien —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Gracias.

Asintió y desapareció hacia lo que supuse que era la cocina.

Aproveché para mirar a mi alrededor, para absorber los detalles de su vida.

Había una fotografía enmarcada en la mesa de centro.

Una mujer rubia sonriente con una niña pequeña en brazos.

Sarah. Sentí un pinchazo de celos irracionales, inmediatamente seguido de culpa.

Pero también de tristeza por él, por la vida que había perdido, por los años de soledad que esas paredes habían presenciado.

Regresó con dos botellas pequeñas de agua, una de las cuales me ofreció. Nuestros dedos se rozaron al tomarla y sentí un escalofrío que no tuvo nada que ver con la temperatura de la habitación.

—¿Salimos un momento al jardín? —propuso—. Hace una noche preciosa. Y Luck parece entretenido.

Asentí. Seguí sus pasos hasta una puerta corredera de cristal que daba a una terraza de madera.

El jardín se extendía ante nosotros, iluminado por luces tenues que marcaban los senderos entre la vegetación.

Caminamos hasta el borde de la piscina, donde unas hamacas blancas esperaban bajo la luz de la luna.

—Luck es un niño extraordinario —dijo Adrien de repente, rompiendo el silencio cómodo que se había instalado entre nosotros.

—Lo es —confirmé, sentándome en una de las hamacas mientras él se quedaba de pie frente a mí—. Aunque últimamente me da la impresión de que ha crecido diez años de golpe.

—Es muy maduro para sus doce años —dijo Adrien, y su tono era serio, profesional casi, como si estuviera evaluando un proyecto—.

Y brillante. Tiene una mente analítica que no se ve todos los días.

En la fábrica, cuando manejaba el simulador...

—negó con la cabeza, impresionado—. Tiene talento natural.

Sonreí, sintiendo el orgullo maternal inundarme.

—Siempre ha sido así —expliqué—. Desde pequeño.

Cuando otros niños jugaban con coches de juguete, él los desmontaba para ver cómo funcionaban.

Ha hecho proyectos increíbles en el colegio.

Un brazo robótico controlado, un sistema de riego automático para el jardín de mis padres, un dron casero…

Tiene muy claro que quiere dedicarse a la ingeniería, a la tecnología.

A lo que sea que tenga que ver con aviones, satélites, sistemas complejos.

Adrien se sentó en la hamaca frente a mí, inclinándose hacia adelante con los codos en las rodillas.

—Pensaba que quizás querría ser policía —dijo, mirándome a los ojos—. Como su padre. Muchos niños siguen los pasos de sus padres, especialmente cuando...

—Cuando han fallecido —terminé por él, asintiendo—. Pero Luck dijo algo que me partió el corazón cuando tenía unos seis años. Dijo que no quería ser policía porque no quería que le pudiera pasar algo como a su padre y dejarme sola.

La voz se me quebró ligeramente al recordarlo. Adrien se quedó en silencio, observándome con una intensidad que me hizo sentir expuesta, vulnerable.

—No quería hablarte de esto —dije, bajando la vista—. No es apropiado, estamos aquí para pasarlo bien y yo...

—Leila —me interrumpió, y su voz era suave como una caricia—. Mírame.

Levanté la vista. Estaba más cerca de lo que pensaba. Se había inclinado hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros a apenas unos centímetros. Sus ojos brillaban en la penumbra, más oscuros de lo habitual, cargados de una emoción que no supe definir.

—Es bueno hablar de los que no están —dijo, y su mano subió hasta acariciarme la mejilla con una ternura que me desarmó—. Significa que no los hemos olvidado. Que no les hemos dejado solos.

Sentí el calor de su piel contra la mía, la aspereza de sus dedos sobre mi rostro.

Mi corazón comenzó a martillear con tanta fuerza que temí que se oyera en el silencio del jardín.

El aire entre nosotros se había vuelto denso, cargado de electricidad, de esa química irracional que había intentado ignorar durante semanas.

Nos miramos fijamente. Yo fui la primera en apartar la mirada, incómoda, sintiendo que me estaba precipitando hacia un abismo del que no sabía si quería salvarme.

—Lo siento —murmuré—. No debería hablar de mi novio contigo. Es... no es justo.

Adrien sonrió, una sonrisa lenta, torturada, que transformó su rostro severo en algo casi dulce.

—Es justo —dijo—. Es humano. Y yo quiero conocerte, Leila. Toda. Incluso las partes que duelen.