Capítulo 19 #2
Nos miramos durante un segundo demasiado largo. Luck nos observaba alternativamente, con una expresión que no supe interpretar, pero que me hizo sentir expuesto, como si el niño pudiera leer mis pensamientos.
—¿Postre? —propuse, rompiendo el hechizo—. Marco hace un tiramisú que es legendario. Literalmente. Hay gente que viene desde Orlando solo por él.
—Yo quiero —dijo Luck, levantando la mano como en clase.
—Yo también —aceptó Leila—. Aunque ya no me cabe nada.
—Mentira —dije—. Siempre cabe espacio para el postre. Es una ley universal.
Cuando llegó el tiramisú, esponjoso, con el café perfectamente equilibrado y el cacao espolvoreado con arte, Luck se quedó en silencio por primera vez en toda la noche, concentrado en su plato como si estuviera estudiando un manual de física cuántica.
—Esto —dijo finalmente, con la boca llena—, es mejor que la pizza. Y eso es mucho decir.
—Lo sé —dije, mirando a Leila, que disfrutaba de su porción con los ojos cerrados, saboreando cada bocado—. Marco tiene dones.
Terminamos de cenar con una risa final, cuando Luck intentó explicarnos una teoría sobre por qué el tiramisú era la prueba de que Dios existía y quería que fuéramos felices, y Leila y yo estábamos demasiado ocupados riendo como para contradecirle.
Marco vino a recoger los platos, mirándonos con una satisfacción que no intentó disimular.
—¿Todo bien, amigos? —preguntó, secándose las manos en el delantal.
—Perfecto, Marco. Gracias.
—Entonces —dijo, haciendo una pausa dramática—, ¿os apetece un digestivo? Un limoncello casero, quizás...
—Agua —dije yo, y Leila asintió.
—Agua —confirmó ella.
Marco negó con la cabeza, exasperado.
—Sois los peores clientes que he tenido. Pero los más simpáticos. Os invito al café.
Cuando Marco se fue, y el silencio del jardín nos envolvió de nuevo, me di cuenta de que no quería que la noche terminara. No quería despedirme de ellos, no quería volver a mi casa vacía, no quería que este momento de calidez y risas se disolviera en la noche de Miami.
—Oye —dije, antes de que pudiera arrepentirme—, si queréis, podemos ir a mi casa. Tengo piscina, y una pantalla gigante de cine en el salón. Luck podría ver una película, o… o lo que quiera.
Leila me miró, sorprendida. Vi que dudaba, que su mente estaba buscando excusas, razones por las que decir que no, por las que mantener las distancias.
—No deberíamos —dijo, y su voz sonó débil, incluso para ella—. Es tarde, y Luck tiene que dormir, y...
—¡Por favor, mamá! —suplicó Luck, agarrándose a la silla con dramatismo exagerado—. ¡Una película! ¡Por favor! Nunca vemos películas en pantalla gigante. Nuestro televisor es pequeñito y además el abuelo Michael siempre pone documentales de filosofía aburridos.
—Luck... —suspiró Leila.
—Solo una hora —insistí, suavizando la voz—. O dos. Y luego os llevo a casa. Prometo que no os secuestro.
Luck me miró con ojos suplicantes, luego a su madre.
Era una táctica desleal, lo sabía, utilizar al niño como aliado, pero en ese momento no me importaba.
Quería ver a Leila en mi casa. Quería verla sentada en mi sofá, con la luz de la piscina reflejándose en su rostro.
Quería compartir ese espacio que durante ocho años había sido solo mío, viudo y solitario.
—Vale —cedió Leila finalmente, levantando las manos en señal de rendición—. Pero solo una película. Y luego nos vamos a casa.
—¡Sí! —exclamó Luck, saltando de la silla y abrazándome por sorpresa.
El abrazo del niño me golpeó con una fuerza que no esperaba. Era cálido, desinteresado, lleno de una confianza absoluta que me resultaba casi dolorosa. Nadie me había abrazado así desde... desde Emma cuando era pequeña. Desde antes de que el mundo me convirtiera en el hombre de hielo.
—Gracias —dije, y mi voz salió ronca, casi inaudible.
Pagué la cuenta, insistiendo en cubrir todo a pesar de las protestas de Leila, y salimos del restaurante.
La noche de Miami nos recibió con una brisa cálida que olía a jazmines y a mar.
Luck iba saltando delante de nosotros, imitando el sonido de un motor de reacción, mientras Leila y yo caminábamos detrás con una complicidad silenciosa.
—Gracias por esto —dijo ella, suavemente—. Por la cena. Por... por todo.
—Gracias a ti —respondí, abriendo la puerta del coche para ella—. Hacía años que no me reía tanto.
Subimos al coche. Luck ya estaba en el asiento trasero, conectando su móvil a la radio para poner música, y yo me quedé un segundo solo en el asiento del conductor antes de arrancar.
¿Qué estás haciendo? me pregunté. Estás llevando a una mujer a tu casa. A tu santuario. Al espacio que has mantenido inviolable durante ocho años.
Pero en lugar de sentir pánico, en lugar de sentir que estaba cometiendo un error, sentí... paz. Una paz extraña, cálida, que se extendió por mi pecho mientras miraba por el espejo retrovisor a Luck tarareando una canción, y luego giraba la cabeza para ver a Leila, que me sonreía con ternura.
Quería verla en mi casa. Quería verla recorriendo los jardines, sentada en el porche, mirando las estrellas desde la piscina. Quería que Luck saltara al agua y gritara de alegría. Quería que ese sonido llenara los espacios vacíos que había mantenido en silencio durante tanto tiempo.
Arranqué el motor y nos adentramos en la noche.
Mientras conducía, con una mano en el volante y la otra descansando casualmente en el cambio de marchas, pensé en Sarah.
En cómo habría reaccionado ella ante esta situación.
Y sorprendentemente, la imagen que apareció en mi mente fue de ella sonriendo, asintiendo, diciéndome que por fin estaba haciendo algo correcto.
—¿Adrien? —preguntó Leila desde el asiento del copiloto.
—¿Sí?
—Estás sonriendo —dijo ella, y su voz tenía una nota de sorpresa—. De oreja a oreja.
—Es que estoy contento —respondí, y la confesión me supo a libertad—. Hacía mucho tiempo que no me sentía así.
Ella no respondió. Pero cuando bajé la vista hacia su mano, vi que se había movido unos centímetros hacia mí, que descansaba ahora en el reposabrazos central, a solo unos milímetros de la mía.
No la tocé. No me atreví. Pero conduje el resto del camino sintiendo que el calor de su piel llegaba hasta mí, atravesando el espacio que nos separaba, prometiendo cosas que aún no me atrevía a nombrar.
Y cuando giré hacia la entrada de mi casa, cuando las luces del jardín iluminaron el rostro de Leila y vi que sus ojos se iluminaban al ver la piscina brillando bajo la luna, supe que esta noche cambiaría algo.
Que no sería como las demás. Que quizás, solo quizás, estaba empezando a aprender cómo se vivía de nuevo.