Capítulo 19
Adrien
Cuando aparqué frente a la pizzería de Marco, Luck estaba prácticamente vibrando en el asiento trasero.
El niño se había pasado todo el trayecto desde la fábrica explicándome, con una precisión que me dejó sin palabras, por qué el sistema de propulsión eléctrica era el futuro de la aviación comercial, mientras Leila lo escuchaba con una mezcla de orgullo y diversión pintada en el rostro.
—¿Aquí es? —preguntó Luck, pegando la nariz contra la ventanilla.
—Aquí es —confirmé, saliendo del coche y abriendo la puerta trasera para él—. La mejor pizza napolitana de todo Miami. Te lo garantizo.
—¿Mejor que la de la cadena esa que hay en el centro? —preguntó Luck, incrédulo—. Porque esa tiene unos ingredientes especiales que...
—Luck —interrumpió Leila, saliendo del coche y ajustándose el vestido—, esta es auténtica. Italiana de verdad. No compares.
El local de Marco era exactamente como lo recordaba, aunque hacía años que no pisaba el lugar.
Un edificio bajo de ladrillo visto, con una fachada discreta que no anunciaba el tesoro que guardaba en su interior.
Un letrero de neón rojo parpadeaba sobre la puerta con la palabra «Pronto» escrita en cursiva, y por las ventanas se filtraba una luz cálida y amarillenta que prometía intimidad y buena comida.
Empujé la puerta y sonó una campanilla de cobre. El olor me golpeó de inmediato: masa fermentando, tomate, albahaca fresca y ese aroma inconfundible a madera de horno que transportaba directamente a las calles de Nápoles.
— ¡Madonna mia! —exclamó Marco desde detrás de la barra, limpiándose las manos en el delantal—. Si es el hombre de hielo en persona. Y trae compañía.
—Marco —dije, acercándome para darle un abrazo breve pero sincero—. Gracias por reservarnos la mesa.
Marco me miró a mí, luego a Leila, luego a Luck, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro redondo y barbudo.
—Ah —dijo, alargando la sílaba de forma teatral—. Ahora entiendo el mensaje de «Es especial». Venid, venid. Os tengo preparada la mesa del jardín. La de siempre.
Leila me lanzó una mirada interrogante mientras seguíamos a Marco a través del local.
Era pequeño, acogedor, con mesas de madera desgastada por años de uso y paredes cubiertas de fotografías en blanco y negro de Nápoles.
Velas derretidas en botellas de Chianti iluminaban cada mesa, creando sombras danzantes que hacían que todo pareciera sacado de una película italiana de los sesenta.
—¿La de siempre? —Susurró Leila cuando Marco se adelantó unos pasos.
—Es… —empecé a decir, sintiendo que el rubor me subía a las mejillas—. Era el sitio donde venía con Sarah. Con mi mujer.
Leila asintió en silencio, y vi que sus ojos se suavizaban. No dijo nada, pero extendió la mano y me rozó el brazo brevemente, un gesto de comprensión que me llegó al alma.
El jardín trasero era un oasis. Buganvillas de color púrpura intenso cubrían una pérgola de hierro forjado, creando un techo natural bajo el que brillaban las primeras estrellas del cielo nocturno de Miami.
Había unas pocas mesas, todas vacías excepto la nuestra, situada en un rincón privado junto a una fuente de piedra que hacía un sonido relajante.
—Es precioso —dijo Leila, mirando alrededor con asombro—. Parece la Toscana.
—Marco es de Nápoles —corregí—, pero tiene alma toscana. Le gusta crear ambientes.
Nos sentamos. Luck ocupó la silla junto a mí, con Leila enfrente, y durante un segundo me pareció ver una imagen perfecta, casi familiar, como si hubiéramos cenado juntos cientos de veces antes.
La complicidad entre los tres era palpable, una energía que zumbaba en el aire como electricidad estática.
—Entonces —dijo Marco, apareciendo con una libreta y un lápiz—, ¿qué van a tomar los señores? Y el joven experto en aviones, ¿qué prefiere?
—¿Tienen pizza de pepperoni? —preguntó Luck.
—Tenemos la diávola —respondió Marco, con un acento que se espesaba cuando se emocionaba—. Pepperoni picante, mozzarella de búfala, tomate natural. Es la que comía el propio Sinatra cuando venía aquí.
—¿En serio? —Los ojos de Luck se iluminaron.
—Bueno —concedió Marco, encogiéndose de hombros—, quizás no exactamente Sinatra, pero un tipo que se parecía mucho a él y que cantaba como los ángeles después de tres copas de vino.
Todos nos reímos. Era imposible no reír con Marco, que tenía ese don napolitano de convertir cualquier conversación en una pequeña representación teatral.
—Yo tomaré la margarita —dijo Leila—. La clásica.
—Y yo la cuatro quesos —añadí—. Y una botella de agua, Marco. Sin gas.
—¿Sin vino? —preguntó Marco, arqueando una ceja—. Vino de la casa, Adrien. El mismo que tomabas antes...
—Agua —interrumpí, con una firmeza que no admitía réplica—. Por favor.
Marco me miró, luego miró a Leila, y una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro.
—Ah —dijo de nuevo, con esa misma entonación de antes—. Agua. Claro. Porque hay que mantener la cabeza despejada, ¿verdad?
—Marco... —advertí, pero ya se había ido riendo hacia la cocina.
—Es... entusiasta —dijo Leila, sonriendo.
—Es un pesado —corregí, pero sin enfado—. Nos conocemos desde la universidad. Me salvó de morir de hambre más de una vez cuando éramos estudiantes y solo comíamos ramen.
—¿Estudiasteis juntos? —preguntó Luck, que ya había desplegado una servilleta sobre su regazo con precisión matemática.
—Ingeniería aeronáutica —confirmé—. Marco se dio cuenta de que prefería hacer pizza a calcular resistencia de materiales. Y aquí está, veinte años después, con el mejor restaurante italiano de Miami.
—Yo quiero estudiar ingeniería aeronáutica —dijo Luck, serio como un juez—. O ingeniería espacial. O las dos.
—Ambicioso —dije—. Me gusta. Pero primero termina la secundaria, ¿vale?
—Vale —accedió Luck, y luego, con esa sinceridad brutal de los niños, añadió—. Aunque ya sé más que muchos de mis profesores.
—Luck —suspiró Leila, pero sonreía—. No seas presumido.
—No es presunción si es verdad —dije, defendiendo al niño—. Y teniendo en cuenta lo que ha diseñado esta tarde en el simulador, creo que tiene razón.
Luck me miró con una gratitud que me conmovió hasta la médula. Era increíble cómo un simple gesto de apoyo podía iluminar tanto el rostro de un niño.
Llegó la pizza, y durante los siguientes minutos reinó un silencio cómodo interrumpido solo por el sonido de la masa crujiente y los gemidos de placer de Luck, que declaró que era la mejor pizza que había probado en su vida, lo cual, viniendo de un crítico gastronómico de doce años, era todo un elogio.
—Oye, Adrien —dijo Luck con la boca llena—, ¿sabes que mi madre nunca cocina pizza? Dice que la masa no le sale bien.
—Luck —protestó Leila, sonrojándose—. No digas eso.
—Es verdad —insistió el niño—. La última vez intentó hacerla y parecía un frisbee . La tiramos al patio y el perro del vecino ni siquiera la quiso.
Me eché a reír. Una carcajada genuina que salió de mi garganta sin permiso, llenando el jardín. Leila me miró con fingida indignación, pero sus labios se curvaban en una sonrisa.
—Eso es traición —dijo ella, señalando a Luck con el tenedor—. Traición filial. Te he criado, te he dado la vida, y me humillas así delante de... de...
—¿Delante de quién? —pregunté, inclinándome hacia adelante con interés.
—Delante de nadie —murmuró Leila, volviendo a su pizza, pero el rubor de sus mejillas decía otra cosa.
La cena continuó con una ligereza que no recordaba haber sentido en años.
Luck nos contó anécdotas del colegio, historias de profesores que se dormían en clase y compañeros que creían que la Tierra era plana.
Leila y yo intercambiamos miradas cómplices cada vez que el niño decía algo particularmente ingenioso o embarazoso.
—Y entonces —decía Luck, gesticulando con las manos manchadas de salsa de tomate—, le dije al señor Gómez que, si la gravedad era una teoría, entonces su calvicie también podía serlo, porque desde donde yo estaba no se veía evidencia clara.
—Dios mío —suspiró Leila, llevándose una mano a la frente—. ¿De verdad dijiste eso?
—Y me castigaron una semana sin recreo —admitió Luck, orgulloso—. Pero valió la pena. Todo el curso se rio.
—Ese chiste —dije, levantando mi vaso de agua—, merece un brindis. Por Luck, su ingenio, y su futuro como comediante si la ingeniería no funciona.
—¡Oye! —protestó el niño, pero sonreía.
Brindamos. El cristal de mi vaso chocó contra el de Leila, y nuestros ojos se encontraron por encima del borde.
Fue un instante eléctrico, una conexión que trascendía las palabras.
Vi en sus ojos el reflejo de las velas, pero también algo más.
Una ternura, una curiosidad, una posibilidad que me hizo olvidar durante un segundo que estaba en un restaurante público y no en la intimidad de mi propia cabeza.
—¿Y tú, Adrien? —preguntó Luck, limpiándose la boca con la servilleta—. ¿De pequeño también te castigaban por hacer bromas?
—Yo era un ángel —mentí, poniendo mi mejor cara de inocencia—. Nunca hacía nada malo. Siempre hacía los deberes. Nunca metía la cabeza en los motores de los aviones de mi padre.
—¡Mentira! —exclamó Luck, encantado—. Seguro que eras peor que yo.
—Mucho peor —confirmé—. Una vez desmonté el motor de un coche clásico de mi padre para ver cómo funcionaba. Tenía diez años. Me llevó tres días volver a montarlo, y sobraron dos tornillos.
—¿Y qué pasó? —preguntó Leila, interesada.
—Mi padre me hizo trabajar en el garaje durante seis meses para pagar los daños. Fue allí donde aprendí realmente cómo funcionaban las cosas. A base de golpes y de arañazos.
—Eso explica muchas cosas —dijo Leila, sonriendo—. El perfeccionismo. La obsesión con los detalles.
—¿Crees que soy perfeccionista? —pregunté, fingiendo sorpresa.
—Creo que eres el hombre más perfeccionista que he conocido —respondió ella, y su tono no era crítico, sino casi... cariñoso—. Pero en el buen sentido. En el sentido de que cuando te importa algo, te importa de verdad.