Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 18
47%

Capítulo 18

Leila

—Gracias —dije, y mi voz salió ronca. No sabes lo que significa para él.

—Creo que sí —respondió Adrien, acercándose un paso—.

Sé lo que significa que alguien crea en ti cuando eres pequeño.

Mi padre hizo lo mismo por mí. Me llevaba a la fábrica los fines de semana, me dejaba tocar los componentes, me explicaba cómo funcionaban las cosas. Sin eso… no sé quién habría sido.

Nos miramos. Realmente nos miramos, sin distracciones, sin el niño entre nosotros, sin la formalidad de la consulta médica.

Y en sus ojos azules vi algo que me asustó y me emocionó a la vez: una vulnerabilidad antigua, una tristeza bien guardada, pero también una esperanza que brillaba tímidamente, como una vela en la oscuridad.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó, señalando hacia un pequeño salón al final del pasillo—. Hay café, agua… podemos sentarnos un momento.

Asentí y lo seguí. El salón era moderno pero acogedor, con sofás de cuero y vistas a la puesta de sol que teñía el cielo de naranjas y rosas. Nos sentamos uno frente al otro y, durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué decir.

Fue Adrien quien rompió el silencio.

—Sarah —dijo, y el nombre resonó en la habitación como un eco lejano—. Así se llamaba mi mujer. Murió hace ocho años. Cáncer de mama.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. No por la sorpresa, sino por la forma en que lo dijo. Con una honestidad brutal, sin adornos, abriendo su herida para que yo pudiera verla.

—Lo siento mucho —dije, y lo decía de verdad.

—Estuvimos juntos dieciséis años —continuó, mirando hacia la ventana, hacia el sol que se ponía—. La conocí cuando tenía dieciocho años. Era… era todo para mí. Cuando murió, pensé que mi vida había terminado. Que no había nada más. Que no merecía la pena seguir adelante sin ella.

Escuché, sin atreverme a interrumpir, sintiendo que estaba presenciando algo íntimo, algo sagrado.

—Durante años me dediqué a la empresa y a Emma —prosiguió, volviéndose hacia mí—.

Fue mi forma de sobrevivir. De no pensar.

De no sentir. Pero… —hizo una pausa, buscando mis ojos—, últimamente he empezado a pensar que quizás ella no habría querido esto para mí.

Que no habría querido que me convirtiera en una estatua de hielo.

Nuestros ojos se encontraron y, en ese momento, sentí que algo cambiaba entre nosotros.

Una barrera se derribaba, un muro de hielo que se resquebrajaba.

Vi en su mirada la soledad que yo conocía tan bien, el peso de cargar con un pasado que no te deja respirar, el miedo a permitirte sentir de nuevo.

—Liam —dije, y mi voz apenas se hizo audible—. Así se llamaba el padre de Luck. Era policía. Murió en acto de servicio cuando Luck tenía dos años.

Adrien se inclinó hacia adelante, con una atención total que me hizo sentir que estaba contando algo importante, no solo una anécdota.

—No llegamos a casarnos —continué, sintiendo que las palabras salían de mi boca sin filtro, arrastradas por la confianza que sentía en ese momento—. Estábamos planeando la boda cuando… cuando ocurrió. Un tiroteo. Una intervención rutinaria que se torció. Una llamada a las tres de la mañana.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas, pero no me avergoncé. Había algo en la presencia de Adrien que me hacía sentir segura y me permitía ser vulnerable sin sentirme débil.

—El primer año fue… —busqué las palabras—, fue horrible.

De no haber sido por Luck, creo que me habría quedado en la cama hasta quedarme sin fuerzas.

Había días en los que no podía levantarme.

Días en los que solo lloraba y le daba de comer a mi hijo sin siquiera recordar haberlo hecho.

Él fue mi razón para seguir respirando. Mi ancla.

Adrien extendió la mano sobre la mesa que nos separaba. Sus dedos se acercaron a los míos, tentativos, preguntando sin palabras. Yo no me aparté. Dejé que sus dedos rozaran los míos, un contacto eléctrico que me recorrió todo el cuerpo.

—Entonces lo entiendes —dijo, y no era una pregunta.

—Sí —respondí—. Lo entiendo.

Nos quedamos así, con los dedos entrelazados apenas un segundo, compartiendo un silencio que decía más que mil palabras.

Era la comprensión de dos almas que habían caminado por el mismo valle de sombras, que sabían lo que costaba volver a ver la luz, que reconocían en el otro la misma mezcla de miedo y esperanza.

Y entonces, justo cuando pensé que podía suceder algo más, cuando sentí que el espacio entre nosotros se reducía y que su respiración se aceleraba ligeramente, sonó el móvil de Adrien.

El sonido nos sobresaltó a ambos. Adrien apartó la mano, frunció el ceño y miró la pantalla.

—Es Ethan —dijo con voz ronca—. Tengo que… Es urgente. La empresa.

Asentí, intentando recuperar la compostura y borrar el rubor de mis mejillas.

—Claro. Contesta.

Se levantó y se apartó unos pasos, hablando en voz baja, pero con voz tensa. Yo me quedé sola, mirando mis manos que aún sentían el calor de su tacto, pensando en lo que acababa de suceder.

Esto es peligroso , pensé. Esto es real y peligroso.

Porque no era solo una atracción física. No era solo que fuera guapo o inteligente o buen padre. Era que me entendía. Que había visto mi herida y no había huido. Que había mostrado la suya con la misma vulnerabilidad. Y eso… eso era mucho más intenso que cualquier química superficial.

Cuando Adrien volvió, tenía una expresión preocupada.

—Es un problema con un proveedor en Alemania —dijo—. Necesito solucionarlo, pero… ¿podemos ir a buscar a Luck? No quiero dejaros aquí solos si tengo que ocuparme de esto.

—Por supuesto —dije, levantándome—. Será mejor que vayamos a buscar a Luck antes de que se apropie de algún despacho y empiece a dar órdenes a los ingenieros.

Adrien se rio y la tensión se disipó ligeramente.

—Probablemente ya lo ha hecho —dijo—. Ese niño tiene carisma para dirigir un ejército.

Caminamos juntos hacia la sala de simuladores.

Al llegar, encontramos a Luck sentado frente a una consola, con los auriculares puestos, manejando un simulador de vuelo con una concentración que me resultó enternecedora.

John estaba a su lado, asombrado, señalando la pantalla y explicándole algo sobre la instrumentación.

—Está haciendo un aterrizaje simulado en condiciones de tormenta —dijo John al vernos—. Y lo está haciendo perfectamente. Tiene un talento natural.

Luck nos vio y se quitó los auriculares, con las mejillas rojas de la emoción.

—¡Mamá! ¡He aterrizado un Boeing! ¡Solo he tenido un rebote!

—Lo he visto —dije, acariciándole el pelo—. Estoy muy orgullosa de ti.

Adrien miró su reloj, luego nos miró a nosotros.

—Es hora de ir a cenar —dijo—. Si queréis, os llevo a casa y podemos pedir algo para llevar, o...

—Si quieres —interrumpí, sintiendo que debía hacer un gesto, que debía mostrarle que también yo estaba dispuesta a dar un paso—, puedes quedarte a cenar con nosotros en casa. No es gran cosa, pero...

Adrien me miró y en sus ojos vi una gratitud que me conmovió.

—Gracias, pero voy a llevaros a comer la mejor pizza italiana de Miami. Ya tengo la reserva hecha.

Luck saltó de la silla, emocionado.

—¡Pizza! ¡Sí! ¡Vamos!

Los tres salimos del edificio, con el sol ya casi oculto y las primeras estrellas apareciendo en el cielo.

Luck iba delante, saltando, contándole a John, que nos acompañaba hasta la puerta, todo lo que había aprendido.

Adrien y yo caminábamos detrás, con los hombros casi rozándose, con una complicidad silenciosa que había nacido de compartir nuestros fantasmas.

Cuando subimos al coche y Luck empezó a hablar de nuevo sobre sistemas de navegación, yo miré a Adrien por el espejo retrovisor. Él me devolvió la mirada y durante un segundo el mundo se detuvo.

Habíamos cruzado una línea. No sabía exactamente cuál, pero sabía que no había vuelta atrás.

Y mientras el coche arrancaba y nos adentrábamos en la noche de Miami, con mi hijo feliz charlando a mi lado y ese hombre misterioso conduciendo hacia un futuro incierto, sentí que, por primera vez en diez años, estaba viva de verdad.

Y eso, más que cualquier miedo, me hizo sentir esperanza.