Capítulo 17
Leila
Me miré en el espejo del recibidor por décima vez en cinco minutos.
Llevaba puesto un vestido de verano color azul marino, sencillo pero elegante, que Olivia me había obligado a comprar hacía meses y que hasta ahora no había tenido ocasión de estrenar.
Me había recogido el pelo en una coleta baja, me había puesto unos pendientes pequeños de plata y había intentado disimular las ojeras con un poco de corrector que esperaba no resultar demasiado evidente.
—Mamá, ¿estás bien? —preguntó Luck desde la puerta de su habitación, con esa paciencia exasperada que ponían los niños cuando sus madres se comportaban de forma irracional.
—Sí, cariño —respondí, ajustándome el cuello del vestido—. Solo estoy… nerviosa.
—¿Por qué? —preguntó él, acercándose con su mochila colgada del hombro—. Si solo vamos a cenar con el señor Walker.
Si solo vamos a cenar. La inocencia de esa frase me hizo sonreír, a pesar de los nervios que sentía revoloteando en el estómago, como una bandada de mariposas descontroladas.
Para Luck, esto era simplemente una salida con un hombre que compartía su pasión por la aviación.
Para mí… para mí era algo más complejo, algo que no me atrevía a nombrar en voz alta ni siquiera ante mí misma.
Sonó el timbre.
Mi corazón dio un salto tan violento que tuve que llevarme la mano al pecho. Luck corrió hacia la puerta con esa energía que solo tenía cuando se trataba de aviones, robots o cualquier cosa que funcionara mediante sistemas complejos que yo no entendía.
—¡Ya voy! —exclamó, abriendo antes de que pudiera detenerle.
Yo me quedé parada en el recibidor, con las manos sudorosas, intentando parecer natural, intentando recordar cómo se respiraba con normalidad. Y entonces le vi.
Adrien estaba en la puerta, a pesar de que pensé que esperaría abajo, ahí estaba, iluminado por la luz cálida del atardecer que se colaba por el hueco de la escalera.
Llevaba puesta una camisa azul claro que realzaba el color de sus ojos, unos vaqueros oscuros que le sentaban demasiado bien, y una expresión nerviosa, casi tierna, que desarmaba por completo su habitual aspecto de ejecutivo inaccesible.
En sus manos llevaba un pequeño ramo de flores silvestres, algo informal y desenfadado que me sorprendió gratamente.
—Buenas tardes —dijo, y su voz sonó ronca, diferente a como la recordaba de su entorno profesional.
—Hola —respondí, acercándome mientras Luck ya se había abalanzado sobre él para contarle algo sobre un dron que había diseñado esa mañana.
Adrien me miró por encima del hombro de mi hijo y nuestras miradas se encontraron. Fue un instante eléctrico, cargado de algo que no supe definir, pero que me hizo sentir que el suelo se inclinaba ligeramente bajo mis pies.
—Son para ti —dijo, tendiéndome las flores con un gesto torpe que me resultó entrañable—. No sabía si… bueno, pensé que sería apropiado.
—Gracias —murmuré, oliéndolas—. Son preciosas.
Luck terminó su explicación sobre el dron y nos miró alternativamente, con esa intuición que a veces me resultaba incómoda.
—¿Nos vamos? —preguntó, saltando de un pie a otro—. ¿Dónde vamos? Mamá me ha dicho que es un sitio que me gustará, pero no me ha dicho dónde es.
Adrien sonrió y la sonrisa fue diferente, más relajada, más joven.
—Es una sorpresa —dijo, haciendo un gesto hacia las escaleras—. ¿Subimos?
Salimos del edificio y nos dirigimos hacia un coche negro que estaba aparcado justo enfrente.
No era el Mercedes impecable que solía utilizar para el trabajo, sino un SUV más informal, práctico, que me hizo pensar que había pensado en todo, incluso en el espacio necesario para que Luck se sintiera cómodo.
Durante el trayecto, mi hijo no paró de hablar.
Le preguntó a Adrien sobre sistemas de navegación inercial, sobre compuestos de fibra de carbono y sobre la eficiencia de los motores de nueva generación.
Yo, sentada en el asiento del copiloto, los escuchaba con una mezcla de asombro y ternura.
Adrien respondía a cada pregunta con una paciencia infinita, sin simplificar demasiado, tratando a Luck como a un igual, como a un colega con quien compartir conocimientos.
—¿Y sabes por qué los alerones de los Airbus A350 tienen esa curvatura específica? —preguntó Adrien, mirando por el espejo retrovisor a Luck, que estaba sentado en el asiento trasero con los ojos brillando de emoción.
—¿Por aerodinámica? —respondió Luck, inseguro.
—Exacto —confirmó Adrien—. Pero no solo eso. Es para reducir la resistencia inducida y aumentar la eficiencia del combustible en un quince por ciento. Es como si el avión supiera exactamente cómo cortar el aire para deslizarse con el mínimo esfuerzo.
—Guau —susurró Luck, y yo sonreí al escuchar esa expresión que utilizaba cuando algo realmente le impresionaba.
Miré a Adrien de reojo. Tenía el perfil iluminado por la luz dorada del atardecer y, por un momento, me pareció ver a un hombre completamente diferente del que había conocido en la consulta.
No era el CEO frío y distante ni el viudo cargado de dolor.
Era alguien que brillaba al hablar de su trabajo, que se iluminaba al compartir su pasión, que encontraba una alegría genuina en los ojos curiosos de un niño.
Es bueno , pensé. Es bueno con mi hijo. Y eso es lo más peligroso de todo.
Porque podía resistirme a un hombre guapo. Podía resistirme a un hombre inteligente. Pero no sabía si podía resistirme a alguien que trataba a Luck con tanta ternura, le escuchaba con tanta atención y le hacía sentirse visto y valorado.
El coche se detuvo frente a un edificio industrial moderno, situado en una zona tecnológica a las afueras de Miami. Tenía una fachada de cristal y acero, con el logo de Walker Aerospace Systems iluminado en letras azules sobre la entrada principal.
—¿Aquí trabajas? —exclamó Luck, pegando la nariz contra la ventanilla—. ¡Es enorme!
—Aquí es donde diseñamos los sistemas —dijo Adrien, aparcando y girándose hacia nosotros con una sonrisa—. ¿Quieres verlo por dentro?
—¡Sí! —gritó Luck, desabrochándose el cinturón antes de que el coche se hubiera detenido del todo.
Bajamos los tres. Adrien saludó al vigilante de la caseta de seguridad, un hombre mayor con aspecto de exmilitar que le hizo un gesto de respeto al verle.
—Buenas tardes, señor Walker —dijo el vigilante.
—Buenas tardes, Robert —respondió Adrien—. Traigo a unos invitados especiales. ¿Todo bien?
—Por supuesto, señor. Pase.
Entramos en el edificio. El vestíbulo era enorme, con techos de doble altura y una maqueta gigante de un avión comercial suspendida del techo. Luck se quedó boquiabierto, girando sobre sí mismo para verlo todo, con la boca abierta y los ojos desorbitados.
—Esto es… —empezó a decir, sin encontrar las palabras.
—La sede principal —explicó Adrien, poniéndole una mano en el hombro a Luck—. Aquí es donde diseñamos los sistemas de navegación, los controles de vuelo, todo lo que hace que los aviones modernos sean lo que son.
Recorrimos el edificio. Adrien nos mostró el departamento de ingeniería, donde decenas de pantallas mostraban simulaciones de vuelo en tiempo real.
Nos llevó a la zona de prototipos, donde había maquetas de sistemas hidráulicos y paneles de control desmontados para que los ingenieros pudieran trabajar en ellos.
Luck no paraba de hacer preguntas, de tocar con cuidado los componentes que Adrien le permitía examinar, de absorber cada palabra como una esponja.
—¿Y esto? —preguntó Luck, señalando una consola con pantallas táctiles.
—Esto es el sistema de gestión de vuelo que estamos desarrollando para la nueva generación de Airbus —explicó Adrien—. Es como el cerebro del avión. Recibe información de todos los sensores, la procesa y ayuda a los pilotos a tomar decisiones.
—Es increíble —susurró Luck, y yo vi que tenía lágrimas en los ojos de la emoción.
Adrien se agachó hasta ponerse a su altura, igual que había hecho en la feria.
—Luck —dijo, con una seriedad que captó toda la atención de mi hijo—, tú tienes una mente brillante. Lo sé porque yo era igual que tú a tu edad. Y las mentes brillantes necesitan contar con todo lo necesario para crear, experimentar y aprender.
Luck le miró, sin aliento.
—Si quieres trabajar aquí en tu proyecto de verano —continuó Adrien—, si necesitas material, componentes, acceso a software de diseño… solo tienes que pedírmelo. Te ayudaré con lo que necesites. En serio.
—¿Lo dices… lo dices de verdad? —Tartamudeó Luck, en apenas un susurro.
—Muy en serio —confirmó Adrien, y le hizo un guiño—. Las mentes brillantes necesitan las mejores herramientas. Y tú, Luck, tienes una mente brillante.
Yo estaba al lado, con la mano en el pecho, sintiendo que el corazón se me iba a salir por la boca.
Quise decir que no era necesario, que no quería que Adrien se sintiera obligado, que no quería que Luck recibiera favores que no podíamos devolver.
Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta al ver la expresión de mi hijo, esa mezcla de gratitud y asombro que me partía el alma.
—Adrien —empecé a decir, pero él me interrumpió con una mirada.
—No es un favor —dijo, levantándose y mirándome directamente a los ojos—. Es una inversión en el futuro. Y además… —sonrió—, me hace ilusión.
En ese momento, uno de los ingenieros, un hombre joven con gafas y aspecto de estudiante de doctorado, se acercó a nosotros.
—Señor Walker —dijo—, ¿necesita que le prepare algo para la visita?
—John —respondió Adrien—, este es Luck. Es un experto en sistemas de navegación. ¿Crees que podrías mostrarle la sala de simuladores mientras yo hablo con su madre?
John miró a Luck con curiosidad; luego asintió con una sonrisa.
—Por supuesto. Oye, Luck, ¿sabes cómo funciona un giroscopio de fibra óptica?
—¡Sí! —exclamó Luck, emocionado—. ¿Puedo ver uno de verdad?
—Vamos —dijo John, extendiendo la mano.
Luck me miró, pidiendo permiso. Yo asentí, aún aturdida por todo lo que estaba sucediendo.
Mi hijo se fue con el ingeniero, saltando de emoción, y nos dejó solos a Adrien y a mí en medio del pasillo de cristal, rodeados de tecnología de vanguardia y de un silencio que, de repente, se hizo íntimo, casi denso.