Capítulo 16
Adrien
El martes transcurrió con una lentitud exasperante.
Desde que abrí los ojos a las seis de la mañana, con el sol de Miami colándose entre las cortinas de mi dormitorio, sentí que el tiempo se había vuelto viscoso, como si alguien hubiera vertido miel sobre los engranajes del reloj.
Cada reunión se extendía interminablemente, cada informe que revisaba parecía escrito en un idioma que apenas recordaba, y cada vez que miraba el reloj, y lo hacía cada cinco minutos, aunque intentara disimularlo, las manecillas parecían haberse movido apenas un milímetro.
Estaba sentado en mi despacho, con el dibujo de Luck guardado en el cajón superior, cuando Patricia entró con su habitual eficiencia silenciosa.
Llevaba quince años trabajando para mí y conocía mis horarios mejor que yo mismo, mis manías, mis silencios.
Aquella mañana, sin embargo, me miró con una curiosidad apenas disimulada mientras dejaba el café sobre mi mesa.
—Tiene una videollamada con Tokio a las diez, señor Walker —dijo, consultando su Tablet—. Y a las doce, almuerzo con el señor Collins en el club.
—Cancela el almuerzo —respondí, sin levantar la vista del contrato que no estaba leyendo.
Patricia dudó. Era un gesto mínimo, apenas perceptible, pero la conocía demasiado bien como para no detectarla. Su mano se detuvo sobre la pantalla y su voz adoptó un tono ligeramente más agudo cuando preguntó:
—¿Ocurre algo, señor? ¿La señorita Emma está bien?
—Emma está perfectamente —dije, y mi voz sonó más seca de lo que pretendía—. Simplemente tengo que hacer unas cosas. Reorganiza lo que puedas y pospón lo que no sea urgente.
Asintió, anotando algo en su libreta, pero antes de salir me lanzó una mirada que duró una fracción de segundo más de lo necesario.
Una mirada de preocupación, de sospecha, de madre gallina que ve a su polluelo comportándose de forma extraña.
No me gustó esa mirada. Me hizo sentir expuesto, vulnerable, como si mis emociones estuvieran escritas en la frente con letras negras y gruesas.
Cuando la puerta se cerró, me dejé caer contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos durante unos segundos.
Llevaba décadas construyendo una reputación de hombre frío, calculador, imperturbable.
Y ahora, por culpa de un mensaje que aún no había llegado, estaba cancelando reuniones importantes, mintiendo a mi secretaria, comportándome como un adolescente enamorado que espera la llamada de su primer amor.
El móvil vibró sobre la mesa.
Mi corazón dio un salto tan violento que casi me duele el pecho. Lo cogí con manos que, avergonzado de admitirlo, temblaban ligeramente. Era ella. Leila.
Leila: Buenos días, Adrien. Sé que tiene una agenda muy ocupada, pero cuando no esté demasiado liado, Luck y yo estaríamos encantados de volver a verle. El niño no para de hablar de los aviones y… bueno, yo también disfruté mucho de nuestra conversación. Leila.
Leí el mensaje tres veces. Luego, cinco.
Luego diez. Analicé cada coma, cada punto, cada matiz de formalidad mezclada con calidez.
«Yo también disfruté mucho de nuestra conversación».
No era una invitación directa, pero tampoco era un rechazo.
Era una puerta entreabierta, una oportunidad, un «Estamos aquí cuando quieras» que me resultaba irresistible y aterrador a partes iguales.
Miré el reloj. Las nueve y media. Tenía la videollamada con Tokio en treinta minutos, y después… después tenía la tarde libre. O al menos, la tendría una vez que Patricia cumpliera mis órdenes y borrara de mi agenda el almuerzo con Ethan y la reunión de estrategia de las cuatro.
Escribí una respuesta, la borré, la reescribí. Quería parecer casual pero no desinteresado, disponible pero no desesperado. Finalmente, después de varios minutos de debate interno que me hicieron sentir ridículo, escribí.
Adrien: Hoy tengo la tarde libre. Si os viene bien, podría recogeros a las seis y media. Conozco un sitio tranquilo donde podríamos cenar. Adrien.
Demasiado formal. Demasiado frío. Pero era lo único que podía permitirme. No quería asustarla; no quería que pensara que estaba… ¿qué? ¿Interesado? ¿Disponible? ¿Solo?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Leila: Sería perfecto. Luck está emocionado. Nos vemos a las seis y media. Gracias.
Guardé el móvil en el bolsillo de la chaqueta, intentando concentrarme en los papeles que tenía delante. Imposible. Mi mente había emprendido un viaje del que no podía regresar, un tren de pensamientos que avanzaba sin frenos hacia territorios peligrosos.
¿Dónde llevarlos?
Esa pregunta me acompañó durante toda la videollamada con Tokio, mientras asentía a los comentarios del director de operaciones y fingía tomar notas de las proyecciones financieras.
Necesitaba un sitio apropiado. No demasiado formal, porque Luck era un niño y Leila parecía preferir la sencillez a la ostentación.
Pero tampoco demasiado casual, porque quería…
¿Qué quería exactamente? ¿Impresionarla?
¿Mostrarle que podía ser más que un hombre de traje y corbata?
¿Demostrarle que sabía ser padre, que sabía crear momentos memorables?
Pensé en Sarah. En los lugares que ella y yo frecuentábamos cuando éramos jóvenes, cuando el dinero escaseaba y teníamos que elegir entre cenar fuera o pagar la electricidad.
Había una pizzería en Coral Gables, un sitio pequeño, sin pretensiones, propiedad de un viejo amigo mío de la universidad.
Marco había llegado desde Nápoles con veinte años y una receta familiar que había convertido en el negocio más humilde pero auténtico de toda Miami.
La masa era fina, crujiente, hecha con harina importada.
El queso, mozzarella de búfala traída directamente de Italia.
Y el ambiente… el ambiente era íntimo, con mesas de madera desgastada, velas en botellas de vino recicladas y un patio trasero donde crecían buganvillas que cubrían el cielo de un púrpura intenso.
Sarah adoraba aquel sitio. Solíamos ir los viernes por la noche, cuando Emma se quedaba con sus abuelos, y compartíamos una pizza margarita mientras hablábamos de nuestros sueños, de nuestros miedos, de la vida que estábamos construyendo juntos. Era nuestro lugar. Nuestro refugio.
¿Podía llevar a Leila allí? ¿Era justo? ¿Era una traición?
La videollamada terminó. El director de Tokio se despidió con su acento cortés y yo asentí, cortando la conexión y quedándome solo en mi despacho de cristal y acero. Saqué el teléfono y busqué el número de Marco en mis contactos. Lo tenía guardado como «Marco Pizza» desde hacía años sin utilizarlo.
Mis dedos dudaron sobre la pantalla. Llamar significaba abrir una puerta que no estaba seguro de querer atravesar.
Significaba admitir que estaba haciendo algo importante, algo que merecía el esfuerzo de reservar una mesa en un sitio especial.
Significaba que Leila y Luck ya no eran simplemente la doctora de Emma y su hijo.
Eran… eran algo más. Algo que no sabía definir.
Pensé en lo que Emma me había dicho el fin de semana, mientras tomábamos café en el porche. Estábamos hablando del embarazo, de los nervios, de los cambios que vendrían, cuando ella dejó su taza y me miró con esa seriedad que tanto se parecía a la de su madre.
—Papá —dijo—, no tienes que sentirte culpable.
—¿Por qué? —pregunté, confundido.
—Por sonreír. Por sentirte bien con alguien nuevo. Mamá te quería, pero también quería que fueras feliz. Y yo… yo quiero verte feliz. No quiero que te conviertas en un monumento a su memoria.
Las palabras me habían golpeado con la fuerza de un puñetazo. Me había quedado callado, mirando el café que se enfriaba en mi taza, sintiendo que mi hija me estaba dando permiso para algo que yo no me atrevía a darme a mí mismo.
—Es difícil —había respondido finalmente, con voz ronca.
—Lo sé —dijo ella, tomando mi mano—. Pero el niño...
Luck te ha devuelto algo. Te ha devuelto la capacidad de emocionarte, de sentir curiosidad, de ser padre sin el peso del duelo.
Y Leila... Leila te mira de un modo que yo no había visto en mucho tiempo.
Como si viera algo en ti que tú mismo has olvidado que existe.
Ahora, sentado en mi despacho, con el teléfono en la mano y el corazón acelerado, recordé esas palabras.
Emma tenía razón. Luck me había devuelto algo esencial.
Me había devuelto la alegría de enseñar, de compartir conocimientos, de ver los ojos de un niño iluminarse ante la magia de entender cómo funcionaba el mundo.
Y Leila... Leila me había devuelto la capacidad de sentirme visto.
No como CEO, no como viudo, no como padre sobreprotector.
Como hombre. Como alguien que podía ser deseado, apreciado, querido.
Marcé el número de Marco antes de que pudiera arrepentirme.
—Pronto —contestó al tercer tono, con su acento napolitano intacto tras dos décadas en Estados Unidos.
—Marco, soy Adrien. Adrien Walker.
— ¡Madonna mia! —exclamó él, y su voz se iluminó—. El hombre de hielo. Hace siglos que no sé nada de ti. ¿Estás vivo todavía?
—Más o menos —respondí, y por primera vez en años sentí que podía sonreír hablando con un viejo amigo—. Necesito una mesa para esta noche. Para tres. ¿Tienes hueco?
—Para ti, siempre. ¿A qué hora?
—Siete y media. Quizás ocho.
—Hecho —dijo Marco—. ¿Es especial?
¿Era especial? Miré el cajón donde guardaba el dibujo de Luck. Pensé en los ojos color miel de Leila. Recordé la risa de Emma diciéndome que llevaba una camisa azul.
—Sí —dije, y la palabra me supo extraña en la boca, como un idioma que estuviera aprendiendo después de años de silencio—. Es especial.
—Entonces os doy la mesa del jardín. La de siempre. La que… —hizo una pausa—. La que usabas con Sarah.
Sentí un pinchazo en el pecho. El dolor habitual, agudo pero manejable.
—Gracias, Marco.
—Adrien —dijo él, y su voz perdió el tono bromista—. Me alegro de que vuelvas a usarla. De verdad.
Colgué y me quedé mirando el teléfono durante largos minutos. Había hecho la reserva. Había dado el paso. Ahora no había vuelta atrás.
El resto de la mañana transcurrió en una nebulosa.
Revisé informes sin verlos, firmé documentos sin leerlos, asentí en las reuniones sin escuchar.
Mi mente estaba en otra parte. Estaba imaginando la noche que vendría, el momento en que recogería a Leila y a Luck, la conversación que mantendríamos, la forma en que la luz de las velas iluminaría el rostro de Leila mientras mordía la pizza.
Pensé en Sarah. En cómo habría reaccionado ella ante esta situación.
Y, sorprendentemente, la imagen que apareció en mi mente no fue de reproche ni de tristeza.
Fue una Sarah sonriente, con esa sonrisa suya que iluminaba habitaciones enteras, asintiendo con aprobación.
«¿Es guapa?» me habría preguntado. «¿Es inteligente? Entonces, ¿a qué esperas, idiota?»
Era eso lo que más me costaba admitir. Que su muerte no significaba que mi vida hubiera terminado. Que amarla no me impedía apreciar a otra persona. Que ser fiel a su memoria no equivalía a convertirme en una momia emocional.
A las cinco de la tarde, Patricia entró en el despacho con la agenda ya modificada.
—Todo cancelado, señor Walker —dijo, con una eficiencia que no ocultaba del todo su curiosidad—. ¿Necesita que prepare el coche?
—No, gracias —respondí, levantándome y cogiendo la chaqueta—. Yo conduciré hoy.
Su ceja se alzó casi imperceptiblemente, pero no hizo ningún comentario. Sabía que algo ocurría. Sabía que el hombre de hielo se estaba derritiendo y, aunque no entendía por qué, parecía aprobarlo en silencio.
Salí del edificio bajo el cálido sol de la tarde miamense. El tráfico sería denso a esa hora, pero no me importaba. Necesitaba el tiempo, necesitaba la distancia, necesitaba prepararme para lo que vendría.
Mientras conducía hacia Coral Gables, con la ventanilla bajada y la brisa marina golpeando mi rostro, me permití sentir. Realmente sentir. La emoción de verla de nuevo. La alegría de volver a ver a Luck. El miedo a equivocarme, a ir demasiado rápido, a estropear algo que aún no había empezado.
Pero también sentí paz. Una paz extraña, inesperada, que había desaparecido de mi vida hacía ocho años.
La paz de saber que estaba haciendo lo correcto.
Que no estaba traicionando a Sarah, sino honrando su memoria permitiéndome ser feliz.
Que no era un mal padre, sino que le mostraba a Emma que la vida continuaba, que el amor no terminaba con la muerte, que siempre había segundas oportunidades para quienes se atrevían a tomarlas.
Llegué a la dirección de Leila diez minutos antes. Apagué el motor y me quedé sentado en el coche, mirando el edificio de ladrillo rojo donde vivía. Era un edificio elegante, moderno pero acogedor, con un pequeño jardín en la entrada donde crecían palmeras y flores tropicales.
Saqué el teléfono y escribí un mensaje breve:
Adrien: Estoy abajo. Sin prisa. Adrien.
No quería presionar. No quería parecer ansioso. Aunque lo estaba. Dios, cómo lo estaba.
Miré mi reflejo en el espejo retrovisor.
Me veía diferente. Los ojos tenían un brillo que no recordaba haber visto en años.
La mandíbula, aunque tensa, no estaba apretada con el rigor habitual.
Incluso me pareció ver algo de color en mis mejillas, un rubor que no tenía nada que ver con el calor de Miami.
Y entonces, mientras esperaba, pensé en todas las formas en que aquella noche podía salir mal.
Que Leila se sintiera incómoda. Que Luck se aburriera.
Que yo dijera algo estúpido, algo que delatara demasiado pronto lo que estaba sintiendo.
Que el fantasma de Sarah se interpusiera entre nosotros, haciendo imposible cualquier conexión real.
Pero también pensé en cómo podía salir bien. En la risa de Luck al ver el avión de cartón que Marco guardaba detrás de la barra. En los ojos de Leila brillando a la luz de las velas. En la conversación fluyendo fácilmente, naturalmente, como había ocurrido en la cafetería.
El móvil vibró.
Leila: Bajamos en un minuto. Luck no para de saltar de la emoción. Gracias por esto, Adrien.
Leí el mensaje tres veces. Luego guardé el teléfono, salí del coche y me quedé esperando en la acera, con las manos en los bolsillos, sintiendo que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Fuera lo que fuera lo que ocurriera esa noche, ya no podía volver atrás. Y por primera vez en ocho años, no quería hacerlo.