Capítulo 15 #2
—Adrien —dijo, y su voz perdió el tono burlón, adquiriendo una seriedad que raramente mostraba—, estás sonriendo.
De verdad. No esa sonrisa forzada que utilizas en las reuniones.
No esa mueca amarga que pones cuando Emma te obliga a ver una película romántica.
Estás sonriendo como… como solías sonreír. Antes.
Antes. Esa palabra colgó en el aire entre nosotros, pesada, cargada de historia. Antes de Sarah. Antes del cáncer. Antes de convertirme en la estatua de hielo que ahora habitaba mi propio cuerpo.
—Es solo un dibujo —dije, intentando restarle importancia, intentando proteger ese momento de intimidad que no estaba preparado para compartir.
—Es solo un dibujo —repitió Ethan, asintiendo—. Claro. Como aquella consulta médica fue solo una consulta, y como el café del otro día fue solo un café. Adrien, ¿cuándo vas a admitir que estás volviendo a la vida?
Me levanté de la silla, caminando hacia la ventana para no tener que mirarle. El tráfico de Miami fluía abajo, indiferente, constante. Sentía el corazón acelerado, la respiración ligeramente agitada, esa sensación de estar siendo desnudado emocionalmente que Ethan siempre lograba provocar.
—No estoy volviendo a nada —dije, mirando el horizonte—. Simplemente… el niño es inteligente. Muy inteligente. Me ha recordado a mí mismo cuando tenía su edad. Eso es todo.
—Eso es todo —repitió Ethan, y escuché que se levantaba, que se acercaba a mí—. Entonces, ¿por qué guardas el dibujo como si fuera un tesoro? ¿Por qué tu mano tiembla ligeramente cuando hablas de él? ¿Por qué has cambiado de colonia otra vez y esta vez hueles a algo más joven, menos… funerario?
Me giré para mirarle, preparado para enfadarme, para mandarle a paseo, para recuperar la distancia que necesitaba mantener. Pero cuando vi su expresión, cuando vi que no se burlaba de mí, que realmente estaba preocupado, que realmente quería mi bienestar, la ira se disolvió.
—Tengo miedo —dije, y la confesión salió ronca, casi inaudible.
Ethan asintió, como si hubiera estado esperando esas palabras durante años.
—Lo sé —dijo—. Y es normal. Pero, Adrien, el miedo no es razón suficiente para dejar de vivir. Sarah murió, sí. Pero tú no. Y ese niño… ese niño te ha recordado que puedes ser padre de nuevo. Que puedes ser mentor. Que puedes ser feliz sin traicionar su memoria.
Sentí que la garganta se me cerraba. Volví a mi mesa, abrí el cajón, saqué el dibujo de nuevo. Lo miré, siguiendo con el dedo las líneas precisas del avión, recordando la emoción en los ojos de Luck cuando le había explicado el funcionamiento de los alerones.
—Leila me envió un mensaje ayer por la noche —dije, sin mirar a Ethan, concentrado en el papel—. Para dar las gracias. Dice que Luck no ha parado de hablar de la feria en todo el fin de semana. Que quiere volver a verme.
—¿Y tú? —preguntó Ethan, suavizando la voz—. ¿Quieres volver a verle?
—Más que nada —respondí, y la sinceridad de mi propia voz me sorprendió.
Ethan se quedó en silencio un momento. Luego soltó una carcajada breve, casi incrédula.
—Dios santo —dijo—. Estás perdido. No solo por la madre. También por el hijo. Es el pack completo, Adrien. Has caído en el pack completo.
Quise replicar, quise decirle que exageraba, que no estaba perdido por nadie, que simplemente estaba siendo amable con un niño inteligente.
Pero no pude. Porque tenía razón. Porque cuando pensaba en volver a ver a Luck, inmediatamente pensaba en ver a Leila.
Porque cuando imaginaba enseñarle más cosas sobre aviones, imaginaba también las miradas de agradecimiento de su madre, la sonrisa torcida que aparecía cuando estaba nerviosa, los ojos color miel que se iluminaban cuando hablaba de su hijo.
—La próxima consulta de Emma es el miércoles —dije, guardando el dibujo de nuevo, esta vez con más determinación—. Iré con ella.
—Por supuesto que irás —dijo Ethan, volviendo a su asiento habitual frente a mi mesa—. Y llevarás corbata azul, supongo. La que hace juego con tus ojos.
—Llevaré lo que me dé la gana —respondí, pero sin convicción.
Ethan sonrió, esa sonrisa suya de triunfo contenido.
—Solo te pido una cosa —dijo, levantándose y dirigiéndose hacia la puerta—. Que no le enseñes el dibujo a Emma todavía. No quiero que la pobre niña se emocione demasiado. Ya está bastante hormonal con el embarazo como para añadirle la ilusión de que su padre finalmente ha encontrado a alguien.
—No he encontrado a nadie —dije, pero la puerta ya se cerraba tras él.
Me quedé solo en el despacho, con el dibujo de Luck guardado en el cajón y una sensación extraña en el pecho. Era miedo, sí, pero también era algo más. Era esperanza. Era la posibilidad de que mi vida pudiera ser más que obligaciones y recuerdos dolorosos.
Saqué el móvil y abrí el mensaje de Leila. Lo había leído al menos veinte veces desde que llegó el domingo por la noche. Era breve, profesional, pero con un calor subyacente que me resultaba irresistible.
Leila: Luck no para de hablar de usted. Dice que es el hombre más interesante que ha conocido nunca. Gracias por su paciencia con él. Leila.
Escribí una respuesta, la borré, la reescribí, la borré de nuevo. Finalmente, después de varios minutos de debate interno, envié algo simple, algo que no delatara demasiado de lo que estaba sintiendo.
Adrien: El placer fue mío. Luck es un niño excepcional. Estaré encantado de volver a verle cuando usted lo considere oportuno. Adrien.
Demasiado formal y demasiado frío. Pero era lo único que podía permitirme por ahora. Porque si abría la puerta, si dejaba que las emociones fluyeran sin control, no sabía si sería capaz de cerrarla de nuevo.
Guardé el móvil y me preparé para la reunión con los alemanes.
Pero durante todo el día, mientras discutía contratos y plazos de entrega, mientras negociaba cláusulas y revisaba especificaciones técnicas, una parte de mí permaneció en ese cajón.
Junto al dibujo de un avión hecho por un niño de doce años que, sin saberlo, había comenzado a derretir el hielo que yo creía impenetrable.
Y cuando llegó la noche, cuando apagué las luces del despacho y bajé al vestíbulo donde Marcus me esperaba con el coche, me permití un momento de debilidad.
Saqué el dibujo del bolsillo interior de la chaqueta, lo había llevado conmigo todo el día, como un talismán, y lo miré una última vez bajo la luz artificial del ascensor.
«Gracias por enseñarme tantas cosas.»
No era solo el niño quien estaba aprendiendo. Era yo también. Aprendiendo que podía ser útil de nuevo, que podía inspirar, que podía ser más que el hombre de hielo que me había convertido en los últimos ocho años.
El ascensor se detuvo. Guardé el dibujo, salí al frío aire acondicionado del vestíbulo y sonreí una vez más, solo para mí, mientras caminaba hacia la noche de Miami que me esperaba fuera.
El miércoles llegaría pronto. Y con él, la oportunidad de volver a verla. De volver a verlos a los dos.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, no sentí miedo ante esa perspectiva. Sentí ilusión.