Capítulo 15
Adrien
Todo el fin de semana pensé en el niño.
No podía evitarlo. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa mirada verde, intensa, llena de curiosidad insaciable.
Luck me había recordado tanto a Emma cuando tenía su edad que me resultaba físicamente doloroso recordarla así, pequeña e inquieta, siempre formulando preguntas imposibles sobre por qué el cielo era azul o cómo funcionaban los ascensores.
Mi hija había sido exactamente igual, un pequeño tornado de inteligencia que devoraba información a velocidades vertiginosas, dejándome exhausto pero profundamente orgulloso.
Luck, sin embargo, tenía algo más. Una madurez inquietante para sus doce años.
Una forma de observar el mundo que me resultaba familiar, casi espejada.
Cuando hablaba de satélites o de sistemas de navegación inercial, no lo hacía con la vanidad de un niño que presume de conocimientos, sino con la pasión genuina de alguien que realmente ama lo que está describiendo.
Era la misma pasión que yo había sentido a su edad, la misma que me había llevado a estudiar ingeniería aeronáutica, la misma que aún me mantenía despierto hasta las tres de la mañana revisando planos de turbinas cuando debería estar descansando.
El sábado por la noche, mientras Emma y mis padres cenaban en el jardín y yo fingía escuchar las historias de viajes de mi madre, mi mente estaba en otra parte.
Estaba en esa feria, escuchando la voz aguda de Luck explicándome por qué el composite de fibra de carbono era el futuro de la aviación.
Estaba en la forma en que Leila le miraba, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo las madres pueden sentir, pero también con una sombra de tristeza que intuí sin poder confirmar.
El domingo lo pasé en casa, intentando concentrarme en informes de la empresa que no lograban captar mi atención. Emma se dio cuenta, por supuesto. Mi hija tenía un radar para estas cosas, un sexto sentido que le permitía detectar cuando mi mente divagaba hacia territorios peligrosos.
—Estás pensando en él —dijo el domingo por la tarde, mientras tomábamos café en el porche.
—¿En quién? —Respondí demasiado rápido, demasiado defensivo.
—En Luck —dijo ella, sonriendo sobre el borde de su taza—. Y por extensión, en su madre.
No respondí. No podía. Había algo humillante en que mi hija de veinte años pudiera leerme mejor que yo mismo, que pudiera ver a través de la armadura que había construido durante ocho años como si fuera de cristal transparente.
—Es un niño extraordinario —dije finalmente, mirando hacia la piscina—. Me ha hecho recordar...
—¿Qué? —preguntó Emma, suavizando la voz.
—Recordar que me gusta ser padre —confesé, y la frase salió más cruda de lo que pretendía—. Que me gustaba. Antes de que todo se volviera tan… serio.
Emma dejó su taza sobre la mesa y se acercó a mí. Me rodeó con sus brazos desde atrás, apoyando la barbilla en mi hombro, un gesto que había mantenido desde que era pequeña y que ahora, con su embarazo avanzado, adquiría una nueva dimensión de intimidad.
—Papá —susurró—, nunca has dejado de ser un buen padre. Pero quizás has olvidado ser un hombre. Y Luck... Luck te ha recordado que puedes ser ambas cosas.
No supe qué responder a eso. Así que simplemente asentí, sintiendo el peso de su cabeza sobre mi hombro, escuchando el sonido de las olas en la distancia, permitiéndome sentir, solo por unos segundos, la paz que había sentido al hablar con el niño.
El lunes amaneció gris y húmedo, una rareza en Miami que parecía reflejar mi estado de ánimo.
Llegué a la oficina a las siete y media, antes de que Patricia apareciera con su café matutino, antes de que el edificio despertara del todo.
Necesitaba esos minutos de silencio absoluto, esos momentos de soledad en los que podía ser simplemente yo mismo sin las máscaras que exigía mi posición.
Encendí el ordenador, revisé la agenda del día con reuniones interminables, llamadas con Tokio, una videoconferencia con los alemanes que seguramente me daría dolor de cabeza, y me dispuse a organizar los papeles que Ethan había dejado sobre mi mesa el viernes. Fue entonces cuando lo vi.
Sobre la carpeta de color burdeos que contenía el informe trimestral, había un sobre blanco. No llevaba sello, solo mi nombre escrito con letra infantil pero precisa, en mayúsculas desiguales: «SEÑOR WALKER».
Fruncí el ceño. Raramente recibía correspondencia personal en la oficina. Todo pasaba por Patricia, por el departamento de comunicación, por los filtros de seguridad que habíamos instalado tras un incidente con un competidor hacía dos años. Pero esto… esto parecía distinto.
Abrí el sobre con cuidado, deslizando el dedo por la solapa. Dentro había un papel de dibujo, uno de esos que utilizan los niños en el colegio, de textura rugosa y bordes irregulares. Lo desplegué lentamente, sintiendo que algo cambiaba en mi interior antes incluso de ver el contenido.
Era un avión.
No un dibujo infantil torpe, no garabatos sin sentido.
Era un avión detallado, técnicamente preciso, con las alas perfectamente proporcionadas, los motores dibujados con líneas firmes, incluso las ventanillas de la cabina marcadas con puntos minúsculos.
Pero lo más impresionante era el sistema de alerones y flaps, dibujados con tal precisión que cualquier ingeniero aeronáutico habría reconocido la exactitud del mecanismo.
En la parte inferior, escrito con la misma letra cuidadosa, había un mensaje:
«Gracias por enseñarme tantas cosas. Firmado: Luck.»
Me quedé inmóvil durante largos segundos, mirando el papel, sintiendo cómo algo se movía en mi pecho, algo que había mantenido congelado durante tanto tiempo que casi había olvidado su existencia.
Era... ternura. Una ternura pura, desinteresada, que me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
Sonreí.
No pude evitarlo. La sonrisa se escapó de mis labios sin permiso, curvándose con genuinidad, transformando mi rostro de forma que, si hubiera habido alguien en la habitación, habría pensado que estaba viendo a otro hombre.
Guardé el dibujo cuidadosamente, deslizándolo dentro del cajón superior de mi mesa, junto a las fotografías de Emma de pequeña que nunca mostraba a nadie.
No sabía por qué lo conservaba. No sabía por qué sentía la necesidad de tenerlo cerca, de protegerlo, de guardarlo como un tesoro.
Solo sabía que no podía tirarlo. Que ese pedazo de papel rugoso, con sus líneas de lápiz y su mensaje infantil, significaba algo.
Significaba que había conectado con alguien de una forma que no lograba explicar.
Que había tocado una vida, aunque fuera la de un niño de doce años, y que esa vida me había devuelto el contacto con un gesto simple pero profundamente conmovedor.
Estaba guardando el sobre cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
Ethan entró como siempre lo hacía, con una taza de café en cada mano y esa expresión de satisfacción que tanto me irritaba y tanto me reconfortaba a la vez.
Llevaba su traje habitual, azul marino, con la corbata ligeramente desajustada y el pelo revuelto, como si hubiera pasado la noche en alguna aventura que seguramente me contaría con pelos y señales.
—Buenos días, señor CEO —dijo, dejando una de las tazas sobre mi mesa—. Traigo café de verdad, no esa agua sucia que hace tu máquina.
—Gracias —murmuré, intentando parecer normal, intentando borrar la sonrisa que aún persistía en mis labios.
Pero era demasiado tarde. Ethan ya me había visto. Ya había notado la expresión que intentaba disimular, la curvatura traicionera de mi boca, la relajación de mis hombros que normalmente mantenía tensos como cuerdas de arco.
Se quedó quieto, a mitad de camino entre la puerta y mi mesa, con la taza suspendida en el aire. Levantó lentamente una ceja, con esa precisión teatral que utilizaba cuando estaba a punto de lanzar uno de sus ataques de psicología barata.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando con la barbilla hacia mi mano, que aún sostenía la esquina del sobre blanco.
—Nada —respondí, demasiado rápido, guardando el sobre en el cajón y cerrándolo de golpe.
—Eso ya lo veo —dijo Ethan, acercándose y sentándose en el borde de mi mesa, cruzando los brazos—. Un sobre blanco, tamaño A4, textura de papel de dibujo infantil, metido en el cajón de tu mesa con el mismo cuidado con el que guardas las fotos de Emma de bebé. Definitivamente, no es nada.
Suspiré, pasándome una mano por el pelo. Sabía que no había forma de engañarle. Ethan me conocía demasiado bien, había compartido demasiados silencios conmigo como para no detectar cuando algo importante estaba ocurriendo.
—Es un dibujo —dije finalmente, con voz resignada.
—Eso ya lo veo —repitió, imitando mi tono—. ¿De quién?
—De Luck —respondí, y al decir su nombre sentí que la sonrisa volvía, traicionera, imposible de reprimir.
Ethan me observó durante unos segundos, con esa intensidad que me ponía nervioso. Luego, lentamente, su expresión cambió. Pasó de la curiosidad a la comprensión y de la comprensión a una especie de triunfo silencioso.
—Ah —dijo, y esa sílaba cargó de significados que no quise desentrañar.
—¿Ah? —Repetí, frunciendo el ceño—. ¿Qué significa ese «ah»?
—Significa que estás sonriendo —dijo, tomando un sorbo de su café con calma exasperante—.
Significa que llevas sonriendo desde que he entrado y que probablemente llevas sonriendo desde el viernes.
Significa que ese niño te ha llegado de una forma que ni siquiera la doctora Monroe ha logrado todavía.
—No digas tonterías —respondí, intentando recuperar mi máscara de hielo, mi expresión de CEO inaccesible.
Pero Ethan no se dejó engañar. Se inclinó hacia adelante, acercando su rostro al mío, estudiándome con la atención de un entomólogo examinando un insecto raro.