Capítulo 12
Leila
El miércoles se me hizo eterno. Desde que sonó el despertador a las seis de la mañana, supe que sería uno de esos días que se resisten a terminar, que se aferran a cada minuto como si el tiempo fuera un elástico que alguien estuviera estirando maliciosamente.
La clínica había estado abarrotada desde las ocho, con una avalancha de pacientes que parecía no tener fin: controles de embarazo, revisiones postparto, una urgencia de dolor abdominal que resultó ser una apendicitis disfrazada, y tres llamadas de hospitales pidiendo información de pacientes que habían sido atendidas en nuestra consulta.
Cuando finalmente cerré la puerta de la clínica, eran casi las siete de la tarde.
El sol empezaba a bajar sobre Miami, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosas que normalmente habría apreciado, pero que hoy apenas registré.
Estaba agotada. Mis pies me dolían de tanto estar de pie, mi espalda protestaba por la postura forzada de las ecografías, y mi cabeza zumbaba con el eco de decenas de conversaciones médicas que habían quedado grabadas en mi cerebro.
Tenía que recoger a Luck en casa de mis padres, pero antes necesitaba un momento. Solo para mí. Un respiro. Un espacio donde no tuviera que ser la doctora Monroe, ni la madre soltera, ni la hija responsable. Solo Leila. Aunque fuera durante veinte minutos.
Caminé dos manzanas hasta esa pequeña cafetería artesanal que había descubierto hacía meses y a la que raramente podía escaparme.
Estaba situada justo frente a la playa, con una terraza de madera desgastada por el sol y el salitre, y servían el mejor café helado de todo Miami.
Esa era mi recompensa. Ese café helado, la brisa marina, y el sonido de las olas que amortiguaba el ruido de la ciudad.
Empujé la puerta de cristal, haciendo sonar la campanilla que anunciaba mi entrada. El local estaba medio vacío, lo cual era raro para esa hora, pero agradecí la tranquilidad. Saqué el móvil para mandar un mensaje a mi madre diciéndole que llegaría un poco más tarde, y entonces...
Entonces lo vi.
Estaba sentado en una de las mesas del fondo, junto a la ventana que daba al mar.
Tenía el pelo negro despeinado de una forma que le sentaba demasiado bien, como si acabara de pasarse la mano por él en un gesto de frustración.
Delante de él había un portátil abierto, varios papeles esparcidos, y un café que debía de haberse enfriado hacía rato.
Hablaba por teléfono, en inglés, pero con ese acento británico educado que utilizaba cuando estaba enfadado o concentrado.
—No me importa lo que digan en Londres —estaba diciendo, con voz baja pero firme—. La decisión es mía y se tomará aquí, en Miami. Sí. Sí, lo entiendo. Mañana les doy una respuesta definitiva.
Adrien Walker.
Me quedé quieta, paralizada en medio del local, con la mano todavía en el pomo de la puerta. No esperaba encontrármelo allí. No esperaba verle fuera de contexto, fuera de su entorno de cristal y acero, fuera de esa consulta donde yo tenía el control y él era simplemente el padre de una paciente.
Dudé. Dios, cómo dudé. No quería interrumpirlo. Parecía ocupado, importante, molesto por la conversación telefónica. Lo más sensato sería dar media vuelta, ir a otro sitio, esperar a que terminara y luego entrar. O simplemente irme a casa y olvidarme del café helado.
Pero justo en ese momento, mientras debatía internamente si salir corriendo o quedarme, él levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron a través del local, a través del humo del café y la luz del atardecer que entraba por las ventanas.
Fue un golpe físico, una conexión eléctrica que me recorrió la espina dorsal y me dejó sin aliento.
Durante un segundo, dos, tres, ninguno de los dos se movió.
Él seguía con el teléfono pegado a la oreja, pero sus ojos...
sus ojos estaban clavados en mí, reconociéndome, evaluándome, sorprendiéndose tanto como yo.
Terminó la llamada. Lo vi guardar el móvil en el bolsillo de la chaqueta, cerrar el portátil con un gesto seco, y levantarse de la silla.
Por educación. Siempre por educación.
—Doctora Monroe —dijo, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para no tener que gritar.
Su voz sonó grave, rasposa, diferente a cómo la recordaba de la consulta. Más cansada, quizás. Más humana.
—Señor Walker —respondí, y mi voz salió más alta de lo necesario, casi un susurro forzado.
Nos miramos. Él con su traje de ejecutivo ahora algo arrugado, sin corbata, con las mangas remangadas mostrando unos antebrazos fuertes y bronceados. Yo con mi bata de médico todavía puesta, aunque desabrochada, con el pelo suelto y seguramente ojeras que el maquillaje no lograba disimular.
—Adrien —dijo él, y fue una ofrenda, una rendición de formalidades.
Sonreí. No pude evitarlo.
—Leila —respondí.
Durante unos segundos, ninguno de los dos supo qué decir.
El silencio se extendió entre nosotros, cómodo de una forma sorprendente, cargado de posibilidades que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Oía mi propia respiración, el latido de mi corazón en los oídos, el sonido distante de las olas rompiendo contra la orilla.
Entonces el camarero apareció a mi lado, rompiendo el hechizo con su voz jovial.
—Buenas tardes. ¿Mesa para dos?
Ambos respondimos exactamente al mismo tiempo.
—No.
La palabra salió de nuestras bocas en perfecta sincronización, como si hubiéramos ensayado la coreografía.
Nos miramos, sorprendidos, y luego, inevitablemente, estallamos en risas.
Una risa genuina, liberadora, que disipó la tensión del encuentro y nos convirtió en dos personas normales, en lugar de un médico y el padre de una paciente.
El camarero, un chaval de veintipocos años con tatuajes en los brazos y una sonrisa desenfadada, nos miró divertido.
—Vale... —dijo, encogiéndose de hombros—. Pues una para cada uno. ¿O prefieren compartir y ahorrarnos el trabajo de limpiar dos mesas?
—No, de verdad, yo... —empecé a decir, señalando hacia la puerta, preparando mi excusa para marcharme.
Pero Adrien me interrumpió.
—Si no le importa compartir mesa —dijo, y su voz tenía un desafío suave, casi juguetón—. Prometo no hablar del embarazo durante cinco minutos.
Levanté una ceja, sorprendida por su audacia.
—¿Solo cinco? —pregunté.
—Después seguramente volveré a preguntar alguna tontería —confesó, y vi que sonreía de verdad, mostrando unos dientes perfectos y unas arrugas alrededor de los ojos que le humanizaban por completo—. No puedo evitarlo. Soy un padre sobreprotector.
—Eso puedo soportarlo —dije, y me escuché a mí misma aceptar la invitación, sentándome en la silla de enfrente antes de que mi cerebro pudiera objetar.
El camarero tomó nota de nuestros pedidos, café helado para mí y un espresso doble para él, y desapareció detrás de la barra, dejándonos solos.
Durante casi cuarenta minutos, hablamos.
No de cosas importantes. No del pasado, no de sus pérdidas ni de las mías.
Hablamos de libros y resultó que ambos éramos adictos a los thrillers policíacos, aunque él prefería los británicos y yo los americanos.
Hablamos de Miami, de los mejores sitios para comer sushi, de lo insoportable que se volvía el tráfico en temporada alta.
Hablamos de viajes, de los lugares que habíamos visitado y de los que aún nos quedaban por ver.
Él me contó anécdotas de sus viajes de negocios a Londres, a Tokio, a Frankfurt.
Yo le hablé del campamento de robótica al que iba a llevar a mi hijo el mes siguiente.
No hablamos de Sarah. No hablamos de Liam. No hablamos del hecho de que ambos éramos viudos, aunque de formas diferentes, o de que ambos cargábamos con la memoria de amores que habían muerto demasiado pronto.
Cuando me di cuenta, mi café helado se había terminado hacía rato y el sol había desaparecido completamente, dejando paso a una noche estrellada sobre el océano.
—Debería irme —dije finalmente, mirando el reloj y sintiendo un pinchazo de culpa al recordar que Luck me esperaba—. Tengo que recoger a mi hijo.
—Por supuesto —dijo Adrien, cerrando el portátil que había vuelto a abrir en algún momento de la conversación, aunque no había mirado ni una sola vez la pantalla—. Ha sido... agradable, Leila.
—Muy agradable —corregí, levantándome y buscando mi bolso.
Pagamos por separado, insistiendo ambos en cubrir nuestra parte, aunque él intentó pagar mi café con un gesto caballeresco que rechacé con una sonrisa. Salimos juntos del local, deteniéndonos en la acera frente a la playa.
—Hasta la próxima consulta, supongo —dijo él, con las manos en los bolsillos, mirándome con una intensidad que hacía que el aire veraniego resultara de repente frío.
—Hasta la próxima —confirmé, y me di cuenta de que esperaba ese momento, de que había estado contando los días sin querer admitirlo—. Cuídate, Adrien.
—Tú también, Leila.
Nos separamos en direcciones opuestas. Yo hacia el aparcamiento donde había dejado el coche, él hacia un Mercedes negro que estaba esperado con el motor en marcha a la vuelta de la esquina. No me giré. No quería verle marcharse, no quería convertir esto en algo más de lo que era.
Pero mientras conducía hacia casa de mis padres, con las ventanillas bajadas y la brisa marina golpeando mi rostro, no pude evitar pensar en lo que acababa de pasar.
Ha sido la conversación más agradable que he tenido con un hombre en muchos años.
La frase resonó en mi cabeza como un eco, y me inquietó profundamente. Porque era cierto. Había sido fácil. Natural. Cómodo de una forma que no recordaba haber sentido nunca, ni siquiera con Liam en los primeros tiempos, cuando éramos jóvenes y torpes y aprendiendo a conocernos.
Eso no debería haber pasado. No debería haberme reído tanto, no debería haberme quedado cuarenta minutos charlando sobre nada, no debería haber sentido esa... esa conexión.
Llegué a casa de mis padres y Luck salió corriendo a recibirme, como siempre. Me abrazó con fuerza, oliendo a champú y a algo dulce que había cenado, y durante unos minutos me sumergí en la normalidad de mi vida. Mi hijo. Mi familia. Mi mundo.
Pero esa noche, después de acostar a Luck y de recoger los juguetes que había dejado esparcidos por el salón, me quedé sola en mi habitación.
Saqué del cajón de la mesilla una fotografía antigua. Liam, vestido de uniforme, sonriendo con esa sonrisa torcida suya que tanto me había enamorado. Tenía veintidós años en esa foto, poco antes de que naciera Luck, cuando aún creíamos que tendríamos toda la vida por delante.
Lo acaricié con el dedo, siguiendo el contorno de su rostro, sintiendo el papel rugoso bajo la yema.
—Perdóname —susurré al silencio de la habitación.
No sabía exactamente qué estaba pidiendo perdón. ¿Por haber reído con otro hombre? ¿Por haber sentido algo parecido a la ilusión? ¿Por haber permitido que Adrien Walker se colara en mis pensamientos durante unos minutos, ocupando el espacio que siempre había reservado para Liam?
Lo único que sabía era que sentía culpa. Una culpa densa, pesada, que se instaló en mi pecho y me impedía respirar con normalidad.
Y en algún lugar de Miami, probablemente en esa casa moderna y lujosa de la que me había hablado Emma, sabía que Adrien estaba haciendo exactamente lo mismo.
Sentado frente a una fotografía de su esposa, sintiendo que la traicionaba por haber disfrutado de una conversación trivial con una ginecóloga de ojos castaños.
Los dos creíamos estar traicionando el recuerdo de quienes más habíamos amado. Los dos cargábamos con la culpa de sentir algo que no habíamos buscado, que no habíamos pedido, que no sabíamos cómo gestionar.
Pero mientras miraba la foto de Liam, mientras sentía lágrimas silenciosas resbalando por mis mejillas, tuve una certeza fría y clara.
El destino ya había empezado a acercarnos. De una forma sutil, casi imperceptible, pero inexorable. Y ninguno de los dos podría controlar lo que vendría después.
Porque algunas historias no se eligen. Simplemente ocurren, como los accidentes, como los milagros, como la vida misma que se empecina en continuar a pesar de nuestras mejores intenciones de quedarnos atrás, aferrados a un pasado que ya no existe.