Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 13
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Capítulo 13

Adrien

El jueves amaneció con una claridad cruel sobre Miami.

El sol entraba por los ventanales de mi despacho con una intensidad que me obligó a bajar las persianas apenas llegué.

No había dormido bien. De hecho, apenas había dormido.

Pasé la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama, mirando el techo, repitiendo mentalmente cada palabra que había intercambiado con Leila en esa cafetería frente al mar.

Cuarenta minutos de conversación trivial que ahora, en la oscuridad de mi habitación, adquirían una importancia desproporcionada.

Me vestí con más cuidado de lo habitual.

No quería admitirlo, ni siquiera ante mí mismo, pero elegí una camisa azul marino en lugar de la blanca inmaculada que solía llevar los jueves.

Y me puse esa colonia que Sarah me había regalado hacía años, la que guardaba en el fondo del armario porque su olor me recordaba demasiado a ella, pero que hoy, de alguna manera perversa, me había parecido apropiada.

Estaba revisando unos informes de producción cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Ethan entró como siempre lo hacía, como si el concepto de privacidad fuera una invención reciente que él no había tenido tiempo de asimilar.

—Buenos días —dijo, con su voz cantarina habitual.

—No —respondí, sin levantar la vista de los papeles.

—¿No qué? —preguntó, acercándose a mi mesa.

—No son buenos —dije, finalmente mirándole—. No son buenos días.

—¿Por qué? —Ethan dejó un dossier grueso sobre la mesa y se sentó en el borde, cruzando los brazos con esa satisfacción que siempre precedía a sus ataques de psicología barata.

—Porque tú ya estás aquí —respondí, volviendo a los números que no estaba leyendo.

—Qué cariñoso —dijo él, sin inmutarse—. Yo también te he echado de menos desde ayer.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco. Ethan me observaba con una atención que me resultaba incómoda. Tenía esa mirada suya, la de quien está tramando algo, la que utilizaba cuando quería sacarme información que yo no quería dar.

—¿Qué quieres? —pregunté, directo.

—Nada —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo he venido a dejar el informe de la división europea. Y a observarte.

—No me observes. Trabaja.

—Imposible —dijo, y su voz cambió, adquiriendo una intencionalidad que me puso nervioso—. Has cambiado de colonia.

Levanté la cabeza despacio, entrecerrando los ojos.

—¿Perdón?

—Y te has puesto camisa azul —continuó, como si estuviera enumerando los indicios de un crimen—. Normalmente llevas blanca los jueves. Siempre blanca. Desde hace años. Es tu uniforme, tu armadura. Blanca, impecable, aburrida.

—¿Y?

—Y hoy llevas azul —dijo, señalándome con un dedo acusador—. Ese azul que te hace juego con los ojos. Ese azul que utilizas cuando vas a eventos importantes. O cuando quieres impresionar a alguien.

El silencio se extendió entre nosotros. Sentí que el corazón me daba un vuelco, pero mantuve la expresión inmutable, la máscara de hielo que había perfeccionado durante décadas.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, y mi voz sonó más seca de lo pretendido.

—Nada —respondió Ethan, con una inocencia que no le creí ni por un segundo—. Solo intento averiguar si esto tiene algo que ver con cierta ginecóloga de ojos color miel y sonrisa peligrosa.

Lo miré durante unos segundos largos, larguísimos. Él no apartó la vista, desafiándome con esa mezcla de diversión y preocupación que solo los verdaderos amigos pueden permitirse.

—¿Sabes cuál es tu problema? —dije finalmente.

—¿Cuál? —preguntó, arqueando una ceja.

—Que ves demasiadas películas románticas —respondí, recogiendo los papeles y ordenándolos con gestos bruscos—. Te has vuelto un sentimental. Un cursi. Te estás convirtiendo en una de esas personas que ven señales del universo en cada gesto banal.

—No —dijo Ethan, y su voz se suavizó, perdiendo el tono burlón—.

Mi problema es que llevo veinte años siendo tu amigo.

Y sé perfectamente cuándo algo te ronda la cabeza.

Cuando estás distraído. Cuando has... —hizo una pausa, eligiendo las palabras—.

Cuando has conocido a alguien que te ha hecho sentir algo.

Apreté los labios, mirando fijamente el dossier que había dejado sobre la mesa. No respondí. No podía. Porque Ethan tenía razón, maldita sea. Tenía toda la razón del mundo.

—¿Dónde la has visto? —preguntó él, más suave ahora.

—En una cafetería —respondí, y la confesión salió antes de que pudiera contenerla—. Por casualidad. Estaba trabajando y ella entró. Solo hablamos. Cuarenta minutos. Nada más.

—Nada más —repitió Ethan, y no era una pregunta.

—Nada más —confirmé, pero mi voz sonó débil, incluso para mí.

Ethan se quedó en silencio un momento. Luego se levantó, se acercó a la ventana y miró hacia el horizonte, hacia el océano que brillaba bajo el sol del mediodía.

—Sarah murió hace ocho años, Adrien —dijo, sin girarse—. Ocho años. No te estoy pidiendo que olvides. Te estoy pidiendo que permitas que la vida entre en tu vida. Que dejes de castigarte por sentir algo que no es dolor.

—No estoy castigándome —mentí.

—¿No? —se giró, y sus ojos eran serios ahora, sin rastro de broma—. Entonces ¿por qué llevas ocho años durmiendo en una habitación que no es la tuya? ¿Por qué conservas cada objeto exactamente donde ella lo dejó? ¿Por qué te niegas a sonreír, a salir, a vivir?

—Tengo una hija —dije, y la excusa sonó gastada, incluso para mí—. Tengo una empresa. Tengo responsabilidades.

—Y eso es todo —dijo Ethan, acercándose y apoyando las manos en mi mesa—. Eso es todo lo que eres. Padre y CEO. Viudo profesional. Hombre de hielo. ¿Es eso lo que querías ser? ¿Es eso lo que Sarah habría querido para ti?

No respondí. No podía. Sentía un nudo en la garganta que me impedía hablar, una presión en el pecho que me recordaba a la angustia de los primeros meses después del funeral.

Ethan suspiró, se enderezó, recogió el dossier que había dejado.

—No te estoy pidiendo que te enamores mañana —dijo, dirigiéndose a la puerta—. Solo te pido que no huyas. Que no hagas lo que siempre haces: cerrarte, alejarte, convertirte en una estatua de hielo cada vez que alguien se acerca demasiado.

Se detuvo en la puerta, sin girarse.

—Y, por cierto —añadió—. Esa colonia te sienta bien. Pero la próxima vez, elige una que no sea un recuerdo. Elige una que sea tuya. De ahora.

Salió, cerrando la puerta tras de sí con suavidad.

Me quedé solo en el despacho, mirando la pantalla del ordenador que parpadeaba con correos sin leer. Intenté volver al trabajo. Realmente lo intenté. Abrí el informe de producción, leí tres líneas, las olvidé. Miré los números, los números me miraron a mí, no pasó nada.

Por primera vez en muchísimos años, Ethan tenía razón. Y odiaba admitirlo.

Esa tarde, cuando el sol empezaba a declinar y la ciudad se preparaba para la hora punta, Emma apareció en mi despacho. Entró sin llamar, como su padre, con una carpeta de cartón bajo el brazo y una expresión de entusiasmo que iluminó la habitación.

—Papá —dijo, dejando caer la carpeta sobre mi mesa—. Necesito tu opinión profesional.

—¿Sobre qué? —pregunté, cerrando el ordenador con alivio secreto por tener una excusa para dejar de fingir que trabajaba.

—Sobre mi proyecto de marketing —dijo ella, abriendo la carpeta y extendiendo unos gráficos coloridos—. Es para la asignatura de Estrategia Empresarial. Tenemos que diseñar una campaña para una empresa real, y he elegido Walker Aerospace . ¿Qué te parece?

Miré los papeles. Estaban bien hechos, profesionales, con un nivel de detalle que me sorprendió gratamente.

Emma había investigado nuestros mercados, nuestra competencia, había propuesto slogans creativos, incluso había diseñado un logo alternativo que, aunque no lo admitiría en voz alta, era mejor que el actual.

—Está... —empecé a decir.

—¿Bien? —preguntó ella, con ansiedad.

—Está excelente —corregí, y vi que sonreía, radiante—. De verdad, Emma. Esto podría funcionar. Es fresca, moderna, sin perder la seriedad. Exactamente lo que necesitamos para atraer a la nueva generación de ingenieros.

—¿De verdad? —su voz se iluminó—. ¿Lo dices en serio?

—Lo digo en serio —confirmé, y por primera vez en ese día sentí algo parecido al orgullo genuino—. Eres brillante, princesa. Lo sabes, ¿verdad?

Emma se acercó y me abrazó por detrás, apoyando la barbilla en mi hombro.

—Gracias, papá —susurró—. Eso significa mucho viniendo de ti.

Guardamos los papeles en la carpeta y salimos juntos del despacho.

Habíamos quedado con mis padres para cenar, una cena temprana porque mi madre seguía sufriendo los efectos del jet lag .

Emma quería mostrarles las fotos del último ultrasonido, y yo…

yo quería estar con mi familia. Necesitaba esa normalidad, esa rutina que me recordaba quién era, o al menos quién debía ser.

Esperamos el ascensor en el vestíbulo de la planta treinta. El edificio estaba casi vacío a esas horas, con solo algunos empleados rezagados y el personal de limpieza iniciando su ronda nocturna.

El ascensor llegó con un pitido suave. Entramos, y Emma pulsó el botón del vestíbulo. Las puertas se cerraron, y nos quedamos solos en ese cubículo de espejos y acero inoxidable.

Fue entonces cuando ella habló. Con absoluta naturalidad, como si estuviera preguntando sobre el tiempo.

—¿Has vuelto a ver a la doctora Monroe?

Me quedé inmóvil. Durante un segundo, dos, tres, mi cerebro procesó la pregunta con la lentitud de un ordenador saturado. Sentí que el corazón me daba un vuelco, y luego otro.

—¿Qué? —dije, intentando ganar tiempo.

—La doctora Monroe —repitió Emma, mirándome por el reflejo del espejo—. Leila. ¿La has vuelto a ver?

Tardé un segundo de más en responder. Un segundo que, en el silencio del ascensor, pareció una eternidad.

—Sí —dije finalmente, y la palabra salió ronca, casi un susurro.

Emma no se giró. Siguió mirando hacia las puertas cerradas, pero vi que sonreía. Una sonrisa lenta, satisfecha, como de quien acaba de confirmar una teoría.

—¿En consulta? —preguntó.

—No —respondí, y ahora sí me oí a mí mismo, claro, definitivo—. No fue en consulta. Nos encontramos por casualidad. En una cafetería. Hablamos un rato. Eso es todo.

El ascensor descendía, pero el tiempo parecía haberse detenido. Emma giró la cabeza despacio, mirándome con esos ojos azules que eran idénticos a los míos, pero que en ella brillaban con una inteligencia y una malicia que yo nunca había poseído.

—Interesante —dijo, y la palabra cargó de significados que no quise desentrañar.

—No es interesante —dije, frunciendo el ceño—. Es... es normal. La gente se encuentra en cafeterías. Hablan. Beben café. No significa nada.

—Claro —dijo ella, asintiendo con exagerada seriedad—. Como en todas las novelas románticas. El encuentro casual. La conversación trivial que cambia todo. La química inevitable.

—Emma...

—¿Sí?

—Tu embarazo está haciendo que leas demasiados libros —dije, intentando sonar severo pero fallando estrepitosamente.

Ella se echó a reír. Una risa clara, joven, que llenó el espacio reducido del ascensor.

—Quizás —dijo, secándose una lágrima de la risa—. O quizás simplemente veo lo que tú intentas ocultar. Y lo que ella intenta ocultar. Y lo que todo el mundo ve menos vosotros dos.

Las puertas se abrieron con un pitido. El vestíbulo nos recibió con su luz artificial y su actividad constante. Pero nosotros no salimos inmediatamente. Nos quedamos allí, mirándonos, padre e hija, cómplices y adversarios a la vez.

—No significa nada, Emma —repetí, pero mi voz sonó débil, incluso para mí.

Ella se acercó y me dio un beso en la mejilla.

—Lo que tú digas, papá —susurró—. Pero por primera vez en ocho años, has vuelto a llevar camisa azul. Y eso, viniendo de ti, significa todo.

Salió del ascensor, dejándome solo con mi reflejo en los espejos. Un hombre de cuarenta años, con traje gris y camisa azul, con una expresión de confusión que no lograba borrar.

Miré hacia arriba, hacia las luces del ascensor que indicaban las plantas. Pensé en Ethan, en su advertencia. Pensé en Leila, en su risa, en la facilidad con la que habíamos hablado de nada y de todo.

Y pensé en Sarah. En la promesa tácita que había mantenido durante ocho años. En el miedo que sentía ahora, al borde de algo que no sabía definir.

El ascensor pitó de nuevo, recordándome que debía salir. Pero durante unos segundos más, me quedé allí, inmóvil, preguntándome si era posible amar a dos personas a la vez. Si era posible honrar la memoria del pasado sin renunciar al presente.

No encontré respuesta. Pero salí del ascensor, caminé hacia Emma que me esperaba junto a la puerta, y juntos salimos a la calle, hacia la cena familiar, hacia la vida que continuaba a pesar de mis mejores intenciones de quedarme atrás.

Y mientras conducíamos hacia el restaurante, con Emma hablando animadamente de su proyecto y yo asintiendo en los momentos apropiados, una sola frase resonaba en mi cabeza.

Significa todo.

Mi hija tenía razón. Y eso me aterraba casi tanto como me ilusionaba.