Capítulo 11
Adrien
El viernes llegó cargado de calor y de expectativas.
Desde primera hora de la mañana, Miami parecía haberse convertido en un horno abierto, con una humedad que hacía que hasta la ropa más ligera resultara sofocante.
Pero a mí no me importaba. A las cuatro de la tarde, Emma apareció por la puerta de casa con su maleta de fin de semana y una sonrisa que iluminó todo el vestíbulo.
—Princesa —dije, acercándome a ella y dándole un beso en la frente.
—Papá —respondió, dejando caer la bolsa sobre el suelo de mármol—. Hace un calor horrible. ¿Podemos meternos en la piscina antes de cenar?
—Era exactamente mi plan.
Margaret ya se había ido, dejando todo preparado para la barbacoa del fin de semana.
En el porche, sobre la mesa de madera, había carne marinada, verduras cortadas y todo lo necesario para encender la parrilla.
Emma se cambió rápidamente, apareció con un bañador amarillo y se tiró al agua con un grito de alegría que hizo eco en el jardín vacío.
Yo me quedé en el porche, encendiendo la barbacoa con la precisión metódica que aplicaba a todo.
El carbón, el fuego, el control de la temperatura.
Eran cosas sencillas, predecibles, que no requerían pensar en otras cosas.
En otras personas. En ojos color miel que me observaban con una mezcla de profesionalidad y calidez que me resultaba adictiva.
—¡Papá, ven! —gritó Emma desde el agua—. ¡El agua está perfecta!
—Voy, voy —respondí, dejando la pinza sobre la mesa.
Me quité la camisa, me puse un bañador y me sumergí en la piscina.
El agua estaba fresca, deliciosa, un contraste perfecto con el calor exterior.
Nadamos un rato, competimos a ver quién hacía más largos sin respirar, reímos como hacíamos cuando ella era pequeña y yo era simplemente su padre, no el CEO, no el viudo, no el hombre que cargaba con el peso de ocho años de soledad.
Estábamos saliendo del agua, envueltos en toallas y planeando qué cenar, cuando sonó el teléfono fijo del salón. Un sonido antiguo, casi extraño en la era de los móviles, que solo utilizaban mis padres cuando llamaban desde el extranjero.
Entré a secarme las manos y cogí el auricular.
—¿Sí?
—Adrien, hijo —dijo la voz de mi padre, distante pero clara, con ese acento educado que nunca había perdido pese a décadas viviendo en Estados Unidos—. ¿Cómo estás?
—Bien, papá —respondí, señalando a Emma que era su abuelo—. ¿Dónde estáis?
—En el aeropuerto —dijo Richard Walker, y noté el cansino en su voz—. Acabamos de aterrizar. Diecisiete horas de vuelo con escala en Los Ángeles. Tu madre está hecha un trapo, pero insiste en que quiere veros.
—¿Habéis vuelto de Japón?
—Esta mañana. Y antes de que digas nada, sí, sé que es precipitado, pero tu madre no ha parado de hablar de su bisnieto durante todo el vuelo. Quiere ver a Emma. Quiere saber cómo está el embarazo. Y, sinceramente, yo también.
Miré hacia el porche, donde Emma estaba secándose el pelo con una toalla. Mis padres. En casa. Ahora.
—Por supuesto —dije, y mi voz salió automática, educada—. Pasad cuando queráis. Margaret ha dejado comida para un regimiento, así que hay de sobra.
—Perfecto —dijo mi padre, y noté que sonreía al otro lado de la línea—. Estaremos allí en una hora. No hagas nada especial, solo queremos veros.
Colgué y me quedé mirando el auricular durante unos segundos. Emma apareció en la puerta, con la cabeza ladeada.
—¿Abuelos? —preguntó.
—Van a venir a cenar —respondí—. Han llegado esta mañana de Japón.
—¡Genial! —exclamó ella, con una alegría que parecía genuina—. La abuela Victoria me ha estado enviando mensajes sobre el embarazo todo el mes. Está deseando verme.
—Lo sé —dije, pasándome una mano por el pelo mojado—. Ve a cambiarte. Y Emma... —la llamé cuando ya se iba—. No les agobies con... historias.
Ella se giró, con una expresión inocente que no me convenció ni un poco.
—¿Qué historias?
—Ya me entiendes.
—No, papá —dijo, y su sonrisa se volvió traviesa—. No tengo ni idea de qué hablas.
Una hora después, el jardín estaba iluminado con las luces de guirnalda que Margaret había colocado bajo el porche.
La mesa estaba puesta para cinco, aunque yo sabía que mis padres no cenarían mucho tras el jet lag .
El olor a carne a la parrilla flotaba en el aire, mezclado con el aroma a jazmines que mi madre tanto había insistido en plantar años atrás.
Cuando llegaron, los vi desde la ventana.
Mi padre, Richard, con sesenta y dos años, pero aparentando diez menos, con su pelo gris perfectamente peinado y su porte de militar jubilado.
Mi madre, Victoria, elegante incluso después de diecisiete horas de vuelo, con un vestido de lino color crema y una sonrisa que iluminaba todo el espacio.
Emma corrió a abrazarlos primero. Mi madre la estrechó contra ella con una fuerza que hablaba de meses de ausencia, de preocupación contenida, de alegría por el embarazo que había transformado a su nieta en futura madre.
—Mi niña —dijo Victoria, con la voz quebrada—. Mi niña hermosa.
—Abuela —respondió Emma, y vi que tenía lágrimas en los ojos.
Mi padre me miró por encima del hombro de Emma. Asintió una vez, con esa economía de gestos que tanto me recordaba a mí mismo. Luego sonrió, y en esa sonrisa vi algo que me inquietó. Una complicidad. Una intención.
—Adrien —dijo, acercándose y dándome un abrazo breve pero firme—. Pareces cansado.
—Estoy bien —respondí—. El verano es intenso en la empresa.
—Siempre es intencionado en la empresa —dijo mi madre, soltando a Emma y acercándose a mí para darme dos besos en las mejillas—. ¿Cuándo vas a aprender a descansar?
—Nunca —dije, intentando sonar divertido.
Cenamos en el porche, como siempre habíamos hecho en verano.
La conversación fluyó fácil al principio: el viaje por Japón, los templos de Kioto, la comida, el caos de Tokio.
Mi padre contaba anécdotas con ese don narrativo que yo nunca había heredado, y mi madre se reía, completando sus frases, compartiendo miradas de complicidad que hablaban de décadas de matrimonio.
Pero, inevitablemente, el tema derivó hacia el embarazo.
—Cuéntanos todo —dijo Victoria, tomando la mano de Emma sobre la mesa—. ¿Cómo te sientes? ¿El médico está contento? ¿Sabéis si es niño o niña?
—Todavía no se puede saber —respondió Emma, sonriendo—. Faltan unas semanas para eso. Pero estoy bien, abuela. De verdad. Las náuseas han pasado y el bebé crece perfectamente.
—Dios mío —dijo mi madre, llevándose una mano al pecho—. Un bisnieto. Todavía no me lo creo. Parece que fue ayer cuando tu padre era un bebé y yo...
—Mamá —la interrumpí, suavemente—. No empieces.
—¿Con qué? —preguntó ella, inocente.
—Con los recuerdos. Sé a dónde van.
Mi padre soltó una carcajada. Una risa profunda, genuina, que resonó en la noche.
—Tu madre tiene razón, Adrien —dijo—. Parece que fue ayer. Y ahora vas a ser abuelo. A los cuarenta años. Eso es un récord en la familia.
—Ya lo sé —dije, encogiéndome de hombros—. No necesito que me lo recuerden.
—Pero es emocionante —insistió mi madre—. Y dime, ¿quién es la doctora que os está atendiendo? ¿Es buena? ¿Te gusta?
Esa pregunta, inocente en apariencia, me puso tenso de inmediato. Miré a Emma, advertencia silenciosa en mis ojos. Pero ella ya había abierto la boca.
—Es maravillosa —dijo Emma, con un entusiasmo exagerado—. La doctora Monroe. Es la mejor ginecóloga de Miami, según me dijeron. Y además… —hizo una pausa dramática—. Es muy guapa.
El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Sentí que mi madre me miraba, que mi padre me observaba con atención, que Emma disfrutaba de cada segundo de mi incomodidad.
—¿Sí? —dijo Victoria, y su voz tenía un interés que no me gustó nada—. ¿Guapa?
—Muy guapa —confirmó Emma, asintiendo con firmeza—. Morena, ojos claros, sonrisa preciosa. Y papá parece que le cae bien. ¿Verdad, papá?
—Emma... —dije, con voz de advertencia.
—¿Qué? —preguntó ella, inocente—. Solo digo que la doctora es encantadora. Y que tú siempre haces muchas preguntas cuando vamos. Te interesa mucho el tema médico, ¿no?
—Claro —respondí, seco—. Me interesa la salud de mi hija y de mi nieto. Eso es todo.
Mi padre me observaba con una atención que me resultaba incómoda. Tenía esa mirada suya, la de quien ha dirigido empresas durante décadas y sabe leer a las personas mejor de lo que ellas quieren. Una mirada que evaluaba, que analizaba, que sacaba conclusiones.
—Creo que tu hija se parece demasiado a ti cuando eras joven —dijo finalmente, dirigiéndose a mí pero mirando a Emma con cariño.
—¿Eso es bueno o malo? —pregunté, frunciendo el ceño.
—Depende —dijo Richard, tomando un sorbo de su vino—. Cuando tú insistías tanto con algo... siempre acababas consiguiéndolo.
Emma sonrió de oreja a oreja. Una sonrisa triunfal, victoriosa, que me hizo comprender inmediatamente que estaba completamente rodeado.
Mi hija se había aliado con mis padres. Mi propia familia había formado una conspiración en mi contra, una red de complicidad cuyo único objetivo era empujarme hacia... hacia qué, exactamente. Hacia la doctora Monroe. Hacia una vida que yo no estaba seguro de querer recuperar.
—No estoy insistiendo en nada —dije, pero mi voz sonó débil, incluso para mí.
—No, claro que no —dijo mi madre, compartiendo una mirada con mi padre que me irritó profundamente—. Solo estamos hablando.
La cena continuó, pero yo ya no estaba realmente presente. Respondía automáticamente a las preguntas, asentía en los momentos apropiados, pero mi mente estaba en otra parte. Estaba en esa consulta, en esa mujer que había logrado hacer que mi familia conspirara a mi espalda sin siquiera conocerla.
Cuando mis padres se fueron, prometiendo volver al día siguiente para almorzar, me quedé en el porche con Emma. La noche estaba quieta, solo interrumpida por el sonido de las olas distantes y el zumbido de los insectos.
—Has estado muy mal —dije, cruzando los brazos.
—¿Yo? —preguntó ella, sentándose en el borde de una hamaca.
—Sí, tú. Has montado todo un espectáculo.
—No es un espectáculo, papá —dijo Emma, y su voz se suavizó—. Es solo... es que te quiero. Y te veo solo. Y sé que la doctora te hace sonreír. Y eso me hace feliz.
—No estoy solo —mentí—. Tengo a mi familia. Tengo a mi hija. Tengo...
—¿A quién? —interrumpió ella, suavemente—. ¿A quién tienes cuando apagas la luz? ¿A quién tienes cuando no estás siendo el CEO, o el padre, o el abuelo?
No respondí. No podía.
—Solo digo —continuó Emma, levantándose y dándome un beso en la mejilla—. Que mamá te quería. Y que ella habría querido que fueras feliz. Eso es todo.
Se fue a la cama, dejándome solo en la oscuridad del jardín.
Esa noche, después de asegurarme de que Emma dormía y de que todas las puertas estaban cerradas, hice algo que repetía cada día desde hacía ocho años. Subí las escaleras y entré en la habitación que había pertenecido a Sarah.
Nada había cambiado allí dentro. Nada. Las cortinas eran las mismas, de un color azul pálido que ella había elegido.
La colcha, con ese estampado de flores silvestres que tanto le había gustado.
Los libros en la mesilla, exactamente donde los había dejado ella la última vez.
El perfume, su perfume, que aún flotaba en el aire gracias a los frascos que guardaba en el armario y que yo abría de vez en cuando, solo para recordar.
Me senté en el borde de la cama. La cama donde ella había dormido, donde habíamos reído, donde la había cuidado durante esos últimos meses de enfermedad. Donde la había visto desvanecerse poco a poco, día a día, hasta que un martes de noviembre había cerrado los ojos y no los había vuelto a abrir.
Cogí la fotografía que guardaba en la mesilla. Era de nuestra boda, hacía veinte años. Ella radiante, yo emocionado, los dos jóvenes e idiotas creyendo que el amor bastaba para vencer a todo.
—No sé qué me está pasando —susurré al silencio.
La fotografía no respondió, por supuesto. Pero yo seguí hablando, como hacía cada noche, como si ella pudiera oírme desde algún lugar.
—Hay una mujer. Una doctora. Y Emma quiere que me guste. Y mis padres lo sospechan. Y yo... yo no sé qué siento.
Hice una pausa, tragando saliva, sintiendo el nudo en la garganta que siempre aparecía cuando hablaba de estas cosas.
—Tengo miedo —confesé, y la palabra sonó extraña en mi boca, ajena, casi prohibida—. Por primera vez desde que tú te fuiste... tengo miedo de empezar a vivir otra vez.
Miré la habitación, los recuerdos congelados, el tiempo detenido en ese espacio que yo había convertido en santuario. Ocho años. Ocho años de no tocar a nadie. De no reír de verdad. De no permitirme sentir nada que no fuera dolor o responsabilidad.
Y ahora, una ginecóloga de ojos color miel había agrietado esa armadura. Y mi familia había visto la grieta. Y yo estaba aterrorizado.
Porque empezar a vivir otra vez significaba admitir que la vida continuaba sin ella. Que yo continuaba sin ella. Que podía sentir cosas, desear cosas, sin que eso fuera una traición a su memoria.
—Dime qué hacer —susurré a la fotografía, a la oscuridad, a cualquier cosa que pudiera escucharme.
Pero no hubo respuesta. Solo el silencio de la casa, el sonido lejano del mar, y el latido de mi propio corazón, acelerado, confundido, vivo.
Por primera vez en ocho años, estaba vivo. Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa.