Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 10
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Capítulo 10

Leila

El martes amaneció demasiado pronto y demasiado intenso.

Desde que abrí la puerta de la clínica a las ocho en punto, la sala de espera no había dejado de estar abarrotada.

Embarazadas de todos los tamaños y edades, algunas radiantes, otras pálidas y agotadas, otras simplemente asustadas.

El verano parecía haber traído consigo una plaga de nuevas gestaciones, y yo estaba pagando el precio de ser la única ginecóloga del edificio que aún aceptaba pacientes sin cita previa para urgencias menores.

A las diez de la mañana ya había atendido a siete mujeres, revisado tres informes de analíticas y calmado a una futura madre de gemelos que estaba convencida de que sus bebés habían dejado de moverse.

Todo iba bien, les había dicho, todo era normal.

Pero el estrés de la primera gestación la tenía en vilo, y yo había necesitado veinte minutos para convencerla de que no necesitaba ir a urgencias, solo descansar un poco más.

Saqué la cabeza por la puerta de mi consulta y miré hacia la sala de espera.

Todavía quedaban cinco personas sentadas, incluyendo a una adolescente que mascaba chicle con nerviosismo y a una señora mayor que debía de ser su madre, basándome en el gesto idéntico de reprobación que compartían al mirar el reloj.

—Amanda —llamé, y mi recepcionista apareció al instante, como siempre—. ¿Cuántas tenemos pendientes?

—Tres más la señora López, que viene por resultados —respondió Amanda, consultando su tableta—. Y luego... —hizo una pausa, y vi que su sonrisa se ampliaba de una forma sospechosa—. Luego tienes a tu abuelo favorito.

Parpadeé. Una vez. Dos veces.

—¿Perdona?

—He dicho que ha llegado tu abuelo favorito —repitió Amanda, con esa voz cantarina que utilizaba cuando estaba tramando algo—. El guapo. El de la hija embarazada. Los Walker.

Sentí que el calor subía a mis mejillas con la velocidad de un ascensor averiado. Me llevé una mano a la cara, intentando disimular el rubor que seguramente ya me estaba poniendo como un tomate maduro.

—Amanda... —dije, con voz de advertencia.

—¿Qué? —preguntó ella, inocente, aunque sus ojos brillaban con picardía.

—No vuelvas a llamarlo así —susurré, acercándome para que las pacientes de la sala no me oyeran—. No es mi abuelo favorito. No es mi abuelo. No es nada mío.

Amanda se echó a reír. Una risa suave, contenida, pero genuina.

—Entonces lo de guapo era verdad —dijo, cruzándose de brazos—. Olivia me lo contó el otro día, pero pensé que exageraba. Pero viendo tu cara ahora... madre mía, Leila. Ese hombre debe de ser una obra de arte andante.

Resoplé, intentando recuperar la compostura. Intentando ser la doctora Monroe, profesional, serena, imperturbable.

—Es el padre de una paciente —dije, enderezando la espalda—. Y viene acompañando a su hija. Eso es todo. No es... no es nada.

—Vale —dijo Amanda, levantando las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa decía exactamente lo contrario—. Entonces no te importará que te diga que está ahí fuera, esperando, con un traje gris que le sienta de muerte y una corbata azul que hace juego con sus ojos.

—Amanda...

—Voy a llamar a la señora López —dijo, dándose la vuelta—. Tú... haz lo que tengas que hacer. Doctora.

Me quedé allí, en medio del pasillo, sintiendo que mi corazón se había puesto a latir con un ritmo que no tenía nada que ver con el café que me había tomado hacía una hora. Me toqué las mejillas, frías ahora, e intenté respirar hondo.

Era absurdo. Completamente absurdo. Llevaba una semana intentando convencerme de que no había pasado nada, de que mi reacción ante Adrien Walker había sido un espejismo, un momento de debilidad provocado por el cansancio.

Y ahora, el simple hecho de saber que estaba ahí fuera, esperando, hacía que mi estómago se contrajera de una forma que no recordaba haber sentido desde... bueno, desde hacía mucho tiempo.

Volví a mi consulta y cerré la puerta. Me miré en el espejo del armario donde guardaba las batas. Me veía bien. El pelo recogido en una coleta baja, la bata blanca impecable, el maquillaje discreto pero presentable. Profesional. Eso era lo que debía ser. Profesional.

Saqué el historial de Emma Walker de la carpeta que Amanda había preparado. Diez semanas de embarazo ahora. Todo iba bien, según los informes. Solo era una revisión de rutina, control del latido, medición, conversación sobre síntomas.

Podía hacerlo. Podía verle, hablarle, tratarle como a cualquier otro acompañante de paciente, y luego olvidarme de que existía.

Mentira. Era una mentira monumental, pero me aferré a ella como un náufrago a un salvavidas.

Llamaron a la puerta. Amanda asomó la cabeza.

—¿Les hago pasar?

—Sí —dije, y mi voz sonó firme, afortunadamente—. Por favor.

Los segundos que transcurrieron hasta que la puerta se abrió de nuevo me parecieron eternos. Me puse de pie, como hacía siempre con las pacientes nuevas o con las que venían acompañadas, adoptando la postura amable pero profesional que había perfeccionado durante años.

Y entonces entraron.

Emma iba delante, sonriente, con un vestido amarillo que le sentaba divinamente y que destacaba contra su pelo negro. Parecía más relajada que la semana anterior, más luminosa. Pero yo apenas la registré.

Porque detrás de ella venía él.

Adrien Walker.

Llevaba un traje gris perla, como había dicho Amanda, con una camisa blanca y una corbata azul marino que, efectivamente, hacía que sus ojos parecieran aún más intensos, más profundos.

El pelo negro perfectamente peinado, la mandíbula fuerte, los hombros anchos.

Parecía sacado de una revista de moda masculina, no de una sala de espera de ginecología.

Nuestras miradas se cruzaron.

Y ocurrió de nuevo. Esa sensación extraña, eléctrica, que me recorrió la espalda como si alguien hubiera abierto una ventana de golpe en pleno invierno. El mundo pareció reducirse a ese instante, a esos ojos azules que me observaban con una intensidad que me resultaba casi violenta.

—Doctora Monroe —dijo Emma, y su voz me devolvió a la realidad—. Buenos días.

—Buenos días, Emma —respondí, y mi voz salió normal, afortunadamente—. Pase, por favor. Señor Walker.

Adrien asintió. Un gesto breve, seco, pero educado.

—Doctora —dijo, y su voz grave resonó en la consulta de una forma que me pareció indecente.

Intenté no sonrojarme. Fallé estrepitosamente.

Nos sentamos. Emma ocupó la camilla, como la vez anterior. Adrien tomó la silla que había junto a ella, cruzando las piernas con esa elegancia natural que tenían algunos hombres y que a otros les costaba años de practicar.

—¿Cómo estáis? —pregunté, abriendo el historial y fingiendo consultar algo que ya sabía de memoria.

—Bien —respondió Emma—. Las náuseas han mejorado mucho. Ya casi no tengo, solo por las mañanas algunos días.

—Eso es excelente —dije, sonriendo—. Es normal que vayan desapareciendo a medida que avanza el primer trimestre. ¿Y el cansancio?

—Eso sigue —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Pero supongo que es normal, ¿no? Con el calor de Miami y todo...

—Totalmente normal —confirmé—. El cuerpo está trabajando mucho, aunque todavía no se note externamente. Diez semanas, ¿verdad?

—Sí —dijo Emma, poniéndose la mano en el vientre de forma instintiva, protectora.

Sentí que Adrien me observaba. No de forma obvia, no de forma inapropiada, pero lo notaba. Esa sensación de tener los ojos de alguien clavados en ti, estudiándote, evaluándote. Me obligué a no mirarle, a concentrarme en Emma, en su historial, en mi trabajo.

—Vamos a ver cómo va ese pequeño —dije, preparando el ecógrafo—. ¿Preparada?

Emma asintió, se recostó y se levantó ligeramente el vestido para dejar al descubierto su vientre. Apliqué el gel, frío, pero no excesivamente, y comencé a pasar el transductor.

La pantalla cobró vida.

Allí estaba. El feto, ahora más grande que hacía dos semanas, con forma ya reconocible de bebé. El latido del corazón sonó fuerte y claro en la habitación, ese tamborileo rápido y perfecto que nunca dejaba de emocionarme.

—Escuché eso —dije, sonriendo—. Perfecto. Diez semanas y con un corazón de campeón.

Emma soltó un suspiro de alivio. Por el rabillo del ojo, vi que Adrien se inclinaba hacia adelante, que su expresión se suavizaba, que sus labios se curvaban en una sonrisa pequeña, casi tímida.

—Parece más grande —dijo él, y su voz sonaba diferente ahora. Más suave. Más... humana.

—Ha crecido mucho en dos semanas —confirmé, señalando la pantalla—. Ya se distinguen los brazos, las piernas... todo se está desarrollando con normalidad. ¿Ve esa manchita oscura? Esa es la cabeza. Y esos puntitos blancos son los inicios de los deditos.

—Dios —susurró Emma, con lágrimas en los ojos—. Parece un alienígena.

—Todos lo parecemos a esa edad —dije, riéndome—. Pero es un alienígena perfecto. Todo está en su sitio, todo crece como debe.

Continué con la exploración, midiendo, tomando notas, explicando cada detalle con la paciencia que mis pacientes merecían.

Pero mientras hablaba, mientras movía el ecógrafo sobre la piel de Emma, sentía la presencia de Adrien como un imán.

Podía oler su colonia, algo amaderado y cítrico a la vez, discreta pero presente.

Podía sentir su respiración, ligeramente acelerada mientras observaba la pantalla.

Cuando terminé, limpié el gel del vientre de Emma y la ayudé a incorporarse.

—Todo va perfectamente —dije, cerrando el historial—. El desarrollo es excelente, el latido es fuerte, las medidas son las correctas para las semanas de gestación. No hay ninguna señal de alarma.

—Gracias, doctora —dijo Emma, secándose una lágrima que se había escapado—. De verdad, gracias.

—No tiene que darme las gracias —dije, sonriendo—. Es mi trabajo. Y es un placer cuando todo va tan bien.

Guardé el ecógrafo y me volví hacia ellos. Adrien seguía sentado, pero ahora me miraba directamente. No a la pantalla, no a su hija. A mí.

—¿Alguna duda? —pregunté, dirigiéndome a ambos, pero manteniendo el contacto visual con él.

Emma negó con la cabeza.

—Yo no —dijo, y luego, con una malicia que no le había visto venir, añadió—. Mi padre quizá sí. Él siempre tiene dudas de todo. Es muy pesado.

Ambos la miramos al mismo tiempo. Emma sonreía con inocencia fingida, pero sus ojos brillaban con una picardía que me resultó sospechosa.

—¿Yo? —preguntó Adrien, y por primera vez vi que se desconcertaba.

—Sí —dijo Emma, asintiendo con firmeza—. Tú. Preguntas por todo. El otro día me estuviste interrogando sobre el ácido fólico durante media hora. Seguro que tienes alguna duda para la doctora.

Adrien me miró. Yo le miré a él. Durante un segundo, el aire entre nosotros pareció cargarse de electricidad estática.

—Hoy no —dijo finalmente, con voz seca—. Hoy no tengo dudas.

—¿Seguro? —insistió Emma, y yo empecé a sospechar que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Seguro —confirmó Adrien, y luego, dirigiéndose a mí, añadió—. La doctora tiene mucho trabajo. No quiero entretenerla con mis... inquietudes paternales.

Sonreí. No pude evitarlo.

—No se preocupe —dije—. Las inquietudes paternales son parte del trabajo. Pero si hoy no tiene preguntas...

—No las tengo —dijo, y vi que sus labios se curvaban ligeramente—. Pues ha sido mi paciente más fácil de la semana.

—No se acostumbre —respondió él, y había un tono de desafío en su voz, casi de juego—. La próxima vez traeré una lista.

—Eso espero —dije, y me di cuenta de que estaba flirteando. Dios mío, estaba flirteando con el padre de una paciente en plena consulta—. Lo intentaré.

Emma nos miraba alternativamente, con una expresión que no supe interpretar. Parecía satisfecha, como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

Los acompañé hasta la puerta. Nos despedimos con la formalidad apropiada, aunque cuando Adrien me estrechó la mano, un gesto breve y profesional, sentí que sus dedos se demoraban una fracción de segundo más de lo necesario.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, me quedé allí, de pie, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Había funcionado. Había mantenido la compostura, había sido profesional, había hecho mi trabajo. Y, aun así, había hablado con él como si fuéramos... ¿qué? ¿Conocidos? ¿Amigos? No. Había hablado con él como si fuéramos dos personas que compartían un secreto, aunque no supiera cuál era ese secreto.

Pasaron unos minutos. Estaba reordenando el material cuando la puerta se abrió de nuevo. Era Amanda.

Entró sin llamar, con esa sonrisa suya que significaba problemas.

—Se han ido —dijo, sin preámbulos.

—Ya lo sé —respondí, sin mirarla—. Estaba aquí.

—Sí —dijo ella, acercándose—. Y has estado muy bien. Muy profesional. Muy... doctora.

—Eso soy —dije, encogiéndome de hombros.

Amanda se apoyó en la mesa de exploración, cruzándose de brazos y mirándome fijamente.

—Te gusta —dijo.

—No —respondí inmediatamente, demasiado rápido.

—Vale —dijo ella, levantando las manos—. Entonces díselo también a tu cara.

—¿Qué?

—Que no te gusta —explicó Amanda, con una paciencia exagerada—. Díselo a tu cara. Porque lleva sonriendo diez minutos desde que se han ido. Y no es una sonrisa profesional, Leila. Es una sonrisa de esas que ponen las adolescentes cuando les hablan del chico que les gusta.

Me llevé las manos a la cara, horrorizada.

—No es verdad —dije, pero mi voz sonó débil, incluso para mí.

—Sí que lo es —dijo Amanda, suavizando el tono—. Y no pasa nada, jefa. Es humano. Es guapo. Es educado. Y mira a su hija con un amor que da envidia. ¿Por qué no te iba a gustar?

No supe qué responder. Me quedé allí, con las manos en las mejillas, sintiendo que el rubor volvía con fuerza.

—Es el padre de una paciente —dije finalmente, como si eso fuera una respuesta válida.

—Y —dijo Amanda, encogiéndose de hombros.

—Y… y eso es todo.

—Vale —dijo ella, dándose la vuelta para salir—. Pero cuando vuelva dentro de un mes —y volverá, te lo aseguro—, intenta no desmayarte. Porque esa corbata azul le sienta demasiado bien.

Salió de la consulta, dejándome sola con mi reflejo en el espejo del armario.

Me miré. Realmente me miré.

Y vi que Amanda tenía razón.

Estaba sonriendo.