Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 9
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Capítulo 9

Adrien

El lunes amaneció gris sobre Miami. No era común, pero tampoco desagradable.

Esa luz difusa que se filtraba entre los cristales de mi despacho le confería a la ciudad un aspecto casi europeo, lejano de la habitual explosión de color y calor que me rodeaba cada día.

Me acomodé en la silla, revisé los documentos sobre la mesa y comprobé por tercera vez que los datos técnicos del informe estuvieran perfectamente ordenados.

La reunión con la compañía aérea europea estaba programada para las diez.

Llevaba semanas preparándola, estudiando cada cifra, cada proyección, cada posible objeción que pudieran plantear los representantes de Lufthansa.

Eran meticulosos, alemanes hasta la médula, y no toleraban imprecisiones.

Me gustaba eso de ellos. La eficiencia no necesita traducción.

A las nueve y media, Ethan entró en mi despacho con dos cafés en mano.

—Están abajo —dijo, dejando el vaso sobre mi mesa—. Tres tipos con trajes grises y caras de pocos amigos. El más alto parece que se ha tragado un limón.

—Es el director de operaciones —respondí, sin levantar la vista de la Tablet—. Müller. Hablamos por videoconferencia la semana pasada. Es exigente.

—¿Exigente o imposible?

—En mi experiencia, es lo mismo.

Ethan se sentó frente a mí, cruzando las piernas con esa elegancia informal que tanto le caracterizaba.

—¿Nervioso? —preguntó, arqueando una ceja.

—No —mentí.

Mentía. No estaba nervioso por la reunión en sí. La reunión la tenía controlada. Estaba nervioso por lo que vendría después, por la sensación persistente de que mi vida había dejado de seguir el guion que yo mismo había escrito. Pero eso no se lo iba a confesar a Ethan, ni a nadie.

A las diez en punto, entraron los alemanes. Müller iba en cabeza, alto, erguido, con gafas de montura metálica y una carpeta negra que debía contener más secretos que la CIA. Los otros dos, subalternos, caminaban un paso por detrás, tomando notas mentales de todo.

—Señor Walker —dijo Müller, tendiéndome la mano con un apretón seco y firme—. Un placer conocerle en persona.

—El placer es mío —respondí, devolviéndole el gesto con idéntica presión—. Pasen, por favor.

La reunión duró dos horas exactas. Discutimos especificaciones técnicas para los nuevos sistemas de navegación que querían implementar en su flota de largo recorrido.

Hablamos de plazos, de garantías, de mantenimiento.

Müller intentó presionarme con plazos imposibles y yo le devolví cada golpe con la tranquilidad de quien sabe que tiene la mejor carta en la manga.

—Señor Walker —dijo Müller al final, cerrando su carpeta con un chasquido seco—. Su propuesta es... aceptable.

—Es excelente —corregí, sin sonreír—. Y ambos lo sabemos.

Müller me observó durante un segundo. Luego, por primera vez, esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Sí —dijo—. Ambos lo sabemos. Le enviaré el borrador del contrato antes del viernes.

Cuando salieron del edificio, bajo el sol que ya había vuelto a imponerse sobre Miami, sentí esa satisfacción profesional que tanto me gustaba. El control. La certeza de que, al menos en el terreno laboral, seguía siendo imbatible.

Volví a mi despacho. Ethan me esperaba apoyado en la mesa, con una expresión triunfal.

—¿Te lo dije? —exclamó—. Estaban desesperados por firmar contigo. Ese Müller es un perro de presa, pero tú le has domesticado.

—No ha sido domesticación —respondí, colgando la chaqueta en el perchero—. Ha sido negociación.

—Lo que tú digas, César. Lo importante es que el trato está hecho y que ahora podemos respirar hasta el próximo trimestre.

Encendí el ordenador, revisando los correos pendientes. Había treinta y siete mensajes nuevos, informes que aprobar, decisiones que tomar. Pero antes de que pudiera sumergirme en esa rutina, el móvil vibró sobre la mesa.

Era Emma.

Emma: Papá, ¿comemos juntos? Estoy cerca de tu oficina. Tengo que contarte algo.

Leí el mensaje dos veces. Tres. Esa frase, «Tengo que contarte algo», siempre me ponía nervioso. Podía significar cualquier cosa, desde que había aprobado un examen hasta que había decidido abandonar la carrera para unirse a un circo.

Papá: Claro. Veinte minutos. El italiano de la esquina.

Respondí inmediatamente. Siempre tenía tiempo para ella.

Esa era una regla inquebrantable, escrita en piedra desde el día en que nació.

No importaba cuántas reuniones tuviera, cuántos millones estuvieran en juego, cuántas crisis empresariales estallaran a mi alrededor.

Si Emma necesitaba verme, yo estaba disponible.

Ethan me miró con curiosidad.

—¿Problemas?

—Emma —dije, ya recogiendo las llaves y el móvil—. Comemos juntos.

—Ah —dijo él, con una sonrisa pícara—. La princesa reclama atención. Ve, ve. Yo me encargo de Müller y sus secuaces si llaman con alguna excusa germánica de última hora.

—Gracias.

—De nada. Y dile a Emma que le mando un beso. Aunque prefiero que no me lo devuelva, que últimamente está un poco hormonal y no me fío.

Le miré con el ceño fruncido.

—No digas eso.

—Es broma, Walker. Vete.

Salí del edificio caminando rápido. El restaurante italiano estaba a dos manzanas, un rincón acogedor pero elegante donde servían la mejor pasta de la zona.

Emma ya me esperaba en la mesa del fondo, junto a la ventana.

La vi antes de que ella me viera a mí, y durante unos segundos me permití observarla.

Estaba pálida. Eso fue lo primero que noté.

Tenía las ojeras marcadas, a pesar del maquillaje que intentaba disimularlas, y jugueteaba con el tenedor de una forma nerviosa, mecánica, que no le era propia.

Llevaba un vestido veraniego sencillo, blanco, que contrastaba con su pelo negro recogido en una coleta deshecha.

Algo iba mal.

Me acerqué a la mesa y ella levantó la vista. Intentó sonreír, pero fue un intento fallido, una contracción muscular que no llegó a sus ojos.

—Papá —dijo, y su voz sonó ronca, como si hubiera estado llorando.

—¿Qué ocurre? —pregunté, sentándome frente a ella sin preámbulos.

Ella negó con la cabeza, mirando el mantel.

—He llamado a Zack —dijo, finalmente.

Sentí que el estómago se me cerraba. Apreté los labios, conteniendo cualquier comentario que pudiera sonar demasiado duro. Zack Carter. El idiota que había dejado a mi hija embarazada y luego había huido como un cobarde.

—¿Y? —pregunté, con voz neutra.

—Fue... incómodo —dijo ella, y ahora sí levantó la vista.

Tenía los ojos húmedos, brillantes—. Le dije lo del bebé.

Le dije que estaba embarazada. Y él... se quedó en silencio, papá.

Un silencio horrible, que duraba siglos.

Y luego dijo que necesitaba tiempo. Que no sabía qué decir, qué hacer, qué sentir.

Emma hizo una pausa, tragando saliva. Yo me quedé quieto, esperando, dejando que desahogara todo lo que llevaba dentro.

—Dijo que no se siente preparado para ser padre. Que tiene veintiún años, que aún está en la universidad, que... —Su voz se quebró—. Que necesita pensarlo. Que me llamaría.

La miré. Realmente la miré, viendo el dolor que intentaba disimular con esa sonrisa forzada. Veinte años. Embarazada. Abandonada por el padre del niño. Y, aun así, intentando ser fuerte, intentando no hacerme sentir preocupado.

Extendí la mano sobre la mesa y cogí la suya. Estaba fría, temblorosa.

—No quiero que esperes nada de nadie —dije, y mi voz salió más baja de lo habitual, cargada de una emoción que apenas controlaba—. No quiero que te quedes ahí, esperando a que ese imbécil decida si quiere ser padre o no. No te lo mereces.

Emma apretó mi mano con fuerza, buscando apoyo.

—Lo sé —susurró.

—Y tampoco quiero que cierres la puerta —continué, suavizando el tono—. Si algún día, dentro de un mes o de un año, decide volver y asumir su responsabilidad, eso será decisión tuya. Pero no esperes. No dejes que tu vida dependa de su decisión.

Ella asintió, con una lágrima escapándose por su mejilla. Se la sequé con el pulgar, como había hecho mil veces desde que era pequeña.

—Eres un padre demasiado bueno —dijo, intentando sonreír de verdad esta vez.

Negué con la cabeza.

—Solo intento ser el padre que tu madre habría querido que fuera —dije, y el nombre de Sarah resonó entre nosotros como un eco lejano.

Emma apretó mi mano con más fuerza, casi haciéndome daño.

—Ella estaría orgullosa de ti —dijo—. De cómo estás gestionando todo esto. De cómo me estás cuidando.

—Ella habría gestionado esto mucho mejor —respondí, con una sinceridad que me sorprendió a mí mismo—. Ella sabía qué decir. Yo solo... improviso.

—Improvisas muy bien —dijo Emma, y esta vez la sonrisa fue genuina.

Pedimos la comida, aunque ninguno de los dos tenía mucho apetito.

Hablamos de cosas triviales, de la universidad, de Margaret y sus planes para el fin de semana, de cualquier cosa que no fuera Zack Carter y su cobardía.

Pero mientras hablábamos, mientras veía a mi hija intentar recomponerse, sentí una mezcla de rabia y tristeza que me costaba digerir.

Quería protegerla. Quería encerrarla en una burbuja donde nadie pudiera hacerle daño.

Quería ir a buscar a ese idiota y explicarle con palabras contundentes lo que significaba ser un hombre de verdad.

Pero sabía que no podía hacerlo. Emma tenía que vivir su vida, tomar sus decisiones, cometer sus errores.

Yo solo podía estar ahí, a su lado, para recoger los pedazos si todo se rompía.

Cuando terminamos de comer, la acompañé hasta la salida. El sol de julio golpeaba con fuerza sobre la acera, haciendo que el asfalto vibrara.

—¿Vuelves al campus? —pregunté.

—Sí. Tengo clase a las cuatro.

—Llámame si necesitas cualquier cosa. Cualquier hora, Emma. Da igual si estoy en una reunión con el presidente.

—Lo sé, papá —dijo, y me dio un beso en la mejilla—. Gracias por comer conmigo.

—Siempre.

La vi alejarse caminando, con la espalda erguida, intentando mantener la dignidad a pesar del peso que llevaba sobre los hombros. Me quedé allí, en la puerta del restaurante, hasta que perdí su figura entre la multitud.

Volví a la oficina con paso pesado. El éxito de la reunión con los alemanes parecía ahora una nimiedad, un detalle insignificante comparado con la preocupación que sentía por mi hija.

Esa tarde, mientras revisaba contratos sin prestar realmente atención, sonó el teléfono fijo de mi despacho. Patricia había ido a almorzar, así que contesté yo mismo.

—¿Sí?

—Señor Walker, soy Amanda Ruiz, de la clínica de la doctora Monroe —dijo una voz femenina, joven y profesional.

Me incorporé en la silla, sintiendo que el corazón me daba un vuelco extraño. La clínica. Su clínica.

—¿Ocurre algo? —pregunté, con voz más áspera de lo pretendido.

—No, no se preocupe —respondió ella, con una amabilidad que sonaba genuina—.

Es solo que ha quedado un hueco libre en la agenda de la doctora Monroe para mañana por la mañana, por si la señorita Emma prefiere adelantar su revisión.

No es nada urgente, simplemente una cancelación de última hora.

Si les viene mal, mantenemos la cita para la semana que viene sin problema.

Miré el calendario que tenía abierto en el ordenador. Mañana martes. Tenía una mañana plagada de reuniones, informes que firmar, llamadas que hacer.

—Mañana está bien —dije, y las palabras salieron antes de que pudiera pensar en ellas—. ¿A qué hora?

—A las once, si les viene bien.

—Perfecto. Estaremos allí.

Colgué el teléfono y me quedé mirando el auricular durante varios segundos. Había aceptado sin dudar. Había cancelado mentalmente tres reuniones importantes sin pensármelo dos veces. Y ahora, sentado en mi silla de cuero de mil dólares, sentía una mezcla extraña de alivio y... ¿alegría?

Me levanté y caminé hasta la ventana. El tráfico fluía abajo, indiferente, constante. Me miré reflejado en el cristal oscuro. Un hombre de cuarenta años, traje impecable, expresión confusa.

Me alegraba de volver a verla. De volver a estar en esa consulta, en ese espacio donde durante cuarenta minutos había dejado de ser Adrien Walker, el CEO, el viudo, el hombre de hielo.

Donde había sido simplemente... un hombre.

Un hombre que se había reído, que había sentido algo parecido a la ligereza.

Y eso me molestó. Profundamente.

No quería alegrarme. No quería sentir esa expectación tonta, casi adolescente, ante la perspectiva de ver a una mujer a la que apenas conocía. No quería que mi pulso se acelerara ligeramente al recordar su voz, su sonrisa torcida, la manera en que había dicho «Qué abuelo más joven y más guapo».

Era absurdo. Era peligroso. Era… inaceptable.

Me alejé de la ventana, volví a mi mesa, intenté concentrarme en los números que parpadeaban en la pantalla. Pero durante el resto de la tarde, mientras firmaba documentos y daba órdenes a mi equipo, una parte de mí —esa parte que creía extinguida desde hacía ocho años— estaba ya en otra parte.

Estaba en una consulta de ginecología, esperando que las manecillas del reloj avanzaran inexorablemente hacia las once de la mañana siguiente.

Y eso me enfurecía casi tanto como me ilusionaba.