Capítulo 8
Leila
Estaba preparando tortitas con Luck cuando sonó el timbre.
Bueno, en realidad no sonó el timbre porque Olivia nunca tocaba el timbre.
Tenía llave, por supuesto. Llevaba diez años teniendo llave de mi casa.
Y entraba como si fuera suya, sin anunciar, sin pedir permiso, con esa naturalidad que solo tienen las personas que forman parte de tu familia, aunque no compartan sangre.
—¡Hola, monada! —exclamó desde el recibidor, y luego apareció en la cocina con su pelo rubio recogido en un moño deshecho y unas gafas de sol enormes que aún no se había quitado pese a estar dentro de casa.
Luck ni siquiera se giró. Estaba ocupado volteando una tortita con una habilidad que había aprendido de mi padre.
—Hola, Olivia —dijo, como si fuera lo más normal del mundo que apareciera así, sin más.
—¿Qué hacéis? —preguntó ella, dejando su bolso en la encimera y abriendo directamente el armario donde guardaba los cereales.
—Desayunar —respondí, sirviendo otra tortita en la sartén.
—Pues desayunamos los tres —dijo ella, sentándose en el taburete de siempre y cogiendo una taza del escurridor—. Y no me digas que no hay café porque te conozco.
Luck y yo intercambiamos una mirada de complicidad.
Estábamos acostumbrados. Olivia era así: imprevisible, invasiva, indispensable.
Prácticamente formaba parte de la familia, aunque oficialmente fuera solo la mejor amiga de su madre.
Para Luck era su tía Olivia, su confidente, su cómplice cuando yo me ponía demasiado estricta.
—He traído croissants —dijo ella, sacando una bolsa de papel de su bolso—. De esa panadería francesa de Coral Gables. Los de chocolate son para ti, Luck. Y los de almendra para la madre obsesionada con el azúcar refinado.
—Gracias —dije, sonriendo a pesar de mí misma—. Y no estoy obsesionada, solo soy médico.
—Peor —replicó ella, mordiendo directamente un croissant sin servilleta—. Los médicos sois los peores pacientes. Siempre pensando que sabéis más que los demás.
Luck sirvió las tortitas en tres platos, distribuyéndolas con la equidad matemática que le caracterizaba.
Nos sentamos los tres alrededor de la isla central, con el sol entrando a raudales por la ventana y la radio poniendo música suave de fondo.
Era una escena doméstica, perfecta, cómoda.
El tipo de momento que me recordaba por qué había construido esta vida, por qué valía la pena cada sacrificio.
Olivia bebió un sorbo de café, mirándome por encima del borde de la taza con esa intensidad que tanto me inquietaba. Era su mirada de «Voy a sacarte información», la misma que utilizaba en los interrogatorios judiciales, pero que ahora dirigía contra mí.
—Vamos a ver —dijo, dejando la taza—. Cuéntame. ¿Algún médico interesante esta semana?
—No —respondí, cortando mi tortita en trozos perfectamente simétricos.
—¿Algún paciente guapo?
—No.
—¿Algún acompañante que te haya mirado con ojos de cachorrito perdido?
—Olivia, por favor.
—Vamos, Leila. Estoy aburrida. Mi última cita fue un desastre. Necesito vivir vicariamente a través de tu vida médica aburrida.
Luck levantó una ceja, mirándonos alternativamente mientras masticaba su croissant. Tenía esa expresión suya, la de alguien que sabe algo y está decidiendo si compartirlo o no.
—Mamá conoció a un abuelo muy raro —dijo finalmente, con la boca llena.
Me atraganté con el café. Tosí, me golpeé el pecho, sentí que el calor subía a mis mejillas con la velocidad de un cohete.
—¿Qué? —exclamó Olivia, dejando el café sobre la mesa con tal fuerza que salpicó un poco el mantel.
Luck tragó, sonriéndose con esa sonrisa traviesa que compartía con su padre.
—Un abuelo —repitió, como si fuera la cosa más normal del mundo—. Que acompañaba a su hija embarazada. Mamá le hizo una ecografía.
—Luck... —Dije yo, con voz de advertencia.
—¿Qué? —preguntó él, inocente—. Es verdad.
—No ayudes —dije, llevándome una mano a la frente.
Olivia ya no podía contener la sonrisa. Se había inclinado hacia delante, con los ojos brillando de curiosidad, como un sabueso que acabara de olfatear la presa.
—Perdona... —dijo, levantando una mano—. ¿Qué abuelo? ¿De qué estamos hablando? ¿Por qué no me habías dicho nada?
—Porque no hay nada que contar —mentí, sintiendo cómo el rubor me quemaba las mejillas.
Luck tomó otro bocado de croissant, disfrutando claramente del espectáculo.
—Es un abuelo que parece actor —dijo, masticando.
—¡Luck! —exclamé, horrorizada.
Olivia soltó una carcajada. Una risa larga, liberada, que resonó en la cocina.
—Dios santo —dijo, limpiándose los ojos—. Esto es oro puro. Leila, cuéntamelo todo. Ahora mismo. Sin omitir detalles.
Intenté cambiar de tema. Hablé del tiempo, de la playa, de la cena familiar del día siguiente en casa de mis padres. Intenté hablar del proyecto de astronomía de Luck, de la última película que habíamos visto, de cualquier cosa que no fuera la consulta del martes.
No sirvió de nada.
Olivia era una abogada obstinada, acostumbrada a sacar confesiones de testigos reacios. Y yo, aunque fuera médico y supuestamente buena bajo presión, era otra en sus manos cuando se ponía así.
—Vale, vale —cedí finalmente, cuando ya llevaba veinte minutos de evasivas—. Pero es una tontería. No tiene importancia.
—Todo tiene importancia —dijo ella, cruzando los brazos—. Empieza por el principio.
Suspiré, mirando a Luck en busca de aliados, pero él simplemente se encogió de hombros y siguió comiendo. Traidor.
—Era una paciente nueva —comencé, removiendo el café que ya se había enfriado—. Veinte años, embarazo de ocho semanas. Venía acompañada de… de su padre.
—El abuelo —interrumpió Olivia, con una sonrisa burlona.
—Sí, el abuelo —confirmé, sintiendo estupidez cada vez que decía esa palabra aplicada a Adrien—. Bueno, yo pensaba que eran pareja. Porque ella es muy joven y él... él no parece abuelo.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que tiene cuarenta años, está en forma, lleva trajes caros y parece... —Hice una pausa, buscando la palabra adecuada—. Parece un CEO de película. Eso es todo.
Olivia arqueó una ceja.
—Continúa.
—No hay nada más que contar. Me equivoqué, pensé que eran novios, dije algo incómodo sobre lo guapos que serían los padres del bebé, y él me corrigió diciendo que era el abuelo. Y nos reímos. Fin.
—¿Os reísteis?
—Sí. Un poco. Fue incómodo.
—¿Y cómo se reía?
—¿Cómo?
—Sí. ¿De qué manera? ¿Con la boca cerrada? ¿Con los ojos? ¿Se le formaban arrugas alrededor de los ojos?
La miré, incrédula.
—¿Por qué es importante eso?
—Porque es importante —insistió ella—. Los detalles son importantes, Leila. Vamos, describe la escena completa. No me dejes con la intriga.
Y así, a regañadientes, fui relatando toda la escena.
Cómo había entrado Adrien, imponente, ocupando el espacio de una manera que hacía que todo pareciera pequeño a su alrededor.
Cómo había cogido la mano de Emma con ternura, pero también con fuerza.
Como había visto el latido del bebé en la pantalla y su expresión se había suavizado, mostrando algo vulnerable debajo de esa coraza de hielo.
Hablé de su voz, grave y autoritaria. De sus ojos, azules, intensos, que me miraban como si estuvieran evaluando si era digna de confianza. Del momento en que se habían encontrado nuestras miradas y yo había sentido ese... ese estremecimiento.
Cuando terminé, Olivia permaneció en silencio durante unos segundos. Luego dijo una sola frase, con una convicción que me desarmó:
—Te ha impresionado.
—No —respondí, demasiado rápido.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Olivia, por favor.
—Vale —dijo ella, levantando las manos en señal de rendición—. Entonces dime, ¿por qué llevas sonriendo cinco minutos mientras hablas de él?
Me quedé completamente quieta. Ni siquiera me había dado cuenta.
Llevé una mano a mi boca, tocando mis labios como si pudiera sentir la sonrisa que efectivamente se dibujaba allí. Una sonrisa tonta, involuntaria, que se había instalado en mi rostro sin pedir permiso mientras narraba la historia.
—Oh, Dios —murmuré, dejando caer la mano.
—Exacto —dijo Olivia, triunfante—. Dios. O, mejor dicho, el abuelo guapo que parece un actor.
Luck se rio, un sonido ahogado que intentó disimular como una tos.
—No es gracioso —dije, pero mi voz carecía de convicción.
—Es muy gracioso —corrigió Olivia—. Porque llevas diez años diciendo que no te interesa nadie. Diez años de «Mi vida es Luck y mi trabajo». Diez años de mirar a los hombres como si fueran muebles. Y ahora, de repente, hablas de este tipo y te pones sonrojada y sonríes sola.
—No me he sonrojado.
—Estás roja como un tomate, Leila. Y no es por el café.
Me cubrí la cara con las manos, sintiendo vergüenza de mí misma. Tenía razón. Me estaba sonrojando. Y sonreía. Y lo peor de todo, sentía una especie de... ¿Alegría, al recordar el encuentro?
—Es ridículo —dije, con voz ahogada contra mis palmas—. Es un paciente. Bueno, el padre de una paciente. Un hombre que probablemente ni recuerda mi nombre.
—O probablemente sí —dijo Olivia, más suave ahora—. Probablemente también ha pensado en ti. En la médica guapa que le hizo reír.
Levanté la vista, mirándola entre los dedos.
—No digas eso.
—¿Por qué no? Es posible. Es más, es probable. Eres guapa, Leila. Eres inteligente, divertida, profesional. ¿Por qué no iba a pensar en ti?
—Porque... —Busqué las palabras, frustrada—. Porque no es así como funcionan las cosas. No es una película romántica. Es la vida real. Y en la vida real, los hombres como él no piensan en mujeres como yo.
—¿Hombres como él?
—Hombres guapos. Ricos. Seguros. Hombres que llevan trajes de mil dólares y tienen hijas adultas y probablemente vidas perfectamente ordenadas.
Olivia me observó durante un momento, con una mezcla de ternura y frustración.
—Leila, cariño —dijo, tomando mi mano sobre la mesa—. No sabes nada de su vida. No sabes si es rico o si es seguro o si su vida está ordenada. Solo sabes que te hizo reír. Y que tú, que no sonríes a nadie desde hace diez años, has sonreído al hablar de él.
Luck, que había estado escuchando en silencio, intervino entonces:
—A mí me parece bien —dijo, encogiéndose de hombros.
Ambas lo miramos.
—¿El qué? —pregunté.
—Que te guste alguien —respondió él, con la naturalidad de quien dice algo obvio—. El abuelo actor. Si te hace sonreír, me parece bien. Aunque sea raro.
Olivia y yo intercambiamos una mirada. Luego estallamos en carcajadas, las dos a la vez, con esa risa liberada que solo comparten las mujeres que han criado juntas a un niño.
—Gracias, campeón —dije, acariciándole el pelo—. Pero no me gusta. Solo es... curiosidad. Eso es todo.
—Curiosidad —repitió Olivia, secándose una lágrima de la risa—. Claro. Por eso llevas una semana pensando en él. Por curiosidad.
—No llevo una semana pensando en él —mentí de nuevo.
—¿No?
—No. Solo... solo he pensado en él un par de veces. Quizás tres. Cuatro como mucho.
Olivia me miró con esos ojos azules que conocían demasiado bien.
—Leila, es sábado. Hace cinco días de la consulta. Si lo recuerdas con ese nivel de detalle, si sabes exactamente cuántas veces has pensado en él, entonces has pensado en él mucho más de lo que admites.
No pude replicar. Tenía razón. Otra vez.
El resto del desayuno transcurrió con Olivia bromeando sobre el abuelo y yo intentando mantener la dignidad mientras Luck hacía comentarios inocentes pero mortales sobre cómo «La abuela Catherine también dice que mamá necesita un novio».
Cuando Olivia se fue, prometiendo volver al día siguiente para la cena familiar, me quedé sola en la cocina, recogiendo los platos. Luck se había ido a su habitación a leer, dejándome con mis pensamientos.
Miré por la ventana, hacia la bahía brillante bajo el sol del mediodía. Pensé en Adrien Walker. Recordé su nombre, que había memorizado de la historia clínica de Emma, y su voz. En su manera de proteger a su hija.
Y admití, solo para mí misma, en la soledad de mi cocina, que Olivia tenía razón.
Me había impresionado. Y no sabía qué hacer con esa información.
Porque hacía diez años que no me impresionaba nadie. Y diez años era mucho tiempo para olvidar cómo se gestionaban esas cosas.
Dejé los platos en el fregadero y fui a buscar a Luck. Necesitaba un abrazo de mi hijo. Necesitaba recordar quién era, qué prioridades tenía. Necesitaba que el mundo volviera a tener sentido.
Pero cuando cerré los ojos esa noche, mucho después de que Luck se durmiera, vi de nuevo esos ojos azules. Y por primera vez en una semana, no me asusté tanto.
Me asusté lo suficiente para saber que algo estaba cambiando. Pero no lo suficiente como para querer detenerlo.