Capítulo 7
Adrien
Intenté convencerme de que no había pasado nada.
Que era absurdo, ridículo, propio de un adolescente hormonal y no de un hombre de cuarenta años con una empresa que dirigir y una hija embarazada de la que preocuparse.
Repetí mentalmente, una y otra vez, que aquella consulta había sido exactamente eso: una consulta médica.
Un trámite. Un espacio de cuarenta minutos en el que había acompañado a Emma y había interactuado con una profesional que hacía su trabajo.
Pero mi mente traicionera no me hacía caso.
Durante toda la semana, descubrí algo que me resultó profundamente irritante: cada vez que Emma mencionaba a la doctora Monroe, yo prestaba atención. Sin querer, de forma automática. Como si mi cerebro tuviera un detector especial que se activaba solo con su nombre.
—La doctora Monroe dice que debo tomar más ácido fólico —comentó Emma el martes por teléfono.
—Ajá —respondí, mirando un informe de ventas.
—Y que la próxima semana tengo que hacerme unos análisis de sangre.
—Vale.
—También dice que el primer trimestre es crucial y que debo evitar el estrés.
—Correcto.
—Y que tiene una consulta muy bonita. Que ella misma la decoró.
Levanté la vista de los papeles, atrapado en mi propia trampa.
—¿Eso te lo ha dicho?
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Luego la risa de Emma, traviesa, demasiado perspicaz para mi gusto.
—No —dijo ella—. Pero ahora sé que escuchas cuando hablo de ella.
Colgué el teléfono con más fuerza de la necesaria, maldiciendo en voz baja. Patricia, que estaba entrando con más documentos, me miró con sorpresa.
—¿Ha pasado algo, señor Walker?
—Nada —gruñí—. Absolutamente nada.
Esa noche, mientras revisaba contratos en mi despacho de casa, volví a caer en la trampa. El móvil vibró con un mensaje de Emma.
Emma: La doctora Monroe me ha mandado un mensaje para recordarme la cita del mes que viene. Es muy atenta, ¿verdad? P.D.: Dice que espera verte de nuevo.
Leí el mensaje tres veces. Luego, cinco. Luego diez. ¿Por qué esperaba verme de nuevo? ¿Por qué había añadido ese saludo personal? ¿Era normal? ¿O significaba…?
Me detuve, obligándome a dejar el teléfono sobre la mesa. Estaba siendo patético. Un hombre de cuarenta años interpretando mensajes de texto como un cincuentón desesperado. Me froté las sienes, intentando recuperar el control que parecía haberme abandonado desde aquella maldita consulta.
El jueves, Ethan entró en mi despacho sin llamar, como solía hacer. Traía dos vasos de café de ese sitio italiano que tanto le gustaba y una expresión de satisfacción que me puso nervioso de inmediato.
—Toma —dijo, dejando uno de los vasos sobre mi mesa—. Café doble, sin azúcar, como te gusta a ti, amargado de mierda.
—Gracias —respondí, cogiéndolo sin levantar la vista de la pantalla del ordenador.
Ethan se sentó frente a mí, cruzando las piernas con esa elegancia informal que tanto le caracterizaba. Me observó durante unos segundos, bebiendo de su propio café, esperando.
—¿Qué tal la futura mamá? —preguntó finalmente.
—Perfecta —respondí, mecánicamente—. Sin náuseas, con buenos niveles de energía. El bebé se desarrolla con normalidad.
—Bien, bien. Y... —Hizo una pausa dramática—. ¿Qué tal la ginecóloga?
Levanté la vista lentamente, entrecerrando los ojos.
—¿Qué pasa con ella?
—Nada —dijo él, encogiéndose de hombros con fingida inocencia—. Es curiosidad. Simple curiosidad profesional.
—Pues quédate con ella —repliqué, volviendo a mirar el correo electrónico que no estaba leyendo.
Ethan sonrió. Esa sonrisa suya que significaba que estaba tres jugadas por delante de mí.
—Eso significa que era guapa —dijo, como si hubiera descubierto la pólvora.
—No —respondí, demasiado rápido.
—¿Muy guapa?
—Ethan...
—Vale, vale —levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa se amplió—. Ya he entendido que era espectacular.
Suspiré, dejando el ratón del ordenador y cogiendo el café. Estaba frío, pero lo bebí de todos modos, necesitando algo que hacer con las manos, algo que me distrajera de la conversación.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije, y la pregunta salió antes de que pudiera contenerla. Antes de que mi cerebro pudiera filtrar la estupidez que estaba a punto de soltar.
—¿Qué? —preguntó Ethan, inclinándose hacia adelante, interesado de verdad.
—Que además es simpática —dije, y la frustración de mi propia debilidad hizo que mi voz sonara más áspera de lo pretendido—.
No es solo... no es solo eso. Es que hablas y escuchas.
Y se ríe y te haces el tonto para que vuelva a hacerlo.
Y es profesional pero cálida, y seria pero divertida, y es... es...
—Estamos perdidos —interrumpió Ethan, y su voz tenía una mezcla de asombro y diversión.
Lo miré, preparado para enfadarme, para mandarlo a paseo, para recuperar la distancia que se suponía que debía mantener. Pero cuando vi su expresión, cuando vi que no se reía de mí, sino que estaba... ¿Emocionado?... Algo se quebró.
Ethan soltó una carcajada. Una risa genuina, liberadora, que llenó la oficina.
—Dios santo, Adrien —dijo, limpiándose los ojos—. Hacía años que no te veía así. Hacía años que no bromeabas con tanta naturalidad. Que no dejabas escapar algo personal. Que no... —Hizo una pausa, más serio de repente—. Que no parecías vivo, colega.
Quise replicar algo mordaz. Quise decirle que exageraba, que estaba siendo dramático, que yo siempre había estado perfectamente vivo y funcional. Pero en lugar de eso, sorprendentemente, me encontré riendo con él. Una risa breve, casi incrédula, pero real.
—Eres un pesado —dije, pero sin convicción.
—Soy tu mejor amigo —corrigió Ethan—. Y es mi trabajo señalar cuando estás siendo un idiota, pero también cuando dejas de serlo. Y ahora mismo, aunque me cueste admitirlo, has dejado de serlo durante cinco minutos.
Los dos terminamos riendo. Fue una escena extraña, lo reconozco. Ethan y yo habíamos compartido risas durante décadas, pero no así. No esta clase de risa ligera, casi juvenil, que no venía de un chiste sino de... ¿De qué? ¿De alivio? ¿De reconocimiento?
Cuando nos calmamos, Ethan me miró con una seriedad que raramente mostraba.
—Adrien, escúchame. No estoy diciendo que te enamores mañana. Ni que vayas a buscarla con flores. Solo te digo que... que permitas que esto pase. Lo que sea que esto sea. Déjate sentir, joder. Por una vez en ocho años.
No respondí. No podía. Así que simplemente asentí, una vez, y volvimos al trabajo como si nada hubiera ocurrido. Pero algo había cambiado. Algo sutil, pero real.
Esa noche, Emma llegó a casa para pasar el fin de semana.
Entró por la puerta principal con su bolsa de viaje, con el pelo recogido en una coleta deshecha y una sonrisa que iluminó todo el vestíbulo.
Margaret ya tenía todo preparado: la cena en el porche, las luces del jardín encendidas, la mesa puesta con la vajilla de verano.
—Huele de maravilla —dijo Emma, abrazando a Margaret con el cariño de siempre.
—He hecho tu lasaña favorita —respondió Margaret, secándose las manos en el delantal—. Y ensalada de langostinos para tu padre, que últimamente come como un pájaro.
—Yo como perfectamente —protesté, apareciendo desde el salón.
Emma se giró hacia mí y me abrazó. La estreché contra mí, sintiendo su cuerpo caliente, vivo, lleno de vida. Mi niña. Mi bebé, que ahora llevaba a otro bebé dentro.
Cenamos en el porche, como habíamos hecho cientos de veces.
Las luces del jardín iluminaban la piscina, creando reflejos danzantes sobre el agua.
La brisa del mar traía olor a sal y a libertad, haciendo que la temperatura fuera perfecta, ni demasiado calurosa ni demasiado fresca.
Era una de esas noches de Miami que parecían sacadas de una postal, diseñadas específicamente para hacerte creer que la vida era buena y generosa.
Pero Emma, como siempre, no podía dejar las cosas estar.
—Papá —dijo, cuando estábamos terminando el postre, un sorbete de limón que Margaret hacía divinamente.
—¿Sí? —respondí, sabiendo perfectamente lo que venía.
—La doctora Monroe es muy guapa.
Seguí comiendo mi sorbete, mirando fijamente el plato, como si no hubiera oído nada. Como si esas palabras no hubieran provocado un vuelco inmediato en mi estómago.
—Ajá —dije, neutro.
—Y soltera —continuó Emma, con voz cantarina.
Silencio. Apreté los labios, concentrándome en el frío cítrico que se disolvía en mi lengua.
—Ajá —repetí.
—Y tiene un hijo —añadió ella, y ahora había una sonrisa en su voz que podía oír perfectamente aunque no la viera.
Dejé la cuchara en el plato con un ruido más fuerte de lo necesario.
—Emma —dije, y mi voz sonó como advertencia.
—¿Qué? —preguntó ella, con inocencia fingida—. Solo digo que...
—No —la corté.
—Pero...
—No.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—Sí lo sé —respondí, finalmente mirándola—. Y la respuesta es no.
Emma me observó durante un segundo, con esos ojos azules idénticos a los míos, llenos de inteligencia y de traviesa determinación. Luego estalló en carcajadas. Una risa joven, liberada, que se mezcló con el sonido de las olas distantes.
—Eres imposible —dijo, limpiándose las lágrimas de la risa—. Definitivamente imposible.
—Soy realista —repliqué, pero sentí que mis labios se curvaban ligeramente, traicionando mi severidad.
Terminamos la cena entre risas y conversaciones más seguras. Hablamos de la universidad, de sus asignaturas, de cómo planeaba organizar el próximo curso con el embarazo. Hablamos de todo menos de ella. De Leila. De la doctora Monroe.
Pero cuando la cena terminó, cuando Emma se fue a su habitación a descansar y Margaret se retiró a su casa, me quedé solo en el porche. Solo con el silencio, con la noche, con el cielo estrellado de Miami que brillaba sobre mí como un juicio.
Salí al jardín, caminando descalzo sobre el césped recién cortado. La hierba estaba fresca, húmeda, agradable bajo mis pies. Me detuve junto a la piscina, mirando el reflejo de la luna en el agua quieta.
Y entonces hice algo que no hacía desde hacía años. Miré el cielo. Realmente lo miré. Busqué las estrellas entre la contaminación lumínica de la ciudad, intentando encontrar alguna constelación que recordara de cuando era niño y mi padre me enseñaba los nombres de cada una.
Pensé en Sarah. En mi mujer. En el amor de mi vida.
Durante ocho años, había mantenido su memoria viva de forma constante, casi obsesiva. Cada mañana la saludaba en la foto. Cada noche le hablaba antes de dormirme. Cada decisión importante la consultaba mentalmente, intentando imaginar qué habría dicho ella, qué habría querido.
Y ahora, por primera vez en esos ocho largos años, sentí algo que me resultó ajeno y terrible al mismo tiempo: culpa.
Porque cuando cerré los ojos, no vi su rostro. No sentí su presencia reconfortante. No oí su voz diciéndome que todo estaría bien.
En su lugar, apareció otra imagen. Otros ojos. Otra voz. Una risa que no era la suya, pero que había logrado hacerme sentir vivo durante unos segundos en una consulta médica.
La imagen de Leila Monroe se coló en mi cabeza sin que yo la buscara. La vi sonriendo, sonrojada, diciendo «Qué abuelo más joven y más guapo». La vi moviéndose por su consulta con esa elegancia natural, con esa profesionalidad que no impedía que brotara la calidez.
Y lo peor de todo: no quería que se fuera.
Intenté expulsarla. Intenté concentrarme en Sarah, en nuestro primer beso, en nuestra boda, en los momentos felices que habíamos compartido. Pero era como intentar cerrar una puerta con el viento en contra. Leila estaba ahí, instalada en un rincón de mi mente que yo creía inaccesible, inviolable.
Me senté en el borde de una de las hamacas, con las manos temblando ligeramente. No de frío. De miedo. De vergüenza. De una confusión que no sabía cómo gestionar.
¿Esto era traición? ¿Pensar en otra mujer? ¿Sentir... lo que fuera que estaba sintiendo? ¿Interés? ¿Curiosidad? ¿Atracción?
Sarah se había ido. Lo sabía. Había aceptado su muerte, aunque nunca dejara de doler. Pero durante todo este tiempo había mantenido una promesa tácita: que ella seguiría siendo la única. Que mi corazón seguiría siendo suyo, exclusivamente suyo, aunque ella ya no pudiera reclamarlo.
Y ahora, una desconocida con ojos color miel y una sonrisa torcida había agrietado ese juramento sin siquiera intentarlo.
Miré la foto de Sarah que guardaba en el móvil. La miré directamente a los ojos, buscando permiso, buscando perdón, buscando una señal de que no estaba siendo un monstruo por haber sonreído con otra mujer.
La foto no respondió, por supuesto. Pero en la oscuridad del jardín, con el sonido de las olas como única compañía, sentí que quizás... quizás ella no me habría juzgado. Que quizás habría querido que fuera feliz. Que quizás, incluso, habría sonreído al verme reír de nuevo.
Pero no podía estar seguro. Y esa incertidumbre me dolió más que cualquier otra cosa.
Me quedé allí sentado durante largo rato, hasta que las piernas se me durmieron y el cielo empezó a clarear en el horizonte. Y cuando finalmente me levanté para ir a la cama, llevaba una certeza nueva, pesada, incómoda: la doctora Monroe había despertado algo en mí que creía muerto.
Y no sabía si eso me convertía en un hombre que finalmente sanaba... o en un traidor a la memoria de su mujer.
Lo único que sabía era que, dentro de tres semanas, volvería a verla. Y que, aunque me negaba a admitirlo en voz alta, esas tres semanas se me iban a hacer eternas.