Capítulo 6
Leila
Cerré la puerta del apartamento con cuidado, dejando las llaves en el cuenco de cerámica que Luck había hecho en el colegio cuando tenía siete años.
Era feo, desigual, con los bordes mellados y el esmalte cuarteado, pero era mi tesoro más preciado.
Lo mismo que el niño que apareció corriendo por el pasillo apenas oyó el chasquido de la cerradura.
—¡Mamá! —exclamó, lanzándose contra mí con la fuerza de un pequeño huracán.
Lo recibí con los brazos abiertos, hundiendo la nariz en su pelo, oliendo a champú de niño y a algo indefinible que era simplemente él. Mi Luck. Mi ancla en este mundo.
—Hola, campeón —susurré, estrechándolo con fuerza durante unos segundos más de lo necesario.
—Te has ido mucho rato —dijo, con la voz ahogada contra mi cuello.
—Lo sé. Ha sido un día largo. Pero ya estoy aquí.
Me separé un poco para mirarle. Tenía la cara sonrojada, probablemente de correr, y llevaba puesta esa camiseta de dinosaurios que tanto le gustaba, ahora algo pequeña ya para su estatura.
A sus doce años, empezaba a parecerse más a su padre cada día.
Los mismos ojos verdes, intensos, curiosos.
La misma mandíbula cuadrada que Liam había tenido.
El mismo gesto de fruncir el ceño cuando pensaba en algo complicado.
—¿Qué tal con los abuelos? —pregunté, colgando el bolso en el perchero y dejando los zapatos en el recibidor.
—Bien. El abuelo me ha ayudado con el proyecto de astronomía. Hemos hecho un modelo del sistema solar con bolas de poliestireno y pintura. Queda muy chulo. La Tierra es la bola azul y verde, obviamente.
—Obviamente —repetí, sonriendo.
—Y la abuela me ha hecho tortilla de patatas. He dejado un trozo para ti en la nevera. Dice que comes como un pájaro y que eso no puede ser.
Reí, sintiendo el calor familiar invadirme. Mi madre seguía intentando alimentarme a mis treinta y dos años, como si todavía fuera una niña enfermiza. Y yo seguía dejándola, porque era su forma de demostrarme amor, y porque la tortilla de mi madre era, efectivamente, la mejor del mundo.
—Vamos a preparar la cena —dije, pasando un brazo por los hombros de Luck y dirigiéndonos juntos hacia la cocina.
Nuestra cocina era moderna pero acogedora.
Blanca, con encimera de madera clara, llena de imanes en el frigorífico con dibujos de cuando Luck era pequeño y fotos nuestras en la playa.
No era grande, pero tenía todo lo necesario.
Y lo más importante: tenía vistas a la bahía a través de la ventana panorámica que daba al salón.
Luck subió en el taburete que guardábamos junto a la isla central y empezó a sacar verduras de la nevera.
Era nuestra rutina: yo cortaba, él las lavaba y las colocaba en la tabla.
Habíamos estado haciéndolo desde que tenía cinco años, cuando decidí que necesitaba aprender a cocinar para no depender de comida basura cuando fuera mayor.
—¿Qué tal el día? —preguntó, colocando un pimiento rojo junto al verde sobre la encimera.
—Bien. Ocupado. He tenido muchas pacientes.
—¿Ha nacido algún bebé hoy? —preguntó, con esa curiosidad genuina que siempre mostraba por mi trabajo.
Sonreí, cogiendo el cuchillo de chef y empezando a cortar la cebolla en trozos regulares.
—Todavía no. Hoy no ha sido día de partos. Pero he conocido a uno que llegará dentro de unos meses.
—¿En serio? —Luck se giró, con los ojos brillando—. ¿Cuántos meses?
—Ocho. Está muy pequeñito todavía. Del tamaño de una judía, más o menos.
—Guau. Y entonces... ¿Has visto al papá y a la mamá?
—A la mamá sí. Es una chica muy joven, de veinte años. Estudia Empresariales. Y también he conocido al abuelo.
Luck frunció el ceño, confundido.
—¿Al abuelo? ¿Por qué el abuelo iba a la consulta?
—Porque la chica es muy joven y estaba nerviosa. ¿Y por qué...? —Hice una pausa, cortando el pimiento y sintiendo el olor característico que liberaba—. Bueno, porque parece que tienen una relación muy cercana. El abuelo la acompaña a todo.
Luck asintió, procesando la información mientras frotaba una zanahoria bajo el grifo.
—¿Y era de esos abuelos con barriga? —preguntó finalmente, con esa sinceridad brutal de los niños—. ¿De los que llevan gorra y gafas de sol y cuentan historias aburridas?
Me eché a reír. Una carcajada genuina que salió de mi garganta sin permiso, recordando la imagen de Adrien Walker en su traje impecable, con su porte autoritario y su mirada de hielo.
—No exactamente —respondí, limpiándome una lágrima de la risa—. No llevaba gorra. Ni gafas de sol. Y definitivamente no tenía barriga.
Luck me miró, intrigado.
—Entonces era un abuelo raro.
Dejé el cuchillo sobre la tabla y me quedé unos segundos quieta, mirando la zanahoria que giraba bajo el agua en las manos de mi hijo.
Un abuelo raro. Sí, podía decirse así. Un abuelo que no parecía abuelo.
Un abuelo que tenía la mandíbula de un modelo de revista y los ojos de alguien que había visto demasiado del mundo.
—Sí —dije muy despacio, volviendo a coger el cuchillo, pero sin cortar nada todavía—. Muy raro. Porque cuando me ha mirado... he sentido algo muy extraño.
Luck dejó de frotar la zanahoria. Me observó con atención, con esa capacidad suya para detectar matices en mi voz que a veces me inquietaba. Era demasiado perceptivo para su edad.
—¿Te ha caído mal? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Te ha dicho algo feo?
Tardé varios segundos en contestar. Corté el pimiento verde en tiras finas, luego el rojo, organizando mis pensamientos mientras el silencio se extendía entre nosotros.
¿Me había caído mal? No. Todo lo contrario.
Había sentido una atracción inmediata, una conexión inexplicable, una especie de reconocimiento que no tenía sentido lógico alguno.
—No —respondí finalmente, y mi voz sonó extraña, casi un susurro—. Ese es precisamente el problema.
Luck me miró, confundido, pero aceptando mi respuesta con la filosofía de quien sabe que su madre a veces habla en acertijos. No insistió. Esa era otra de sus cualidades: sabía cuándo dejar estar las cosas.
Terminamos de preparar la cena en silencio cómodo, con la música de fondo que siempre poníamos, un playlist de canciones tranquilas que Liam había creado años atrás.
Luck contó anécdotas del colegio, me habló de un compañero que había montado un dron casero, me preguntó si podíamos ir a la playa el fin de semana. Cosas normales. Cosas nuestras.
Pero yo estaba en otra parte. O más bien, mi mente estaba dividida: una mitad escuchando a mi hijo, riendo con sus historias, respondiendo adecuadamente; la otra mitad atrapada en esa consulta, reviviendo una y otra vez el momento en que nuestros ojos se habían encontrado.
Después de cenar, Luck se fue a su habitación a hacer los deberes. Yo recogí la cocina, metí el lavavajillas, saqué la basura. Realicé todas esas tareas mecánicas que solían relajarme, que me devolvían al presente cuando mi mente divagaba demasiado.
Pero esa noche no funcionaban.
Cada vez que cerraba los ojos, veía esos ojos azules. Esa sonrisa triste. Esa forma de coger la mano de su hija con tanta fuerza y tanta ternura a la vez.
Me duché, me puse el pijama, me cepillé los dientes.
Miré mi reflejo en el espejo del baño. Una mujer de treinta y dos años, con ojeras que el corrector no lograba disimular del todo, con el pelo castaño recogido en una coleta deshecha, con una expresión de asombro que no había visto en mi propio rostro desde... ¿Desde cuándo?
Desde Liam. Desde antes de que todo se fuera al traste.
Entré en mi habitación, oscura y tranquila. El apartamento estaba en silencio, solo interrumpido por el zumbido suave del aire acondicionado y el sonido distante del tráfico en la calle de abajo. Luck ya dormía; lo sabía por el ritmo de su respiración que se colaba por la rendija de la puerta.
Me metí en la cama, acomodándome entre las sábanas frescas. Cerré los ojos. Intenté dormir.
Y entonces pasó.
Empezó como siempre: el recuerdo de Liam. Su cara, su sonrisa, la última vez que me había dicho te quiero antes de salir de casa esa fatídica mañana. El dolor habitual, agudo pero manejable, como una cicatriz que pica de vez en cuando.
Pero luego, sin permiso, sin transición lógica, la imagen cambió.
Ya no veía a Liam entrando por la puerta con su uniforme de policía, con su sonrisa torcida y su manera de inclinarse para besarme antes de irse al trabajo.
Ahora veía a otro hombre. Un hombre de traje azul marino, con el pelo negro perfectamente peinado, con una expresión severa que se derretía en algo casi vulnerable cuando miraba a su hija.
Adrien Walker.
Su nombre resonó en mi cabeza como un eco. No sabía por qué lo recordaba con tanta claridad. Normalmente olvidaba los nombres de los acompañantes de mis pacientes a los cinco minutos de salir de la consulta. Pero el suyo... el suyo se había grabado.
Recordé su voz. Grave, autoritaria, pero con una calidez sorprendente cuando hablaba con Emma.
Recordé su mano, imponente y fuerte, estrechando la mía con un gesto breve pero firme.
Recordé el extraño cosquilleo en el estómago que sentí cuando se rio, cuando esa máscara de hielo se resquebrajó y dejó ver algo genuino debajo.
Y recordé ese momento. Ese maldito segundo en el que nuestras miradas se habían cruzado y yo había sentido que caía. Que algo se movía dentro de mí, algo que creía muerto, petrificado desde hacía diez años.
Me incorporé en la cama, con el corazón acelerado. No. No podía ser. No estaba permitido. Yo no sentía estas cosas. Yo no miraba a hombres y sentía... ¿Qué? ¿Atracción? ¿Interés? ¿Curiosidad?
Me levanté, caminando descalza hasta la ventana. La bahía de Miami brillaba bajo la luna, con las luces de los barcos moviéndose lentamente en la distancia. Me apoyé en el cristal frío, intentando calmarme.
Era normal, me dije. Era un hombre atractivo. Muy atractivo, si era sincera. Tenía ojos preciosos. Y había mostrado ternura con su hija, lo cual siempre era un imán para cualquier mujer. Era lógico que mi mente se hubiera fijado en él. Era lógico que recordara el momento.
Pero no era lógico que estuviera aquí, a la una de la mañana, pensando en él en lugar de dormir. No era lógico que mi corazón se acelerara al recordar su risa. No era lógico que sintiera... ¿Qué era exactamente lo que sentía?
Miedo. Eso era. Puro miedo.
Porque hacía diez años que Liam se había ido.
Diez años en los que no había sentido ni la más mínima inclinación por nadie.
Ni siquiera me fijaba en hombres guapos en la calle.
Ni siquiera me interesaban las historias de amor de Olivia, que me contaba con pelos y señales sus aventuras de una noche.
Yo estaba... cerrada. Blindada. Protegida.
Y ahora, de repente, un desconocido con traje caro y mirada triste había logrado agrietar esa armadura con solo... ¿Qué? ¿Con reírse de mi error? ¿Con mirarme como si me viera?
Volví a la cama, pero ya sabía que el sueño no vendría. Me tumbé bocarriba, mirando el techo oscuro, escuchando mi propia respiración.
Pensé en Liam. En nuestro apartamento de estudiantes, en la cocina donde me preparaba café cada mañana, en la manera en que me abrazaba por detrás cuando estaba estudiando.
Pensé en lo mucho que lo había amado. En lo imposible que parecía que alguien pudiera ocupar siquiera una fracción de ese espacio en mi corazón.
Y luego, traicioneramente, pensé en Adrien de nuevo. En cómo sería verle sonreír otra vez. En si volvería a la consulta con Emma el mes siguiente. En por qué una mujer joven tenía un padre tan... joven.
¿Cuántos años tendría? ¿Cuarenta? ¿Cuarenta y pocos? Era joven para ser abuelo. Muy joven. Y viudo, probablemente, o divorciado. No llevaba anillo; lo había notado cuando estreché su mano. Pero eso no significaba nada.
¿Y a mí qué me importaba?
Me tapé la cara con las sábanas, sintiendo vergüenza de mí misma.
Estaba siendo ridícula. Era solo un paciente.
Bueno, el padre de una paciente. Un hombre al que probablemente no volvería a ver en mi vida, salvo en las revisiones de Emma, y aun así serían encuentros breves, profesionales, intrascendentes.
Pero mi cuerpo no me creía.
Sentía algo en el estómago, una mariposa absurda que revoloteaba cada vez que recordaba su voz. Y lo peor de todo: quería volver a verle. Quería saber si volvería a sonreír así, con esa sorpresa en los ojos, como si no esperara encontrar algo divertido en medio de su día.
Era peligroso. Todo en eso era peligroso. Porque yo no estaba preparada para sentir. No sabía cómo se hacía. Había olvidado el manual, si es que alguna vez lo había conocido.
Y había Luck. Mi prioridad absoluta. Mi razón de ser.
No podía distraerme con hombres atractivos cuando tenía que criar a un niño brillante que necesitaba toda mi atención.
No podía permitirme el lujo de soñar despierta con ojos azules cuando tenía que asegurarme de que mi hijo tuviera todo lo que necesitaba.
Pero esa noche, mientras intentaba dormir y fallaba estrepitosamente, descubrí algo que me aterrorizó más que cualquier otra cosa.
Había pensado en un hombre antes de quedarme dormida.
Y no había sido Liam.
Era Adrien Walker. Su nombre, su cara, su risa. Era él lo último que había cruzado mi mente antes de intentar dormir, en lugar de los recuerdos de mi difunto novio, como había sido durante la última década.
Y eso, más que cualquier mariposa en el estómago o cualquier sonrisa estúpida, me asustó de verdad.
Porque significaba que algo había cambiado. Que una grieta había aparecido en la pared que había construido alrededor de mi corazón. Y si había una grieta, podía haber dos. Y si había dos, tarde o temprano todo se vendría abajo.
Y yo no estaba preparada para eso. No estaba preparada para volver a sentir. No estaba preparada para el riesgo, para la vulnerabilidad, para la posibilidad de que alguien pudiera hacerme daño de nuevo.
Miré el reloj de la mesilla. Las dos de la mañana. Mañana tenía una jornada completa de consultas, incluyendo una paciente de riesgo que requería toda mi atención. Necesitaba dormir. Necesitaba descansar. Necesitaba olvidar esos ojos azules y volver a mi vida ordenada, predecible, segura.
Cerré los ojos con fuerza, obligándome a pensar en listas de compras, en citas médicas, en el proyecto de astronomía de Luck. En cualquier cosa menos en él.
Pero justo antes de que el sueño me venciera, en ese limbo entre la vigilia y el descanso, vi su cara de nuevo. Y esta vez sonreía. Y esta vez me miraba directamente a mí.
Y lo peor de todo: yo le devolvía la sonrisa.
Me dormí con el corazón acelerado y la certeza de que, cuando volviera a verle dentro de cuatro semanas, nada volvería a ser igual.
Y tenía miedo. Mucho miedo. Pero también, y eso era lo más inquietante de todo, sentía algo que no recordaba haber sentido en años.
Esperanza.