Capítulo 5
Adrien
Durante todo el camino de vuelta a la oficina solo pude pensar en una cosa.
No en el latido del corazón de mi nieto, aunque eso había sido impactante. No en la expresión de Emma, mitad aliviada, mitad emocionada, aunque eso me había conmovido hasta la médula. No. Pensaba en ella. En la doctora Monroe. En esa mujer que había cometido el error imperdonable de hacerme reír.
Y no una risa forzada, educada, de esas que suelto en reuniones de empresa cuando algún cliente alemán intenta hacer un chiste.
No. Había sido una carcajada genuina. Espontánea.
Una de esas que te sorprenden a ti mismo, que te escapan de la garganta sin permiso, que te dejan la mandíbula algo dolorida después.
Hacía ocho años que no me reía así. Desde antes de que Sarah se fuera. Y eso me incomodaba tanto que casi me resultaba físicamente doloroso.
Miré por la ventanilla del coche mientras atravesábamos Brickell.
El tráfico era denso, como siempre a esas horas del mediodía, pero apenas lo registraba.
Veía su cara. Esa sonrisa avergonzada cuando se había dado cuenta de su error, pensando que Emma y yo éramos pareja.
Los ojos color miel, con esos destellos verdes que había captado cuando la luz del sol entraba por la ventana de su consulta.
La manera en que se había llevado la mano a la boca, como si quisiera retirar las palabras, pero demasiado tarde.
Y luego estaba ese momento. Ese maldito segundo en el que nuestras miradas se habían encontrado y yo había sentido...
¿Qué? ¿Reconocimiento? No. Imposible. No la conocía de nada.
Pero había visto algo en sus ojos. Una tristeza antigua, bien escondida, similar a la mía.
El espejo de una soledad que yo creía exclusiva.
—Señor Walker, ¿volvemos directamente a la oficina? —preguntó Marcus desde el asiento delantero.
Parpadeé, volviendo a la realidad con un esfuerzo visible.
—Sí. Directamente.
—¿Y la señorita Emma?
—La he dejado en su apartamento del campus. Tiene clase por la tarde.
Marcus asintió sin más preguntas. Era uno de sus talentos: saber cuándo el silencio era preferible a la conversación.
Agradecí esa discreción mientras intentaba ordenar mis pensamientos, algo que no lograba desde hacía exactamente cuarenta y cinco minutos, desde que había salido de la consulta de la doctora Monroe.
¿Por qué me afectaba tanto? Era solo una médica.
Una profesional que había hecho su trabajo con eficiencia y, eso sí, con un encanto personal que no esperaba.
Pero nada más. El mundo estaba lleno de mujeres atractivas.
Yo trabajaba con docenas de ellas: ejecutivas, ingenieras, abogadas.
Ninguna me había hecho sentir este... descontrol.
Esta sensación de que algo se había movido en mi interior, algo que creía petrificado desde el funeral de Sarah.
El coche se detuvo frente al edificio de Walker Aerospace .
Bajé sin esperar a que Marcus abriera la puerta, con gestos más bruscos de lo habitual.
Necesitaba moverme. Necesaria ocupar mi mente con números, contratos, problemas de producción.
Cualquier cosa que no fuera pensar en esos ojos color miel.
Ethan estaba en mi despacho cuando entré. Como siempre. Como si tuviera radar para detectar cuándo estaba a punto de desmoronarme.
—¿Y bien? —dijo, sin levantar la vista de los papeles que estaba revisando en mi mesa—. ¿Cómo ha ido?
Me quité la chaqueta del traje y la colgué en el perchero con un movimiento seco.
—Bien.
—¿Solo bien? —Ethan levantó la vista, arqueando una ceja—. Vamos, Adrien. Tienes la cara de alguien que ha visto un fantasma. ¿Ha pasado algo? ¿Está bien el bebé?
—El bebé está perfecto —respondí, sentándome frente a él y encendiendo el ordenador—. Ocho semanas. Latido fuerte. Desarrollo normal.
—Entonces, ¿por qué pareces...? —hizo una pausa, estudiándome con esa intensidad que tanto me irritaba—. Espera. Estás sonriendo.
Me toqué los labios instintivamente. Joder. Tenía razón. Los músculos de mi cara se habían relajado sin permiso, formando algo parecido a una sonrisa mientras recordaba la consulta.
Inmediatamente fruncí el ceño, borrando cualquier rastro de expresión amable.
—No digas tonterías —gruñí, abriendo un correo electrónico al azar para parecer ocupado.
Ethan se quedó en silencio un momento. Luego se echó a reír. Una carcajada larga, genuina, que me hizo querer tirarle el ordenador a la cabeza.
—Dios santo —dijo, limpiándose una lágrima de la risa—. Llevas diez minutos sonriendo sin darte cuenta. Desde que has entrado por esa puerta. Y ahora, cuando te lo señalo, pareces un niño pillado robando galletas. ¿Qué ha pasado en esa consulta, Adrien?
—Nada —respondí, demasiado rápido—. Absolutamente nada. La doctora ha sido profesional; Emma está bien, el bebé está bien. Fin de la historia.
—Profesional —repitió Ethan, con una sonrisa de medio lado que me hizo sentir expuesto—. ¿Y, guapa?
—No he prestado atención.
—Mentira.
—Ethan...
—Adrien, te conozco desde hace veinte años. Sé cuándo estás mintiendo. Y ahora mismo estás mintiendo tan descaradamente que me resulta adorable.
Me levanté, caminando hacia la ventana para no tener que mirarle. El sol de Miami brillaba con fuerza, reflejándose en los rascacielos de cristal. Me sentí atrapado, acorralado por mi propia incapacidad para controlar mis expresiones faciales.
—Es la ginecóloga —dije finalmente, con voz baja, casi resignada.
—¿La doctora Monroe?
—¿Cómo sabes su nombre?
—Emma me lo ha dicho por mensaje. Dice que es «Increíblemente maja y divertida». Y ahora tú dices que es profesional, pero te has pasado el camino de vuelta sonriendo como un idiota. Interesante...
Me giré para mirarle.
—No digas interesante con esa voz. No es interesante. Es... es incómodo. Me he reído, Ethan. En la consulta. Me he reído de verdad.
Ethan dejó los papeles sobre la mesa, sentándose más erguido. Su expresión cambió, pasando de la burla a algo más parecido a la curiosidad genuina.
—¿Y eso es malo?
—Es... —Busqué las palabras, frustrado—. Es peligroso. No voy a explicarte cómo funciona mi cerebro, pero esa mujer... ha cruzado una barrera. Ha entrado en un espacio donde no entra nadie desde hace ocho años. Y eso no puede pasar.
—¿Por qué no?
—Porque Sarah...
—Sarah está muerta, Adrien —dijo Ethan, sin crueldad, pero con firmeza—. Y tú sigues vivo. Aunque a veces parezca que no lo recuerdas.
Sentí un pinchazo en el pecho. Esa herida que nunca cerraba del todo, que siempre estaba ahí, latente, lista para sangrar cuando alguien pronunciaba su nombre con esa intención.
—No me digas lo que debo recordar —respondí, con voz gélida—. La amo. Siempre la amaré. Y no voy a permitir que una risa estúpida en una consulta médica haga que traicione su memoria.
Ethan suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—No estás traicionando nada, colega. Sarah te quería. Te quería de verdad. Y si algo sé de ella, es que nunca habría querido que te convirtieras en esto. En este hombre de hielo que se niega a sentir cualquier cosa que no sea dolor o trabajo.
—No estoy hablando de enamorarme —repliqué, irritado—. Estoy hablando de... de una conexión. De un momento. De algo que no pedí y que no quiero.
—Pero, ¿qué ha pasado?
—Sí.
—Y ahora estás asustado.
—No estoy asustado —mentí—. Estoy... incómodo. Hay una diferencia.
Ethan sonrió, pero esta vez sin burla. Se levantó y se acercó a mí, apoyándose en el borde de la mesa.
—Adrien, escúchame. No te estoy pidiendo que te cases con la mujer. Ni siquiera que le invites a cenar. Solo te pido que no te castigues por haberte reído. Por haber sentido algo que no sea obligación o tristeza durante cinco minutos. No es un crimen.
No respondí. Miré fijamente el horizonte, donde el océano se confundía con el cielo en una línea difusa.
—Además —continuó Ethan, volviendo a su tono burlón—, Emma va a tener que volver a esa consulta cada mes, ¿verdad? Imagino que verás a la doctora Monroe con cierta frecuencia. Será interesante ver cómo gestionas eso sin volver a sonreír.
—Puedo controlarlo —dije, con más convicción de la que sentía.
—Claro que sí. Por eso ahora mismo pareces un hombre que acaba de descubrir que existe la electricidad.
Le miré con el ceño fruncido.
—¿Has terminado?
—Por ahora. Pero quiero todos los detalles de la próxima consulta. Y no me refiero a los del bebé.
—Fuera de mi despacho.
Ethan se rio, recogiendo sus papeles y dirigiéndose a la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Adrien, una cosa más.
—¿Qué?
—Es bueno verte sonreír. Aunque sea por equivocación. Sarah estaría feliz de verlo.
Salió antes de que pudiera responder, dejándome solo con mi reflejo en el cristal de la ventana. Un hombre de cuarenta años, con traje de mil euros y una expresión de alguien que acaba de perder el rumbo.
Pasé el resto de la tarde intentando concentrarme en el informe trimestral, en los correos pendientes, en la reunión con el departamento de ingeniería.
Pero mi mente traicionera volvía una y otra vez a esa consulta.
Al sonido de su risa. A la manera en que se había sonrojado al darse cuenta de su error.
A la forma en que había dicho «Qué abuelo más joven y más guapo», con esa naturalidad que me desarmaba.
Era peligroso. Todo en ella era peligroso.
A las siete de la tarde, cerré el ordenador y llamé a Marcus para que me llevara a casa. Necesitaba salir de allí. Necesitaba espacio.
La casa me recibió con su silencio habitual. Margaret ya se había ido, dejando la cena preparada en la nevera con una nota adhesiva en la puerta:
«Adrien, come algo. No solo café. Margaret»
Sonreí ante el reproche materno, pero obedecí. Calenté la lasaña que había preparado y la llevé al porche, donde la brisa marina hacía soportable el calor del verano.
Me senté en la hamaca, con el plato sobre las rodillas, mirando la piscina iluminada. Era hermoso, todo. La casa, el jardín, la vista. Y, sin embargo, era un escenario vacío. Un decorado sin actores.
Pensé en Emma. En cómo sería cuando volviera el fin de semana. En cómo cambiaría su cuerpo, su vida, sus prioridades. En el bebé que vendría y que llenaría esas habitaciones vacías con ruido, con caos, con vida.
Sería abuelo. A los cuarenta años. Un abuelo joven, como había dicho la doctora. Un abuelo que intentaría compensar la ausencia de un padre presente con regalos excesivos y protección desmedida.
Terminé de cenar y dejé el plato sobre la mesa auxiliar. Saqué el móvil y llamé a Emma.
—¿Papá? —contestó al segundo tono—. ¿Todo bien?
—Todo bien, princesa. Solo quería saber cómo estás. ¿Has comido algo?
—Acabo de salir de clase. Estoy con unas amigas, vamos a cenar algo ligero. ¿Por qué? ¿Te preocupa algo?
—No —mentí de nuevo—. Solo quería oír tu voz.
Hubo un silencio al otro lado. Emma me conocía demasiado bien.
—Has hablado con la doctora Monroe —dijo, y no fue una pregunta.
Me incorporé en la hamaca, sorprendido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque solo hablas así cuando algo te perturba. Y hoy, en la consulta... —Hizo una pausa—. Te vi, papá. Te vi reír. Y luego te vi mirarla de una manera que... bueno, que no te había visto mirar a nadie en mucho tiempo.
Apreté los labios, mirando las estrellas que empezaban a asomar entre el resplandor de la ciudad.
—No significa nada, Emma.
—No digas eso —respondió ella, con una madurez que me sobrecogió—. Significa que sigues vivo. Y eso me hace feliz.
—Extraño a tu madre —dije, y la confesión salió ronca, cargada de años de dolor.
—Yo también. Cada día. Pero ella no querría esto para ti. Querría que fueras feliz. Que te permitieras...
—¿Qué? ¿Enamorarme de nuevo? —reí, amargo—. No soy capaz, Emma. No tengo ni idea de cómo se hace eso después de tanto tiempo.
—No tienes que enamorarte —dijo ella, suavemente—. Pero podrías permitirte... conectar. Sonreír. Sentir que no estás solo. La doctora Monroe parece encantadora. Y si te hace reír, eso ya es un regalo. No lo rechaces por miedo.
Colgamos poco después, con promesas de vernos el viernes. Me quedé en la oscuridad del porche, con el teléfono en la mano, sintiendo el peso de sus palabras.
Tenía razón. Lo sabía. Pero conocer la verdad y actuar según ella eran dos cosas distintas.
Me levanté y fui a mi habitación. Me duché, me puse el pijama, me metí en la cama. Pero el sueño no llegaba. Seguía viendo sus ojos. Esa mezcla de profesionalidad y calidez. Esa capacidad para hacer sentir a Emma segura, para hacerme a mí... visible.
Porque eso era lo que había sentido. Que me veía. No al CEO. No al viudo. No al padre sobreprotector. Me veía a mí. Al hombre que había debajo de todas esas capas.
Y eso era más peligroso que cualquier sonrisa.
Miré el retrato de Sarah en la mesilla. Ella me sonreía desde la fotografía, eternamente joven, eternamente amada.
—¿Estoy traicionándote? —le pregunté al silencio.
La fotografía no respondió, por supuesto. Pero por primera vez en ocho años, sentí que quizás, solo quizás, la respuesta era no. Que tal vez permitirme sentir algo no equivalía a olvidarla. Que amar a alguien en el pasado no significaba cerrar el paso al futuro.
Aunque ese futuro incluyera a una ginecóloga de ojos color miel que me hacía reír a pesar de mí mismo.
Suspiré, cerrando los ojos. Mañana sería otro día. Otro día de ser Adrien Walker, el hombre de hielo. Otro día de mantener las distancias y controlar cada emoción.
Pero esa noche, durante unos minutos, me permití recordar la risa de la doctora Monroe. Y por primera vez en mucho tiempo, me dormí con algo parecido a la paz.