Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Todo está perfecto —confirmé, midiendo el tamaño del feto, comprobando la posición—. Ocho semanas, según las fechas que me ha dado. Un desarrollo normal, sin anomalías aparentes. El latido es fuerte y regular.

Seguí moviendo el ecógrafo, mostrándoles diferentes ángulos, explicando lo que veía en la pantalla. Era mi parte favorita de este trabajo, este momento de magia pura cuando los futuros padres veían por primera vez la vida que crecía en su interior.

Cuando terminé, limpié el gel del vientre de Emma y la ayudé a incorporarse. Estaba radiante, con lágrimas en los ojos, pero una sonrisa enorme en el rostro.

—Gracias —dijo, con voz emocionada—. Gracias, doctora.

—Ha sido un placer —dije, y era cierto—. Ahora, si me permite un comentario personal...

Me detuve, sorprendiéndome a mí misma. No solía hacer comentarios personales. Mantenía siempre la distancia profesional, el límite claro entre médico y paciente. Pero había algo en esa habitación, algo en la manera en que ellos se miraban, que me hizo olvidar las normas por un segundo.

—Adelante —dijo Emma, curiosa.

Sonreí, mirando entre ella y el hombre que seguía sentado, todavía con su mano entre las suyas.

—Es solo que... —dije, y la sonrisa se me escapó, genuina, espontánea—. Qué padres más guapos va a tener este bebé.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero en ese segundo sentí que había cometido un error. Que había interpretado mal la situación, que me había confundido de roles, que...

—Soy el abuelo —dijo Adrien, con absoluta tranquilidad.

Parpadeé. Una vez. Dos veces.

—¿Perdón? —fue todo lo que pude decir.

Emma empezó a reír. No una risa contenida, sino una carcajada genuina, liberadora, que llenó la consulta.

—Papá, no puedes decir eso así, sin más contexto —dijo entre risas.

—Es la verdad —respondió él, y por primera vez vi que sus labios se curvaban en algo parecido a una sonrisa—. Soy el abuelo. Aunque parezca demasiado joven para ello.

Me di cuenta de mi error y sentí que el calor subía a mis mejillas. Pero en lugar de avergonzarme, me encontré riendo también, contagiada por la hilaridad de Emma.

—Dios mío —dije, llevándome una mano a la boca—. Lo siento mucho. Es que... es que no parece...

—Demasiado mayor para ser padre de una adulta, ya lo sé —dijo Adrien, y ahora sí sonreía abiertamente, y era una transformación impresionante.

Ese rostro severo, distante, se iluminaba por completo, mostrando unos dientes perfectos y unas arrugas alrededor de los ojos que hablaban de risas pasadas, de tiempos mejores.

—Pues qué abuelo más joven y más guapo va a tener este bebé —dije, y las palabras salieron antes de que pudiera filtrarlas.

Emma rio todavía más fuerte.

—Pues como salga feo, le pido la hoja de reclamaciones al abuelo —dijo, señalando a su padre con un dedo acusador pero divertido.

Los tres estallamos en carcajadas. Era un sonido extraño en mi consulta, donde predominaban los suspiros de alivio y las lágrimas de emoción contenida.

Pero era un sonido bienvenido. Un sonido que parecía disipar la tensión acumulada, que creaba una conexión humana más allá de la relación médico-paciente.

Cuando la risa se fue apagando, me di cuenta de algo. Adrien Walker seguía sonriendo, pero en sus ojos había algo más. Algo que no encajaba con la hilaridad del momento. Una tristeza profunda, antigua, que asomaba fugazmente antes de ser nuevamente reprimida.

Y entonces levanté la vista y nuestros ojos se encontraron.

Fue solo un segundo. Quizás menos. Pero en ese instante sentí algo que me atravesó el pecho como un relámpago.

No era deseo, o al menos no solo deseo. Era reconocimiento.

Era ver en los ojos de otro la misma soledad que yo llevaba dentro.

Era encontrar una tristeza inmensa escondida detrás de una mirada preciosa, y saber, con certeza absoluta, que esa tristeza tenía un nombre propio y una fecha de muerte.

No entendía por qué me estremecía. No entendía por qué mi corazón se aceleraba ligeramente, por qué sentía que algo fundamental había cambiado en ese segundo de contacto visual.

—Doctora Monroe —dijo Amanda desde la puerta, interrumpiendo el momento—. La señora Patel sigue esperando los resultados de la ecografía para llevárselos a su médico de cabecera.

Me sobresalté, volviendo a la realidad con un esfuerzo visible.

—Sí, claro. Un momento.

Imprimí las imágenes de la ecografía y se las entregué a Emma junto con una carpeta informativa sobre el embarazo.

Programamos la siguiente cita para dentro de cuatro semanas.

Los acompañé hasta la puerta, manteniendo mi profesionalidad habitual, sonriendo, despidiéndome con la cordialidad apropiada.

Pero cuando la puerta se cerró detrás de ellos, me quedé quieta un momento, con la mano todavía en el pomo, sintiendo que algo había cambiado. Que el aire de la consulta era diferente ahora. Que había dejado entrar algo que no sabía cómo definir.

—¿Estás bien? —preguntó Amanda, apareciendo a mi lado—. Parece que has visto un fantasma.

—Estoy bien —mentí, forzando una sonrisa—. Solo es cansancio.

Volví a mi consulta y me senté en la silla, mirando la pantalla del ecógrafo donde aún brillaban las imágenes del pequeño corazón latiendo.

Pero no veía el feto. Veía unos ojos azules.

Veía una sonrisa triste. Veía la mirada de un hombre que había perdido algo esencial y que, por un segundo, había dejado que el mundo viera su herida.

Adrien Walker.

Apunté el nombre en mi libreta, junto a la fecha de la próxima cita. Era una tontería, lo sabía. Solo era el padre de una paciente. Un hombre que probablemente ni recordaría mi nombre en cuanto saliera por esa puerta.

Pero mientras preparaba el material para la siguiente consulta, no podía evitar sentir que algo había cambiado.

Que ese martes no sería un día más en mi vida rutinaria.

Que había cruzado miradas con alguien que, de alguna manera que no lograba comprender, me había alcanzado en lugares donde nadie había llegado en mucho tiempo.

Y eso, por alguna razón, me aterraba casi tanto como me ilusionaba.