Capítulo 4
Leila
El martes amaneció radiante. No es que yo fuera especialmente aficionada a las altas temperaturas de Miami en pleno verano, pero había algo en la luz de esa época del año que me resultaba reconfortante.
Quizás porque el sol brillaba con tanta intensidad que no dejaba espacio para las sombras.
Y yo había pasado demasiado tiempo entre sombras como para no valorar la luz cuando se presentaba.
Llegué a la consulta a las ocho y media, después de dejar a Luck en casa de mis padres.
Mi madre había insistido en que se quedara a desayunar con ellos, y mi hijo había aceptado con la condición de que su abuelo le ayudara con el proyecto de astronomía que tenía que entregar en septiembre.
Mi padre, el eterno profesor, se había ilusionado tanto como Luck.
Esa era la magia de mi familia: siempre encontraban excusas para estar juntos, para compartir, para convertir los momentos cotidianos en recuerdos.
Amanda ya estaba en recepción cuando entré, organizando las citas del día con su eficiencia habitual.
Llevaba tres años trabajando conmigo, y aún me sorprendía su capacidad para recordar el nombre de cada paciente, el estado de cada embarazo, los detalles íntimos de vidas que apenas conocía, pero que confiaban en nosotras.
—Buenos días, doctora Monroe —dijo, levantando la vista de la pantalla—.
Tenemos una mañana completa. La señora Gómez a las nueve con sospecha de infección urinaria, la señora Patel a las diez para revisión de embarazo gemelar y una nueva paciente a las once.
Emma Walker. Veinte años, embarazo de ocho semanas, referida por la doctora Chen.
—Gracias, Amanda —dije, colgando mi bolso en el perchero de mi consulta—. ¿Algo más?
—La señora Patel ha llamado dos veces para confirmar que no hay problema con el corazón fetal. Está muy nerviosa, como es habitual en ella.
—Le haremos una ecografía extra si es necesario. Tranquilidad, ante todo.
Amanda asintió, anotando algo en su libreta.
Yo me puse la bata blanca, me recogí el pelo en una coleta baja y me miré en el pequeño espejo que tenía en el armario.
Me veía bien. O al menos, me veía profesional.
Los años me habían tratado con cierta benevolencia, aunque a veces, cuando me miraba con atención, encontraba surcos de cansancio alrededor de los ojos que el maquillaje no lograba disimular del todo.
Pero no importaba. No estaba aquí para ser bella. Estaba aquí para cuidar, para sanar, para traer niños al mundo.
La mañana transcurrió con su ritmo habitual.
La señora Gómez efectivamente tenía una infección leve, fácil de tratar con antibióticos.
La señora Patel lloró de alivio cuando le mostré los dos corazones latiendo con fuerza en la pantalla de la ecografía.
Dos vidas. Dos milagros. Esa era la parte de mi trabajo que más me gustaba: ser testigo de la creación, de la esperanza hecha carne.
A las diez y cincuenta, Amanda llamó a la puerta de mi consulta.
—La señorita Walker acaba de llegar —dijo—. Viene acompañada de su... —Hizo una pausa, consultando algo—. Pareja, creo que no hay nada especificado en el formulario.
—Perfecto. Que pasen en cinco minutos. Déjame preparar el material.
Cuando Amanda salió, respiré hondo. Las primeras consultas siempre me ponían un poco nerviosa, aunque llevara años haciéndolo. Cada paciente nueva era un mundo desconocido, una historia por descubrir, una responsabilidad que asumir.
Cogí el historial en blanco que Amanda había preparado y salí al pasillo con mi mejor sonrisa profesional. La sonrisa que decía «Estás en buenas manos, confía en mí». La sonrisa que había practicado durante años hasta convertirla en algo automático, natural.
Y entonces la vi. Una joven alta, delgada, con el pelo negro y unos ojos azules intensos que me resultaron vagamente familiares. Estaba sentada en la sala de espera, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y a su lado...
Mi sonrisa se congeló durante una fracción de segundo.
El hombre que estaba sentado junto a ella no parecía encajar en el entorno.
No porque esté mal vestido, todo lo contrario.
Llevaba un traje azul marino impecable, una corbata gris perla, gemelos que brillaban sutilmente cuando movía las manos.
Pero era algo más que la ropa. Era la manera en que ocupaba el espacio, con una autoridad natural que hacía que las sillas de plástico de mi sala de espera parecieran tronos.
Era la postura erguida, los hombros anchos, el perfil perfecto que ahora estaba vuelto hacia la ventana, contemplando la calle con una expresión distante.
Y cuando se giró para mirarme, sentí algo extraño en el pecho.
Sus ojos eran azules. Del mismo azul intenso que los de la joven, pero en él adquirían una profundidad diferente.
Eran ojos que habían visto cosas, que habían llevado pesos, que se habían cerrado al mundo durante demasiado tiempo.
Estaban rodeados de pestañas oscuras, enmarcados por unas cejas perfectamente delineadas que ahora se juntaban ligeramente en una pregunta silenciosa.
Qué hombre tan increíblemente atractivo, pensé automáticamente.
Y luego, inmediatamente, me reprendí a mí misma. Era un pensamiento inapropiado, poco profesional, propio de una adolescente y no de una médica de treinta y dos años. Además, probablemente era el novio de la paciente, o el hermano, o cualquier otra cosa que no me incumbía en absoluto.
—Emma Walker —dije en voz alta, recuperando mi sonrisa habitual—. Soy la doctora Monroe. Pase, por favor.
La joven se levantó, y el hombre la imitó.
Se movía con una elegancia sorprendente, una economía de gestos que hablaba de años de control y disciplina.
Cuando se acercó, me di cuenta de lo alto que era.
Tenía que medir al menos metro noventa, y su complexión atlética se notaba incluso bajo la estructura del traje.
—Yo soy Emma —dijo la joven, tendiéndome la mano—. Y él es…
—Adrien —interrumpió, y su voz sonó rasgada.
Estreché la mano de ella y luego la de él. Su piel estaba fría, ligeramente seca, y sentí un cosquilleo extraño cuando nuestros dedos se tocaron brevemente.
—Encantada —dije, y mi voz sonó firme, profesional, a pesar del revuelo interior—. Pasen, por favor.
Les guie hasta mi consulta. Emma se sentó en la camilla, nerviosa, jugueteando con el borde de su vestido.
Adrien ocupó la única silla disponible, situada estratégicamente desde donde podía ver tanto a Emma como a mí.
Sus ojos no me abandonaban ni un segundo, evaluándome, estudiándome, como si estuviera decidiendo si era digna de confianza.
—Bien, Emma —comencé, abriendo el historial y cogiendo un bolígrafo—. La doctora Chen me ha enviado un breve informe, pero me gustaría conocer su historia en sus propias palabras. ¿Es su primer embarazo?
—Sí —respondió ella, con voz algo temblorosa—. No estaba planeado. Fue... un accidente.
—Los accidentes a veces son las mejores bendiciones —dije suavemente, viendo cómo sus hombros bajaban ligeramente—. ¿Tiene algún antecedente médico relevante? ¿Operaciones, enfermedades crónicas, alergias?
—No, nada de eso. Estoy sana.
—¿Y antecedentes familiares? ¿Algún caso de diabetes, hipertensión, problemas cardíacos?
Emma dudó. Miró a Adrien, y algo pasó entre ellos, una comunicación silenciosa que solo entendían ellos.
—Mi madre falleció —dijo finalmente—. Cuando yo tenía doce años. Cáncer de mama.
El tono de la habitación cambió inmediatamente.
Sentí que el aire se volvía más denso, más pesado.
Miré a Emma y vi que sus ojos se habían oscurecido de una manera que me resultó familiar.
Esa mirada la había visto antes. En el espejo.
En los ojos de pacientes que habían perdido a alguien querido.
Era la mirada de quien ha aprendido a convivir con el dolor.
—Lo siento mucho —dije, y lo decía en serio—. ¿Desde entonces se han realizado revisiones periódicas?
—Cada año —respondió Emma, y su voz sonó más fuerte ahora—. Nunca he faltado a una. Mi padre se asegura de ello.
—Eso es excelente —dije, sonriendo a Emma—.
Es fundamental que continúe con esas revisiones, especialmente ahora que está embarazada.
El embarazo puede hacer cambios en el tejido mamario, pero eso no significa que debamos descuidar los controles.
Le pediré una mamografía de rutina para el segundo trimestre, si no le importa.
—Por supuesto —dijo ella—. Haré lo que sea necesario.
—Muy bien —continué, sintiendo que la tensión se disipaba ligeramente—. Entonces vamos a ver cómo está ese bebé.
—Te quedas, ¿verdad? —dijo Emma, y vi cómo buscaba la mano Adrien, cómo él se la daba sin dudar, cómo sus dedos se entrelazaban con una confianza absoluta.
—No me voy a mover de aquí, princesa.
Era una imagen conmovedora. Esa que tantas veces había visto en otras parejas afrontando juntos una nueva vida que se avecinaba. Me acerqué al ecógrafo y preparé el gel, calentándolo entre mis manos para que no fuera un shock al contacto con la piel.
—Vamos a ello —dije—. Esto puede estar frío, pero solo será un momento.
Emma asintió, se recostó en la camilla y la cubrí con una sábana para que pudiera levantarse la falda del vestido.
Apliqué el gel sobre el vientre plano de Emma y comencé a pasar el ecógrafo. La pantalla cobró vida con imágenes en blanco y negro, sombras y luces que poco a poco fueron tomando forma. Allí estaba. Un pequeño latido, rápido y fuerte, como el aleteo de un colibrí.
—Ahí está —dije, sonriendo—. Miren eso. Un corazón perfecto, latiendo con fuerza.
Emma soltó un suspiro que sonó a alivio contenido. Sentí que Adrien se inclinaba hacia adelante, que su respiración se había acelerado ligeramente.
—¿Todo está bien? —preguntó él, y su voz sonó diferente ahora. Menos controlada. Más humana.