Prohibido enamorarse del CEO Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Salimos juntos del edificio. Marcus nos esperaba con el coche, un Mercedes negro impecable, y nos abrió la puerta trasera con su habitual eficiencia silenciosa. Emma entró primero, y yo me senté a su lado. Cuando las puertas se cerraron y el vehículo se puso en marcha, sentí que algo cambiaba.

En la oficina era Adrien Walker, el hombre de hielo, el CEO inaccesible. Pero aquí, junto a mi hija, con el asiento de cuero cálido bajo mí y el sol de Miami entrando por las ventanillas tintadas, era simplemente un padre. Un padre asustado, ilusionado, protector hasta la médula.

—¿Cómo te sientes? —pregunté, rompiendo el silencio.

Emma me miró, sorprendida por la pregunta.

—¿Yo? Bien, supongo. Náuseas por las mañanas, pero nada grave. La doctora Monroe dijo que es normal.

—No me refiero a los síntomas físicos —dije, suavemente—. Me refiero a ti. A tu cabeza. ¿Cómo estás procesando esto?

Ella suspiró, mirando por la ventana mientras pasábamos frente al puerto deportivo.

—Estoy aterrada, papá. No voy a mentirte. Tengo veinte años, estoy en tercer año de carrera, mi novio me ha dejado y dentro de siete meses voy a tener un bebé. ¿Cómo crees que estoy?

—Creo que estás siendo increíblemente valiente —dije, y lo decía en serio—. Y creo que tienes derecho a estar asustada. Yo también lo estaba.

Ella me miró, curiosa.

—¿Tú? ¿Asustado? ¿Cuando mamá se quedó embarazada de mí?

—Aterrado —confirmé, con una sonrisa nostálgica—. Tenía veinte años, acababa de heredar responsabilidades en la empresa familiar, no tenía ni idea de cómo ser padre. Tu madre y yo éramos dos niños jugando a ser adultos.

—Pero siempre parece que lo teníais todo bajo control...

—Eso era lo que queríamos que pareciera —reí, recordando aquellos tiempos—. La verdad es que la primera vez que te tuve en brazos, lloré como un bebé. No tenía ni idea de qué hacer contigo. No sabía cómo cambiar un pañal, cómo dar el biberón, cómo hacer que dejaras de llorar cuando tenías cólicos.

Emma me miraba con los ojos abiertos, como si nunca hubiera imaginado esa versión de su padre.

—¿Tú? ¿Llorando?

—Yo. Llorando. Y tu madre se reía de mí mientras me enseñaba. Dijo que era el padre más torpe, pero más adorable, que había visto nunca.

—Eso suena a mamá —dijo Emma, y su voz se quebró un poco al mencionarla.

Puse mi mano sobre la suya, apretando con fuerza.

—Ella estaría tan orgullosa de ti —dije, sintiendo el nudo en la garganta—. Por cómo estás afrontando esto. Por la mujer en la que te has convertido.

—¿Crees? —preguntó Emma, con voz pequeña.

—Lo sé —afirmé—. Y te voy a contar un secreto, Emma. Cuando supe que iba a ser padre, pensé que mi vida se había acabado. Que no podría viajar, ni trabajar, ni ser libre. Pensé que todo se había terminado.

—¿Y no fue así?

—No —sacudí la cabeza—. Fue exactamente lo contrario.

Mi vida empezó de verdad cuando tú naciste.

Todo lo que había hecho antes parecía insignificante comparado con tenerte en mis brazos.

Esa noche, cuando te dormiste sobre mi pecho por primera vez, supe exactamente para qué había nacido.

Para protegerte. Para cuidarte. Para ser tu padre.

Emma tenía lágrimas en los ojos, pero también una sonrisa.

—Eres un sentimental —dijo, secándose con el dorso de la mano.

—Solo contigo —repliqué—. Fuera de este coche, soy el hombre de hielo. No se lo cuentes a nadie.

Ella rio. Fue una risa genuina, liberadora, que llenó el espacio cerrado del vehículo.

—Te quiero, papá.

—Yo también te quiero, princesa. Siempre.

El coche se detuvo frente a un edificio moderno de cristal y acero.

En la planta baja, un letrero elegante anunciaba: «L.

Monroe. Ginecóloga». Mi hija me había hablado de esta clínica, de esta doctora que le habían recomendado.

Dijo que tenía fama de ser la mejor ginecóloga de Miami, cercana, profesional, con manos mágicas para las ecografías.

Marcus abrió la puerta. El sol nos golpeó con su calor característico de julio. Emma salió primero, y yo la seguí, ajustándome la chaqueta del traje a pesar del calor sofocante.

Antes de entrar, Emma se detuvo. Se giró hacia mí, con la mano en el pomo de la puerta de cristal, y me miró con esos ojos azules que eran idénticos a los míos.

—Papá —dijo, y en su voz había una pregunta que no se atrevía a formular del todo.

—¿Qué ocurre?

—¿De verdad no estás enfadado? —preguntó finalmente—. ¿De verdad no piensas que he arruinado mi vida? ¿Que te he decepcionado?

La miré. Realmente la miré, como si fuera la primera vez que la viera. Mi niña. Mi bebé. Ahora una mujer adulta a punto de convertirse en madre.

—Emma Walker —dije, y mi voz salió firme, segura, llena de una verdad absoluta—. Nunca podría enfadarme porque fueras a regalarme un nieto. Nunca.

Ella me abrazó. Fuerte, con desesperación, con gratitud. Y yo la abracé de vuelta, con la misma fuerza con la que la había abrazado cuando era pequeña, cuando tenía pesadillas, cuando su madre murió y ella necesitó saber que aún quedaba alguien en el mundo que la amaría incondicionalmente.

Entramos juntos en la clínica y lo hice como un padre acompañando a su hija a una consulta médica. Un padre que acababa de prometer que nunca la abandonaría, que estaría ahí para cada momento, para cada miedo, para cada alegría.

Y que, por primera vez en ocho años, empezaba a sentir que quizás, solo quizás, la vida aún tenía sorpresas preparadas para mí.