Capítulo 3
Adrien
El edificio de Walker Aerospace Systems bullía de actividad desde las siete de la mañana.
Treinta plantas de cristal y acero que albergaban a más de dos mil empleados: ingenieros, técnicos, administrativos y abogados, todos moviéndose con la precisión de un reloj suizo.
O eso esperaba yo. La eficiencia no era una meta en mi empresa, era la norma.
Atravesé el vestíbulo principal a las ocho en punto, con Marcus siguiéndome a tres pasos de distancia.
El guardia de seguridad de la entrada se enderezó al verme, como siempre hacía.
Los recepcionistas dejaron de murmurar. Las personas que esperaban en las sillas del área de visitantes bajaron la vista a sus móviles, conscientes de que no debían establecer contacto visual a menos que fueran convocados.
Era el efecto Walker. Lo había cultivado durante años, quizás sin darme cuenta al principio, pero con intención deliberada después de que Sarah muriera.
Cuando te conviertes en un viudo con una hija adolescente y una empresa que dirigir, aprendes que la amabilidad es un lujo que no puedes permitirte.
La amabilidad genera confusión. La distancia genera respeto. Y el respeto mantiene el orden.
Subí en el ascensor privado que me llevaba directamente al piso treinta.
Cuando las puertas se abrieron, Patricia ya estaba esperando con su tableta y su expresión profesional imperturbable.
Llevaba quince años trabajando para mí y nunca la había visto despeinada ni con una arruga en su traje impecable.
Era una de las pocas personas en el mundo que conocía mi horario mejor que yo mismo.
—Buenos días, señor Walker —dijo, caminando a mi lado mientras avanzaba hacia mi despacho—. Tiene una videollamada con Frankfurt a las nueve, el informe trimestral está en su mesa para su revisión y el señor Collins ha dejado tres mensajes diciendo que es urgente.
—Ethan siempre dice que es urgente —respondí, colgando la chaqueta en el perchero—. ¿Algo más?
—La señorita Walker ha llamado dos veces. Dice que la cita médica es a las once y que pasará a recogerle.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago. Había pasado una noche en vela, dando vueltas en la cama, repitiendo mentalmente la conversación del día anterior.
Emma estaba embarazada. Iba a ser abuelo.
A los cuarenta años, cuando algunos de mis conocidos apenas empezaban a tener hijos, yo ya iba a tener un nieto.
—Confirme la videollamada con Frankfurt y cancele todo lo que tenga después de las diez y media —ordené, sentándome en mi silla—. Y Patricia...
—¿Sí, señor?
—No me interrumpa por nada hasta que llegue mi hija. Ni siquiera si el edificio se está incendiando.
—Entendido, señor.
Salió de la oficina con su habitual eficiencia silenciosa.
Me quedé solo, mirando la pantalla del ordenador donde parpadeaban decenas de correos electrónicos sin leer.
Informes de ventas, proyecciones financieras, contratos pendientes de revisión, reclamaciones de proveedores.
El universo entero de Walker Aerospace Systems exigía mi atención.
Y, sin embargo, no podía concentrarme.
Saqué el móvil y abrí la carpeta de fotos.
Emma de bebé, con esos ojos enormes y ese pelo oscuro que nunca se le cayó.
Emma dando sus primeros pasos, tambaleante, orgullosa, mientras Sarah y yo aplaudíamos desde el sofá.
Emma en su primer día de colegio, con la mochila más grande que ella, agarrando mi mano con fuerza.
Emma en su graduación de secundaria, radiante, abrazando a su madre, que ya estaba enferma, pero que se había maquillado y vestido para no perderse el momento.
Emma. Mi niña. Mi legado. Mi razón para levantarme cada mañana durante los últimos ocho años.
Y ahora ella iba a tener, a su vez, un hijo. Un hijo que crecería sin padre si Zack cumplía su amenaza de ausencia. Un hijo que dependería de Emma, de mí, de nuestra familia rota pero unida por el amor.
El teléfono sonó. Era Ethan.
—¿Me estás ignorando a propósito? —preguntó sin preámbulos.
—Estoy trabajando. Algo que tú deberías probar.
—Mentira. Estás obsesionado con lo de Emma. ¿Cómo está?
Suspiré. Ethan tenía ese don, o esa maldición, de leerme la mente.
—Nerviosa. Asustada. Pero fuerte. Más fuerte de lo que yo era a su edad.
—Nadie era tan fuerte como tú, Adrien. Solo que tú no lo ves.
—Tengo una reunión en diez minutos, Ethan. ¿Necesitas algo?
—Sí. Necesito que salgas a comer conmigo hoy. Y necesito que me digas que sí.
—Tengo planes.
—¿Qué planes?
Miré el reloj. Las nueve menos cuarto.
—Planes —repetí, y colgué.
La videollamada con Frankfurt duró cuarenta y cinco minutos interminables.
Los alemanes eran meticulosos, precisos, exigentes en cada detalle del contrato que estábamos negociando.
Hablamos de especificaciones técnicas, de plazos de entrega, de cláusulas de confidencialidad.
Hablamos de todo menos de lo que realmente importaba: que querían garantías que yo no estaba dispuesto a dar, y que yo quería flexibilidad que ellos no estaban dispuestos a ofrecer.
—Señor Walker —dijo el director de operaciones, un tipo llamado Müller con acento de Stuttgart—, necesitamos una respuesta definitiva sobre los plazos de entrega para el tercer trimestre.
—Le daremos una respuesta cuando tengamos los datos completos de su infraestructura de producción —respondí, manteniendo el tono neutral—. Walker Aerospace no se compromete con fechas sin conocer la capacidad real de nuestros socios.
—Esto no es una solicitud, señor Walker. Es un requisito.
Apreté los dientes. Detestaba que me dieran órdenes. Detestaba que alguien creyera que podía presionarme.
—Entonces, quizás deberíamos reconsiderar si esta sociedad es beneficiosa para ambas partes —dije, y vi cómo Müller palidecía detrás de su pantalla—. Tengo otra llamada entrante. Patricia les enviará la documentación adicional antes del viernes. Buen día.
Corté la comunicación antes de que pudiera responder. Me quedé mirando la pantalla negra, respirando hondo y contando hasta diez, como me había enseñado mi padre cuando era niño y perdía los nervios.
—Eso ha sido… interesante —dijo una voz desde la puerta.
Levanté la vista. Ethan estaba allí, apoyado en el marco, con una sonrisa de medio lado.
—No has llamado —dije.
—Tú colgaste. Y, además, Patricia me ha dicho que no querías ser interrumpido a menos que ardiera el edificio. He considerado que mi presencia es equivalente a un incendio de categoría tres.
—Eres un pesado.
—Soy tu único amigo. Hay diferencia.
Negué con la cabeza, pero sentí que mis labios se curvaban ligeramente. Ethan tenía esa capacidad, maldita sea. De colarse en mis defensas sin pedir permiso.
—¿Qué quieres? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Que me cuentes qué está pasando. Emma está embarazada, ¿verdad?
Me quedé inmóvil. ¿Cómo lo sabía?
—No me mires así —dijo Ethan, entrando y sentándose frente a mí—.
Conozco a Emma desde que era pequeña. La he visto crecer.
Y ayer, cuando salió de tu oficina, tenía la cara hinchada de llorar, pero también una especie de…
paz. Como cuando alguien ha descargado un peso enorme.
Y tú… tú has cancelado reuniones. Tú, que no cancelas ni cuando tienes fiebre de cuarenta grados.
Suspiré. No tenía sentido negarlo.
—Sí —dije—. Está embarazada. De ocho semanas, según sus cálculos.
—Joder —soltó Ethan, y por primera vez en años, vi que realmente se sorprendía—. ¿Y el padre?
—Zack Carter. Un arquitecto. La dejó hace dos semanas.
—Ese gilipollas.
—Esa es una forma elegante de describirlo.
—¿Y tú? —Ethan me estudió con atención—. ¿Cómo estás tú?
Pensé en la pregunta. ¿Cómo estaba? Asustado, probablemente. Preocupado por Emma, por el futuro, por cómo iba a conciliar ser abuelo con ser CEO. Pero también… también había algo más. Algo que no me atrevía a nombrar en voz alta.
—Estoy bien —dije finalmente—. Emma es fuerte. Y yo… yo estaré ahí para lo que necesite.
—Eso nunca ha estado en duda —dijo Ethan, más serio de lo habitual—. Nunca he conocido a un padre más dedicado que tú, Adrien. Sarah estaría orgullosa.
El nombre de mi mujer resonó en la habitación como un eco lejano. Sarah. Siempre Sarah. En cada momento importante, en cada decisión crucial, en cada silencio que dejaba entre las palabras.
—Tengo que irme —dije, levantándome—. La cita médica es a las once.
—¿Vas con ella?
—¿Acaso crees que la dejaría ir sola?
Ethan sonrió. Esa sonrisa tonta que significaba que estaba tramando algo.
—Llevas veinte años siendo el padre perfecto, Walker. Quizás ha llegado el momento de que alguien cuide de ti por una vez.
—No necesito que nadie cuide de mí.
—Eso es lo que todos decimos hasta que aparece alguien que lo haga sin pedir permiso.
Cogí la chaqueta del perchero y me la puse. Ethan me siguió hasta la puerta.
—Adrien —dijo, cuando ya estaba a punto de salir.
—¿Qué?
—Serás un abuelo excelente. Y si necesitas que te ayude a buscar a ese Zack Carter para darle una paliza, solo tienes que decirlo.
—No violencia, Ethan. Somos adultos.
—Sí, pero soy tu abogado. Puedo hacer que parezca un accidente.
—Fuera.
Salí de la oficina riendo, algo que no hacía desde hacía demasiado tiempo.
Emma me esperaba en el vestíbulo a las diez y media.
Había cambiado de ropa; llevaba ahora un vestido veraniego de algodón blanco y sandalias planas.
Intentaba parecer tranquila, pero la veía en los detalles: el modo en que se mordía el labio inferior, la forma en que jugueteaba con el bolso, la tensión de sus hombros bajo la tela ligera.
—¿Lista? —pregunté, acercándome a ella.
Asintió, pero sus ojos decían lo contrario.
—Papá, ¿estás seguro de que quieres venir? Podría ir sola o con una amiga...
—Emma —la interrumpí, poniéndole una mano en el hombro—. Vamos.