Capítulo 2
Adrien
Mi despertador debería haber sonado a las seis, pero hacía años que había dejado de necesitarlo.
El cuerpo se habitúa a los horarios inhumanos cuando diriges una multinacional, cuando el tiempo que dedicas al sueño lo consideras tiempo robado a la productividad.
Así que cuando los primeros rayos de sol comenzaron a filtrarse entre las cortinas automáticas de mi dormitorio, ya estaba despierto.
Sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente el retrato que había sobre la cómoda.
Sarah.
Siempre empezaba el día mirándola. Era mi ritual, mi forma de recordar quién era antes de que el mundo reclamara al hombre frío y eficiente en el que me había convertido.
En la fotografía tenía treinta años, el pelo rubio recogido en una coleta deshecha, esa sonrisa suya que iluminaba cualquier habitación.
Emma tenía diez años cuando la hicimos; estábamos de vacaciones en los Cayos de Florida y Sarah llevaba puesto ese bikini azul que tanto le gustaba.
Dos años después, el cáncer se la llevaría.
Ocho años. Ocho años desde que la enterramos y aún seguía hablando con ella cada mañana.
—Hoy tengo esa reunión con los alemanes —le dije a la fotografía, como si pudiera oírme—. Ethan dice que son unos pesados, pero que la operación puede salir adelante. Y Emma viene a cenar el viernes. Margaret quiere hacer su lasaña favorita.
La fotografía no respondió, por supuesto. Pero durante un segundo, una fracción de segundo, me pareció ver ese brillo travieso en sus ojos. Ese brillo que decía: «Relájate, Adrien. No todo es trabajo».
Me levanté y caminé hacia el baño. La casa estaba en silencio absoluto, como solía estar.
Novecientos metros cuadrados de lujo modernista, cuatro dormitorios, piscina infinita con vistas al océano, y solo un habitante permanente: yo.
Margaret, mi ama de llaves, no llegaría hasta las nueve.
Marcus, mi chófer, me recogería a las ocho y media.
Hasta entonces, era territorio de nadie.
Me duché con agua casi fría, me afeité con precisión, me vestí con uno de los trajes italianos que tenía hechos a medida en Milán. Azul marino hoy. Corbata gris perla. Gemelos de plata que habían pertenecido a mi padre. La armadura del CEO de Walker Aerospace Systems .
Mientras me anudaba la corbata, el móvil vibró sobre la cómoda. Un mensaje de Ethan.
Ethan: En la oficina a las siete. Llevo café y noticias. Las dos cosas son igual de importantes.
Sonreí a pesar de mí mismo. Ethan Collins era el único ser humano capaz de hacerme sonreír antes de las ocho de la mañana.
Llevábamos veinte años siendo amigos, quince como socios, y aún conservaba esa capacidad suya para convertir cualquier situación en una broma.
Era un don que yo había perdido hacía tiempo, si es que alguna vez lo tuve.
Bajé las escaleras, atravesé el salón con techos de doble altura y salí al jardín.
El aire de Miami ya era cálido y húmedo, cargado del olor a sal y a flores tropicales que Margaret cultivaba con una dedicación obsesiva.
La piscina brillaba bajo la luz temprana, invitando a un chapuzón que no tendría tiempo de dar.
Pasé junto a las hamacas blancas, las sombrillas de madera y el porche donde hacíamos barbacoas los domingos en que Emma venía a visitarme.
Todo estaba perfectamente ordenado. Todo estaba bajo control.
Era exactamente así como me gustaba mi vida.
La sede de Walker Aerospace Systems ocupaba treinta plantas de un rascacielos en el centro de Miami.
Mi oficina estaba en la última, con vistas panorámicas de la ciudad y del océano que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
El espacio era minimalista, diseñado para intimidar y transmitir eficiencia.
Maderas oscuras, cristal, acero. Nada superfluo.
Nada que no tuviera una función concreta.
Ethan estaba sentado en mi mesa cuando llegué, con los pies encima de ella, balanceando una silla hacia atrás mientras sorbía de un vaso de café gigante.
—Eso es antisocial —dije, colgando la chaqueta en el perchero.
—Esto es café de verdad, no esa mierda que hace tu máquina —respondió sin inmutarse—. Y las noticias son buenas. Los alemanes están dispuestos a firmar. Pero quieren verte a ti, no a un vicepresidente sustituto. Les sienta mal que no hayas ido a Frankfurt.
—Tengo una empresa que dirigir —respondí, sentándome frente a él y cogiendo el café que me ofrecía—. No puedo estar volando a Europa cada vez que a alguien le entra la nostalgia.
—No es nostalgia, Adrien. Es protocolo. Eres un Walker. Tu apellido está en la fachada del edificio. Tu padre se habría subido a diez aviones para cerrar este trato.
—Mi padre se jubiló hace cinco años y ahora está dando vueltas por el mundo con mi madre en un yate que podría albergar a un pequeño ejército. No me vengas con lecciones de trabajo.
Ethan sonrió. Esa sonrisa suya que le hacía parecer diez años más joven de los cuarenta y uno que tenía.
—Hablando de tu padre, me llamó ayer. Quiere saber si vas a ir a su cumpleaños en agosto. Creo que planean algo en Saint-Tropez.
—Le devolveré la llamada.
—Siempre dices eso.
—Y siempre la devuelvo. Eventualmente.
Ethan bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente con esos ojos castaños que tan bien conocía. Había algo en su expresión. Esa mezcla de preocupación y diversión que solo él podía conjugar.
—¿Sabes qué te pasa, Walker?
—Dime, doctor Collins. ¿Qué me pasa?
—Te estás convirtiendo en un robot. Y no en uno de esos robots simpáticos de las películas. En uno de esos de almacén que mueven cajas sin mirar a nadie.
—Soy eficiente. Eso es lo que me pagan por ser.
—Eres eficiente, sí. Pero también eres aburrido. Y tienes cuarenta años, coño. Deberías estar saliendo, viajando, follando… Perdona, teniendo relaciones —hizo comillas en el aire— con alguna de esas modelos que te miran cada vez que vas a los eventos de la empresa.
—No estoy interesado.
—¿En las modelos o en el sexo?
—En ninguna de las dos cosas.
Ethan negó con la cabeza, exasperado.
—Sarah murió hace ocho años, Adrien. Ocho. No ayer. No el mes pasado. Hace ocho putos años. Y ella no te habría querido así. Te habría dado una patada en el culo por convertirte en este... este...
—¿En qué?
—En este hombre de hielo. En este CEO que no siente, no ríe ni vive.
Sentí un pinchazo de irritación, pero lo reprimí. Ethan tenía permiso para decirme esas cosas. Se lo había ganado a pulso durante años de amistad incondicional. Pero eso no significaba que tuviera que gustarme oírlo.
—Tengo una hija —dije en voz más baja—. Tengo una empresa. Tengo responsabilidades. No necesito nada más.
—Emma tiene veinte años. Es adulta. Y tú… tú eres un hombre joven, Adrien. Sarah te amaría independientemente de lo que hagas. Pero no creo que le hiciera gracia verte desperdiciando tu vida en esta oficina de cristal.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió sin previo aviso. Mi secretaria, Patricia, apareció con cara de pánico.
—Señor Walker, lo siento, pero es su hija. Dice que es urgente.
Ethan y yo intercambiamos una mirada. Emma nunca venía a la oficina sin avisar. Nunca interrumpía mi jornada laboral. Era una de nuestras reglas no escritas, fruto de años de respeto mutuo.
—Dile que pase —ordené, poniéndome de pie.
Ethan también se levantó, recogiendo sus papeles.
—Me voy. Luego hablamos de los alemanes. Y piensa en lo que te he dicho, ¿vale? No quiero tener que secuestrarte y llevarte a un club de striptease para demostrarte que sigues vivo.
—Tus métodos son cada vez más preocupantes.
—Soy creativo. Eso es todo.
Salió justo cuando Emma entraba. La vi cruzar la puerta y supe de inmediato que algo iba terriblemente mal.
Tenía los ojos rojos, hinchados. La cara pálida.
Llevaba vaqueros y una camiseta vieja de la universidad, como si se hubiera vestido sin pensar.
Y en su mano derecha, agarrando el bolso con fuerza, vi que le temblaban los dedos.
—Emma —dije, dando un paso hacia ella.
Ella no respondió. Solo me miró, con esos ojos azules idénticos a los míos, llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar.
—Papá...
Ethan, que estaba en la puerta, me miró con preocupación. Hizo ademán de quedarse, pero negué con la cabeza. Esto era privado. Esto era padre e hija.
Cerró la puerta tras de sí.
Emma se quedó quieta, en el centro de la oficina, como si el suelo fuera a abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Vi cómo respiraba hondo, cómo intentaba controlarse, cómo fallaba estrepitosamente.
—Emma, ¿qué ocurre? —pregunté, acercándome más.
Ella abrió el bolso. Metió la mano dentro. Y cuando la sacó, sostenía algo pequeño, blanco, rectangular. Un test de embarazo. Lo vi girar entre sus dedos temblorosos hasta que pude leer el resultado.
Positivo.
El mundo se detuvo.
Emma rompió a llorar. No sollozos contenidos, sino un llanto desgarrado, de esos que vienen del alma. Se cubrió la cara con las manos, el test cayó al suelo y sus palabras salieron entre jadeos incomprensibles.
—Lo siento... Dios, papá, lo siento tanto…
Estuve a punto de moverme. De decir algo. Pero durante unos segundos, unos eternos segundos, solo pude mirar ese test en el suelo de mi oficina. Positivo. Mi hija. Mi niña. Embarazada.
Veinte años. Estaba estudiando Empresariales. Tenía toda la vida por delante. Y ahora...
—Emma —dije finalmente, con voz extranjera, como si alguien más hablara por mí.
Ella bajó la cabeza, avergonzada, destrozada.
—Lo siento —repitió, casi en un susurro.
Me acerqué despacio. Muy despacio. Como si se fuera a romper si movía el aire de más.
Levanté una mano y le aparté un mechón de pelo negro que le caía sobre la cara.
La miré a los ojos, buscando algo. ¿Miedo?
¿Arrepentimiento? No encontré nada de eso.
Solo encontré a mi niña, asustada, que necesitaba que alguien le dijera que todo iba a estar bien.
La abracé. La estreché contra mí con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío. Le besé la frente, como había hecho miles de veces desde que era pequeña, desde que Sarah y yo la acostábamos entre los dos y le leíamos cuentos hasta que se dormía.
—No tienes que sentir nada, cariño —dije, y mi voz sonó firme, segura, a pesar del torbellino que sentía por dentro—. Un hijo llega a la vida de sus padres en el momento en el que tiene que llegar.
Emma sollozó contra mi pecho, agarrándome la chaqueta con fuerza.
—Pero justo ahora… —dijo, ahogada—. Zack me dejó hace dos semanas, papá. Me dejó diciendo que necesitaba espacio, que no estaba preparado para algo serio…
Apreté los labios, conteniendo cualquier comentario sobre ese idiota de Zack Carter. Ahora no era el momento. Ahora era el momento de ser padre, no de juzgar.
—¿Él lo sabe? —Pregunté con calma.
Ella negó con la cabeza, todavía pegada a mí.
—Creo que debería saberlo —continué—. Deberías decírselo.
Pero solo a modo de información, Emma. Solo para que tenga la oportunidad de decidir.
Si no quiere hacerse cargo, si no quiere estar presente...
—Hice una pausa, eligiendo las palabras—.
No pasa absolutamente nada. A este bebé no le va a faltar nada. Nunca. Ni un solo día de su vida.
Emma se apartó un poco, mirándome con los ojos llenos de lágrimas y de algo más. Algo que parecía asombrarse.
—¿De verdad? —preguntó con voz de niña pequeña.
—De verdad —confirmé y, por primera vez en años, sentí una sonrisa auténtica formarse en mis labios—. ¿Sabes una cosa?
—¿Cuál?
—Llevo veinte años siendo padre. Creo que ya puedo aprender a ser abuelo.
Ella rio. Fue una risa entrecortada, mezclada con sollozos, pero fue una risa. Y luego me abrazó de nuevo, más fuerte esta vez, como si finalmente creyera que no la iba a rechazar, que no la iba a juzgar, que no iba a exigirle explicaciones que ella no tenía.
—Te quiero, papá —dijo contra mi pecho.
—Yo también te quiero, princesa. Siempre.
Permanecimos así unos minutos, en medio de mi oficina de cristal y acero, mientras el mundo seguía girando fuera, ajeno a nosotros.
Cuando Emma se calmó, la acompañé al sofá, le pedí a Patricia que trajera agua y té, y nos sentamos a hablar.
Hablamos de médicos, de revisiones, de cómo lo contaríamos a los abuelos, de si ella quería seguir viviendo en el campus o volver a casa.
Y cuando ella se fue, prometiendo llamarme después de la primera consulta con la ginecóloga, me quedé solo en mi oficina. Solo con mis pensamientos, con mi corazón todavía acelerado, con la certeza de que mi vida acababa de cambiar para siempre.
Me acerqué a la ventana y miré Miami extendiéndose bajo mis pies. El sol brillaba, el tráfico fluía, la vida continuaba.
Iba a ser abuelo. A los cuarenta años. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo se movía dentro de mí. Algo que creía muerto desde hacía ocho años. Una chispa. Una posibilidad.