Prohibido enamorarse del CEO
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Capítulo 1
Leila
El sol de Miami apenas había comenzado a teñir el horizonte cuando mis zapatillas impactaron contra la arena húmeda de South Beach.
A esa hora temprana, el paseo marítimo aún no había sido invadido por los turistas que, como cada verano, colapsaban la ciudad en busca del bronceado perfecto y de cócteles con sombrillas de colores.
Yo, en cambio, buscaba otra cosa. Buscaba ese único momento del día en el que mi cabeza, por fin, conseguía callar.
Corría al ritmo de la respiración, conteniendo el aire en los pulmones durante tres zancadas y soltándolo después en una exhalación larga y medida.
Mi móvil, sujeto en un brazalete negro, marcaba las seis y cuarto de la mañana.
En tres horas tendría mi primera paciente.
Pero esas tres horas eran mías. Únicamente mías.
La brisa salada me golpeaba el rostro mientras dejaba atrás el muelle del South Pointe Park.
El océano Atlántico se extendía a mi derecha como un manto de terciopelo oscuro, aún inmóvil, esperando que el calor del día lo agitara hasta convertirlo en ese azul turquesa que tanto enamoraba a los visitantes.
Yo llevaba demasiados años viéndolo como para sorprenderme.
Treinta y dos años viviendo en esta ciudad: doce de ellos como madre soltera y diez como viuda.
Aunque técnicamente nunca llegué a casarme. No nos dio tiempo.
Un grupo de gaviotas cruzó el cielo en formación perfecta y reprimí una sonrisa.
Luck habría sabido decirme exactamente qué especie eran, cuánto pesaban y cuál era su envergadura alar.
Mi hijo tenía doce años y ya sabía más sobre aviación, robótica y astronomía que muchos ingenieros que había conocido.
También sabía cocinar tortilla de patatas, recitar de memoria poemas de Benedetti y detectar cuándo yo estaba triste, aunque me esforzara por ocultarlo.
Esa era mi vida. Una vida que, vista desde fuera, parecía perfectamente construida.
Ginecóloga con consulta propia en una de las mejores zonas de Miami.
Madre de un niño brillante y cariñoso. Hija de padres maravillosos que vivían a quince minutos de mi apartamento y que me ayudaban con Luck siempre que lo necesitaba.
Tenía amigos, estabilidad económica y salud.
Y, sin embargo, mientras mis pies se hundían ligeramente en la arena cada vez que la marea retrocedía, no podía evitar esa sensación.
Esa sensación de que mi existencia se había convertido en una sucesión de días idénticos, en una rutina cómoda y segura que ya no me sorprendía desde hacía mucho tiempo.
Liam solía decirme que yo era incapaz de estar quieta.
Que tenía una energía interior que necesitaba canalizar constantemente.
Lo decía riendo, con aquellos ojos verdes que brillaban cada vez que me miraba, mientras me sujetaba por la cintura en la cocina de nuestro pequeño apartamento de estudiantes.
Él estudiaba criminología en la universidad estatal y yo acababa de empezar medicina.
Nos habíamos conocido en una fiesta de bienvenida, nos enamoramos en cuestión de semanas y, para cuando cumplimos los veintiún años, ya éramos padres de un niño de un año.
Estábamos viviendo juntos y planeando un futuro que, resultó, no estaba destinado a existir.
Liam O'Connor. El nombre resonaba en mi cabeza como lo hacía cada mañana, en esos minutos de soledad absoluta antes de que el mundo reclamara mi atención.
Policía. Padre de Luck. El hombre que me enseñó que el amor verdadero no era algo que solo ocurría en las películas, sino algo real que se podía tocar en la manera de preparar el café por las mañanas o en la forma de acariciarme el pelo antes de dormir.
Falleció en acto de servicio cuando Luck tenía dos años.
Un tiroteo durante una intervención rutinaria que se torció.
Una llamada a las tres de la mañana. Dos policías de uniforme aparecieron en mi puerta con gorras en las manos y expresiones que no necesitaban palabras para transmitir la peor noticia del mundo.
Diez años. Diez años desde que enterré al amor de mi vida y decidí, de forma consciente y definitiva, que no volvería a exponerme a ese dolor.
Porque si algo había aprendido en esa década era que la ausencia de Liam no disminuía con el tiempo.
Simplemente cambiaba de forma. Dejaba de ser un dolor agudo y punzante para convertirse en una nostalgia constante, en la certeza de que había vivido lo mejor de mi vida demasiado pronto y que ahora solo me quedaba administrar los recuerdos.
Detuve la carrera bruscamente, jadeando.
Me agaché con las manos en las rodillas, sintiendo el corazón martilleando contra las costillas.
El sol ya había superado el horizonte, tiñendo todo de un naranja intenso que hacía daño a la vista.
Me enderecé lentamente y caminé hasta el borde del agua, dejando que las olas, aún frías, mojaran mis tobillos.
— Estás pensando en él otra vez —murmuré para mí misma, negando con la cabeza.
Era mi ritual matutino. Correr hasta que el cuerpo pedía tregua, recordar hasta que el corazón pedía paz y luego volver a casa.
Ducharme. Despertar a Luck. Preparar el desayuno.
Bajar a la consulta. Atender a decenas de mujeres que confiaban en mí para traer hijos al mundo, cuidar su salud y escuchar sus miedos.
Era buena en mi trabajo. Lo sabía. Tenía una capacidad innata para tranquilizar, explicar con paciencia y convertir el miedo en esperanza. Quizás porque yo misma había aprendido que la vida continúa incluso cuando crees que no podrás dar un paso más.
Saqué el móvil del brazalete y comprobé la hora. Las siete menos cuarto. Tenía tiempo. Marcé el número de Olivia mientras comenzaba a caminar de vuelta hacia el edificio donde vivía, situado en una de las zonas residenciales más exclusivas de Brickell.
Contestó al tercer tono, con esa voz ronca que solo tenía por las mañanas.
—Dime que no estás corriendo otra vez a estas horas, Leila Monroe. Dime que, por una vez en tu vida, estás durmiendo como una persona normal.
—Buenos días, Olivia. Estoy corriendo.
—Eres un caso perdido. Un caso perdido con glúteos tonificados, pero un caso perdido, al fin y al cabo.
Reí mientras cruzaba la calle, saludando con la cabeza al portero del edificio de enfrente, que ya me conocía de vista.
—¿Tú estás levantada? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—Estoy en el despacho, cariño. Tengo una vista judicial a las nueve y necesito revisar unos contratos que parecen escritos en arameo antiguo. Además, he dormido… —Hizo una pausa, probablemente consultando su reloj—. Tres horas. Pero he dormido esas tres horas acompañada, así que no me quejo.
—¿Otro desconocido de Tinder?
—No seas vulgar, Leila. Era un arquitecto. Muy guapo. Muy aburrido. Pero muy guapo. A veces la belleza física compensa la ausencia de temas de conversación.
—Eres terrible.
—Soy realista. Algo que tú deberías probar alguna vez.
Llegué a la entrada de mi edificio, un rascacielos moderno de cristal y acero que albergaba tanto apartamentos residenciales como oficinas comerciales.
Mi consulta ocupaba toda la planta baja y tenía acceso independiente desde la calle.
Era una de las ventajas de haber comprado el local cuando aún era una estudiante residente con sueños demasiado grandes para sus posibilidades.
Mi padre había invertido sus ahorros de toda una vida para ayudarme.
Nunca se lo había agradecido lo suficiente.
Subí en el ascensor, pulsando el botón del séptimo piso mientras Olivia continuaba con su monólogo sobre las virtudes y los defectos del arquitecto en cuestión.
—Y entonces me dice que nunca se había sentido tan conectado con nadie, ¿sabes? Y yo pensando: «Hombre, llevamos cuatro horas juntos y tres de ellas has estado hablando de hormigón armado». Pero bueno, al menos desayunamos en ese sitio nuevo de Coconut Grove que está tan de moda.
—¿Y no le volverás a ver?
—Leila, por favor. Yo no repito. Tú lo sabes. Repetir es aburrirse. Y yo me aburro con facilidad.
—Tú te aburres con cualquier cosa que no implique juicios, contratos ni sexo ocasional.
—Exacto. Por eso te quiero. Porque me entiendes.
Entré a mi apartamento y dejé las llaves en el recibidor.
La luz matutina inundaba el salón a través de los enormes ventanales que daban a la bahía.
Tres dormitorios, dos baños, cocina abierta y una terraza donde Luck y yo desayunábamos casi todos los domingos.
No era ostentoso, pero era elegante. Tranquilo. Un refugio.
—Tengo que despertar a Luck —dije, bajando la voz, aunque no hubiera necesidad.
—¿Cómo está el pequeño genio?
—Bien. Nervioso por el campamento de robótica del próximo mes. Quiere diseñar un dron que pueda seguir rutas preprogramadas usando GPS. A sus doce años.
—Ese niño me da miedo. De verdad. A los doce años, yo estaba obsesionada con aquel cantante por el que muchas suspirábamos. Y él está obsesionado con la ingeniería aeroespacial.
—Es como su padre —dije, y la frase salió automática, natural, aunque doliera un poco menos que antes.
Olivia guardó silencio un instante. Sabía cuándo mi voz cambiaba, cuándo el peso de la ausencia se hacía audible.
—Leila, tienes que salir alguna vez. No digo que te enamores. Digo que salgas. Que tomes una copa. Que bailes. Que hagas algo que no sea trabajar, cuidar de Luck y correr por la playa al amanecer como si estuvieras huyendo de algo.
—No estoy huyendo —mentí.
—Estás huyendo desde hace diez años. Y yo te quiero demasiado como para seguir viéndolo en silencio.
Cambié de tema, como siempre hacía cuando Olivia se ponía en plan psicóloga sin licencia.
Hablamos de su madre, que había empezado un curso de cerámica y que estaba obsesionada.
De mi padre, que seguía dando clases particulares de filosofía, aunque oficialmente estuviera jubilado.
De mi madre, que había amenazado con organizar una cena familiar el domingo siguiente si yo no aparecía con un postre casero.
—Tengo que colgar —dije finalmente, acercándome a la habitación de Luck—. Te llamo luego.
—Leila, piensa en lo que te he dicho. Una salida. Una copa. Un hombre que no sea paciente tuyo ni familiar. Solo uno. Para probar.
—Adiós, Olivia.
—Te quiero, aunque seas una aguafiestas empedernida.
—Yo también te quiero, aunque seas una loca.
Colgué y guardé el móvil en el bolsillo de los leggins. Me quedé quieta un momento, escuchando los sonidos de la casa. El frigorífico haciendo su ruido característico. El aire acondicionado zumbando suavemente. Y, desde el fondo del pasillo, la respiración pausada de mi hijo durmiendo.
Abrí la puerta de su habitación con cuidado.
La luz entraba a raudales por la ventana mal cerrada, iluminando pósters de naves espaciales, planetas y esquemas técnicos de aviones que él mismo había dibujado.
Luck estaba acurrucado bajo el edredón, con el pelo revuelto y una expresión de paz absoluta que solo tenía cuando dormía.
Me acerqué y le besé en la frente. Olía a champú de niño y a algo indefinible que era simplemente él. Mi Luck. Mi razón para levantarme cada mañana. Mi legado de Liam.
—Despierta, campeón —susurré—. Hoy es un día importante.
Se movió, frunciendo el ceño, y luego abrió los ojos. Esos ojos verdes, idénticos a los de su padre, que me desarmaban cada vez que me miraban.
—¿Qué hora es? —preguntó con voz de sueño.
—Las siete y media. Y tenemos una cita a las nueve.
—¿Con quién?
—Con la vida —dije, sonriendo—. Vamos, levántate. Hoy empieza julio. Y julio siempre trae sorpresas.
Y como siempre, mientras ayudaba a Luck a preparar el desayuno y escuchaba sus teorías sobre la posibilidad de colonizar Marte, mi única preocupación era llegar a tiempo a la primera consulta del día.