Capítulo 28
Los primeros días después de aquello apenas tuve ocasión de pensar en Darío.
Todo ocurrió deprisa. Héctor fue apartado de sus funciones mientras se iniciaban las actuaciones correspondientes y, durante las semanas siguientes, tuve que repetir demasiadas veces lo sucedido en su despacho. Darío hizo lo mismo.
Su declaración resultó fundamental porque había escuchado la parte esencial de la confesión sin participar en la discusión y podía reproducir con bastante precisión lo que Héctor dijo sobre el alcohol, la medicación y su decisión de ocultar después el encuentro con mi hermano.
La investigación recuperó además documentación del accidente y volvió a tomar testimonios de personas relacionadas con aquellos días. Sergio declaró.
Lucía también tuvo que hacerlo y confirmó que Héctor conocía su relación con David antes de que muriera, aunque no sabía qué ocurrió exactamente aquella noche.
Algunas de las preguntas que durante diez años parecieron no tener respuesta empezaron a encajar cuando se revisaron desde una perspectiva distinta.
A Héctor le costó el puesto.
Dejó de ser nuestro comandante y desapareció del acuartelamiento mientras su situación continuaba por los cauces correspondientes.
No hubo una resolución inmediata ni una escena espectacular en la que todo quedara reparado de repente. La verdad llevaba diez años enterrada y necesitaba tiempo para abrirse paso entre declaraciones, informes y decisiones que ahora debían revisarse.
Yo tampoco salí indemne.
Durante algún tiempo, cada vez que pensaba en Héctor tenía que convivir con demasiadas versiones del mismo hombre.
El comandante al que odié durante años, el que intentó ayudar a mi hermano, el marido humillado que terminó odiándolo, el hombre con el que me acosté y aquel que, una noche, tomó una decisión imperdonable y después decidió callar.
Ninguna versión anulaba completamente las demás, y quizás eso fue lo que más me costó aceptar.
Darío no aprovechó mi caída para acercarse. Eso también era muy suyo.
Estuvo cuando tuve que declarar, me acompañó una tarde hasta el coche porque me vio especialmente afectada y, durante las semanas siguientes, empezó a recuperar conmigo una normalidad que al principio fue estrictamente profesional.
No me apartaba, pero tampoco fingía que entre nosotros no había ocurrido nada. Había puesto un límite antes de saber toda la verdad sobre Héctor y lo mantuvo incluso después de convertirse, casi accidentalmente, en la persona que evitó que yo cometiera la mayor estupidez de mi vida.
La primera broma regresó casi un mes después.
Coincidimos a la salida y yo llevaba diez minutos intentando abrir el coche sin conseguirlo. Darío se detuvo a unos metros, observó mis esfuerzos y señaló discretamente mi mano.
—Robledo, prueba con las llaves del coche. Las de casa suelen tener un porcentaje de éxito bastante bajo.
Miré lo que sostenía y descubrí que tenía razón. Me eché a reír.
No fue una carcajada especialmente escandalosa, pero me emocionó más de lo esperable. Hacía semanas que Darío no utilizaba aquel tono conmigo.
—Gracias, Molina.
—Para eso estamos. Formación continua.
Se marchó hacia su coche y yo permanecí unos segundos observándolo. No corrí detrás de él ni interpreté aquella broma como una reconciliación. Me limité a disfrutarla.
A partir de entonces aparecieron pequeñas cosas.
Un café que me dejó una mañana porque compró dos “por un error logístico”.
Una conversación que empezó siendo de trabajo y terminó durando veinte minutos.
Una comida con varios compañeros durante la que volvió a meterse conmigo.
Después llegó el primer mensaje fuera del horario laboral.
Era una fotografía de una croqueta completamente destrozada sobre un plato.
“Estoy intentando ampliar mis competencias. La misión atraviesa dificultades.”
Me reí sola en el sofá.
“Eso no es una croqueta. Es una investigación forense.”
Su respuesta llegó enseguida.
“Qué poca fe tienes en el ejército español.”
No hablamos de nosotros aquella noche. Tampoco al día siguiente. Y me gustó que fuera así.
No quería recuperar a Darío mediante una conversación grandiosa en la que prometiéramos olvidar todo.
Quería que volviera a confiar en mí porque se lo merecía, aunque tardara meses. Empecé a descubrir el placer de esperar sin exigirle nada, de recibir cada gesto suyo como lo que era y no como un adelanto de algo que me debiera.
Soraya, naturalmente, tenía una opinión.
—Esto es insoportable —comentó una noche mientras cenábamos—. Os mandáis memes, tomáis café, os buscáis con la mirada y ninguno hace nada. Prefería cuando estabas abducida. Era mucho más fácil seguir la trama.
—No pienso presionarlo.
—No te he dicho que lo presiones. Digo que a este ritmo os jubiláis antes del primer beso.
Le advertí que se ocupara de su vida y ella aseguró que la mía le proporcionaba mucho más entretenimiento.
Darío y yo tardamos todavía varias semanas en hablar de verdad.
Fue después de cenar con Soraya y otros compañeros.
Él se ofreció a acompañarme porque íbamos en la misma dirección y, cuando llegamos a mi portal, ninguno pareció tener demasiada prisa por despedirse.
Permanecimos unos minutos dentro del coche hablando de cualquier cosa hasta que comprendí que seguir evitando el tema empezaba a ser tan artificial como forzarlo antes de tiempo.
—Te debo una disculpa que no dependa de lo que pasó después con Héctor —le dije.
Darío dejó de jugar con las llaves.
—Ya te disculpaste.
—No bien. Entonces estaba intentando explicarme. Ahora no quiero hacerlo. Te hice daño y te utilicé para refugiarme de algo que no quería afrontar. Lo que sentía contigo era real, pero eso no convierte en justo lo que hice.
No respondió inmediatamente. Se quedó mirando hacia el parabrisas y pensé que quizás había escogido mal el momento.
—Lo que más me jodió —admitió al fin— no fue que te acostaras con él. Bueno, sí. Eso me jodió muchísimo. —Una pequeña sonrisa suavizó la frase—. Pero me dolió más pensar que yo estaba viviendo algo contigo mientras tú seguías decidiendo si querías estar en otro sitio.
Asentí porque no tenía defensa posible.
—No puedo negarlo.
Darío se volvió entonces hacia mí.
—Y no pienso volver a hacerlo, Paola. No voy a competir con nadie ni a esperar mientras decides qué hombre te interesa más.
—No te lo pediría.
—Bien.
Me permití sonreír.
—Qué conversación tan romántica.
—Yo tenía preparada música, flores y un discurso, pero has empezado tú.
Aquello consiguió que me riera, y durante unos segundos regresó el Darío que tanto había echado de menos.
Después se puso serio otra vez.
—Si volvemos a acercarnos, quiero saber que no soy el sitio al que vienes cuando necesitas escapar de otra cosa.
Aquella vez no tuve ninguna duda.
—No quiero escapar de nada. Quiero estar contigo.
Darío me observó durante unos segundos y después negó con la cabeza.
—Te advierto que esta frase no significa que mañana aparezca con un cepillo de dientes.
—Tampoco te he pedido matrimonio.
—Menos mal. Tengo que consultarlo primero con la almohada, ahora le debo lealtad. Fue quien se quedó conmigo tras nuestra discusión.
El beso llegó unos minutos después y fue completamente distinto a todo lo que viví con Héctor. No tuvo aquella urgencia que parecía obligarnos a devorarnos antes de recuperar la razón.
Darío me acarició la mejilla, se acercó despacio y me dio tiempo para sentir cada segundo antes de besarlo también.
No necesitaba vértigo. Aquella vez quería quedarme.
Los meses siguientes fueron probablemente los más tranquilos que recordaba desde que llegué a Toledo.
Darío y yo no recuperamos exactamente la relación anterior porque, en realidad, construimos otra. Empezamos despacio: cenas, fines de semana, alguna noche juntos y la costumbre creciente de buscarnos cuando ocurría algo bueno o malo.
Él volvió a hacerme reír con la misma facilidad de antes, pero nuestra relación dejó de servirme como escondite. Conocía mis partes más desagradables y yo sabía que, si volvía a herirlo, tendría suficiente dignidad para marcharse.
Quizás por eso aprendí a quererlo de una manera mucho más limpia.
Soraya fue la primera en darse cuenta de que Darío llevaba prácticamente un mes durmiendo en casa casi todas las noches.
—¿Ese hombre sigue teniendo domicilio propio?
—Sí.
—¿Seguro? Porque ayer encontré sus cereales, esta mañana su maquinilla de afeitar y hay unas zapatillas enormes debajo de tu cama. Creo que legalmente ya es ocupación.
Darío, que acababa de entrar en la cocina, la oyó.
—Estoy adquiriendo territorio poco a poco.
—Pues adquiere también la fregona —replicó Soraya—. La soberanía conlleva obligaciones.
Tres meses después buscamos piso juntos.
No hubo una petición solemne. Una tarde descubrimos que resultaba absurdo seguir transportando ropa de una casa a otra y Darío propuso que dejáramos de financiar dos alquileres para demostrar que éramos personas independientes.
Encontramos un piso luminoso, con dos dormitorios y una cocina suficientemente grande para que él insistiera en que algún día dominaría el arte de la croqueta.
Y todo esto mientras Soraya lo consideraba el culpable de que la abandonara. Pero con cariño.
La primera noche cenamos pizza sentados entre cajas.
—Quiero dejar constancia —dijo mientras abría otra— de que esta mudanza demuestra que has tomado una decisión.
Lo miré desde el suelo.
—No empieces.
—Solo lo digo porque hubo una época en la que no tenías ninguna.
Le lancé un cojín y lo recibió riéndose.
—Eres rencoroso.
—Tengo memoria histórica.
Se acercó después, apartó la caja que nos separaba y se sentó a mi lado. Apoyé la cabeza sobre su hombro mientras contemplábamos aquel salón todavía medio vacío y pensé en todo lo que ocurrió desde mi llegada a Toledo.
Mi hermano seguía formando parte de mi vida.
Siempre lo haría. Conocer la verdad no consiguió devolverme al muchacho perfecto que construí durante tantos años, pero tampoco me obligó a quererlo menos.
David fue un hombre que se equivocó, que sufrió, que hizo daño y que terminó atrapado en una situación de la que ninguno de quienes lo rodeaban supo sacarlo a tiempo.
Yo tampoco necesitaba seguir convirtiendo su muerte en el centro de cada decisión.
Darío entrelazó los dedos con los míos y empezó a explicarme, con absoluta seriedad, dónde pensaba colocar un televisor enorme que todavía no teníamos.
Lo escuché discutir consigo mismo sobre pulgadas, distancias y una futura estantería mientras las cajas se acumulaban a nuestro alrededor y no sentí ninguna necesidad de mirar hacia atrás para saber qué debía hacer después.
Había pasado años acercándome a un hombre porque necesitaba descubrir la verdad sobre la muerte de mi hermano.
Ahora empezaba una vida con otro porque, después de conocerme en mis peores momentos y obligarme a asumir mis propias decisiones, había elegido volver poco a poco.
Y esta vez yo también lo había elegido a él.