Epílogo
Dos años después, Toledo amaneció con un cielo tan limpio que mi abuelo aseguró que aquello era cosa suya.
—He hablado con quien tenía que hablar —me explicó durante el desayuno en el hotel, muy satisfecho consigo mismo—. Para algo soy el padrino. No iba a permitir que mi nieta se casara lloviendo.
Me reía recordándolo mientras terminaban de ajustarme el vestido. Había querido que fuera él desde el momento en que Darío y yo decidimos casarnos.
Mi relación con mi padre mejoró muchísimo durante aquellos dos últimos años, quizás porque conocer toda la verdad sobre David nos obligó a hablar de demasiadas cosas que llevábamos años evitando.
Elena ya no estaba con él; su relación terminó sin dramas y yo llegué a tratarla lo suficiente para descubrir que, contra todos mis prejuicios iniciales, me caía realmente bien.
Aun así, cuando pensé en quién quería a mi lado camino del altar, pensé en mi abuelo.
Se lo expliqué a mi padre meses antes, bastante nerviosa porque temía hacerle daño.
Él me escuchó hasta el final y después sonrió con una ternura que consiguió que me sintiera todavía peor por haberme preocupado.
—Cariño, ese hombre lleva toda la vida cuidándote. Si quieres que sea él quien te lleve, me parece perfecto —me dijo mientras me abrazaba—. Además, te lleve quien te lleve al altar, siempre vas a ser mi niña. Ese puesto no me lo quita nadie.
Recordarlo aquella mañana consiguió que tuviera que parpadear varias veces para no estropear el maquillaje.
Mi vestido tampoco ayudaba a mantener la serenidad. Desde el principio supe que no quería convertirme en una princesa cubierta por veinte capas de tul.
Elegí un diseño blanco marfil, elegante y bastante más sexy de lo que mi madre esperaba cuando se ofreció a acompañarme a buscarlo.
El cuerpo se ajustaba a mí hasta las caderas y marcaba la cintura antes de abrirse en una falda de caída suave, con una cola pequeña.
El escote era profundo, estructurado y dejaba los hombros completamente desnudos; la espalda descendía todavía más, casi hasta la cintura, bordeada por un delicado encaje que apenas se apreciaba sobre la piel.
El pelo lo llevaba recogido de forma sencilla, con algunos mechones sueltos, y había renunciado a casi todas las joyas salvo unos pendientes que pertenecieron a mi abuela.
Soraya entró cuando ya estaba preparada y se detuvo teatralmente en la puerta.
—Bueno. Darío no llega vivo al aperitivo.
—Buenos días a ti también.
Dio una vuelta a mi alrededor examinándome.
—El escote es espectacular, pero la espalda directamente debería necesitar autorización militar.
—Mi madre dijo algo parecido.
—Tu madre es una mujer sensata. —Se inclinó para comprobar la caída del vestido y añadió—: Yo, en cambio, quiero saber cuántos amigos solteros ha traído el novio.
—Has tenido dos años para buscar pareja.
—Y he decidido no precipitarme. Estoy haciendo un estudio de mercado.
Mi abuelo apareció poco después y las bromas terminaron en cuanto me vio. Se quedó detenido en la puerta, elegantísimo con su traje oscuro, y durante unos segundos se limitó a mirarme. Los ojos se le llenaron de lágrimas y yo crucé la habitación antes de que las mías siguieran el mismo camino.
—No llores, que vas a conseguir que llore yo.
—Estoy pensando en el pobre Darío —repuso mientras me cogía las manos—. Todavía está a tiempo de escapar.
—Abuelo.
—Había que intentarlo una última vez.
Me ofreció el brazo y salimos juntos.
La ceremonia fue preciosa. Cuando vi a Darío esperándome de uniforme tuve que hacer un esfuerzo para seguir caminando al ritmo de mi abuelo.
Estaba guapísimo y lo sabía. Su expresión cambió por completo al verme; primero abrió ligeramente los ojos, después apareció aquella sonrisa suya y terminó mirándome de arriba abajo con tan poco disimulo que tuve que contener la risa.
—Está mirando demasiado —murmuró mi abuelo.
—Déjalo.
—Todavía no eres su mujer.
—Le quedan cinco minutos.
—Pues que espere cinco minutos.
Llegamos hasta él y mi abuelo le estrechó la mano antes de colocar la mía sobre la suya.
—Te llevas lo mejor que tengo.
Darío dejó las bromas.
—Lo sé. Y pienso cuidarla.
—Más te vale.
—Abuelo...
—Ya está, ya está. Te la entrego.
Me casé con Darío rodeada de la gente que quería, en la ciudad a la que llegué persiguiendo una deuda con el pasado y que terminó convirtiéndose en el lugar donde construí mi vida.
A la salida nos esperaba el tradicional arco de sables formado por varios compañeros. En cuanto los vio, Darío adoptó una expresión de satisfacción que me hizo reír.
—Esto te hace una ilusión indecente.
—Llevo esperando este momento desde que dijiste que sí.
Atravesamos juntos el pasillo entre aplausos hasta que, al llegar al final, uno de sus compañeros bajó el sable para cerrarnos el paso.
—¡El beso!
Darío me agarró por la cintura y me inclinó hacia atrás antes de besarme entre los gritos de todos.
—Eres un fantasma —le dije cuando volvió a ponerme derecha.
—Pero ahora soy tu fantasma.
—Qué desgracia.
—No parecías pensar eso mientras me besabas.
La celebración perdió cualquier solemnidad en cuanto terminó el almuerzo. Mi abuelo bailaba conmigo y, mientras girábamos despacio, descubrí que estaba mucho más emocionada de lo que esperaba.
—Gracias por ser como eres, abuelito.
—Gracias a ti por este día. —Me apretó suavemente la mano—. No sabes el regalo que me has hecho.
Apoyé un momento la cabeza cerca de su hombro y continuamos bailando hasta que Darío apareció reclamando a su mujer.
Mi abuelo se negó a entregarme inmediatamente.
—Ya te la he dejado para toda la vida. Esta canción es mía.
—Eso es abuso de autoridad.
—Reclama.
Soraya apareció entonces al rescate de mi marido y se llevó a mi abuelo a bailar con ella. Cinco minutos después los encontramos en medio de la pista montando un espectáculo considerable mientras todos los animaban.
—Tu abuelo baila mejor que tú —me informó Darío.
—Y Soraya parece que intenta matarlo.
—No. Díaz está utilizando al padrino para atraer a los solteros. Estrategia militar básica.
No iba desencaminado. Soraya llevaba toda la tarde desarrollando su particular “estudio de mercado”. Bailó con dos tenientes, un capitán y un amigo civil de Darío; aceptó una copa de otro compañero y rechazó a uno casado con una eficacia que me tranquilizó.
—¿Cuántos llevas? —le pregunté cuando se acercó a nuestra mesa.
—No llevo una contabilidad. Qué imagen tienes de mí.
—Seis —intervino mi abuelo.
Soraya lo señaló, indignada.
—¡Manuel!
—Seis —repitió él—. Y el rubio te gusta más.
—Abuelo, por favor.
—¿Qué? Tengo ojos.
Darío se inclinó hacia mí.
—Quiero ser como tu abuelo cuando sea mayor.
—No creo que llegues a su nivel.
—Dame tiempo.
Al caer la tarde ya estaba descalza, con los zapatos abandonados debajo de una mesa y bastante achispada.
Bailé con mi padre, con mi abuelo otra vez, con Soraya y con tantos compañeros que perdí la cuenta.
Darío apareció varias veces para rescatarme y otras tantas fue secuestrado por sus amigos.
También bailó derrochando arte con mi madre.
Cerca de la medianoche salí unos minutos al jardín para descansar. Toledo se extendía iluminado ante mí y agradecí aquella pequeña pausa después de tantas horas de música.
Entonces escuché una risa conocida. Miré hacia un extremo de la terraza. Eran mis padres.
Estaban solos, muy cerca el uno del otro. Mi padre decía algo que no conseguía escuchar y mi madre se reía de una manera que hacía años que no veía cuando estaba con él.
Después de la muerte de David, nuestra familia quedó atrapada en un dolor que terminó separándolos. Conocer toda la verdad no borró lo ocurrido, pero consiguió que dejaran de culparse, que volvieran a hablar y, poco a poco, que recordaran también todo lo bueno que existió antes.
Mi padre acarició la cara de mi madre. Y la besó. Me quedé paralizada.
—¿Qué miras?
Darío acababa de llegar y me rodeó la cintura desde atrás.
Señalé discretamente.
—Hostia.
—No digas nada.
—Por supuesto que no.
—Ni a Soraya.
—Eso va a ser más difícil.
Le di un codazo.
—Darío.
—No diré nada. Palabra de marido.
Volví a mirar a mis padres. No sabía si aquel beso era el comienzo de una reconciliación o simplemente dos personas permitiéndose descubrir qué quedaba entre ellas después de tantos años. Tampoco necesitaba saberlo aquella noche.
Desde dentro llegó la voz de Soraya llamándonos.
—¡Novios! ¡Dejad de hacer cosas indecentes y venid a bailar!
Darío soltó una carcajada.
—Y pensar que sigue soltera.
—Porque quiere.
—Después de lo que he visto esta noche, mañana quizás ya no.
Regresamos cogidos de la mano. Mi abuelo estaba otra vez en la pista, Soraya discutía entre risas con uno de los amigos solteros de Darío y mis padres tardaron todavía unos minutos en volver.
Miré a mi alrededor y comprendí que aquello era exactamente lo que deseaba conservar. No una familia perfecta ni una vida sin heridas, sino todas aquellas personas que, después de perderse, equivocarse y hacerse daño, encontraron la manera de regresar unas a otras.
Darío me atrajo hacia él en cuanto comenzó otra canción y me besó antes de empezar a bailar. Apoyé las manos sobre su uniforme, sonriendo, mientras mi abuelo nos gritaba desde unos metros más allá que dejáramos algo para la noche de bodas.
Y aquella vez, rodeada de risas, con mis padres entrando juntos de nuevo en el salón y mi abuelo bailando después con Soraya, no necesité preguntarme qué vendría a continuación.
Tenía toda una vida para descubrirlo.