Prohibido besar al comandante Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

—No “conseguí” nada. No hubo ninguna conspiración.

—Héctor empezó a hablar deprisa, intentando recuperar un terreno que ya había perdido—.

Todo apuntaba a un accidente provocado por el alcohol.

Había testimonios sobre su estado, llevaba semanas bebiendo y nadie tenía motivos para buscar otra cosa.

No se planteó una autopsia toxicológica completa orientada a una sustancia que nadie sabía que había tomado. Yo callé. Eso fue lo que hice. Callé.

—Protegiste tu carrera.

—Me asusté.

Solté una carcajada incrédula.

—Tú te asustaste.

—Sí, me asusté. Acababa de morir un hombre al que yo había dado una buena dosis de sedantes sabiendo que había bebido. ¿Qué coño crees que pensé? Que si hablaba, todo caería sobre mí. Y además estaba Lucía, la relación, el motivo por el que discutimos... Lo oculté.

Ya no parecía consciente de cuánto estaba confesando. La rabia lo llevó hasta un punto en el que cada intento por justificarse lo hundía un poco más.

—Pero no lo maté —añadió—. Tu hermano tomó sus propias decisiones. Bebió porque quiso, se obsesionó con una mujer que no lo quería y cogió aquel vehículo por su cuenta. Estoy harto de cargar durante diez años con todas las decisiones que tomó David Robledo.

Aquello fue lo que terminó conmigo.

—Le diste una droga cuando estaba borracho porque lo odiabas.

—Quería que se callara de una buena vez, ¡joder!

—Y cuando murió ocultaste lo que hiciste.

Héctor golpeó la mesa con ambas manos.

—¡Porque estaba muerto! ¿Qué iba a arreglar contándolo?

¿Devolverlo a la vida? Lo único que habría conseguido era destruir mi carrera, mi matrimonio y todo lo demás.

Sí, lo odiaba en aquel momento. Odiaba verlo, odiaba saber que seguía llamando a Lucía y odiaba que se riera de mí mientras yo tenía que seguir comportándome como su comandante.

Y aquella noche hice algo que no debía. ¡Pero no quería matarlo!

Lo miré y recordé a Lucía diciendo que, después de la muerte, vio algo parecido al alivio.

—Pero te alivió que muriera.

Héctor se quedó completamente quieto.

No necesitaba contestar. Su expresión me dio una respuesta que no quería conocer.

—Lloré por toda aquella mierda —dijo finalmente, con la voz quebrada por primera vez—.

Y también sentí alivio. Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo, aunque te resulte repugnante.

Se acabaron las llamadas, las amenazas, la posibilidad de que volviera a España y empezara otra vez.

¿Eso es lo que querías encontrar después de diez años? Pues ahí lo tienes.

No recuerdo haber decidido sacar el arma. Cuando fui consciente de lo que hacía, ya la sostenía entre las manos. Héctor dejó de hablar.

Lo encañoné desde el otro lado del despacho y vi desaparecer de su rostro toda la rabia anterior.

No intentó acercarse. Ni siquiera levantó las manos de inmediato; me observó durante unos segundos, comprendiendo quizás que acababa de empujarme hasta un lugar del que ninguno de los dos sabía cómo regresar.

—Paola —murmuró—, mírame. Baja el arma.

—No vuelvas a pronunciar mi nombre.

Me temblaban los brazos. Tenía delante al hombre con el que dormí apenas unos días antes, al que besé en aquel mismo despacho, al hombre que consiguió que me avergonzara de haberlo culpado durante diez años.

Ahora sabía que no solo conocía la relación entre David y Lucía. Le dio una sustancia mientras estaba borracho, ocultó después aquella información y permitió que toda mi familia viviera convencida de que el accidente empezó y terminó con las decisiones de mi hermano.

—No vas a volver a reconocerlo —dije—. En cuanto salga por esa puerta lo negarás todo.

Héctor no respondió. La puerta se abrió detrás de mí.

—Paola, baja el arma.

La voz de Darío me atravesó. No me giré. Escuché únicamente cómo cerraba la puerta con cuidado y permanecía a varios metros de nosotros.

—Llevo esperando fuera para entrar desde antes de que empezarais a gritar —explicó, y su tono, firme pero contenido, consiguió llegarme mejor que cualquier orden—.

He escuchado lo que ha dicho. He escuchado lo de la medicación, el alcohol y que ocultó que estuvo con David aquella noche. No necesitas hacer nada más.

—Lo negará —repetí, incapaz de apartar el arma de Héctor—. Dirá que estaba enfadado, que entendiste mal, que yo lo provoqué. Es mi hermano. Yo me acostaba con él. Dirá que estoy loca.

Darío avanzó solo un paso.

—Entonces lo dirá. Y después declararé yo.

Aquello consiguió que girara ligeramente la cabeza. Darío estaba pálido, pero no dudaba.

—Tú no tienes nada que ver con esto —murmuré.

—Precisamente. —Su mirada permaneció fija en mí—.

Tú eres la hermana de David y él podrá intentar desacreditarte por eso.

Yo no soy parte de esta historia. No tengo ningún interés en lo que ocurrió hace diez años y he escuchado a mi comandante admitir que dio una sustancia a un subordinado que había bebido y que después ocultó esa información cuando murió. Voy a declarar exactamente eso.

Héctor hizo ademán de intervenir.

—Molina...

Darío lo miró entonces y algo en su expresión consiguió que Héctor callara.

—Ahora mismo no me diga nada, mi comandante.

Volvió hacia mí.

—Dame el arma, Paola. No conviertas su confesión en el momento en que arruinaste tu vida.

Los brazos empezaron a pesarme.

Darío no intentó quitármela. Esperó. Y quizás fue precisamente que no me tratara como alguien fuera de control lo que consiguió que recuperara una parte de mí misma. Bajé lentamente el cañón, aseguré el arma con dedos torpes y terminé entregándosela.

Solo entonces las piernas dejaron de sostenerme.

Me senté en la primera silla que encontré y me cubrí la cara con las manos. Darío se quedó cerca, sin tocarme, mientras Héctor permanecía detrás de su mesa. Ninguno de los tres necesitaba añadir nada para comprender que lo ocurrido acababa de cambiar nuestras vidas.

Durante diez años busqué una prueba que demostrara que Héctor Soria tuvo algo que ver con la muerte de mi hermano.

Después llegué a conocerlo lo suficiente para convencerme de que aquella sospecha era injusta y permití que la culpa sustituyera al odio.

Me acerqué tanto a él que terminé en su cama, en su casa y hasta en aquel mismo despacho.

Al final, no encontré la verdad porque hubiera sido mejor investigadora que nadie. La encontré porque conseguí llevarlo hasta el único punto en el que dejó de controlar lo que decía.

Y esta vez había alguien más que lo había escuchado.