Capítulo 27
El lunes entré en el despacho de Héctor convencida de que no iba a preguntarle nada. El domingo él tuvo un compromiso y no nos vimos en el fin de semana.
Llevaba desde el sábado repitiéndome que la conversación de Lucía no era una prueba. Demostraba que Héctor conocía la relación con mi hermano antes de su muerte, sí, pero todo lo demás pertenecía al terreno de las interpretaciones de una mujer que estaba atravesando un divorcio complicado.
Lucía podía haber visto alivio donde solo existía agotamiento, rencor donde había culpa y secretos donde no había más que recuerdos que Héctor prefería no remover.
Aun así, llevaba dos noches durmiendo mal.
Héctor me pidió que pasara por su despacho poco antes del mediodía para revisar unos documentos. Cuando entré estaba hablando por teléfono y me señaló una de las sillas mientras terminaba.
Me senté sin quitarme la carpeta de las rodillas y procuré concentrarme en cualquier cosa que no fuera él. Lo conseguí hasta que abrió un cajón buscando un bolígrafo y sacó, junto con una pequeña libreta, una fotografía que cayó boca arriba sobre la mesa.
Reconocí a mi hermano antes incluso de inclinarme.
Era una imagen de grupo, probablemente tomada durante el despliegue. David aparecía con otros cuatro hombres delante de un vehículo, mucho más delgado de lo que lo recordaba y con aquella sonrisa que durante años solo vi en las fotografías que conservaba mi madre. Héctor estaba a unos pasos de él.
No era extraño que tuviera una fotografía de su unidad. Lo extraño fue su reacción.
Terminó la llamada deprisa, recogió la imagen y la guardó de nuevo en el cajón.
—Era David —comenté.
Héctor cerró el cajón antes de mirarme.
—Sí. Es una fotografía de aquellos meses. Ni siquiera recordaba que estuviera ahí.
Quizás otro día lo habría creído. Aquella mañana observé durante unos segundos la mano que todavía mantenía sobre el tirador y recordé a Lucía riéndose en la cafetería mientras hablaba de los cuernos que le puso a su marido.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—¿Cuándo te enteraste de que David se acostaba con Lucía?
La pregunta lo sorprendió tanto que no consiguió ocultarlo. No respondió inmediatamente ni recurrió a esa capacidad suya para controlar cualquier situación; se quedó mirándome con una rigidez que terminó de confirmar lo que ya sabía.
—¿De dónde has sacado eso?
No contesté. Me limité a sostenerle la mirada hasta que comprendió que no estaba tanteando el terreno.
Héctor se levantó y caminó hasta la ventana. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono mucho más bajo.
—No sé con quién has estado hablando este fin de semana, pero hay asuntos de mi matrimonio que no pienso discutir contigo.
—No te estoy preguntando por tu matrimonio. Te estoy preguntando por mi hermano.
—Y yo te estoy diciendo que no sigas por ahí.
Aquella advertencia consiguió exactamente lo contrario.
Hasta entonces todavía conservaba una parte de mí dispuesta a aceptar una explicación sencilla: Héctor lo descubrió, sufrió, guardó silencio y aquello no tuvo ninguna relación con lo que sucedió después.
Sin embargo, verlo tan alterado devolvió de golpe todas las preguntas que creí enterradas.
Me levanté despacio.
—Sergio Altamirano pensaba que nunca te enteraste.
Por eso sentía tanta pena por ti cuando te escuchó llorar después del accidente.
Creía que estabas destrozado porque uno de tus hombres había muerto y tú te culpabas por no haberlo ayudado.
—Hice una pausa y observé cómo desviaba la mirada—.
Pero tú ya sabías que ese hombre se acostaba con tu mujer.
La mención de Sergio terminó de sacarlo de quicio.
—Altamirano no sabía ni la mitad de lo que ocurría —repuso, volviéndose hacia mí—.
Veía a David beber, llegar tarde, incumplir órdenes y montar un problema detrás de otro, pero no sabía lo que yo recibía desde España.
No sabía las llamadas que Lucía tenía que bloquear ni los mensajes que seguían llegando para tratar de prolongar lo suyo.
Tu hermano dejó de aceptar un no por respuesta mucho antes de aquella noche.
Escucharlo hablar de David de aquella manera me dolió, pero no porque pensara que todo era mentira.
Sergio ya me contó suficiente para saber que mi hermano atravesaba un deterioro terrible.
Lo que me estremeció fue comprender que Héctor conocía la causa de buena parte de aquel comportamiento mientras lo tenía bajo sus órdenes.
—Y aun así decidiste mantenerlo allí.
Héctor soltó el aire y se llevó una mano a la nuca.
—Era su destino, Paola. No podía mandarlo de vuelta a España porque se hubiera acostado con mi mujer.
¿Qué querías que hiciera? ¿Que explicara el motivo?
¿Que convirtiera aquello en el entretenimiento de todo el mundo?
Intenté que cumpliera con su trabajo, que dejara de beber y que recuperara un mínimo de disciplina.
Le di más oportunidades de las que habría dado a cualquier otro.
—También te convenía tenerlo lejos de ella.
No necesitaba demostrarlo. Solo quería ver qué hacía con aquella frase.
Héctor me miró y algo cambió en su cara.
—Sí —admitió al cabo de unos segundos—. Me convenía.
¿Eso me convierte en un monstruo? Sabía que mientras estuviera allí no podía presentarse en mi casa ni perseguir a Lucía por Toledo.
Por supuesto que prefería tenerlo lejos.
Era mi subordinado y, además, el hombre que se había metido en mi cama.
Si esperas que te diga que aquello no influyó en mí, te estaría mintiendo.
Por primera vez desde que iniciamos aquella conversación estaba siendo brutalmente sincero. Y precisamente por eso sentí miedo.
Me acerqué a la mesa y apoyé las manos sobre el respaldo de la silla.
Recordé lo que Sergio contó sobre la tarde anterior al accidente, cuando David quiso hablar con Héctor y este no lo recibió.
Hasta ese momento acepté su explicación: estaba agotado de semanas de problemas y pensó atenderlo más tarde.
Ahora aquella negativa adquiría otro significado.
Se lo dije sin necesidad de convertirlo en una pregunta.
—Por eso no quisiste hablar con él aquella tarde. No estabas harto únicamente del soldado problemático. Estabas harto del amante de tu mujer.
Héctor apartó de un golpe la libreta que tenía delante. No fue un gesto violento hacia mí, pero la libreta cayó al suelo y varios papeles se deslizaron debajo de la mesa.
—¡Sí! —exclamó—. Estaba harto de las dos cosas.
Llevaba semanas intentando separar al comandante del marido y aquella tarde no pude hacerlo.
David quería hablar conmigo, yo sabía que acababa de llamar otra vez a Lucía y no quise verlo.
Le dije que se largara y que ya hablaríamos cuando estuviera en condiciones de mantener una conversación sin convertir todo en un puto drama.
No esperaba que avanzara tanto. Héctor tampoco. Lo vi en la forma en que se quedó quieto después de decirlo.
Entonces comprendí que debía seguir empujando.
—Y esa noche volviste a verlo.
No fue una pregunta. Héctor palideció ligeramente.
Aquella reacción me produjo más miedo que cualquiera de sus gritos.
—Sergio dijo que David estaba borracho —continué, obligándome a mantener la voz firme—. Había hablado con Lucía, estaba hundido y quería marcharse. Después cogió un vehículo y murió. Nunca me has contado qué hiciste durante las horas que faltaban.
Héctor permaneció junto a la mesa, respirando con dificultad. Durante unos segundos pensé que me echaría del despacho. Habría sido lo más inteligente. En lugar de hacerlo, se dejó caer en la silla y se frotó la cara con ambas manos.
—No sabes cuándo parar.
—Llevo diez años intentando llegar hasta aquí. Y por cierto, eso lo decía mi hermano de ti.
—Pues ya has llegado. Y te aseguro que no te va a gustar.
Me quedé frente a él.
Héctor levantó la cabeza y durante unos segundos ya no vi al comandante que conocía, ni siquiera al hombre con el que llevaba semanas acostándome. Vi a alguien agotado de guardar una parte de su vida que llevaba demasiado tiempo encerrada.
—Lo encontré aquella noche —empezó—. Estaba borracho, aunque todavía podía mantenerse en pie y hablar.
Volvió a provocarme con Lucía. Me dijo que ella terminaría buscándolo, que él sabía darle lo que yo no había sabido darle y que, cuando regresara a España, iba a recuperarla.
Yo llevaba meses aguantándolo y perdí el control.
No le pegué, aunque te juro que lo hubiera machacado.
Quería que se callara de una jodida vez.
Hizo una pausa y bajó la mirada hacia sus manos.
—Tenía acceso a medicación. Le di algo para tranquilizarlo.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mí.
—¿Qué?
Héctor levantó la vista.
—No fue una dosis para matarlo, Paola.
La frase fue peor que cualquier respuesta. Retrocedí un paso.
—Dios mío.
—Escúchame antes de decidir lo que quieres entender. Él ya había bebido. Yo sabía que mezclarlo no era una buena idea, pero quería que se durmiera. Eso fue todo. No pretendía hacerle daño.
Las piezas comenzaron a ordenarse con una claridad insoportable. David borracho. Alterado. Una sustancia sedante añadida a todo aquello. Un vehículo. Una carretera. Un accidente.
—Y lo dejaste marcharse.
Héctor se levantó de nuevo.
—No. Cuando lo dejé estaba allí. Después decidió coger el vehículo por su cuenta. Yo no le puse las llaves en la mano ni le ordené que condujera. Cuando me avisaron del accidente no sabía que se había marchado.
—Pero sabías lo que le habías dado.
—Sí.
—Y no lo dijiste.
Aquella vez no necesitó responder. La confesión estaba en su cara.
Sentí una furia tan intensa que tuve que apartarme de él.
—¿Cómo conseguiste que no apareciera?