Prohibido besar al comandante Capítulo 26
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Capítulo 26

El sábado por la tarde conseguí convencer a Soraya para salir a tomar un café conmigo.

Llevábamos toda la mañana limpiando y necesitaba abandonar el piso unas horas, aunque ella sostuvo que mi verdadera intención era demostrarle que todavía era capaz de pasar una tarde sin acabar en casa de Héctor.

—No todo en mi vida gira alrededor de él —protesté cuando nos sentamos.

—Claro que no. También trabajas para él.

Le lancé la servilleta y Soraya la atrapó antes de que aterrizara en su café. Llevaba varios días insoportable con el tema, sobre todo desde que dedujo lo ocurrido en el despacho, aunque agradecía que no intentara convencerme continuamente de que parase.

Me dijo una vez lo que pensaba y, desde entonces, se limitaba a observar mi progresiva pérdida de sensatez con una mezcla de preocupación y entretenimiento.

La cafetería estaba bastante concurrida. Habíamos encontrado una mesa pequeña junto a la pared y, a nuestra derecha, apenas separada por medio metro, una pareja ocupaba la siguiente.

La mujer me llamó la atención cuando llegamos porque era difícil no mirarla.

Rondaría los cuarenta, quizás alguno más, llevaba el pelo oscuro perfectamente cortado a la altura de los hombros y tenía esa clase de belleza cuidada que parecía requerir bastante tiempo y bastante dinero.

El hombre era algo más joven que ella y, por la manera en que se inclinaba para hablarle y le acariciaba de vez en cuando los dedos, resultaba evidente que no eran simples amigos.

Dejé de prestarles atención hasta que escuché una frase.

—Como Héctor siga poniéndose así, esto va a durar meses.

Mi mano se detuvo alrededor de la taza.

Soraya continuaba hablándome de una compra que quería hacer, pero debió de notar mi cambio de expresión porque se interrumpió.

—¿Qué pasa?

Le indiqué discretamente que esperara. No podía ser.

Héctor no era un nombre tan extraño. Podía haber miles de hombres llamados así atravesando un divorcio en aquel momento, pero algo en mi cuerpo se puso en alerta antes de que tuviera una sola razón objetiva para hacerlo.

—Que dure lo que tenga que durar —respondió el hombre de la mesa contigua—. Mientras termine.

—Va a terminar. Eso lo tengo clarísimo.

La mujer soltó una pequeña carcajada y llevó la taza a los labios.

—Lo que no pienso hacer es regalarle todo para que el señor comandante se quede satisfecho.

Miré a Soraya. Ella también lo oyó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Hostia —murmuró.

Bajé la mirada hacia mi café y sentí que el pulso se me aceleraba.

Comandante y Héctor. Ya no parecía una coincidencia.

—Lucía, tampoco puede estar utilizando el divorcio para castigarte eternamente —comentó el hombre.

El nombre terminó de confirmarlo.

Soraya estiró la pierna bajo la mesa hasta tocar la mía. No necesitaba advertirme de nada; sabía perfectamente que debía comportarme con normalidad. Aun así, me costó incluso respirar de la misma manera.

Tenía a Lucía a menos de un metro. La mujer que fue amante de mi hermano. La esposa de Héctor.

La persona que, según Sergio, jugó con David hasta destrozarlo emocionalmente y que después continuó con su marido sin que este llegara a saber nunca lo ocurrido.

O eso creíamos.

—Héctor no me está castigando por esto —repuso ella—. Héctor lleva años castigándome por otras cosas. Ahora simplemente tiene la oportunidad de hacerlo con abogados.

El hombre sonrió y entrelazó los dedos con los suyos.

—Cuando termine, se acabó. Tú y yo podremos estar juntos sin escondernos.

Lucía soltó una risa divertida.

—Por fin. Aunque reconocerás que esta vez ha tenido la dignidad de dejarme cuando se lo ha olido.

El comentario debió de resultar gracioso entre ellos porque ambos se rieron. A mí me produjo una sensación desagradable.

—Todo un progreso —bromeó él.

—Después de los cuernos que le he puesto…

Soraya levantó lentamente la taza y me miró por encima del borde. Yo apenas podía moverme.

Lucía hablaba de las infidelidades con una ligereza que consiguió que la imagen que Sergio dibujó de ella resultara incluso benévola. No parecía una mujer atormentada por un error cometido diez años atrás. Lo contaba como una parte divertida de una relación que ya estaba terminada.

—Alguno te habrá salido caro —comentó su acompañante.

Lucía dejó escapar otra risa, aunque esta vez tuvo un matiz diferente.

—Uno muchísimo.

No sé qué me hizo saberlo antes de que pronunciara el nombre.

Quizás llevaba demasiado tiempo viviendo dentro de aquella historia.

—David —añadió.

Sentí que Soraya me agarraba la rodilla por debajo de la mesa.

Dejé la taza con cuidado para evitar que el temblor de mis dedos hiciera ruido.

—¿El militar? —preguntó él.

—Sí. Ese.

Me costó contener el impulso de girarme.

Lucía guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Con David se me fue de las manos. Yo pensaba que era una aventura y él terminó creyendo que iba a dejar a Héctor por él. Cuando intenté terminarlo, empezó a comportarse de una manera que me asustó bastante.

Aquello coincidía con lo que Sergio nos contó. La obsesión, las llamadas, el deterioro. Esperaba escuchar algo más sobre mi hermano, pero la siguiente frase me dejó completamente inmóvil.

—Y encima Héctor se enteró, ya te lo he contado otras veces.

Durante unos segundos pensé que había entendido mal.

Soraya apretó más la mano sobre mi rodilla.

El ruido de la cafetería pareció alejarse. Miré a Soraya y encontré en su cara la misma incredulidad que debía de reflejar la mía.

Sergio estaba equivocado. Héctor lo sabía. Lo supo antes de la muerte de mi hermano.

—¿Y te hizo la vida imposible? Eso no me lo has contado —me preguntó él.

—Héctor siempre ha sido muy suyo para esas cosas.

Orgullo, imagen, disciplina... llámalo como quieras.

—Lucía removió el café aunque ya no quedaba azúcar que disolver—.

No me perdonó. Simplemente decidió que nadie tenía por qué enterarse de lo que ocurría dentro de su casa.

Pero luego el chaval murió y, qué quieres que te diga, aunque no tuve la culpa de nada, pues tampoco me quedé tan campante, chico. Vaya, que fue una putada.

Pensé en estrangularla. Pensé en todas las veces que Héctor habló de David conmigo.

En la forma en que me dijo que fue un buen hombre.

En aquella conversación sobre las cosas que debería haber hecho mejor.

En el llanto que Sergio interpretó como el de un comandante destrozado porque no consiguió salvar a uno de sus hombres.

De repente todo admitía otra lectura.

—¿Y qué hizo con David? —preguntó el hombre.

Lucía tardó un poco en responder.

—Lo tenía delante todos los días en Irak. Imagínate.

—Joder.

—Exactamente. —Su tono perdió parte de la ligereza anterior—. Nunca me contó todo lo que ocurrió entre ellos, pero aquello se volvió personal. Mucho. Héctor ya era duro con él antes, pero después... lo odiaba a muerte. Lo sé de buena tinta. Directamente decía que quería verlo muerto.

Se me secó la boca.

Soraya negó muy ligeramente con la cabeza, advirtiéndome que no reaccionara.

—¿David sabía que Héctor lo había descubierto?

—Creo que no. O al menos no estaba seguro. Héctor jamás le dio esa satisfacción.

El hombre se acomodó en la silla.

—Y después el chaval murió.

—Sí.

Esperé, casi sin respirar.

—Nunca olvidaré su reacción, la de Héctor —continuó—. Yo esperaba que se hundiera todavía más porque llevaba semanas hecho una mierda con todo aquello. Y sí que parecía tocado, pero lo raro vino después.

El hombre frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Lucía se encogió ligeramente de hombros.

—Que estaba destrozado y, al mismo tiempo, había algo en él que parecía haberse liberado. No sé explicarlo mejor. David estaba muerto, así que ya no podía volver, no podía buscarme ni podía contarle a nadie lo nuestro. El problema desapareció de golpe.

Noté un escalofrío.

—Eso no significa que se alegrara de que muriera.

—No he dicho que se alegrara. Héctor no es un monstruo. —Lucía bebió un poco de agua y dejó el vaso—. Pero tampoco voy a fingir que lloró a David como a un hermano. Lo detestaba. Y alguna vez me he preguntado qué pasó realmente aquella noche.

El hombre se quedó mirándola.

—¿Estás diciendo que Héctor tuvo algo que ver?

—Estoy diciendo que no lo sé.

La respuesta llegó deprisa, pero no retiró lo anterior.

—¿Se lo has preguntado?

Lucía soltó una risa sin humor.

—Una vez. Hace años. Me dijo que tuviera cuidado con lo que insinuaba.

—Eso tampoco demuestra nada.

—Ya lo sé. —Se inclinó un poco hacia él—.

David estaba borracho, cogió un vehículo y se mató.

Esa es la versión oficial y probablemente sea lo que ocurrió.

Pero yo conocía a Héctor en aquella época.

Sé el rencor que le tenía y sé cómo estaba después.

Nunca he podido quitarme del todo la sensación de que sabía más de aquella noche de lo que me contó.

No escuché bien lo siguiente.

Tenía el corazón acelerado y una presión desagradable en el estómago.

Diez años persiguiendo la sospecha de que Héctor tuvo algo que ver con la muerte de mi hermano; después, unas pocas semanas desmontándola hasta avergonzarme de haberlo culpado injustamente.

Me acosté con él. Me refugié en él. Empecé incluso a pensar que quizás estaba enamorándome del hombre al que convertí en enemigo porque necesitaba señalar a alguien.

Y ahora descubría que la pieza sobre la que construí mi nueva versión también era falsa. Héctor sabía lo de Lucía. Lo sabía antes de que David muriera.

Soraya esperó hasta que ellos pidieron la cuenta. Lucía y el hombre se marcharon juntos unos minutos después, cogidos de la mano, sin haber reparado una sola vez en nosotras. Yo seguí sentada mientras observaba por el cristal cómo desaparecían entre la gente.

—Paola —murmuró Soraya.

La miré.

—Sergio estaba equivocado.

—Sí.

—Héctor lo sabía.

Soraya asintió, aunque su expresión permaneció seria.

—Pero lo demás son sospechas de ella. No conviertas otra vez una sospecha en una condena antes de saber qué ocurrió.

Tenía razón y precisamente por eso me obligué a respirar antes de responder. No pensaba repetir el error que cometí durante diez años.

Lucía podía ser rencorosa, podía estar manipulando la historia o simplemente interpretar de manera equivocada el comportamiento de un hombre destrozado. Que Héctor conociera la infidelidad no demostraba que tuviera ninguna responsabilidad en la muerte de mi hermano.

Pero demostraba otra cosa.: no fue claro conmigo.

Y de repente recordé su frase en el coche después de Madrid: cuando estuviera dispuesta a hablar de David, debía acudir preparada para escuchar respuestas y no únicamente para confirmar las que ya llevaba conmigo.

Durante semanas pensé que aquella advertencia iba dirigida a mí.

Ahora empezaba a preguntarme si Héctor también llevaba preparada su propia versión de la historia.

—No voy a acusarlo de nada —le dije a Soraya mientras cogía el bolso—. Todavía no.

Ella se fijó en la última palabra.

—¿Qué vas a hacer?

Me levanté y miré una vez más la mesa vacía donde acababa de sentarse Lucía. Ya no sentía la furia ciega de los quince años ni quería lanzarme contra Héctor armada únicamente con una sospecha. Esta vez sabía exactamente cuál era la primera pregunta que necesitaba responder.

—Averiguar por qué me ha hecho creer que no sabía nada.

Y, por primera vez desde que empecé a acostarme con él, la idea de volver a quedarme a solas con Héctor no me produjo deseo. También recuperó aquella vieja necesidad de descubrir qué escondía realmente el hombre al que llevaba diez años intentando comprender.