Capítulo 25
Los días siguientes descubrí que perder a Darío no significaba dejar de verlo.
De hecho, habría resultado mucho más sencillo si hubiese desaparecido durante una semana, pero seguía allí cada mañana, impecablemente profesional, haciendo su trabajo y relacionándose con todo el mundo con la misma naturalidad de siempre.
No me castigaba con desplantes ni buscaba que me sintiera culpable. Si tenía que hablarme, lo hacía; si coincidíamos con otros compañeros, incluso participaba en alguna broma en la que yo estaba incluida.
Simplemente había retirado de nuestra relación todo aquello que me perteneció durante las semanas anteriores.
Me dolía, aunque procuraba no detenerme demasiado en ello. Había algo especialmente incómodo en comprobar que Darío no necesitaba montar una escena para demostrarme que tenía personalidad.
Marcó su límite y lo mantuvo, y cada vez que lo veía marcharse sin buscarme después del trabajo recordaba con demasiada claridad que fui yo quien consiguió que dejara de hacerlo.
Quizás por eso me lancé todavía más hacia Héctor.
No ocurrió de una manera que pudiera justificar.
Tampoco intenté hacerlo. Lo nuestro empezó a adquirir una intensidad que escapaba a cualquier decisión razonable y, cuanto más evidente era que debía poner distancia, más difícil me resultaba mantenerla.
Bastaba encontrarnos solos para que regresara aquella electricidad que convertía cualquier conversación normal en otra cosa.
El martes dormí en su casa.
Habíamos quedado después del trabajo con la intención, al menos oficialmente, de cenar y hablar. Héctor preparó algo sencillo, abrimos una botella de vino y durante más de una hora conseguimos comportarnos como dos adultos capaces de mantener una conversación sin terminar arrancándose la ropa.
Después me besó en la cocina. O lo besé yo. A aquellas alturas empezaba a resultar difícil establecer responsabilidades.
Lo que sí recordé fue el cambio inmediato.
Con Héctor nunca existía una transición cómoda entre la cercanía y el deseo.
Todo se volvía intenso demasiado deprisa.
Me atrapó por la cintura y yo le rodeé el cuello con los brazos, y en cuestión de segundos desaparecieron la cena, la conversación y cualquier propósito de prudencia.
Llegamos al dormitorio bastante después, tras hacerlo por primera vez en la encimera de la cocina.
A la mañana siguiente me desperté antes que él y me quedé observándolo unos segundos, desconcertada por la facilidad con la que empezaba a reconocer aquella habitación.
Ya sabía cómo doblaba el uniforme, qué lado de la cama prefería y que necesitaba dos alarmas porque apagaba la primera prácticamente dormido. Aquellos detalles deberían haberme preocupado más que el sexo, pero preferí no analizarlos.
El jueves fue él quien apareció en mi teléfono poco después de las nueve de la noche.
“¿Estás despierta?”
Contesté que sí.
“¿Quieres venir?”
No pregunté para qué.
Media hora después estaba llamando a su puerta.
Soraya empezó a preocuparse seriamente por mi salud mental.
—Estás abducida —sentenció el viernes por la tarde mientras nos cambiábamos para salir a comprar—. No encuentro otra explicación.
—No estoy abducida.
—Paola, el martes dormiste allí. Anoche volviste a dormir allí y esta mañana has entrado por esa puerta con la cara de una mujer que necesita ocho horas de sueño y un exorcismo.
Le lancé la camiseta que acababa de quitarme y Soraya la apartó entre risas.
—No puedo evitarlo.
—Sí puedes. Otra cosa es que no quieras.
Aquello me hizo sentarme en el borde de la cama.
—No quiero.
Soraya dejó de bromear.
—Eso ya me preocupa más.
Sabía perfectamente lo que intentaba decirme.
Héctor seguía siendo mi comandante, yo continuaba sin asimilar todo lo relacionado con mi hermano y acababa de destrozar cualquier posibilidad inmediata con Darío.
Nada indicaba que fuera un momento sensato para iniciar una relación con nadie, mucho menos con el hombre que concentraba casi todos mis conflictos.
—Necesito vivir esto —le expliqué—. Sé que puede salir fatal. Sé que probablemente estoy haciendo una barbaridad y que dentro de un mes puedo preguntarme dónde tenía la cabeza, pero ahora mismo no quiero frenarlo.
Soraya me observó un momento antes de sentarse a mi lado.
—¿Te estás enamorando de él?
—No.
Respondí demasiado rápido.
—Vale —repuso ella, sin necesidad de insistir—. Entonces estamos estupendamente.
Le di un empujón con el hombro y conseguí cambiar de tema, aunque su pregunta permaneció conmigo mucho después.
La semana siguiente la situación empeoró. O mejoró, dependiendo del criterio utilizado.
Héctor y yo aprendimos a comportarnos delante de los demás con una normalidad que me parecía casi increíble. En público volvíamos a ser comandante y teniente; manteníamos las formas, las distancias y el tratamiento correspondiente. Nadie que nos observara habría encontrado nada extraño.
Cuando estábamos solos, las distancias desaparecían de inmediato y el deseo lo envolvía todo.
Aquella diferencia terminó convirtiéndose en parte de la atracción. Podía pasar cuarenta minutos frente a él en una reunión llamándolo “mi comandante”, escuchándolo distribuir tareas con absoluta seriedad, y una hora después recibir un mensaje suyo preguntándome si pensaba ir a verlo aquella noche.
Algunas veces iba.
Otras era él quien encontraba una excusa para pasar cerca de mi casa y terminábamos cenando fuera antes de regresar a la suya.
Hubo una noche en la que apenas conseguimos llegar hasta su puerta y otra en la que nos metimos mano a saco en el coche.
Cada encuentro tenía la misma capacidad para borrar durante unas horas todo lo que llevaba meses pesándome.
Con Darío encontré paz. Con Héctor encontraba vértigo. Y empezaba a sospechar que me estaba volviendo adicta precisamente a eso.
La línea que todavía conservábamos cayó un miércoles.
Terminamos tarde. La mayor parte del personal ya se había marchado y yo entré en el despacho de Héctor para entregarle una documentación que necesitaba revisar antes del día siguiente. Cerré la puerta por costumbre, dejé la carpeta delante de él y me dispuse a explicarle dos modificaciones.
—Aquí tienes lo que faltaba.
Héctor levantó la mirada.
—Pensaba que tardarías hasta mañana.
—¿Ves? A veces soy eficiente.
—A veces.
Le dirigí una mirada de advertencia y continué explicándole el documento. Durante varios minutos no ocurrió absolutamente nada. Él estaba sentado, yo permanecía al otro lado de la mesa y hablábamos de trabajo.
Hasta que terminé.
—Eso es todo.
—Perfecto.
Recogí el bolígrafo que había dejado sobre la mesa, pero al levantar la cabeza descubrí que Héctor seguía mirándome.
Conocía aquella mirada.
—Ni se te ocurra.
—No he hecho nada.
—Precisamente. Estás poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones antes de hacer que se me olvide que eres mi comandante.
Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Estamos en mi despacho.
—Por eso te estoy avisando.
Debería haberme marchado entonces. Incluso caminé hacia la puerta, pero cuando llegué a su altura Héctor me sujetó suavemente por la mano. No tiró de mí ni intentó acercarme; simplemente mantuvo los dedos alrededor de los míos y esperó.
Lo miré.
—Estamos locos.
—Probablemente.
—Aquí no podemos.
—O sí.
Ninguno se movió. Se levantó y me besó.
Toda la prudencia de las semanas anteriores desapareció con una rapidez que todavía me avergonzaría recordar después. Le agarré la camisa y respondí al beso mientras él me rodeaba la cintura, y durante unos segundos el despacho dejó de parecer el peor lugar posible para aquello.
Hasta que escuchamos pasos en el pasillo. Nos separamos inmediatamente.
Me quedé inmóvil junto a la mesa, intentando recuperar la respiración, mientras Héctor miraba hacia la puerta. Los pasos continuaron de largo y los dos soltamos el aire casi al mismo tiempo.
Quizás deberíamos haber interpretado aquel susto como una advertencia. En lugar de hacerlo, esperamos unos minutos, comprobamos que el edificio estaba prácticamente vacío y volvimos a acercarnos.
Esta vez el beso tuvo algo todavía más prohibido, precisamente porque los dos sabíamos dónde estábamos y hasta qué punto estábamos tentando a la suerte.
Lo que empezó junto a la mesa terminó convirtiéndose en otro de nuestros encuentros precipitados, intensos y completamente imprudentes.
No hubo romanticismo ni conversaciones profundas; solo aquella necesidad casi dolorosa de acercarnos cada vez que nos quedábamos solos y la sensación de que cuanto más inconveniente resultaba el lugar, más difícil parecía detenernos.
Cuando finalmente recuperamos la compostura, tuve que arreglarme el pelo delante de la cámara del teléfono mientras Héctor intentaba colocar correctamente unos papeles que habíamos desplazado.
—No vuelvas a mirarme así en el despacho —le advertí.
—Has venido tú.
—A entregarte documentación.
—Y la has entregado.
—Eres inaguantable, ¿lo sabes?
Héctor sonrió.
—Y tú sigues aquí.
Eso era lo peor. Seguía allí.
Aquella noche, al llegar a casa, encontré a Soraya cenando en la cocina. Me miró entrar, observó mi expresión durante unos segundos y dejó lentamente el tenedor.
—No.
Dejé el bolso sobre una silla.
—¿Qué?
—Dime que no.
Intenté pasar de largo, pero empezó a seguirme.
—Paola, te conozco. ¿Dónde?
—No sé de qué hablas.
—¿En su casa otra vez?
Me giré y debió de encontrar la respuesta en mi cara.
—No me lo puedo creer. —Entrecerró los ojos—. Espera. No ha sido en su casa.
Me mordí el interior de la mejilla para no sonreír.
Soraya abrió la boca.
—Estás completamente loca.
—Puede.
—¿En el acuartelamiento?
—Baja la voz.
Se llevó ambas manos a la cabeza mientras yo escapaba hacia mi habitación.
—¡Te han abducido de verdad!
Entré riéndome y cerré la puerta antes de que continuara interrogándome. Cuando apoyé la espalda contra ella, la risa fue desapareciendo poco a poco porque sabía que Soraya tenía razón en lo esencial. Aquello se estaba convirtiendo en algo difícil de controlar.
Sin embargo, no quería controlarlo todavía.
Necesitaba vivirlo. Necesitaba descubrir hasta dónde llegaba aquella atracción que durante tanto tiempo confundí con odio, enfrentarme al hombre real que existía detrás de todo lo que imaginé sobre él y permitirme, aunque fuera durante unas semanas, dejar de analizar cada decisión antes de tomarla.