Prohibido besar al comandante Capítulo 24
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Capítulo 24

El desfile del sábado apenas me dejó tiempo para pensar en nada más, y después de él, Soraya y yo volvimos a casa. Casi no tuve ocasión de hablar con Héctor, con quien intercambié algunos mensajes durante el fin de semana.

Quien me escribió bastante más desde Córdoba fue Darío, que lo hacía en su línea, de lo más chistoso, acompañando sus palabras con emojis muy elocuentes. Y claro, me hizo sentir fatal.

El lunes llegué al acuartelamiento convencida de que encontraría un momento para hablar con Darío.

Lo decidí durante el fin de semana, después de repetir varias veces que seguir aplazándolo solo empeoraría las cosas.

No sabía qué iba a decirle exactamente, porque ni siquiera podía explicarme a mí misma qué significó aquella noche con Héctor, pero merecía saberlo por mí y no descubrirlo cuando yo ya hubiera convertido el problema en algo todavía más difícil de reparar.

No tuve ocasión. Pasó la mañana entrando y saliendo de reuniones y, cuando por fin coincidimos, estábamos rodeados de gente.

Se comportó como siempre, me robó un bolígrafo mientras hablábamos con Soraya y sostuvo con absoluta seriedad que todo objeto abandonado más de treinta segundos pasaba a ser propiedad del Ejército. Le respondí que se lo metiera donde le cupiera y aquello provocó las risas de los demás.

Me resultó todavía peor verlo así.

Al mediodía recibí un mensaje suyo preguntándome si cenábamos juntos.

Me quedé mirando la pantalla durante demasiado tiempo antes de contestar que teníamos que hablar.

Darío respondió con un “Eso jamás anuncia nada bueno. Miedito me das” seguido de una cara dramática y añadió que me buscaría después.

No llegó a hacerlo.

Poco antes de comer, Soraya y yo nos quedamos solas en una pequeña sala mientras esperábamos que comenzara una reunión. Cerré la puerta porque necesitaba contarle que seguía sin hablar con él y terminé confesándole algo más.

—No sé qué hacer —admití—. No quiero perder a Darío, pero tampoco puedo fingir que lo del viernes con Soria no significó nada.

Soraya dejó el teléfono sobre la mesa.

—Entonces deja de intentar decidir con quién quieres quedarte y empieza por decirle a Darío la verdad.

—Ya lo sé.

—No, Paola. Lo sabes desde el sábado.

Me pasé una mano por el pelo, frustrada.

—Porque tampoco sé qué verdad contarle. ¿Que me acosté con Héctor y fue una de las noches más increíbles de mi vida?

¿Que después volví aquí y me entraron ganas de esconderme debajo de una mesa cuando lo vi?

¿Que quiero a Darío cerca y, al mismo tiempo, llevo todo el fin de semana recordando a otro hombre al que odié durante media vida con todas mis fuerzas? No tengo ninguna decisión tomada.

—Pues ya la he tomado yo.

La voz llegó desde la puerta. Me giré. Darío estaba allí.

—Darío...

—No.

Se acercó únicamente para dejar sobre la mesa una carpeta que probablemente era el motivo por el que entró. Soraya nos miró a ambos y recogió su teléfono.

—Os dejo.

Darío negó con la cabeza.

—No hace falta. Yo ya me iba.

Me interpuse antes de que alcanzara la puerta.

—Por favor. Iba a contártelo, te lo prometo.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—Qué suerte he tenido entonces. Me he adelantado a tu relato.

—No hagas esto.

Soltó una risa breve que carecía por completo de su humor habitual.

—¿Que no haga qué, Paola? ¿Enterarme?

Aquello me hizo bajar la voz.

—Lo siento muchísimo. No quería que pasara así.

—¿Qué parte? ¿Acostarte con él o que yo me enterara?

No pude mentirle.

—Que te enteraras de esta manera.

Darío asintió despacio y miró hacia otro lado durante un instante.

—Eso pensaba.

Intenté tocarle el brazo, pero retrocedió lo suficiente para impedirlo.

—No tengo ninguna decisión tomada —le expliqué—. Sé que eso no arregla nada, pero tú me importas. Muchísimo. Lo que tenemos no ha sido mentira.

—Ya. —Volvió a mirarme y esta vez encontré rabia detrás del dolor—. Sabía que me considerabas un poco payasete. Lo que no sabía era que me tomabas por tonto.

—Nunca te he tomado por tonto.

—Entonces no me digas que no tienes una decisión tomada esperando que yo me quede quieto mientras decides si te apetece más dormir conmigo o con tu comandante.

Sentí el golpe porque tenía razón.

—Darío...

—La decisión la he tomado yo. Es la segunda vez que lo digo y no estoy de humor para repeticiones.

No levantó la voz. Ni siquiera esperó una respuesta. Se marchó y me quedé delante de la puerta sintiendo que acababa de perder algo cuya importancia solo comprendí cuando dejó de estar disponible.

Los días siguientes fueron peores.

Darío no fue desagradable conmigo. Habría preferido que lo fuera. Cumplía con su trabajo, contestaba cuando tenía que hacerlo y participaba en las conversaciones comunes, pero conmigo desapareció todo lo demás.

No hubo mensajes, bromas privadas ni propuestas para cenar. La primera vez que hizo reír a Soraya durante el desayuno y después continuó hablando sin dirigirme aquella sonrisa que antes siempre terminaba buscando, comprendí hasta qué punto me acostumbré a formar parte de su atención.

Lo eché de menos enseguida.

También pensé varias veces en escribirle y no lo hice. Me dejó claro que necesitaba distancia y, por una vez, decidí respetar una decisión suya antes de intentar imponerle mi confusión.

El jueves, poco después de las seis, estaba terminando unas comprobaciones cuando recibí el aviso de que el comandante quería verme. El estómago se me revolvió por motivos que no tenían nada que ver con el trabajo.

Héctor estaba solo cuando entré. Me indicó que cerrara la puerta y me entregó unos documentos relacionados con una modificación que debíamos revisar al día siguiente.

Hablamos durante unos minutos con absoluta normalidad, aunque me costaba concentrarme cada vez que levantaba la vista y encontraba sus ojos.

Desde aquella noche no volvimos a estar solos más de cinco minutos.

Cuando terminamos, recogí la carpeta.

—¿Eso era todo, mi comandante?

—De trabajo, sí.

Me quedé quieta. Héctor se levantó y rodeó la mesa, pero mantuvo suficiente distancia entre nosotros.

—Llevas días evitándome otra vez, Paola.

—He estado trabajando.

—Yo también y, curiosamente, no he necesitado cambiar de dirección cada vez que te veo.

Aparté la mirada.

—No sé qué esperas que haga.

—Nada. Precisamente por eso quería hablar contigo.

Aquella respuesta consiguió que volviera a mirarlo.

—Lo que ocurrió no cambia nada aquí dentro —continuó—. No voy a ponerte en una situación incómoda. Pero tampoco quiero que pases las próximas semanas huyendo por los pasillos. De hecho, lo último que deseo es que huyas.

—No huyo.

Héctor arqueó ligeramente una ceja.

—De acuerdo.

Me irritó que no discutiera.

—No estoy huyendo de ti.

—Paola, no necesito que me convenzas.

Dejé la carpeta sobre la mesa porque, de repente, sostenerla me pareció absurdo.

—Darío se ha enterado. Tengo algo con él desde hace unas semanas y no he sido honesta.

Héctor permaneció inmóvil.

—Entiendo.

—No, no entiendes.

—Sé que estabais juntos.

—No estábamos juntos exactamente.

—Eso tendrás que explicárselo a él, no a mí.

Su respuesta me enfadó porque era demasiado razonable.

—Ya no tengo que explicarle nada. Me ha dejado bastante claro que no piensa esperar mientras yo decido qué quiero.

Héctor bajó la mirada durante unos segundos antes de preguntarme si estaba bien. Aquella preocupación terminó de romper el precario equilibrio con el que entré en su despacho.

—No. Echo de menos a Darío y me siento fatal por haberle hecho daño. Además, me siento culpable cada vez que te veo, sigo teniendo la cabeza llena de cosas sobre mi hermano y, por si fuera poco, no consigo dejar de pensar en aquella noche. Así que no, no estoy especialmente bien.

Héctor se acercó un paso.

—Lo último no debería hacerte sentir culpable.

—Tú no puedes decidir eso.

—No. Pero puedo recordarte que quisiste estar conmigo.

—Ese es precisamente el problema.

Nos quedamos mirándonos y reconocí inmediatamente la tensión que apareció entre nosotros. Era la misma del coche, solo que ahora no podía culpar a la lluvia, a una copa ni a la sorpresa. Estábamos completamente sobrios, dentro de su despacho y con tiempo suficiente para detenernos.

Héctor fue el primero en apartarse.

—Vete a casa.

Debería haber obedecido.

Cogí la carpeta, caminé hacia la puerta y llegué incluso a apoyar la mano en el picaporte. Entonces recordé la noche con él, su boca, sus manos y aquella sensación de perder por completo el control después de semanas intentando dominar cada aspecto de mi vida.

Me giré.

Héctor seguía junto a la mesa.

—Esto es una pésima idea —murmuré.

—Sí.

—Y no arregla absolutamente nada.

—No.

—Podrías ayudar un poco.

—Estoy intentando hacerlo desde que has entrado.

No sé cuál de los dos se movió primero. Solo recuerdo que dejé otra vez la carpeta y que, cuando nos encontramos a mitad de la distancia, me sostuvo la cara entre las manos antes de besarme.

No tuvo nada que ver con el primer beso del coche.

Allí existió sorpresa; esta vez los dos sabíamos exactamente lo que podía ocurrir y precisamente por eso el deseo apareció con una intensidad casi violenta.

Me agarré a su camisa mientras él me atraía por la cintura, y durante unos segundos olvidé incluso dónde estábamos.

Héctor se separó primero.

—Aquí no.

Asentí con la respiración alterada.

—Aquí no.

Veinte minutos después iba en mi coche detrás del suyo.

Durante el trayecto tuve tiempo suficiente para arrepentirme.

No lo hice. Pensé en Darío y me dolió; pensé en que aquella misma mañana todavía deseaba recuperar lo que tenía con él y me sentí una hipócrita.

Sin embargo, cuando Héctor abrió la puerta de su casa y me miró, todas aquellas razones perdieron fuerza frente a algo mucho más inmediato.

Esta vez fui yo quien lo besó nada más entrar.

Cerró la puerta y me rodeó con los brazos.

El beso se volvió profundo enseguida, cargado de una ansiedad que ninguno intentó disimular.

Mis dedos encontraron su nuca y los suyos recorrieron mi espalda hasta detenerse en mi cintura.

Me estremecí cuando sus labios descendieron hacia mi cuello y tuve que aferrarme a sus hombros para mantener el poco juicio que todavía conservaba.

—Llevo días intentando no hacer esto —murmuró contra mi piel.

—Pues se te está dando fatal.

Su risa apenas duró antes de volver a besarme.

Avanzamos hacia el dormitorio sin la urgencia desordenada de la primera noche, aunque aquella lentitud resultó incluso más peligrosa.

Ahora conocíamos parte del terreno. Sabía qué ocurría cuando deslizaba las manos por su espalda y él ya conocía demasiado bien algunos de mis puntos débiles. Cada descubrimiento de la vez anterior se convirtió en una ventaja que utilizábamos sin demasiada compasión.

Cuando me tumbó sobre la cama, Héctor se detuvo para mirarme.

Le acaricié la mandíbula y durante un segundo recuperé suficiente lucidez para comprender el desastre que estaba construyendo.

Darío acababa de apartarse de mí porque no quería convertirse en una opción mientras yo decidía, y yo estaba precisamente allí, confirmando que mi confusión era mucho más profunda de lo que quería admitir.

Héctor me besó de nuevo y dejé de pensar.

La ropa desapareció poco a poco y el resto quedó reducido a piel, besos y respiraciones cada vez menos controladas.

Me entregué a aquella atracción porque durante unas horas resultaba más fácil sentir que analizar, y porque con Héctor todo adquiría una intensidad que me arrastraba antes de que pudiera preguntarme adónde iba.

Mucho más tarde me quedé tumbada junto a él, con la cabeza apoyada sobre su torso. Héctor recorría mi espalda distraídamente mientras yo escuchaba su respiración recuperar un ritmo más pausado.

Fue entonces, cuando ya no tenía el deseo para protegerme de mis propios pensamientos, cuando apareció Darío.

Recordé su cara al decirme que la decisión la había tomado él. Recordé sus mensajes, las películas que apenas terminábamos, las croquetas, sus bromas absurdas y la facilidad con la que conseguía que cualquier noche corriente pareciera mejor.

Héctor me besó el pelo y me preguntó si quería que pidiéramos comida. Tardé unos segundos en responder, consciente de que aceptar significaba comenzar una cierta cotidianeidad a su lado.

Me acomodé un poco más contra él.

—Sí.

Y aquella vez ni siquiera pude fingir que había ocurrido por accidente.