Capítulo 23
Apenas dormí. No porque Héctor tuviera el sueño inquieto, invadiera mi lado de la cama o tuviera alguna costumbre nocturna insoportable que pudiera utilizar después para convencerme de que aquello había sido un error, sino porque cada vez que abría los ojos y distinguía su cuerpo a mi lado tardaba unos segundos en recordar dónde estaba.
Entonces regresaba la noche entera de golpe y me parecía increíble haber terminado precisamente allí, en la cama del hombre al que durante años culpé de una parte importante de todas mis desgracias.
A las seis y media sonó su alarma. Alargó el brazo para apagarla y se volvió hacia mí todavía medio dormido.
Nos miramos durante unos segundos con esa extrañeza inevitable de dos personas que, después de cruzar una línea enorme, tienen que enfrentarse a la mañana siguiente y descubrir qué queda cuando desaparecen la lluvia, las copas y la urgencia de la noche anterior.
—Buenos días —murmuró mientras se acomodaba de lado.
—No estoy segura de que lo sean.
Una sonrisa lenta apareció en su cara y su mano recorrió mi cintura por debajo de la sábana.
—Anoche parecías bastante segura de casi todo.
—No empieces —protesté, apartándole la mano antes de que mi cuerpo decidiera complicarme todavía más la mañana—. Bastantes problemas tengo ya.
—Técnicamente, empezó usted, teniente.
Le lancé la almohada, que atrapó antes de que le diera en la cara, y tuve que contener una carcajada.
—No vuelvas a tratarme de usted después de lo de anoche. Es perturbador.
—Tomaré nota.
Me levanté envolviéndome en la sábana y empecé a buscar mi ropa, repartida por el dormitorio de una manera que ofrecía un resumen bastante preciso de nuestra falta de autocontrol.
Encontré la camisa cerca de la puerta y uno de los zapatos debajo de una silla, mientras el otro apareció bastante más lejos.
Cuando pregunté cómo demonios había llegado hasta allí, Héctor se limitó a señalar que ninguno de los dos parecía especialmente preocupado por mantener un inventario durante la noche.
Me refugié en el baño antes de que pudiera continuar provocándome y, al verme en el espejo, comprendí que arreglarme iba a requerir más trabajo del previsto.
Tenía el pelo imposible, el maquillaje desapareció casi por completo y una pequeña marca en el cuello me obligó a pensar seriamente qué prenda podía utilizar para ocultarla.
Lo peor, sin embargo, era mi expresión. Parecía la de una mujer que acababa de cometer una barbaridad y todavía estaba demasiado satisfecha con el resultado para arrepentirse adecuadamente.
Cuando salí, Héctor ya estaba vestido y había preparado café.
Me dejó una taza delante con un poco de leche, exactamente como lo tomaba, y aquel detalle doméstico consiguió inquietarme más que encontrar mi ropa por toda su habitación.
Recordaba el café del viaje a Madrid. Recordaba cosas sobre mí, y yo no estaba preparada para averiguar qué significaba nada de aquello.
—Tengo que llevarte —me recordó mientras bebía el suyo—. Tu coche sigue en el taller.
—Puedes dejarme un poco antes de llegar.
Héctor levantó la vista y tardó poco en comprender mis motivos.
Le expliqué que Soraya podía estar despierta, que los vecinos tenían una capacidad extraordinaria para aparecer en el momento menos oportuno y que bajar del coche de mi comandante a primera hora de la mañana, con la misma ropa de la tarde anterior, no era precisamente la imagen que quería ofrecer al vecindario.
No discutió demasiado y acordamos que me dejaría a cierta distancia.
Durante el trayecto tampoco hablamos de lo verdaderamente importante.
Había una conversación pendiente y los dos lo sabíamos, pero ninguno parecía dispuesto a iniciarla a aquellas horas.
De vez en cuando lo miraba y algún recuerdo demasiado concreto de la noche regresaba con una precisión que me obligaba a concentrarme de nuevo en las calles.
Héctor terminó sorprendiéndome en una de aquellas ocasiones y me preguntó qué me ocurría.
—Estoy reflexionando sobre mis errores —respondí, volviéndome hacia la ventanilla.
—Espero no ocupar una posición demasiado alta en la clasificación.
—No te vengas arriba.
—Anoche no parecía que quisieras que bajara precisamente.
Giré la cabeza hacia él con una expresión que debió de resultarle suficientemente amenazadora, porque soltó una carcajada y dejó de provocarme.
Aun así, yo también acabé sonriendo. Ese era otro problema: no solo disfruté de acostarme con él, sino que me gustaba aquella versión de Héctor que aparecía cuando desaparecían el uniforme y la distancia profesional.
El plan de bajarme antes de llegar a casa habría funcionado si Soraya no hubiera decidido salir precisamente cuando entramos en mi calle.
La vi a unos metros del portal, caminando hacia su coche con el bolso colgado del hombro, y mi reacción fue tan inmediata que Héctor frenó cuando le pedí que parara sin entender todavía qué ocurría.
—¿Aquí?
—Sí. Para.
Soraya levantó la cabeza al escuchar el coche y redujo el paso. Primero reconoció el vehículo, después miró al conductor y finalmente me descubrió en el asiento del acompañante. La transformación de su cara fue tan extraordinaria que durante un segundo casi mereció la pena que nos encontrara.
—Mierda —murmuré, hundiéndome ligeramente en el asiento.
Héctor siguió la dirección de mi mirada y localizó a mi amiga, que continuaba contemplándonos desde la acera con una incredulidad absoluta.
—Creo que Soraya nos ha visto.
—Gracias por la aportación. Sin tu preparación militar jamás habría llegado a esa conclusión.
Me desabroché el cinturón y cogí el bolso, dispuesta a salir antes de que la situación empeorara, pero Héctor me sujetó suavemente por el antebrazo. Al volverme, su expresión ya no tenía nada de divertida.
—Paola, tenemos que hablar de esto.
—Lo sé —admití, consciente de que no podía seguir escondiéndome indefinidamente detrás de las bromas—. Pero ahora mismo tengo delante otra conversación bastante complicada y está a punto de arrancarme la cabeza.
Héctor miró otra vez hacia Soraya y reprimió una sonrisa.
—Suerte.
—Cobarde.
Bajé del coche y cerré la puerta. Esperé a que arrancara antes de acercarme a Soraya, que permanecía en el mismo sitio y alternaba la mirada entre el vehículo que se alejaba y mi cara.
Cuando llegué a su altura, la saludé con toda la normalidad que pude reunir, aunque aquello solo pareció aumentar su desconcierto.
—Dame un momento —me pidió levantando una mano—. Necesito ordenar lo que acabo de ver porque mi cerebro se niega a colaborar.
—Tómate el tiempo que necesites.
—Acabas de bajarte del coche de Soria a las siete y cuarto de la mañana con la ropa de ayer.
No tenía sentido mentir. Soraya conocía demasiado bien mis horarios, sabía que mi coche estaba averiado y, después de todo lo que le conté durante las últimas semanas, cualquier excusa habría resultado insultante para ambas.
—Sí.
Su mirada descendió por mi ropa y regresó lentamente hasta mi cara.
—Paola, dime que no has dormido con él.
—No puedo decirte eso.
Abrió mucho los ojos y durante unos segundos pareció quedarse sin palabras, una circunstancia tan excepcional en Soraya que casi me preocupó.
—¿Te has acostado con Soria?
—Baja la voz —le pedí mientras la cogía del brazo y la conducía hacia el portal—. No hace falta que despertemos al edificio entero.
Entró conmigo todavía mirándome con una mezcla de asombro y escándalo. Durante el trayecto en ascensor consiguió contenerse, aunque su expresión indicaba que estaba preparando un interrogatorio completo. En cuanto llegamos al piso, dejó el bolso y me siguió hasta la cocina.
—Hace dos días estabas acostándote con Darío —me recordó mientras yo ponía la cafetera, demasiado cansada para fingir que no entendía el problema—.
Y ahora llegas a casa en el coche de tu comandante después de pasar la noche con él.
El mismo comandante al que llevabas diez años odiando.
Necesito saber en qué momento tu vida se convirtió en esto.
—Créeme, estuve presente y tampoco sabría explicártelo.
Mientras preparábamos el café le conté lo ocurrido sin entrar en detalles que no pensaba compartir ni bajo tortura.
Le hablé de la lluvia, del coche que se negó a arrancar, de Héctor acercándose para ayudarme y de su ofrecimiento para llevarme a casa.
Cuando mencioné que antes terminamos tomando una copa, Soraya empezó a negar con la cabeza porque ya podía adivinar el resto.
—Y después te trajo a casa —supuso.
—Esa era la idea.
—Pero no llegaste.
Me senté con la taza entre las manos y le expliqué que sí llegamos hasta mi calle, aunque ninguno parecía tener demasiadas ganas de despedirse.
Le conté que hablamos de mi comportamiento de las últimas semanas, que terminé reconociendo que me sentía una imbécil por haberlo juzgado durante años sin conocer toda la historia y que, en algún momento que todavía no sabía explicar con sensatez, fui yo quien lo besó.
Soraya dejó la cucharilla dentro de su taza y me observó con los ojos enormes.
—¿Tú lo besaste?
—Sí. Y antes de que empieces, me advirtió que era mi comandante, intentó parar y me dio más de una oportunidad para marcharme. No estaba borracha, sabía perfectamente dónde estaba y quería hacerlo.
—Pues eso casi me preocupa más.
—A mí también.
Mi amiga se sentó frente a mí y durante unos segundos me estudió con una atención que empezó a ponerme nerviosa. Finalmente preguntó si me arrepentía y esa fue la única parte de toda la situación para la que tenía una respuesta clara.
—No —admití—. No sé qué demonios voy a hacer ahora ni cómo voy a mirarlo cuando vuelva a verlo trabajando. Tampoco sé qué voy a hacer con Darío y soy perfectamente consciente de que esto puede complicarse muchísimo. Pero de anoche no me arrepiento.
Soraya debió de encontrar algo revelador en mi expresión porque sus labios empezaron a curvarse.
—Ha sido increíble.
—No voy a darte detalles.
—No te los he pedido. Te estoy mirando la cara.
Intenté beber café para ocultar una sonrisa que apareció de todas formas.
—Sí —terminé confesándole—. Ha sido una noche increíble. Una auténtica locura, pero increíble.
Soraya se llevó una mano a la frente y soltó el aire antes de mirarme otra vez. Seguía sin dar crédito a que la mujer que pasó semanas huyendo de Soria acabara de regresar de su cama y, cuanto más intentaba encajarlo con todo lo anterior, más parecía costarle.
—Tienes un problema enorme con Darío y otro todavía mayor con Soria —concluyó finalmente—. Y el segundo, por si se te ha olvidado durante la noche increíble, sigue siendo tu comandante.
—No se me ha olvidado. Ese detalle tiene la desagradable costumbre de volver cada cinco minutos.
Soraya negó con la cabeza y terminó riéndose. Yo la acompañé porque, a aquellas alturas, la alternativa consistía en empezar a analizar una situación para la que todavía no tenía ninguna respuesta.
En unos minutos volvería al acuartelamiento (ese día había un desfile) y tendría que mirar a Héctor sabiendo cómo era despertar a su lado; después llegaría el momento de enfrentarme a lo que estaba haciendo con Darío y admitir que quizás llevaba semanas refugiándome en él mientras intentaba escapar de algo mucho más difícil de controlar.
Sin embargo, aquella mañana me permití permanecer un poco más en la cocina con Soraya, escuchando sus comentarios incrédulos y defendiendo inútilmente que no me había vuelto loca.
Cada vez que recordaba algún momento de la noche, la sonrisa regresaba antes de que pudiera evitarlo, y mi amiga acababa mirándome con una mezcla de espanto y diversión que lo decía todo.
No sabía qué había hecho con mi vida en menos de veinticuatro horas, pero sí sabía una cosa: por mucho que las consecuencias empezaran a amontonarse delante de mí, todavía no conseguía desear que aquella noche no hubiera ocurrido.